All Chapters of Nunca conoces a quien tienes al lado: Chapter 1851
- Chapter 1860
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Capítulo 1851
—Si en serio te hubieras dado cuenta de que estábamos actuando, no te habrías vuelto loca disparándome dardos anestésicos. Si no fuera porque le pedí de inmediato a la señorita Alma que detuviera el juego, ahora mismo ya me habría alcanzado uno. Y entonces, ¿no habría acabado como ese hombre de antes, tirado como un bulto en la parte de atrás de la camioneta? —dijo Waylon.En efecto, en el convoy también iba una camioneta pequeña. El hombre que recibió el anestésico no podía moverse, así que los guardaespaldas lo metieron directamente dentro de ese vehículo.—Paren el auto.De repente, junto a mí sonó una voz ni alta ni baja, pero cargada de autoridad. Por reflejo, miré hacia la señorita Alma. Ella mantenía la vista fija al frente; su perfil no mostraba ninguna expresión, imposible adivinar lo que estaba pensando.En cuanto la señorita Alma dio la orden, el auto se detuvo lentamente. Cuando el nuestro se paró, los vehículos de atrás también se detuvieron uno tras otro. No sabía por qué
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Capítulo 1852
La miré y me perdí en ella, absorta, apenas una silueta que se me desdibujaba; en ese instante sentí que se le escapaba una tristeza, algo que flotaba en el aire.Entonces, ¿qué había pasado de verdad entre Henry y ella?Era obvio que sabía lo que Henry sentía; por eso la hostilidad, el fastidio tan marcado, esa forma de tratarlo que se volvía cada vez más a propósito.La señorita Alma sacó un cigarrillo fino y lo encendió. Dio una calada y dijo en voz baja, casi para sí misma:—Henry no es un aliado confiable. Él es… mi familia.Sentí un golpe en el pecho.De repente, el rechazo, el trato distante hacia Henry parecían tener lógica.Pensándolo bien, con calma, tal vez no lo detestaba; ¿y si lo estaba protegiendo?—Las personas que antes me querían, las que me acompañaban después de que mis padres se fueron, cambiaron una tras otra —la voz de la señorita Alma se escuchaba apagada, cargada de una represión honda y de melancolía—. Primero el señor Felipe, luego Pedro, y después Ricardo ¿
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Capítulo 1853
No le respondí a esa frase; solo le pregunté:—Entonces… ¿lo mataste con tus propias manos?—Ja, ja, ja —la señorita Alma se rio un poco—. No le di una muerte tan fácil. Me limité a observarlo, a verlo sufrir hasta no poder más. Pero era en serio obstinado: aun en ese estado, no quiso darme ni una sola explicación; lo único que pedía era que lo matara. Al final, ordené que lo torturaran del modo más cruel. Solo después de que murió fui a verlo. ¿Adivinas en qué estado quedó?Negué con la cabeza. Los escalofríos me treparon por la espalda. La señorita Alma sonrió un poco y dijo:—Estaba irreconocible. Su cuerpo no tenía un solo lugar intacto —bajo la luz de las estrellas, me pareció distinguir lágrimas en su cara—. Por eso odio. Odio a Gonzalo, y odio a Pedro, que fue quien lo envió a engañar mis sentimientos. Fue mi primer amor, ¿lo sabes? Yo también llegué a imaginar un futuro hermoso con él. Pero todo eso, por estas luchas de poder, se hizo añicos. A veces, de verdad, detesto todo es
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Capítulo 1854
—¿Ricardo Torres?La señorita Alma exhaló un anillo de humo, con una sonrisa sutil.—En Valkitlaz, las dos familias con más poder son los Morales y los Torres. Ricardo es el heredero de los Torres. Claro, también fue amigo de la infancia de Pedro y mío, crecimos juntos.Al decir lo último, usó un tono ligero a propósito, pero la colilla que tenía entre los dedos dejó caer un rastro largo de ceniza sobre su vestido negro; ella ni se dio cuenta.En ese momento, todo su cuerpo parecía envuelto en una tristeza difícil de explicar.Seguí su idea y le pregunté:—Si era tu amigo de la infancia… entonces, después de lo que pasó en tu familia, él…—Ja —se burló de repente—. Se fue a apoyar al señor Felipe. Ahora hasta planea convertirse en su yerno.—¿Qué… qué significa eso?La relación parecía tan enredada que por un instante mi mente no lograba seguirle el ritmo.La señorita Alma se rio suavemente y me explicó:—Las familias Morales y Torres siempre se llevaron bien. Ricardo venía seguido a j
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Capítulo 1855
Bajo la noche, aunque no lograba verle bien la cara, sentía que la señorita Alma me miraba con algo de cariño.—Quiero que me ayudes a encontrar las pruebas de que el señor Felipe fue el que mató a mi tío y a mi padre —me dijo con un tono medio en broma—. El señor Felipe me vigila muy de cerca, y tanto Henry como la mayordoma están siempre bajo su control; ellos ni siquiera pueden entrar al castillo del señor Felipe. Solo tú puedes hacerlo, porque no perteneces a esta finca. Estrictamente hablando, sigues siendo alguien de afuera. El señor Felipe jamás se imaginaría que yo le confiaría un asunto tan importante a una extraña. ¿Entiendes?Asentí.—Entiendo.Su intención era clara: el señor Felipe no se iba a imaginar que la señorita Alma confiaría en mí, y menos que yo estaría dispuesta a jugarme la vida por ella.Quizá, llegado el momento, el señor Felipe hasta trataría de comprarme con algo que sonara bien.Y entonces yo podría ser la espía que la señorita Alma le pondría al lado.Al p
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Capítulo 1856
—Ya que decidiste quedarte para ayudarme, no va a haber marcha atrás.Mientras hablaba, la señorita Alma me miró; su tono se volvió todavía más serio.—Así que te lo pregunto por última vez: ¿te vas o te quedas? Si decides irte, no te voy a detener para nada; incluso voy a mandar a alguien para que te escolte. No pienses que esto es otra prueba. Ahora hablo en serio. Y justo porque veo que eres sincera, te doy esta última oportunidad de elegir. Así que decide.El viento de la noche levantó el pelo largo de la señorita Alma.Se quedó derecha, como si solo así pudiera esconder lo frágil que se sentía por dentro.Le sonreí, pero le hablé muy en serio:—Claro que me quedo. Volver así, con el rabo entre las piernas, sería una vergüenza. Cuando la ayude a terminar su gran plan de venganza, voy a volver con un montón de plata y diez amantes hermosos para refregárselos en la cara a ese desgraciado. Solo de pensarlo ya me gusta.La señorita Alma me miró en silencio un buen rato y, de repente, s
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Capítulo 1857
—Mira nada más cuánto confía en ti la señorita Alma —dijo Waylon—; hasta te llamó aparte para hablar a solas. Ni Jeison, ni Henry, ni yo tenemos ese trato.Suspiré. ¿Oportunidad?En ese momento, si hubiera elegido mal, si hubiera traicionado a la señorita Alma, ahora mismo ya estaría muerta.Unos golpes secos sonaron en el vidrio. La señorita Alma le pegaba a la ventana.El vidrio bajó un poco y dejó ver que estaba impaciente.—¿Van a subir de una vez? Si me muero de hambre, ninguno de ustedes va a vivir.Sonreí y me apuré a abrir la puerta para subir al auto.Waylon tiró la colilla que ya se acababa, dio un paso largo y se sentó en el asiento del copiloto.El auto arrancó y siguió su camino.Pero el ambiente adentro ya no era el mismo.Antes, el silencio pesaba. Ahora, con los ánimos distintos, se respiraba una calma distinta, hasta un poco alegre.La señorita Alma se recostó en el asiento y cerró los ojos para descansar.La miraba de vez en cuando hasta que, de repente, sentí que en
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Capítulo 1858
No llevaba puesto el uniforme negro y ajustado de los guardaespaldas. En cambio, traía una chaqueta suelta de color gris oscuro; las mangas estaban arremangadas hasta los antebrazos y dejaban ver una cicatriz muy notoria en la muñeca.Le habían hecho esa marca a propósito para que encajara con la identidad que usaba; buscó a un forense veterano para que la copiara igual a la que tenía el dueño original de esa identidad.—Alto.Miró al equipo que entrenaba en el campo. Cuando habló, forzó la voz para que sonara áspera y ronca, como papel de lija raspando madera, muy distinta a su tono de siempre.El campo se quedó en silencio de inmediato. Todos se enderezaron y se le quedaron mirando al mismo tiempo.Nadie se atrevía a faltarle al respeto a “él”, o sea, a Darío.Decían que Darío le había roto el brazo al guardaespaldas más capaz del señor Felipe en solo tres movimientos, con una brutalidad de alguien salido del infierno.Además, una vez llegó a ponerse en medio para recibir un cuchilla
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Capítulo 1859
Llevaba unos lentes de marco dorado; su aspecto era fino y distinguido, pero los ojos detrás de los cristales eran difíciles de leer.Tenía los dedos largos, con los nudillos marcados; el aplauso despacio de hacía un momento había salido de esas manos.Ese aplauso no se sentía forzado; parecía más bien que de verdad apreciaba un entrenamiento cualquiera, con una cortesía medida y elegante.Incluso al pararse junto al señor Felipe, mantenía la distancia justa: ni se adelantaba a propósito ni se quedaba atrás; tenía los hombros un poco relajados, mostrando respeto, pero sin perder dignidad.A simple vista, se notaba que tenía una mente que calculaba todo.Mateo apartó la vista y fue el primero en hablar, con una actitud respetuosa mas no servil:—Señor Felipe, señor Torres, ¿qué los trae por aquí?El señor Felipe se fumaba el puro en silencio.Ricardo sonrió y dijo:—Solo pasábamos a mirar, y de paso a comentarte lo del muelle. Pero, Darío, esa escena de recién, cuando dominaste y regaña
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Capítulo 1860
Mateo sentía el corazón colgando de un hilo; no sabía si el señor Felipe ya sospechaba de él. Al fin y al cabo, las dos personas que el señor Felipe más valoraba eran Ricardo y este Darío, el papel que él estaba interpretando ahora. Tenía miedo de que hubiera visto alguna falla, de que hubiera sacado la cuenta de que él no era el verdadero Darío.Cuando ese pensamiento lo atravesó, Mateo se tensó todavía más. Apretó los puños en silencio; sintió el sudor en la palma de la mano, pero se obligó a enderezar la espalda. Esa era justo la postura de Darío cuando estaba frente al señor Felipe: una lealtad salvaje, casi suicida.Y en ese momento, el señor Felipe lo miraba fijamente. La pregunta de antes iba para los dos, para él y para Ricardo, pero los ojos del viejo se clavaron solo en Mateo. Eso confirmaba que el señor Felipe dudaba de él, que algo en su actuación no terminaba de convencer.Las ideas le dieron vueltas en la cabeza. Habló con voz grave:—Señor Felipe, el traidor se esconde e
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