NO QUIERE ARRIESGAR NADA
Author: Charles
last update2025-12-26 21:50:02

El aeropuerto hervía de movimiento, pero para Kevin todo era ruido lejano. Caminaba con paso firme hacia la puerta de embarque, el abrigo colgándole del brazo, la mente aún atrapada entre informes, nombres y verdades que habían llegado demasiado tarde.

Su teléfono vibró.

Estuvo a punto de ignorarlo.

Pero el nombre que apareció en la pantalla le heló la sangre.

Ana.

Respondió incluso antes de detenerse por completo. La nseñal ahora daba y se percata de que no era la primera llamada que la mujer
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  • HAZLO RÁPIDO

    Siete días. Siete días sin Leah. Siete días sin Emily. Siete días en los que el mundo parecía contener la respiración antes de algo peor. Y en la suite privada del hotel en Brasil, Carlos Beira sostenía una carpeta que pesaba más que el acero. La abrió lentamente. El informe médico actualizado de Dulce. Lo leyó una vez. Luego una segunda. Su mandíbula se tensó. VIH positivo. Confirmado. Fecha de diagnóstico: reciente. Carlos dejó la carpeta sobre la mesa con una calma inquietante. No gritó. No rompió nada. Eso lo hacía más peligroso. — Eres una maldita pe**a Dulce, como pudiste ser tan estúpida y no protegerte en las aventuras qué tuviste. Se notaba por sa mandíbula tensa, que el hombre estaba enfurecido entonces tomó el teléfono. —Que venga Dulce. Ahora. Dulce llegó quince minutos después. Vestía de blanco. El contraste con su piel pálida era evidente. —¿Me mandaste a llamar? —preguntó, intentando sonar firme. — ¿Hay algunas novedades? Carlos no respondió de inmediato

  • Anhela volver a verlas

    El avión privado aterrizó en Brasil poco antes del anochecer. Carlos Beira descendió primero, ajustándose los gemelos con la misma serenidad con la que acostumbraba cerrar acuerdos millonarios. Dulce bajó detrás de él, más lenta. El hombre se había percatado de que Dulce se veía diferente, lo sentía más allá de verlo, también percibe que algo estaba mal con ella. —¿Te ocurre algo? —preguntó Carlos sin mirarla directamente. —Nada —respondió ella de inmediato. —Estás pálida. —El viaje fue largo. Carlos giró el rostro apenas un segundo para observarla mejor. —Siempre soportaste vuelos más largos. Dulce sostuvo su mirada. —¿Ahora también vas a fiscalizar mi color de piel? Carlos no respondió. Se limitó a caminar hacia el vehículo que los esperaba. —Sube —ordenó. Durante el trayecto hacia la ciudad, el silencio fue denso. Dulce miraba por la ventana, pero no parecía ver las luces ni el movimiento nocturno. Carlos la observó otra vez. —No quiero distracciones, Dulce. —No soy

  • PENSAR CON LA CABEZA FRIA

    El dolor fue lo primero que ella sintió nuevamente. Un latido profundo en la frente, constante, como si alguien golpeara desde dentro de su cráneo. Leah abrió los ojos lentamente, con cuidado, temiendo que cualquier movimiento empeorara la punzada que la atravesaba. La oscuridad seguía allí. Fría. Densa. Sucia. El aire olía a humedad rancia y metal oxidado. Cada respiración le quemaba la garganta. Intentó moverse y entonces lo recordó: las ataduras en sus muñecas, la presión cruel alrededor de sus tobillos. Cerró los ojos un instante. No para huir. Para pensar. —No entres en pánico, Leah —se dijo en silencio — Debes de mantenerte serena. Sabía que gritar no serviría. Ya lo había intentado antes. Sabía que la ira solo la agotaría más rápido. Y el agotamiento era un lujo que no podía permitirse. Emily. El nombre apareció en su mente como una herida abierta. Su pecho se contrajo con violencia, y esta vez no fue el golpe en la cabeza lo que la hizo jadear, sino el recuerdo de s

  • No hay rastros

    Kevin no recordaba cuánto tiempo llevaba caminando. Solo sabía que sus botas estaban cubiertas de barro, que sus manos temblaban y que su garganta ardía de tanto gritar nombres que nadie respondía. —¡Leah! Su voz se perdía entre los árboles. —¡Emily! El amanecer había llegado sin pedir permiso, tiñendo la granja de tonos pálidos, casi crueles. La neblina matinal se deslizaba sobre el pasto como un sudario, envolviendo cada rincón con una calma que resultaba insultante. Todo estaba demasiado quieto. Kevin corría de un lado a otro, revisando cada cabaña, cada galpón, cada sendero. Abría puertas con violencia, pateaba cajas, levantaba lonas, apartaba ramas. Nada. Ni una sola señal. Su corazón golpeaba contra su pecho como un animal atrapado. —Esto no puede estar pasando… —murmuró, llevándose las manos al cabello. Liliana lloraba apoyada contra una pared, Ana intentaba consolarla sin lograr contener sus propias lágrimas. Isabel, pálida como la ceniza, permanecía sentada en una

  • Yo seré tu mamá.

    El dolor llegó antes que la conciencia. Fue un latigazo seco que atravesó la frente de Leah y descendió por su cráneo como una ola ardiente. Un gemido escapó de sus labios resecos mientras intentaba moverse por puro reflejo… pero su cuerpo no respondió. Algo la retenía. Abrió los ojos con dificultad. Al principio solo vio oscuridad. Una negrura espesa, pesada, que parecía adherirse a su piel. Parpadeó varias veces, intentando enfocar, y entonces el mundo comenzó a tomar forma de manera fragmentada.El techo era bajo, irregular, como si estuviera hecho de cemento viejo mezclado con humedad. Había grietas que parecían venas muertas recorriendo la superficie. Una luz amarillenta, débil y temblorosa, colgaba de un cable expuesto, balanceándose ligeramente, proyectando sombras alargadas que se movían como criaturas vivas por las paredes.-"Que es aquel olor rancio que llena mi nariz acaso es ¿Moho? también es Hierro oxidado, suciedad acumulada" Vega después de susurrar aquellas palabras

  • LA OSCURIDAD LA RODEA

    La noche cayó sobre la granja con una delicadeza engañosa. El cielo se fue oscureciendo lentamente hasta convertirse en un manto profundo, salpicado de estrellas que parecían más brillantes que nunca. La luna, redonda y generosa, iluminaba los campos con una luz plateada que hacía relucir el pasto húmedo. Habían decidido cenar afuera. Una mesa larga fue colocada frente a la casa principal, adornada con algunas velas y flores silvestres. El aire era tibio, agradable, y las luciérnagas comenzaban a aparecer entre los arbustos como pequeños destellos vivos. Emily estaba sentada en su sillita, balbuceando feliz mientras Leah le daba pequeños trozos de comida blanda. Kevin observaba la escena con una calma que pocas veces se permitía sentir. Isabel estaba a su lado, envuelta en un chal ligero. —Estas noches me recuerdan a mi juventud —comentó, mirando el cielo—. Cuando creíamos que el mundo era eterno. Liliana rió suavemente. —Y quizá lo era… solo que no lo sabíamos. Ana sirvió vi

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