All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 141
- Chapter 150
162 chapters
140
Cuando el sol volvió a salir, iluminando los tejados grises de París, Beatrice se levantó de la cama con pereza. Flexionó sus extremidades entumecidas y se dirigió a la sala de su lujoso apartamento alquilado. Allí, mientras se preparaba un café expreso y miraba la pantalla de su portátil, revisaba obsesivamente sus cuentas bancarias.Estaba usando la cantidad de dinero que tenía disponible para su fuga. Aunque realmente tenía una suma considerablemente buena, producto de sus chantajes previos, todavía no había terminado de sentirse satisfecha. Era como si todavía no lograra completamente su objetivo. En realidad, ella sentía que algo le faltaba: el control total sobre la caída de los Radcliffe. Su mayor deseo era tener a Elizabeth bajo sus garras, exprimiéndola hasta el último centavo.De pronto, su teléfono sonó. Era una llamada de larga distancia. Al ver el nombre de su madre en la pantalla, Beatrice contestó de malas ganas.—Madre, ¿qué haces llamándome de nuevo? —cuestionó con ir
141
La mañana en el apartamento de Vera transcurría con una calma aparente, aunque frágil. Miranda se había levantado temprano, intentando ocupar su mente en tareas simples para no ser devorada por la ansiedad. Estaba frente a la estufa, preparando el desayuno. El aroma a café recién hecho llenaba la cocina mientras ella removía con cuidado unos huevos revueltos en la sartén, vigilando de reojo que las tostadas en el horno no se le pasaran de cocción. Buscaba normalidad en la rutina, pero el mundo exterior insistía en invadir su refugio.El teléfono, que había dejado sobre la isla de la cocina, volvió a sonar, rompiendo el silencio matutino con un timbre insistente que le erizó la piel. Miranda se giró y vio la pantalla iluminada. Se dibujaba de nuevo el nombre de aquel remitente al que había estado evitando deliberadamente: Mamá. Miranda soltó la espátula y se quedó mirando el aparato como si fuera una bomba de tiempo. Se cuestionó una vez más si sería correcto volver a ignorarla o si de
142
Zamir se miró al espejo de cuerpo entero en su ático, ajustándose los gemelos de la camisa. Se dio una aprobación silenciosa al ver que su elección de ropa era la adecuada; un traje hecho a medida de corte italiano, color azul noche, que resaltaba su figura atlética, combinado con una camisa blanca inmaculada sin corbata, para darle un toque de desenfado elegante. Su cabello estaba peinado de forma prolija, ni un mechón fuera de lugar. Por un momento, la duda lo asaltó. —¿Será que es demasiado? —se preguntó, frunciendo el ceño—. No es una gala, es una cita. Pero rápidamente descartó la inseguridad. Sabía que tenía que dar realmente una buena impresión, especialmente con una mujer que lo había intrigado tanto en un encuentro casual. Siempre era mejor pecar de elegante que de descuidado. Por eso se quedó con esa elección; estaba conforme con ello. Se aplicó un poco de su perfume exclusivo, y se verificó por última vez frente al espejo antes de salir de la habitación. Tomó las l
143
Terminando de hablar, en poco tiempo llegaron al restaurante. Era un lugar exquisito, con luz tenue y música de piano en vivo. Los ubicaron en una mesa reservada y pronto hicieron sus órdenes. La velada transcurrió con una fluidez mágica. Vera estaba bastante satisfecha por la elección del menú; ese cordero que había elegido estaba delicioso y la combinación con el vino tinto era exquisita. Rieron un poco mientras estaban allí conversando, los nervios iniciales disolviéndose en el alcohol y la buena compañía. Finalmente, la conversación se tornó más personal. —Así es, yo trabajo actualmente en una joyería —contaba Vera, con orgullo en su voz—. Y me va de maravilla. Los clientes son bastante generosos y la joyería también es importante, así que tengo un puesto que realmente aprecio demasiado. Me gusta ser independiente. El hombre estaba sorprendido y la miraba con admiración. —Me encanta que seas una mujer independiente, eso dice mucho de ti. Pero quiero que sepas que siempr
144
Zamir puso el auto en marcha y condujo hasta el edificio de Vera. —Gracias por esta noche —pronunció ella al bajar, sintiendo todavía el cosquilleo en los labios. Vera subió a su departamento sintiendo que flotaba. Acababa de pasar una noche completamente diferente a cualquier otra. Tenía mariposas en el estómago y todavía podía sentir la textura de ese beso como si estuviera ocurriendo en ese mismo segundo. Cuando se presentó en medio de la sala, se encontró con que Miranda todavía no se había ido a la cama. Estaba sentada en el sofá, con un libro en el regazo que claramente no estaba leyendo. —Al fin has llegado —soltó Miranda, cerrando el libro—. ¿Cómo te ha ido? Vera titubeó. No quería alardear sobre lo feliz que se sentía; viendo la situación tan precaria y dolorosa de su amiga, le parecía casi un insulto restregárselo en la cara. —Digamos que fue... interesante —se limitó a decir, quitándose los tacones—. No hay nada del otro mundo en realidad. La comida estuvo buena. Mi
145
Miranda se separó del abrazo de su hijo, con los ojos todavía llenos de lágrimas, y permaneció agachada a la altura del pequeño. Sostuvo el rostro de Edward entre sus manos con una dulzura indescriptible. El niño estaba visiblemente emocionado y feliz de verla. —¿Por qué has tardado tanto? Te extrañé todos estos días —fue lo único que dijo Edward, haciendo que el corazón de Miranda se arrugara de dolor y ternura. Ella no podía hablar correctamente; las palabras salían a duras penas, atrapadas en su garganta. —Lo siento mucho, pequeño. La verdad es que tenía tantas cosas en las que pensar —explicó con voz temblorosa—. Pero ¿acaso no es lo menos importante ahora que regresé? Yo también te eché de menos, pequeño. Edward asintió eufóricamente con la cabeza. —Pero no te vayas a ir otra vez, por favor. Te lo suplico. No quiero que te vayas de nuevo, no quiero otra vez sufrir por tu ausencia —susurró, con la voz rota y los ojos llenos de súplica. Miranda volvió a darle un abrazo corto
146
La mañana siguiente, Vera estaba en su apartamento, tarareando una melodía mientras tomaba su primer café del día. Sabía que había sido imprudente darle su número a un extraño y besarse con él en la primera cita, pero el recuerdo de Zamir era demasiado dulce para arrepentirse. Justo cuando estaba revisando su agenda para el día, su teléfono sonó. Era él. —¡Hola! —contestó Vera, sintiendo cómo la adrenalina corría por sus venas. —Buenos días, hermosa—saludó Zamir desde el otro lado, con su voz grave, divertida—. ¿Cómo está la mujer más guapa que he conocido? Espero no haberte dejado tirada en el sofá con el mareo del vino. Vera se rió, el sonido de su risa era genuino. —No seas tonto. Me encuentro perfectamente, Zamir. Gracias por preguntar. ¿Y tú? Supongo que debes estar exhausto por tu noche de galán. —Jamás exhausto si se trata de ti. De hecho, te llamaba porque no puedo sacarte de la cabeza. ¿Cuándo volveremos a vernos? —preguntó él sin rodeos, demostrando su acostumbrada det
147
Catherine estaba totalmente sorprendida de ver a Miranda en el umbral. Rápidamente se compuso, intentando pasar de la sorpresa a la afectación dramática. —¡Miranda! ¡No puedo creer que seas tú! ¡Pasa, pasa! ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no avisaste? —empezó, intentando tomarla del brazo. Miranda fue reacia a su toque y no cedió terreno. Entró en la sala, pero mantuvo una distancia prudencial. —Solo he venido para que veas que estoy bien, Mamá —dijo Miranda, con voz firme, sin rodeos—. Y para pedirte que no hagas nada. Catherine la miró, ofendida. —¿"No hacer nada"? ¿De qué hablas, hija? ¡Yo solo quiero apoyarte! He estado preocupada, intentando contactarte... —Lo sé. Y precisamente por eso estoy aquí. No quiero que vuelvas a llamar a Alec, y no quiero que intentes ir a la mansión ni a la casa de Vera. Deja de hostigar a mi marido. Lo que ha pasado es un asunto que solo nos incumbe a él, a mí y a Edward. —¿Qué? Miranda se cruzó de brazos, sintiéndose invencible en esa con
148
En una celda de prisión de máxima seguridad, Elizabeth Radcliffe caminaba de un lado a otro, con la misma furia contenida con la que solía pasear por el penthouse corporativo. Sin embargo, aquí su autoridad era nula, y sus gritos se perdían sin ser escuchados. —¡Exijo hablar con el director de esta institución! ¡Esto es indignante! —gritaba Elizabeth a través de los barrotes a un guardia imperturbable—. ¡Estas condiciones son deplorables! ¡Pido un cambio de celda inmediatamente, mi abogado ya debe estar en camino para sacarme de este infierno! Un oficial, que ya había lidiado con la mujer varias veces desde su ingreso, se acercó a la celda con calma. —Señora Radcliffe, cálmese. Sus peticiones serán evaluadas a su debido tiempo. Está en una prisión federal; no podemos ofrecerle comodidades de hotel —le pidió el hombre, con cansancio visible. —¡Usted no sabe quién soy yo! —vociferó Elizabeth, aferrándose a los barrotes, su impecable traje de diseño ahora arrugado y manchado, sus u
149
Esa noche, Miranda se despertó bruscamente en la oscuridad, sintiendo la ausencia a su lado. Extendió la mano, y el espacio de Alec en la cama estaba frío. Se incorporó, confusa. Lo encontró junto al gran ventanal, mirando hacia el el exterior. Se acercó a él en silencio, notándolo tenso, con los hombros rígidos. —Alec, ¿qué haces despierto? ¿Estás bien? —preguntó, poniéndole una mano suave en la espalda. Alec dio un respingo, como si ella lo hubiera sorprendido en medio de un acto ilícito. Se giró, forzando una sonrisa. —Sí, cariño. Estoy bien. Solo... pensando en el trabajo, en la oficina. Hay muchos cabos sueltos que dejó mi madre. La presión de la empresa. Su respuesta fue demasiado rápida, demasiado vaga. Miranda frunció el ceño, sintiendo un escalofrío de sospecha. —Te noto raro, Alec. Como si me estuvieras ocultando algo —admitió, mirándolo directamente a los ojos. Él la besó en la frente, desviando el contacto visual. —No es nada, Miranda. Ya te dije, solo el estrés.