All Chapters of CEO, ¡te equivocaste de esposa!: Chapter 1401
- Chapter 1410
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Capítulo 1401
—Él… —Luciana, leyendo la expresión de Alejandro, entendió perfecto lo que estaba pensando. A estas alturas ya no tenía sentido ocultarle nada—. Él es mi… papá biológico.—¿Qué? —Alejandro se quedó helado. Jamás, ni en su peor celo, habría imaginado eso. Había llegado a sentir celos de Enzo; incluso sospechó que tanta “ayuda” para Luciana traía otros fines. Y al final…—Y… —Luciana apretó los labios, la voz se le volvió un hilo—, Lucy Pinto está con él.Alejandro recibió la andanada de datos de golpe y tardó en procesarlos.—Lo de ellos… —Luciana no quiso entrar en detalles— te lo contaré con calma cuando se pueda. Por ahora créeme: Enzo va a ayudarte.Con ese antecedente, Alejandro ya no dudó. Enzo no lo haría por él, sino por su hija.Juan se adelantó con una media risa:—Ale, siempre hay una salida.Y a Luciana:—Eres el amuleto de la buena suerte de Ale.Se le quebró un poco la voz antes de añadir, incómodo:—Y… lo de Simón…—Puedes estar tranquilo —se puso seria Luciana—. No solo
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Capítulo 1402
Eso lo había dicho Luciana.Cuando recién se mudó a la villa Trébol, cada vez que comían no podía evitar soltar la broma: “comida gringa sin chiste”. Y él, claro, se lo guardó bien.Se levantó.—A ver qué hay por acá.Fue a la cocina. En el barrio vivían muchos latinos, pero la despensa de ese depa estaba bien a la gringa: un trozo de res y, de verduras, solo papas, jitomate, cebolla, chile serrano y huevos.—Pongo arroz rojo; hago papas a la mexicana —con cebolla y serrano—, huevos entomatados y un bistec a la plancha con limón. ¿Te late?Solo de oírlo, Luciana tragó saliva; Juan la miraba con ojos de cachorro.—¿Luci? Di que sí.—Sí —sonrió, apretando los labios—. Suena buenazo.—¿“Suena”? —Alejandro chasqueó la lengua—. ¿O sea que nunca lo has probado?—Sí he probado —se rió—.Se incorporó, nadando en su sudadera enorme—. Te ayudo de pinche.—No. —Alejandro le cortó el paso—. Recién saliste del río, estás débil. Y con tu “técnica” pelando papas, dejas la mitad en la cáscara. Ve a se
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Capítulo 1403
—Sí.Luciana asintió sin una pizca de duda. No era por la situación: ella sabía que Alejandro jamás cruzaría un límite. Además, la que había irrumpido en su escondite era ella; lógico que la cama debía ser para él.—Si quieres, duermo en el piso —propuso.Alejandro la miró fijo. ¿Hablaba en serio? Si aceptaba, ¿qué clase de hombre sería?—Está bien —arrojó la cobija sobre el colchón—. Dormimos los dos en la cama.Se repartieron la superficie a mitades, cada quien con su propia frazada, dejando un espacio neutral al centro donde todavía cabría otra persona. A Luciana la venció un sueño extraño y pesado: toda la preocupación acumulada esos días la arrastró rápido a la orilla. Cayó rendida.De espaldas a ella, Alejandro murmuró bajito:—Luci… ¿Alba está bien?No hubo respuesta.—¿Luci?Se volteó intrigado. Ella ya estaba completamente dormida, boca arriba, las manos junto a la cabeza.¿Tan rápido? Se le escapó una sonrisa.No sabía que ése era, por fin, el primer buen sueño de Luciana en
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Capítulo 1404
—Al menos Enzo conserva lo básico de ser padre. No como algunos: ni hijos ni padres… sin una gota de humanidad.Luciana se quedó fría; la sonrisa se le borró.“Ale está pensando en Daniel Guzmán.”—Ale…Las palabras se le quedaron cortas. ¿Cómo se consuela algo así?—No pasa nada —sonrió él, leve—. Ya me acostumbré. En esta vida uno no puede aspirar a tenerlo todo.“¿Aspirar?”Luciana parpadeó, con los ojos húmedos. A veces sentía que él, en realidad, no tenía nada: su madre lo dejó muy joven, y ahora… su abuelo también.Se acercó a la ventana y corrió apenas la cortina.—Ale, afuera… me parece que hay gente rara.—¿Sí? —Alejandro se asomó y frunció el ceño—. ¿Serán los de Enzo?—No lo sé —Luciana negó, insegura—. No los reconozco.Aunque fuera la hija mayor de los Anderson, casi no había tratado con su seguridad. Fuera de aquella escolta rubia de ojos claros, todos le eran anónimos.—Mejor no provocar —decidió Alejandro, en voz baja—. Voy a alistar las cosas.—¿No son “buenos”?—Quién
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Capítulo 1405
—¡Luci, no tengas miedo!Alejandro le apretó la mano y la cubrió con su cuerpo, zigzagueando entre autos y muros.—¡Ah!El estallido más cercano le rozó el oído.—¡Ale!Luciana alcanzó a ver cómo el tiro peinaba el hombro de él. Lo sujetó de golpe.—¿Estás bien?—Nada —negó con una mueca—. No me pegó.—Oh…—¡Ah…! —de pronto Alejandro se tensó—. ¡Juan!La abrazó, retrocedió dos pasos y, de un tirón, empujó a Juan a un lado.—¡Ugh!Luciana sintió, pegada a su pecho, el sacudón en el cuerpo de Alejandro. Esta vez no alcanzó a esquivar.—¡Ale!—¡Jefe! —gritó Juan.—Tranquilos —sonrió forzado—. No es mortal.No tenían un segundo que perder. Alejandro miró a Juan y ordenó:—¡Cárgala! ¡Nos vamos!—¡Sí! —Juan no discutió; sacó a Luciana de los brazos de Alejandro—. Con permiso, Luci. Te llevo para correr más rápido.—¡Vamos!En un parpadeo ya iba a la espalda de Juan y se metieron en la primera callejuela. El barrio era un laberinto de casas apretadas y pasajes angostos: por eso lo habían eleg
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Capítulo 1406
—A ver… —Luciana recorrió el interior con la mirada—. Está viejo y medio destartalado, pero tiene lo básico.Alejandro la miró sonriendo.—¿De qué te ríes? —lo fulminó ella con los ojos—. ¿Qué gracia tiene?—De que… —Alejandro le tomó la mano— la doctora Herrera se adapta a cualquier trinchera.Para una mujer, ya no digamos para cualquiera, ese lugar daba para quejarse. Y ella, que además era hija de Enzo Anderson, no tendría por qué pasar por esto.—Gracias por el cumplido. —Luciana le soltó la mano—. Descansa un poco. Voy a barrer y desinfectar todo.—Va.Cuando Luciana dejó el lugar más o menos presentable, Juan regresó.—Luci, mira lo que conseguí, ¿sirve?—A ver… —Luciana abrió el botiquín.Había desinfectante, bisturí de hoja suelta, aguja e hilo para sutura y antibióticos.—Perfecto.Juan era exmilitar; tenía callo para estas compras.—Pon a hervir agua —dijo Luciana—. Le voy a tratar la herida a Ale.—Listo.Se repartieron el trabajo. Luciana se colocó cubrebocas y guantes; con
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Capítulo 1407
Se hizo de golpe el silencio, y Alejandro y Luciana se miraron y sonrieron.Ella le tomó la mano, le secó el sudor de la frente.—Duele, ¿verdad? Descansa un rato. Yo me quedo aquí contigo.—Ajá —asintió Alejandro, pero no cerró los ojos; se quedó mirándola fijo.—¿Qué me ves? —Luciana soltó una risita.—Quisiera decir que, mirándote, me duele menos… —tragó—. Pero me duele tanto que no puedo dormir.—Entonces te hago plática, ¿sí?—Va.—¿Te cuento de Alba?—Sí.Hablaron así, bajito, con el rumor del río Don de fondo, una paz rara entre tanta persecución.—Ale… Luci. —Juan entró con una bolsa—. Les traje algo de comer.—Gracias —dijo Luciana.—No cocino como Ale —Juan se encogió—, así que… solo conseguí sopa instantánea.—¡Está perfecta! —Luciana tomó su vasito sin dudar—. Cuando una vive fuera, la sopa instantánea sabe a gloria.No era mentira: en Frankbram esos años, era de lo más rescatable para un paladar latino.A Alejandro, en cambio, Juan le pasó pan.—Jefe, hoy te toca pan blanc
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Capítulo 1408
—Ajá… —Juan asintió con la voz hecha nudo y salió.Trabajaron en equipo toda la noche, sin parar, hasta que asomó la luz.Alejandro tenía una resistencia fuera de lo común; Luciana ya lo había comprobado aquella vez del apuñalamiento. La fiebre, al final, cedió: seguía un poco alta, pero ya no era un pico. Incluso dormido, su respiración se volvió pareja; el aire que exhalaba ya no quemaba.—Qué bien lo estás haciendo, Ale —murmuró Luciana.Con un vaso en la mano, humedecía un hisopo y dejaba caer el agua, gota a gota, en su boca. Juan, a un lado, se dio la vuelta para ocultar que se limpiaba las comisuras de los ojos.—La lealtad entre ustedes… de verdad conmueve —dijo Luciana, sincera.—Sí —Juan asintió, tieso, con los ojos enrojecidos—. Ale nunca nos trató como empleados. Para él somos hermanos.Luciana lo había visto: si no los considerara hermanos, ¿por qué se habría puesto delante de la bala por Juan?De pronto, Juan alzó la cara, las manos apretadas.—A Simón y a mí nos echaron
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Capítulo 1409
—¿Abandonado al nacer?—Sí. —Juan asintió—. No te dejes engañar por cómo ves ahora a Sergio. Nació con problemas y su familia… lo dejó en el hospital.La historia salió en los noticieros de entonces. Miguel Guzmán la vio y pagó su tratamiento. El cuadro era curable, pero para una familia común era una fortuna. Cuando Sergio se recuperó, Miguel siguió costeándolo todo, prácticamente lo adoptó. Como tenía casi la misma edad que Alejandro Guzmán, los puso a crecer juntos. Con todo lo que vino después, menos mal que Alejandro lo tuvo a su lado. Para Alejandro, Sergio es más cercano que Domingo Guzmán.Al terminar el relato, Luciana quedó en silencio. No imaginó que la gente alrededor de Alejandro —incluido él mismo— cargara historias así de duras. En el papel eran jefe y empleados; en la vida real, Alejandro jamás los miró por encima del hombro. Quizá por eso entre ellos hay algo que solo puede llamarse hermandad.Luciana tocó la frente de Alejandro.—Mucho mejor. En un rato va a despertar
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Capítulo 1410
—Seguro ya preparó varios platos —murmuró Juan.Alejandro le lanzó una mirada de pocos amigos. Pensó un segundo y se resignó.—Escúchame bien —le dijo—: en cuanto Luciana entre con algo, te lo comes. Lo que sea. Si no te hace vomitar, te lo tragas.Juan se quedó pasmado dos segundos.—¿Cómo? ¿Luciana es… un peligro en la cocina?Alejandro se aclaró la voz y lo dijo de otra manera:—En la villa Trébol y en la Casa Guzmán, todo el servicio lo sabe: el dueño puede cocinar; la dueña, jamás. ¿Entendiste?—Ah… —Juan abrió la boca—. O sea… ¿muy, muy… muy malo?Alejandro soltó una risa seca.—¿Malo? Si está cocido, te lo comes.—Eh… sí, sí.Sus ojos grandes brillaron con una ingenuidad espantada. Estaba asustado, y con razón.A los pocos minutos, Luciana entró con una sola olla entre las manos.—¡Luciana! —Juan se levantó de golpe para recibirla—. ¿Ya quedó?—Ajá.Juan miró detrás de ella.—¿Hay más afuera? Yo traigo lo que falte. Tú siéntate.—No, solo esta olla.Juan se quedó duro.—¿Qué pas
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