All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 241
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MIL VECES SI
La noche había caído lentamente sobre Brasil. No fue abrupta.Fue suave. Como si el día se negara a marcharse del todo. Desde la terraza, la ciudad brillaba a lo lejos con luces dispersas, mientras el aire cálido traía consigo aromas de flores nocturnas y tierra húmeda. Pequeñas lámparas colgantes iluminaban el espacio con un resplandor tenue, dorado, creando una atmósfera íntima, casi suspendida en el tiempo.Emily dormía profundamente en su moisés, envuelta en una manta ligera.Su respiración era tan suave que apenas se escuchaba.Leah la observó un momento más antes de sentarse frente a Kevin.Kevin ya estaba allí, acomodando los cubiertos con una precisión que delataba su necesidad constante de control… incluso en momentos así.Leah sonrió.—No tienes que organizarlo todo —le dijo con suavidad.Kevin levantó la vista.Sus ojos azules se encontraron con los de ella.—Es mi naturaleza.Leah tomó asiento.—Lo sé.Kevin se recostó apenas contra la silla, observándola.Ella llevaba un
A punto de cruzarse.
Carlos Beira no creía en las coincidencias. Aprendió muy joven que todo lo que parecía accidental solía ser la antesala de algo mucho más grande.Estaba sentado en su oficina privada, en el piso superior de un edificio discreto en São Paulo. Desde allí, la ciudad parecía una bestia inmensa respirando lentamente, con luces parpadeantes y avenidas que nunca dormían. Tenía un vaso de whisky en la mano, intacto desde hacía varios minutos.No lo estaba bebiendo. Estaba pensando. Dos hombres permanecían de pie frente a él. Silenciosos. Rectos. Esperando.Uno de ellos sostenía una tablet.—Repítelo —ordenó Carlos sin alzar la voz.El subordinado tragó saliva.—Señor… Kevin Hill ingresó a Brasil hace unos cuantos meses señor.Carlos levantó lentamente la mirada. Sus ojos oscuros no mostraron sorpresa inmediata. Solo una quietud peligrosa.—¿Estás seguro?—Sí. Fue un ingreso limpio. Vuelo privado. Documentación impecable. Sin escoltas visibles.Carlos apoyó el vaso sobre el escritorio. El cris
QUIEN SERA EL PRIMERO EN CAER
Carlos Beira no era un hombre que pidiera permiso. Tampoco explicaba más de lo necesario.Dulce lo sabía desde el primer día. Aun así, estaba sentada frente a él, cruzando las piernas con nerviosismo mientras encendía un cigarrillo tras otro. El despacho estaba sumido en una penumbra elegante, con lámparas bajas y cortinas gruesas que bloqueaban la luz de São Paulo.Dulce tenía los ojos cansados. La derrota financiera la estaba alcanzando más rápido de lo que había imaginado.— ¿Te encuentras bien?—pregunto Carlos, apoyando los codos sobre el escritorio—. Nos trasladamos para solucionar los problemas, pero veo que lo único que hace es empeorar la situación.Dulce levantó la cabeza.—¿Qué?— Dulce, tus enemigos están moviendo piezas —respondió Dulce inhaló profundamente el humo.—¿Kevin?Carlos no respondió de inmediato, se levantó. Caminó hasta la ventana. Miró la ciudad.—Digamos que es un asunto empresarial —dijo finalmente—. Hill Enterprises se desplomó en Brasil. Hay acciones flot
Una pequeña granja.
La noche había caído sin anuncios. No hubo tormenta ni relámpagos, solo un cielo oscuro y espeso que parecía observarlos desde arriba. Leah permanecía sentada junto a la ventana, Emily dormía contra su pecho, su respiración era tan leve que parecía parte del aire. Kevin estaba en la habitación contigua revisando informes. Pero Leah ya no escuchaba las voces lejanas de estrategas ni el murmullo de dispositivos. Solo sentía. Y ese sentimiento no la abandonaba desde hacía días. Brasil no era seguro. No porque la ciudad fuera peligrosa en sí misma, sino porque allí convergían demasiadas miradas, demasiados intereses, demasiadas sombras. Carlos. Dulce. Los inversionistas. Las mafias ocultas entre las favelas. Los empresarios esperando el derrumbe para comprar restos. Brasil se había convertido en un tablero. Y Emily era demasiado pequeña para ser una pieza. Leah besó suavemente la frente de su hija. —No es aquí… —susurró. Se levantó despacio. Caminó hasta donde Kevin esta
Renunciar.
Brasilia. Tres días después Carlos Beira llevaba más de una hora sin moverse. Permanecía de pie frente al ventanal de la suite, con una copa de whisky intacta en la mano. La ciudad se extendía abajo como un organismo vivo: luces, tráfico, ruido distante. Brasil nunca dormía. Solo cambiaba de ritmo. Detrás de él, tres hombres hablaban en voz baja. Pantallas encendidas. Tablets. Documentos digitales proyectados en la pared. Carlos escuchaba sin interrumpir. —Confirmado —dijo uno de ellos—. Kevin Hill no se encuentra actualmente en Brasilia. Carlos no giró. Solo alzó levemente una ceja. —¿Desde cuándo? —Desde hace 3 días es como si se hubiera evaporado. Carlos dio un pequeño sorbo al whisky. —¿Destino? —Aún no exacto. Tenemos registro de un vuelo privado, sin plan oficial. Cambió de ciudad. Carlos cerró los ojos apenas un segundo. Kevin Hill se movía como un fantasma. —¿Qué ciudad? Suposiciones. —Creemos que São Paulo… aunque también hay rastros en Campinas. Usó intermedia
TRES MESES, PEQUEÑA AMAZONA
Tres meses de luz. Tres meses después. La mañana despertó lentamente en la granja. El sol apenas comenzaba a filtrarse entre los árboles altos que rodeaban la casa, tiñendo el campo de tonos dorados y suaves sombras. Un gallo cantó a lo lejos, seguido del murmullo del viento moviendo las hojas. Todo era quietud, paz… y un silencio que ya no resultaba extraño. Leah abrió los ojos con cuidado. Emily dormía sobre su pecho, tibia y pequeña, con una de sus manitos aferrada a la tela de su pijama como si incluso en sueños temiera perderla. Tres meses. Tres meses desde que aquella vida diminuta había llegado al mundo y lo había cambiado todo. Leah bajó la mirada y sonrió. La nariz de Emily era apenas un puntito rosado, sus pestañas largas proyectaban sombras delicadas sobre sus mejillas redondas, y su respiración era tan suave que parecía un suspiro continuo. Kevin dormía a su lado, con un brazo extendido hacia ellas, como si incluso dormido necesitara asegurarse de que estaban ahí.
EXTRAS - GRANJA.
La mañana había amanecido suave en la granja. Una brisa tibia recorría los campos, moviendo lentamente las espigas y acariciando las ramas de los árboles frutales. El cielo estaba despejado, de un azul casi perfecto, y los primeros rayos del sol entraban por las ventanas grandes de la casa, llenando cada rincón de una luz cálida. Isabel Hill se encontraba sentada en la mecedora del porche, con una manta ligera sobre las piernas y a su pequeña bisnieta dormitando sobre su pecho. Emily respiraba con tranquilidad, ajena al mundo, con una de sus manitos cerrada alrededor del dedo arrugado de Isabel. Aquel contacto simple le arrancaba una sonrisa profunda. Isabel bajó la mirada hacia ella. —Pequeña maravilla… —susurró—. Si supieras todo lo que ocurrió para que llegaras aquí. Emily se movió apenas, haciendo un pequeño sonido, y luego volvió a quedarse quieta. Isabel acomodó el sombrero de ala ancha sobre su cabeza y comenzó a mecerse suavemente. Había esperado tantos años ese mome
TODO LO QUE IMPORTA
La noche cayó lentamente sobre la granja. Las nubes comenzaron a reunirse desde el oeste, densas y oscuras, hasta cubrir por completo el cielo. El viento se levantó suave al principio, apenas moviendo las cortinas de las ventanas, pero pronto el primer trueno lejano anunció lo inevitable. La lluvia llegó sin avisar. Primero fueron gotas dispersas sobre el tejado de madera, luego un murmullo constante, y finalmente un aguacero firme que envolvió la casa en una melodía profunda y repetitiva. Dentro, todo era calidez. Leah había preparado una cena sencilla pero especial: pasta artesanal, pan recién horneado, una ensalada fresca y una botella de vino que Kevin había guardado desde hacía años, esperando una ocasión que realmente lo mereciera. Emily dormía profundamente en su habitación. Isabel Hill se había retirado temprano, cansada pero feliz. La casa estaba en silencio. Solo ellos dos permanecen despiertos. Leah encendió un par de velas sobre la mesa pequeña del comedor. La lu
MOVIMIENTO EN LAS SOMBRAS
El primer llanto de Emily fue apenas un gemido. Leah lo escuchó incluso antes de despertar del todo. Era ese sonido leve, casi ahogado, que solo una madre aprende a reconocer en medio del sueño. Abrió los ojos lentamente. La habitación estaba sumida en una penumbra suave. La lluvia seguía golpeando el techo con constancia, y el reloj marcaba las tres y diecisiete de la madrugada. Emily. Leah se incorporó de inmediato. Kevin dormía a su lado, respirando profundo, pero Leah ya estaba de pie antes de que él pudiera reaccionar. Caminó descalza por el pasillo, con el corazón apretado, siguiendo el sonido. Emily estaba despierta. No lloraba fuerte. Solo se quejaba, con la carita enrojecida, moviendo las manitos como si buscara algo que no encontraba. Leah la tomó en brazos al instante. —Shh… mi amor… mamá está aquí… La pequeña se aferró a su pijama con una fuerza sorprendente. Leah sintió el calor de su piel incluso antes de tocar su frente. Demasiado caliente. Su pecho se contrajo.
Un diagnóstico
Carlos Beira observaba la pantalla de su portátil con una quietud peligrosa. La habitación del hotel en Milán estaba en silencio, iluminada apenas por la luz azulada del amanecer. Afuera, la ciudad comenzaba a despertar, pero dentro de aquel cuarto solo existían nombres, fotografías y archivos confidenciales. Kevin Hill. Leah Presley. Movimientos bancarios. Antiguas direcciones. Contactos empresariales. Registros de vuelos. Fotografías de años atrás. Carlos respiró hondo. Había reunido cada fragmento de información que había logrado obtener desde Europa y Asia. No era reciente. Nada verdaderamente actual. Pero era suficiente para iniciar una cacería. Aunque era poco los datos, tenía la esperanza de que sea suficiente. Adjuntó todo en un archivo cifrado. Tecleó el nombre del destinatario: Marcos Rutti. Antes de enviar, dudó un segundo. Luego presionó el botón. El archivo desapareció de su bandeja. Carlos apoyó la espalda contra la silla. Sus dedos ta