All Chapters of CEO, ¡te equivocaste de esposa!: Chapter 1361
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Capítulo 1361
—Ah…Antes de acabar la frase, Martina hizo una mueca: Salvador le apretó el brazo con tanta fuerza que dolió.—¿Qué, como no me topé con un tipo peligroso, quieres ser tú ese tipo? —soltó con una risa seca.—¡Martina! —frunció el ceño, la voz grave, el gesto sombrío—. Fue una cosa menor. ¿Vas a maldecirte así? Entiendo que estés enojada, pero no hables así de ti.¿“Cosa menor”…? Vivir juntos no es puro huracán; son estos roces los que te quiebran.Martina dejó la ironía y habló en serio:—Sí, estoy molesta. Muy molesta.—Marti… —él aflojó el tono—. ¿Qué tengo que hacer para que se te pase?Lo hecho, hecho estaba; solo le quedaba reparar.—A ver… —pensó un instante—. Si vuelve a pasar lo de hoy —digo: si entre Estella y yo vuelves a escogerla a ella—, nos divorciamos.—¡Marti! —los ojos de Salvador se oscurecieron—. Estamos de luna de miel. ¿Vas a decir cosas de mala suerte?—Tch. —ella rio sin humor—. ¿Y quién no me contestó el teléfono y se quedó con su ex? Fuiste tú. ¿Se vale hacer
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Capítulo 1362
—¿Te interesa tanto mi pasado? —Salvador curvó apenas la boca.—La verdad, no —Martina ya se arrepentía; “¿para qué dije eso?”—. Lo solté sin pensar. No tienes que poner esa cara.¿“Poner cara”? A él le hizo gracia, pero no iba a discutir. Sabía la regla de oro del casado: si quieres paz en casa, primero la esposa.—Marti, no hablemos del pasado, ¿sí? —le masajeó el cuero cabelludo con suavidad—. Eres mi esposa; el futuro lo caminamos juntos.Martina torció la boca, cerró los ojos.—Ráscame a la izquierda. Me pica.—¿Aquí?—Más abajo…—¿Ahí?—Sí… así. Qué rico.Afuera el sol estaba perfecto. Ya bañada, Martina se sentó en el balcón a que el cabello se secara al aire; Salvador montó un caballete y volvió a pintarla. Ella no quiso posar: se dejó caer en la tumbona, como estaba.Al rato sonó el timbre. Era Manuel Pérez.—¿Trabajo? —preguntó Martina, con curiosidad.—Un pendiente que tengo que ver —Salvador tomó una tablet y se la pasó—. Distráete un rato. Vuelvo enseguida.—Está bien.Con
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Capítulo 1363
—No es que no me guste —Martina se tragó lo que tenía en la boca para poder hablar—. Ustedes son una familia tan grande, es normal que haya más reglas. Se entiende.—¿“Ustedes”? —Salvador frunció el ceño—. Somos una familia.“Yo solo soy la nuera; eso nunca termina de ser ‘familia’ del todo”, pensó, pero no quiso abrir ese frente. Mejor comía.Al poco, Salvador notó que ella traía un hambre rara.—¿Te sirvo otra?—Otra más —Martina le mostró el tazón vacío, pícara.—Ya no —él le sujetó el tazón—. Demasiado te va a caer pesado.—Pero me quedé con hambre.Con ese gesto de boca, entre ofendida y dulce, ¿cómo decirle que no?—Bueno, un poquito más. Nada de exagerar.—¡Hecho! —ella asintió feliz.Cuando volvió con la porción, la vio comer con ganas y se le escapó la risa.—¿Y ese apetito de repente?—Tenía hambre —mordisqueó un huesito—. Con el estómago mal que tuve, comí poquito; ahora toca recuperar.—Come —cedió él, con esa mezcla de resignación y ternura—. Pero si sigues así, ¿no te da
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Capítulo 1364
—Bien.Colgó. La sonrisa de Martina se borró de golpe. Apenas dejó el teléfono, la puerta se abrió.Salvador entró secándose el pelo; recién duchado.—Estabas dormida —explicó—. Bajé al gimnasio un rato y me metí a bañar.Martina no opinó. Señaló el celular.—Estella te llamó. Yo contesté.Salvador se quedó un instante con la toalla en el aire.—¿Y… qué dijo?—Que gracias por lo de Renato. —Lo miró con una sonrisa ancha—. El señor Morán sí que es un alma caritativa: hasta al marido de la ex le tiende la mano. Yo pienso…—¿Qué piensas? —él le cortó el hilo, serio; tiró la toalla como fuera, la alzó y la sentó sobre sus piernas—. Al final ella es mi ex. Tú no. Tú eres la mujer con la que crucé el altar y juré. Si te atreves a irte, no voy a ser bueno ni contigo ni con tu familia.Hablaba en serio, con filo en la mirada.—¿Para tanto? —Martina forzó una risa—. ¿Podemos no ponernos así?—…Tienes razón —él resopló—. ¿De veras no podemos disfrutar la luna de miel sin volver a lo mismo?—¿Yo?
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Capítulo 1365
—¿Qué comentario es ese? —Salvador, entre molesto y divertido—. ¿Alguna vez te he tratado mal?—¿No? —Martina le devolvió la pregunta.A él se le apretó un poco el pecho: sí, alguna vez se había pasado… pero jamás discutía eso; sabía leer el rostro de su esposa.—Sigue. ¿Por qué?—Porque… —Martina ladeó la cabeza— quiero subir un poquito de peso; ya no quiero oír que tu amante y tu esposa se parecen… Ay…No terminó: él le apretó el hombro y le dolió.—¿Ves? —lo miró con reproche—. Te pones de malas y ya estás apretando.—Martina Hernández.Cuando se enojaba, la llamaba con nombre y apellido.—¿Me quieres provocar? ¿También te tragas las tonterías de los curiosos?Con el fuego en sus ojos, a Martina le salió una sonrisa.—Los de afuera hablan sin filtro: dicen lo que se les ocurre. Y tú te fijaste en mí porque me parecía a ella, ¿o no?Él no lo negó. No podía.Mientras su silencio pesaba, Martina alargó la mano, tomó una bolsa de papitas, la abrió y se llevó una al borde de los labios.
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Capítulo 1366
La empleada por horas no entendía nada: ¿no andaban pegados todo el tiempo? “Parece que pelearon”, pensó. Terminó de preparar la comida y, con cautela, se asomó:—Señor Morán…No alcanzó a preguntar. Desde arriba sonaron pasos: Martina bajaba.—¿Ya está la comida? Tengo hambre.—¡Lista! —se apuró la empleada—. Ya pongo la mesa, señora.Le lanzó una mirada a Salvador y corrió a la cocina.Salvador frunció el ceño hasta hacerse un nudo. “¿Encima trae buen ánimo y apetito?”, se dijo. Se levantó sin prisa y entró al comedor.Martina ya estaba sentada, con el tazón de arroz entre las manos. Ni alzó la vista: atacaba el plato.A Salvador se le oscureció más la cara. Arrastró la silla y se sentó.—Come menos.—¿Perdón? —por fin lo miró—. ¿En su casa no dejan comer hasta quedar satisfecha?—¡Ya no comas!Recordó por qué quería “engordar” y le volvió la punzada de enojo. Le arrebató los cubiertos.—¡Oye! ¡Dámelos!—No.—… —a Martina se le subió la bilis, pero no se quedó corta. Miró a la entrad
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Capítulo 1367
Las dos eran como hermanas y no se guardaban secretos. Martina le contó a Luciana todo lo de la isla.—Con razón —Luciana se quedó callada un momento y suspiró—. Salvador y Alejandro son muy amigos.Aunque ya sabía la verdad sobre Mónica Soler, había algo esencialmente parecido en cómo esos dos hombres manejaban los afectos.—Marti —Luciana no pudo evitar mirarse a sí misma en el espejo de su consejo—, por lo que cuentas, él te trata bien. Aún llevan poco. No tomes decisiones en caliente.—¿Qué crees que voy a hacer? —Martina sonrió—. ¿Divorciarme recién casada?Negó con la cabeza.—Tú sabes que no tengo ese valor. —“No puedo decepcionar a mi familia”, pensó.Luciana cambió de frente y le tocó la cara.—Estás más flaquita. Dijiste que no te cae la comida. Después del trabajo ven conmigo a ver a Gabriela —la estudiante de Tomás Gutiérrez, buena para ajustar el estómago—. Que te dé algo para regular.—Va. —A Martina también le parecía raro estar comiendo tanto sin subir ni un gramo. Un p
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Capítulo 1368
—Sí. —Vicente sonrió con amargura—. Pero, Fer, si te digo que de verdad no fue a propósito en ese momento… ¿me creerías?—…No te sigo. Explícate —Fernando frunció el ceño.—Heh… —al dolor de Vicente se le notaba en la cara—. Tenía miedo de perderla como amiga y por eso terminé aceptando salir con ella. No pensé qué venía después… Yo creí que solo éramos buenos amigos.—¿Y ahora? —Fernando, impasible. Si hablaba tanto, era porque venía un giro.—Ahora… —a Vicente la amargura se le subió a la lengua—. Hay personas y cosas que, cuando son tuyas, casi ni las sientes, piensas que es costumbre. Pero en cuanto las pierdes, entiendes que no tienen reemplazo.Para él, Martina era esa irremplazable.Fernando se atragantó y se rió, incrédulo.—No me digas que apenas entendiste que lo tuyo por ella no era amistad, sino cosa de hombre y mujer.—¿Soy muy tonto? —Vicente lo miró con ojos de cachorro.—¡Tonto, y a lo grande! —Fernando ya no hallaba adjetivos—. ¿De verdad no sabías si te gustaba, si la
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Capítulo 1369
El bullicio al otro lado del teléfono era claro: no estaba sola; se oían voces de hombres y mujeres.—¿Estás afuera, con tus compañeros? —Salvador se tragó el mal humor y habló suave—. Ya es tarde. Voy por ti.—¿Por mí? —Martina se sorprendió—. ¿Volviste?En su tono había más asombro que alegría. A Salvador se le crispó algo por dentro, pero no lo dejó salir.—Sí, ya estoy aquí. ¿Dónde estás?—No hace falta… —ella quiso cuidarlo—. ¿Recién llegaste? El vuelo cansa. Duérmete temprano…—¿Dónde. Estás? —la molestia se le filtró, lenta y densa—. Dije que voy por ti.Martina alcanzó a sentir el filo. “Está molesto.” Cedió:—Ok. Estoy en la zona de bares de Calle del Nopal.—Voy en camino.Colgó con la cara ensombrecida, tomó las llaves y volvió a salir.***De noche, la zona de bares de Calle del Nopal ardía. Al entrar, la música lo golpeó como ola: subgrave en el pecho, luces bajas. No vio primero a Martina: vio a Fernando.—Señor Morán —Fernando se puso de pie.Salvador inclinó apenas la c
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Capítulo 1370
—¿Mm? —Salvador apretó el brazo y la atrajo un poco más hacia su pecho; había un aviso silencioso en el gesto.—Está bien —Martina tuvo que ceder. Les sonrió a los tres, pidiendo disculpas—. Me voy primero. La próxima yo invito.—Va.—Vayan, vayan.Salvador la rodeó por la cintura y, al darse la vuelta, notó a Vicente: esos ojos parecían pegados a su esposa.Afuera, ya en el auto, a Salvador se le cayó la máscara; el gesto, hundido. Condujo sin decir palabra. Martina le echó dos miradas de reojo: “¿Y ahora qué trae?” Al final, con el trajín del día, cabeceó y se durmió.—Marti.La despertó cuando llegaron al Residencial Jacarandá.—¿Ya? —se frotó los ojos.Estaba por bajar cuando oyó el tono cortante de Salvador:—¿De veras no entiendes o te haces? Doctora Hernández tan lista… me vas a decir que te haces.—¿Qué quieres decir? —el sueño se le fue; sonrió de medio lado—. Si tienes algo que decir, dilo. Sin indirectas.—Perfecto. —Se soltó el cinturón y se inclinó hacia ella—. Estoy de ma
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