All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 151
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Esa noche, Miranda decidió que no dormiría. Se quedó despierta, con los ojos fijos en la oscuridad, acariciando el cabello de Alec con suavidad, como si pudiera ahuyentar el mal solo con su tacto. Comprendía y sabía que el hombre tenía un miedo visceral por la situación que enfrentaba.—Alec, mírame —le pidió Miranda, sosteniendo su rostro entre sus manos en la ligera oscuridad.Él la miró, con los ojos hinchados y llenos de una vulnerabilidad que nunca le había mostrado antes. Parecía un niño asustado.—Te agradezco, de verdad, que me hayas contado la verdad sobre tu salud —expresó ella, intentando mantener la voz firme, pero falló en el acto—. Y quiero que sepas que estoy aquí, a tu lado, para apoyarte. Juntos vamos a salir adelante.Alec sollozó débilmente, incapaz de contener el terror.—No quiero... no quiero pasar por el hecho de perder la memoria, Miranda. Olvidarte. Olvidar a Edward. Olvidar la verdad —articuló con dificultad. Sabía que la cirugía sería beneficiosa para su vid
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Tras una jornada agotadora en la que luchó por ocultar su diagnóstico a sus socios y lidió con la presión de la empresa, Alec regresó a casa. La mansión, aunque grande, ya no se sentía vacía gracias a la presencia de Miranda. La encontró en la cocina, sentada en el mostrador, comiendo un pequeño snack de queso y galletas saladas. Al verla, todo el terror y la tensión del día se disiparon por un instante. Se acercó a ella por detrás y la abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su cabello.—Estás en casa —suspiró Alec, sintiendo la calidez de su cuerpo.—Estoy en casa —confirmó Miranda, girándose ligeramente para besarlo.Alec se separó un poco, tomando sus manos. Era el momento de informarle sobre su decisión.—He hablado con Marcus y con mi equipo legal. He tomado una decisión, Miranda. Aceptaré la cirugía —anunció, con la voz firme—. Pero no puedo operarme ahora. Lo haré cuando todo acabe, con respecto a Beatrice. Necesito estar lúcido para ver cómo se cierra el caso de mi madre y
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Vera seguía en su nube de felicidad. A pesar de la extravagante y rápida propuesta de Zamir, el anillo en su dedo era una prueba tácita de que el riesgo a veces valía la pena.—¡Por supuesto que acepto! —había dicho, y se sentía flotar. Zamir, con esa sonrisa triunfante y cariñosa que la derretía, deslizó el hermoso diamante en su dedo.Después de que Zamir se marchó a su reunión, Vera no pudo contener la noticia. Llamó a Miranda, chillando de alegría.—¡Miranda! ¡Tengo que decirte algo! He perdido la cabeza por amor. ¡Me ha pedido ser su novia con un anillo! Esto tiene que ser un sueño, estoy demasiado contenta.Miranda escuchó a su amiga con sincero afecto.—Pues estoy bastante contenta por ti, Vera. Te lo mereces. Aunque te aconsejaría que fueras con cuidado. Zamir no tiene el mejor historial —advirtió Miranda.—Tal vez tenga que ir con cuidado —dijo Vera, pero el brillo del anillo contradecía su prudencia.Estuvieron conversando un rato largo, hasta que Miranda terminó la llamada,
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Después de la mañana de compras, con el coche lleno de ropita de bebé y la cuna desmontada, la familia Radcliffe se sentía agotada y feliz. Habían dejado a Edward en casa, donde se había retirado a su habitación para jugar con su nueva posesión: el osito de peluche que había elegido para su futuro hermanito.Miranda y Alec habían decidido almorzar solos, disfrutando de un raro momento de intimidad.—¡Muero de hambre! —exclamó Miranda, llevándose una mano al abdomen. El hambre del embarazo era implacable.—Y yo sé que el pequeño también tiene hambre —dijo Alec, besando la frente de su esposa—. Vamos a ir a comer comida deliciosa. Conozco un restaurante italiano cerca de aquí que tiene las mejores pastas.Se dirigieron al restaurante. El ambiente era animado y cálido. Pronto ordenaron la comida.Mientras esperaban sus platos, Miranda tomó la mano de Alec sobre la mesa.—Edward se ha tomado la noticia de que tendrá un hermanito bastante bien —comenzó Miranda—. Estoy tan aliviada. Pensé q
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Esa noche, el dormitorio se había convertido para Alec en una prisión mental. Sentía que la noche se extendía en una eternidad sin final. No podía conciliar el sueño; su mente giraba una y otra vez sobre el diagnóstico, la inminente cirugía, el juicio contra su madre, Elizabeth, y la cómplice, Beatrice. Estaba aturdido.Se levantó de la cama, acercándose a donde Miranda dormía plácidamente. Se veía tan serena; su respiración era pacífica, su pecho subía y bajaba con un ritmo hipnótico, un baile de calma que él tanto anhelaba. Alec la observó desde ese ángulo, incapaz de compartir esa paz.Se llevó ambas manos a la cara, frustrado por su insomnio. Se levantó y la miró por última vez antes de abandonar la habitación, sus pasos eran lentos y torpes, debido a ese sueño que se sentía tan lejano.Se dirigió a su despacho, se encerró y se dejó caer pesadamente sobre el sofá de cuero.—¿Cómo pude haber llegado a una cosa como esta? —cuestionó a la nada con la voz ronca.Se acercó al minibar y
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De repente, una de esas sonrisas que no aparecían sinceras se deslizó en el rostro de Elizabeth Radcliffe, tensando las comisuras de su boca.—Así que, has venido finalmente —promunció Elizabeth, su voz parecia amplificada y distorsionada por el intercomunicador—. Dime, ¿cómo te sientes al ver a tu madre en esta situación? Supongo que estás satisfecho por lo que has conseguido, ¿no es así? Has preferido dejar a tu madre en el abandono sin darle una oportunidad y quedarte del lado de tu mujer.El cinismo en sus palabras era hiriente.—Creí que eras un buen hijo, pero mira nada más…Alec apretó los puños a sus costados, temblando de rabia. Le dolía que su madre se atreviera a hablar de esa manera, como si él fuera el villano en toda esa situación cuando ella era la que había actuado de mala manera. No podía creer que realmente se atreviera a decirle esas cosas crueles.—¡Madre, basta! —espetó Alec—. Si he venido hasta aquí es porque quiero preguntarte de nuevo. Quizás ahora sí seas sinc
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Alec salió de la sala de visitas de la prisión sintiendo que había estado respirando a duras penas durante todo el encuentro. Al cruzar la puerta, era como si hubiera recuperado el aire de golpe, volviendo a estabilizarse. Tenía el corazón latiendo con rapidez y la mente a mil por hora, incapaz de procesar la actitud de su madre. La rabia, la falta de arrepentimiento, el descaro.Un oficial que pasaba por allí se detuvo al verlo.—¿Se encuentra bien, señor?—Sí, estoy perfectamente bien —mintió, forzando la voz—. Me iré de inmediato.Salió al exterior. Justamente en ese momento, Elian, su abogado, estaba bajando de un coche con unos papeles en la mano. Se encontraron de frente.—Alec. ¿Has podido ver a tu madre? —le preguntó Elian tras haber dado un saludo cordial.—Así es, pude verla. Por cierto, ¿has conseguido que diga la razón por la que hizo todo esto? —quiso saber, aunque ya conocía la respuesta.Elian negó con la cabeza, su expresión de frustración.—Todavía no menciona más. Se
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Al final del día, la habitación del bebé mostraba un progreso maravilloso. Las paredes lucían el suave gris perla, y la cuna ya estaba ensamblada en un rincón, un símbolo firme de la esperanza. Miranda abrazó a Vera con un sentimiento de profunda gratitud.—Vera, has hecho un trabajo increíble. Gracias por estar aquí, apoyándome. La verdad es que no sé qué haría sin ti —le regaló un cumplido, con una sonrisa enorme en la cara.Vera le devolvió el abrazo, su alegría de recién prometida desbordando.—No te preocupes, Miranda. Siempre voy a estar aquí para ti, y más cuando se trata de acompañarte en este proceso tan importante —le aseguró Vera, dándole un golpecito cariñoso en el brazo—. También quiero que sepas que estaba pensando que deberías ir buscando nombres de niños y niñas. Tal vez se te ocurra uno idóneo.Miranda se rió, admitiendo:—Pues en realidad no he pensado demasiado en eso. Creo que sería demasiado apresurado. Voy a esperar hasta que me revelen el sexo del bebé —terminó
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Cuando las brochetas de pollo estuvieron listas, Miranda, Alec y Edward se reunieron en el comedor para compartir la comida. El sabor era delicioso, una mezcla de dulce y especiado, y el orgullo en el rostro de Edward por haber ayudado a prepararlas era evidente. La cena fue relajada, un momento precioso de normalidad familiar.Al llegar la hora de dormir, se despidieron del niño con besos y abrazos. Pero Edward se aferró a la mano de Miranda.—Miranda, ¿me lees un cuento? —insistió el niño, con ojos suplicantes.—Claro que sí, mi amor —susurró ella, con ternura.Miranda se sentó en la cama de Edward y le leyó un cuento sobre un pequeño héroe valiente. Su voz era suave y rítmica. Cuando el relato terminó, Edward ya estaba casi dormido. Ella le dio un beso en la frente y salió de la habitación, dejando la puerta entreabierta.Cuando Miranda regresó a la cama, se dio cuenta de que Alec todavía estaba despierto. Estaba recostado, pero con la mirada fija en el techo, su cuerpo tenso e inm
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Finalmente, bajo la presión implacable de la fiscal y la verdad que pendía en el aire, Elizabeth se rindió. Se inclinó hacia el micrófono, su voz ya no arrogante, sino hueca.—Sí —admitió Elizabeth, con la cabeza ligeramente inclinada—. Sí, participé en la conspiración.La palabra resonó en el tribunal, oficializando la traición.—¿Y puede confirmar a este tribunal que el motivo era manipular la vida de su hijo, Alec Radcliffe, y asegurar la continuidad del linaje de la familia Radcliffe a través de la señora Beatrice?Elizabeth apretó los labios.—Quería proteger el nombre... —murmuró.—No se le preguntó por su objetivo, señora. Se le preguntó por la manipulación y el fraude. ¿Confirma que el niño, Edward, es hijo biológico del señor Alec Radcliffe y la señora Miranda Radcliffe, y que usted participó activamente en ocultar este hecho?—Sí. Es cierto.En ese momento, la mano de Miranda apretó la de Alec con tanta fuerza que casi le dolió. El alivio por la confesión era inmenso. La j