All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 21
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ESTOY CASADO
Dentro de la oficina, los ojos de Leah se abrieron como pozos ante la acusación que caía sobre ella. Sentía caer sobre su pecho el peso de algo más viejo y oscuro, como si la muerte misma la mirara desde el otro lado del vidrio. —Kevin, tú estás… —Cállate. No quiero escucharte —interrumpió él, feroz—. Su voz era un látigo. Kevin estaba fuera de sí, convencido de que otra vez ella había desobedecido sus órdenes y mancillado la memoria de Dulce. —No he tocado nada —intentó Leah, adelantando la mano como si una explicación pudiera detener la tormenta. Antes de que pudiera articular una palabra más, la mano de Kevin se alzó. Leah instintivamente se cubrió el rostro y sollozó, el miedo encendiéndole la garganta. En ese instante, algo cambió en él; el pavor en los ojos de Leah le llegó como un golpe frío. Retrocedió un paso, alejándose, sorprendido por la propia fuerza que había mostrado. El silencio que siguió se llenó de tensión temblorosa. Leah, con la respiración entrecortada, tra
VISTOS POR LA ABUELA
—¿Qué significa esto? —La voz de Isabel cae como un balde de agua helada. Está de pie en el umbral, con las manos apretadas sobre el pecho. Kevin reacciona primero: empuja a Verónica con brusquedad, sin importarle si cae o no. —Quiero que esta mujerzuela se retire ahora mismo de la empresa, Kevin. —Señora, yo… —Nadie te autorizó a abrir la boca. ¿Qué esperas para largarte de la oficina de mi nieto? —La mirada de Isabel es un filo, y Verónica, tragándose la humillación, obedece y sale. —Abuela… lo que vio es un malentendido —Kevin exhala pesado. —Quiero que te alejes de esa mujer. Dices que intentas algo con Leah… y te encuentro besándote con la hermana de tu difunta esposa. ¿Ese fue el ejemplo que recibiste de mí? —Por supuesto que no. Ya le dije que fue un movimiento inesperado de Verónica, nada más —Kevin intenta serenarla, sentándola. —No me decepciones, Kevin. —No lo haré. Fue un impulso, no algo que yo iniciara. —No te hagas el inocente. Eres hombre: nadie entra si no s
INCLUYE BESOS
Cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, Leah cerró su agenda y se masajeó la frente. Estaba agotada, pero sabía que la vicepresidencia no era un puesto de descanso. Además, no pensaba desaprovechar la oportunidad que su esposo le había dado. Antes de que pudiera seguir divagando, la puerta de su oficina se abrió de golpe. La imponente figura de Kevin Hill irrumpió en su campo de visión, tomándola por sorpresa. Leah se incorporó enseguida, percibiendo el fastidio en su mirada y el tono colérico de su rostro. No quería iniciar una discusión absurda ni darle a Kevin más motivos para detestarla. —La abuela ha ordenado que salgamos de viaje esta misma noche —dijo él con voz tajante—. Así que sé buena chica y coopera. No quiero perder mis inversiones en Brasil… y tú no querrás irte a vivir a Francia. La sola mención de Francia hizo que Leah endureciera sus facciones. —No olvido que tenemos un trato, señor Hill —respondió con calma contenida. —Entonces ve a prepararte, porque cono
FINLANDIA
— No pienso dormir contigo. Yo dormiré en el suelo, pero no te quiero cerca. Debes tener muy claro que… — ¿Crees que para mí esto es un placer? —interrumpió Kevin, con la voz cargada de ironía—. Deja de alucinar, esto es un maldito calvario. Y si no fuera por… — Si no fuera por las inversiones de Brasil que quieres conquistar, no estarías aquí conmigo —lo cortó ella, con un tono firme—. Lo tengo bastante claro, señor Hill. — Bien —Kevin guardó las manos en los bolsillos—. Al menos coincidimos en algo. Esto es un matrimonio arreglado, pero tendremos que fingir que es real. Por los intereses de ambos. — Entonces tú duermes en el suelo y yo en la cama —replicó Leah, muy seria. Kevin arqueó una ceja, incrédulo. — ¿Sabes ante quién estás hablando? ¿Por quién me tomas, mujer? — Por Kevin Hill. Lo tengo clarísimo. Y no te estoy tomando por nadie. Nadie sabrá lo que ocurra entre estas cuatro paredes —se encogió de hombros—. Nadie sabrá que el señor Hill duerme en el suelo. Kevin solt
RESTAURANTE
Leah se encontraba frente al espejo. Sus rasgos eran finos, casi esculpidos, y el reflejo que la devolvía la hacía parecer una pintura viviente. —Señora —la voz de Arturo resonó tras la puerta—. ¿Está lista? —Sí, ya salgo, Arturo —respondió ella mientras tomaba su pequeño bolso. No tuvo tiempo de seguir analizando los pensamientos que cruzaban su mente. Al salir, notó cómo algunas empleadas cuchicheaban a su paso; no todas, pero sí las suficientes como para sentir el peso de sus miradas. Entre ellas, no estaba la mujer que la había enfrentado horas antes. Cuando el vehículo se detuvo frente al restaurante, Leah contempló el lugar con genuina emoción. El ambiente sereno y la brisa cálida hacían del sitio un rincón de calma. Con elegancia natural, siguió los pasos del asistente de su esposo. La luz del sol atravesaba los cristales, acariciando su cabello oscuro y sedoso, que parecía brillar con cada movimiento. Su vestido, ajustado y de corte preciso, resaltaba sus curvas con una m
ADVERTENCIA
Leah bajó la cabeza, esperando la orden de Kevin para retirarse, pero el hombre tomó el móvil y lo guardó en su bolsillo. —Por hoy ya no hay reuniones. Estás libre —dijo con tono firme—. Arturo te llevará de vuelta a la Villa. —Okey —respondió Leah, tomando su bolso y saliendo de la estancia sin mirar atrás. Kevin se quedó hablando con Arturo, dándole instrucciones para acompañar a la mujer. Unos minutos después, ya dentro del vehículo, el teléfono de Leah comenzó a sonar. Al ver el número desconocido, dudó un momento, pero contestó. —¿Hola? —dijo con un leve temblor en la voz; no acostumbraba a recibir llamadas. —Habla Henry. ¿Tienes libre para aceptar cenar conmigo? —La voz masculina la tomó completamente por sorpresa, quedando unos segundos en silencio. —¿Estás ahí, Leah? —insistió él. —Oh, sí, Henry. Lo lamento, estoy fuera del país y no tengo una fecha precisa de regreso —respondió con cierta torpeza, mientras Arturo, al lado del chófer, fruncía el ceño al escuchar el nom
EXHIBICIÓN EN LA HABITACIÓN
Leah se acomodó en el sillón del balcón, dejando que la brisa marina acariciara su rostro mientras observaba el horizonte. Desde allí, el mar se extendía majestuoso y sereno. Sonrió con suavidad, aunque sus pensamientos pronto la llevaron hacia Dulce y Verónica. No comprendía por qué Verónica nunca había confesado sus sentimientos cuando tuvo la oportunidad. De Dulce, en cambio, sabía muy poco; apenas que había sido la esposa, en aquel entonces, del hombre que ahora era su esposo. Dulce Hill… una mujer hermosa, dulce y sin una pizca de malicia, de esas que destilan pura bondad. Leah dejó escapar un suspiro profundo. Ella jamás quiso convertirse en la esposa de Kevin, pero ninguno de los dos tuvo otra opción más que casarse. —Señora, ¿desea un poco de té o café? —preguntó con amabilidad la encargada de la cocina, haciéndola volver al presente. —Café, por favor —respondió Leah con voz apacible. —Por supuesto, señora. Y déjeme decirle que puede pedirme lo que necesite, señora Hill.
DESOBEDIENTE
—Sean bienvenidos —expresó Kevin con una sonrisa encantadora. —Yo definitivamente ya no estoy para estos viajes —bromeó Isabel, soltando un suspiro teatral—. Cuando anuncien que estás embarazada, en lugar de festejar con un viaje, organizaremos una gran fiesta. Sus palabras provocaron que su nieto y Leah solo sonrieran. —Pasemos a la sala —indicó Kevin—. Señor Leandro, ¿cómo estuvo el viaje? —preguntó mientras Andrea, Leah e Isabel avanzaban conversando sobre las comidas típicas que querían probar durante su estancia. Una vez dentro de la villa, todos se acomodaron, disfrutando de una conversación amena. Kevin, con naturalidad, colocó su mano sobre el muslo de Leah. Ella se tensó al instante, aún le resultaba vergonzoso aquel tipo de contacto frente a su familia. Sin embargo, no podía hacer nada: su padre parecía aprobar la escena. Isabel, en cambio, lanzaba miradas asesinas a su nieto, recordándole con solo los ojos que aún no había olvidado aquel beso con Verónica en su oficina
UN BESO INESPERADO
—No hay ningún problema —expresó Kevin con tono contenido—, pero me hubieras avisado que vendrías aquí. De esa manera habría venido contigo, y no cada uno por su lado. Su voz sonaba calmada, aunque la molestia era evidente. Leah bajó la cabeza de inmediato; incluso sin alzar la voz, Kevin imponía respeto… o miedo. —Lo siento —murmuró ella, la voz temblorosa. Kevin se apartó sin responder y avanzó hacia la cabaña. Leah no tuvo más opción que seguirlo. El hombre fue directo a la barra y sirvió whisky, mientras su esposa se acercó a la gran ventana de cristal desde la que se divisaba la playa bañada por la luz plateada de la luna. Desde allí podía ver la villa, diminuta a lo lejos. El silencio entre ambos era denso. Leah, de vez en cuando, lo observaba de reojo, cuidando de no ser descubierta. Se percató de que su marido ya había vaciado más de una copa… y no parecía detenerse. Dos horas después, Kevin no se había movido. Frente a él reposaban dos botellas vacías. Leah, absorta en
IR A MISA
Los primeros rayos del sol se filtraron entre las cortinas, acariciando el rostro de Leah. Abrió lentamente los ojos; el cuello le dolía, sentía la rigidez de haber dormido en una mala posición. Estaba a punto de incorporarse cuando una voz masculina la sobresaltó. —Maldita sea… —murmuró Kevin, con evidente fastidio. Hubo un golpe sordo, como si algo pesado hubiese caído al suelo. Leah no necesitó mirar para saber que había sido él. Decidió quedarse quieta, fingiendo dormir. Sí, fingir demencia. Lo mejor que podía hacer ahora. —¿Qué estás haciendo ahí, Leah? Y no finjas, te veo mover las pestañas —la voz de Kevin sonó grave, irritada—. Abre los ojos, te estoy hablando. ¿Qué demonios haces en el sofá conmigo? —Deja de gritar, nadie está sorda aquí —replicó Leah con desgano, sentándose lentamente. —Te hice una pregunta, y estoy esperando una maldita respuesta —insistió él, cruzando los brazos. —Te emborrachaste —respondió ella con serenidad, aunque sus ojos brillaban de fastidio—.