All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 11
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ONCE
—¿Quieres dar una vuelta por el jardín? —preguntó Verónica, pero Kevin no se detuvo ante sus palabras, obligándola a seguirlo de cerca. Ella solo quería evitar que el hombre entrara en su despacho, debía impedir a toda costa que encontrara a Leah.—Verónica, tengo mucho trabajo. Puedes dar todas las vueltas que quieras tú sola.—Tenemos que hablar, Kevin —insistió. El hombre se detuvo y se giró para mirarla.—Es injusto esto conmigo —expuso Verónica, intentando sonar firme pese a su timidez.—¿De qué tendríamos que hablar? —preguntó él, con brusquedad, haciéndola dudar.—Del beso… —alcanzó a decir, justo antes de que una voz interrumpiera.—Señor —Ana apareció corriendo, pálida como un papel.—¿Qué ocurre, Ana? —preguntó Kevin, sorprendido, mientras Verónica se juraba a sí misma que le haría pagar esa intromisión.—Señor, venga conmigo. Es urgente.Al escuchar aquello, Verónica supuso que Ana había encontrado a Leah. La furia la invadió. Una vez más, Leah era la causante de arruinar s
DOCE
Era medianoche cuando Kevin se incorporó, abandonando la cama. Se acercó a la ventana, observando las gotas de lluvia resbalar por el cristal. Sus ojos azules, antes brillantes, ahora lucían opacos. Las noches lluviosas siempre despertaban en él la nostalgia por Dulce, su esposa fallecida. Aquella joven hermosa que había perdido la vida en un trágico accidente seguía siendo su herida más profunda.Kevin la había amado desde los diecisiete años. A los diecinueve se comprometieron, a los veintiuno se casaron, y dos años después la tragedia los separó. Ahora, con veinticinco, el recuerdo de Dulce lo perseguía con más fuerza que nunca.En la oscuridad, su mente se llenó de escenas del pasado, de risas y caricias que ya no existían. La cercanía de Verónica se había vuelto un consuelo fugaz, una sombra cálida ante el vacío de su amada. Su matrimonio con la heredera de la familia Presley no era más que una jugada estratégica: un acuerdo que le abrió puertas y lo impulsó a la cima que tanto d
TRECE
Kevin tenía las facciones endurecidas. Leah lo tenía en la palma de su mano sin mover un solo dedo. Incluso herida, había sabido cómo acorralar a su esposo. El hombre permaneció en silencio, evaluando sus opciones, aunque sabía que no tenía muchas. Durante los días en que sus suegros permanecieran en el país, no sería más que el juguete de Leah. Mientras tanto, la asesora fue guiada hasta el jardín por Ana, quien aún no se atrevía a confesarle que su patrón no podría recibirla. Aun así, se mostraba amable; en el fondo, luchaba entre advertirle que Leah era víctima de Verónica o guardar silencio. Pero sabía que hablar de aquello no le correspondía. Podía desencadenar un conflicto grave, y por eso su patrón había reaccionado como lo hizo. —¿Por qué el señor Hill no sale junto a mí? —preguntó la mujer. —El señor Hill y la señora Hill aún están durmiendo —expuso Ana con voz baja. —¿Durmiendo? —La asesora frunció el ceño—. Eso es una gran mentira. Kevin Hill no es de los que duermen ha
CATORCE
El vehículo fue puesto en marcha. Kevin no pronunció una sola palabra más, pero Leah ya sabía que su marido jamás pondría en riesgo sus negocios. No le quedaba otra opción que cooperar con él. Si esto fracasaba, sus padres la enviarían a Francia, y aquello no estaba en sus planes. Hizo una mueca al sentir los pequeños pinchazos de sus heridas. Kevin lo notó de inmediato. —Diremos que te has caído —anunció con tono práctico—. Pero también diremos que estuve pendiente de ti. —Estás exagerando con tu nivel de cinismo —replicó Leah sin mirarlo. —No me importa lo que pienses de mí —contestó él con frialdad, mientras el vehículo se adentraba en los extensos terrenos de la familia Presley. Leah no pudo evitar sonreír. Extrañaba su casa. Tal vez no sería tan mala idea volver allí de vez en cuando. Desde el balcón, su padre observaba el auto que se detenía frente a la entrada. El guardaespaldas abrió la puerta para que Leah descendiera. Leandro Presley, de pie junto a los ventanales, pre
QUINCE
—Hablemos de negocios, Kevin. Ustedes, mujeres, pueden buscar algo de su agrado —expuso Leandro al ponerse de pie. Kevin imitó el gesto con serenidad, dejando atrás a Andrea, Leah y Liliana, quienes quedaron solas en la sala. Los pasos de los hombres se perdieron por el pasillo rumbo al despacho, dejando en el aire el eco de la autoridad de Leandro Presley. —¿Estás segura de que estás bien con el matrimonio, Leah? —la voz de su madre rompió el silencio, tomándola por sorpresa. Leah parpadeó, respirando con calma antes de responder. —Si algo no estuviera bien, mamá, ustedes serían los primeros en saberlo. Pero estoy bien. Estamos bien. Andrea la observó con ternura y, tras un instante de duda, asintió. —Era lo único que necesitaba escuchar. Solo estaremos aquí una semana. Luego viajaremos a Estambul. Tu padre quiere que tu esposo se haga cargo de ambas empresas. Leah la miró incrédula. —¿Qué? ¿Le dará el poder absoluto? —Sí —confirmó su madre con una serenidad que no tranquil
DIECISÉIS
Leah tragó saliva. No esperaba encontrarse a Kevin allí. Estaba segura de que lo habían dejado en la empresa, pero contra toda lógica, él estaba sentado junto a su abuela y sus padres.—Querida, viniste —exclamó la Matriarca Hill con genuina emoción, haciendo que Leah avanzara hasta reunirse con ellos.—Abuela, madre, padre... esposo —saludó con educación, colocándose al lado de la anciana.—Es bueno saber que se llevan tan bien —comentó Andrea con una sonrisa dulce al notar el cariño que Isabel Hill mostraba hacia su nuera.—Hemos venido a darle una buena nueva a Isabel —anunció Leandro Presley con un tono que hizo que Leah frunciera el ceño.—Me ha dicho Leandro que van a consumar el matrimonio —declaró Isabel con naturalidad, y tanto Kevin como Leah se tensaron de inmediato.—Abuela… —murmuró Kevin, intentando contenerse.—Niño, calla —lo interrumpió Isabel sin siquiera mirarlo, dirigiendo toda su atención a Leah—. Cariño, me alegra saber que serás una verdadera compañera para mi n
DIECISIETE
—¿Te está tratando bien mi nieto? —preguntó Isabel mientras sostenía una taza de té con elegancia.Leah forzó una pequeña sonrisa. En realidad, Kevin la trataba peor que a un perro; sin embargo, ese día había descubierto una nueva manera de manipularlo, aunque no estaba segura de cuánto podría durar aquella estrategia.—Abuela, Kevin es muy bueno conmigo —respondió con suavidad.—¿Qué tan bueno, exactamente? —insistió Isabel con una mirada perspicaz. Leah empezó a sospechar que la anciana buscaba que ella acusara a Kevin, pero no tenía deseos de terminar estrangulada por su marido.—Lo suficiente como para decir que nuestro matrimonio tendrá frutos —dijo finalmente.—Entonces apúrense, quiero conocer pronto a mis bisnietos —soltó Isabel con entusiasmo.El rostro de Leah se tiñó de un sonrojo profundo. Su corazón latía tan fuerte que creyó que se le escaparía del pecho.—Abuela, no seas impaciente —murmuró, tratando de disimular su vergüenza.—De hecho, el viaje a Finlandia será una ma
VILLA LA MATILDE
—Suéltame. Ya ganaste, así que déjame en paz. Como ves, estoy retirándome —dijo Leah, armándose de valor. Ya estaba preparada por si Verónica intentaba golpearla otra vez.—No sabes cuánto voy a disfrutar saber que estás lejos de Kevin. Lejos de mí. No imaginas cuánto te odio, cuánto te desprecio. Nunca debiste cruzarte en mi camino, maldita bastarda —escupió Verónica con crueldad.—Kevin no hace esto por ti —replicó Leah con voz firme—. Lo hace por la memoria de tu hermana, de su esposa. Porque aunque te duela, Dulce fue su mujer, y tú solo intentas ocupar su lugar… algo que te queda muy lejos.—Ojalá te mueras —rugió Verónica antes de marcharse, dejándola sola.Leah respiró con dificultad. Su cuerpo aún temblaba mientras bajaba con la maleta en mano. En las escaleras, se encontró con Ana, quien también cargaba una pequeña valija. Por un momento, el corazón de Leah se asusta creyendo que su la mujer sería despedida por su culpa, pero la respuesta de Ana disipó aquella angustia.—¿Qué
Compras
La noche parecía suspendida en un silencio espeso. Leah, harta de todo, había cerrado sus antiguas redes sociales y abierto otras nuevas bajo nombres que nadie reconocería. No quería saber nada del mundo, y menos aún que el mundo supiera de ella. Sentada frente al tocador, la luz fría del espejo iluminaba su rostro marcado. Las sombras de los golpes de Verónica aún se dibujaban en su piel, recordándole que incluso el amor podía doler de maneras crueles. —Te entiendo… —susurró, acariciándose la mejilla con dedos temblorosos—. Debe ser difícil amar a un hombre que siempre amó a tu hermana. Quizás me merezco estos golpes, pero no vine a quitarte nada. Kevin nunca fue mío. El aire quieto de la habitación se quebró cuando la puerta se abrió sin aviso. Kevin apareció en el umbral, su silueta recortada contra la luz del pasillo. Leah se irguió de golpe, el corazón latiéndole con fuerza. —¿No te enseñaron a tocar? —soltó con voz cortante, sin intentar ocultar su fastidio. Kevin avanzó de
FOTOGRAFÍAS
Dentro del vehículo que avanzaba hacia la empresa, Leah no podía mantenerse en silencio. El aire entre ambos era denso, cargado de palabras no dichas. Aun sabiendo que su marido no le prestaba atención, se atrevió a hablar. —Te agradezco lo que hiciste. Aquí tienes el dinero que gastaste. Kevin levantó la cabeza con un leve giro, su mirada azul, cortante, se clavó en ella. El celeste de los ojos de Leah tembló bajo aquella intensidad; había inocencia y vergüenza en su gesto, como si temiera haber cometido una falta. —¿En qué concepto me tienes? —su voz fue grave, contenida—. Soy un hombre, Leah. Los hombres estamos acostumbrados a gastar en mujeres, en sus gustos y caprichos. Ella no apartó la mirada. Aquel azul profundo la mantenía atrapada. Sin poder creer lo que oía, estiró una mano y, casi sin pensar, tocó la frente de Kevin. El hombre frunció el ceño, sorprendido por el gesto. —¿Qué ocurre contigo? —preguntó, con un dejo de molestia, aunque la suavidad de aquellas manos pequ