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Author: DaysyEscritora
last update2025-11-03 12:33:25

Miranda volvió a la habitación, teniendo que lidiar con la falta de aire. Y, como si no fuera suficiente, el reclamo vino después, cuando él regresó.

—¿Te das cuenta de que pudo habernos escuchado? ¡Es solo un niño, Miranda! Así que, a partir de ahora, ten cuidado con lo que dices.

—¿Me culpas por tu falta? ¡Qué absurdo de tu parte! ¿Por qué demonios lo has traído a esta casa? —recriminó.

—No debo darte explicaciones, es mi casa y lo quise traer; ese niño es mi prioridad, quiero que lo tengas presente. Ni se te ocurra ponerle un dedo encima o regañarlo. Si llego a saber que haces algo contra él, estoy seguro de que no querrás conocer mi ira —hizo una pausa, pero no había terminado—. Si no puedes actuar con madurez delante de él, aléjate.

Ella pasó saliva con dificultad. Miranda apretó los puños de nuevo, se contuvo a duras penas, salió sentenciando que no dormiría junto a él. Alec no se lo impidió.

Pero esa noche el insomnio se apoderó de ambos.

Por eso, cuando Miranda despertó en la mañana en aquella habitación de huéspedes, al principio se sintió un poco desconcertada y luego se ubicó. El sueño, que no había sido reparador, dejó como consecuencia un dolor de cabeza palpitante que de inmediato la asaltó.

En un intento desesperado por recuperar algo de compostura, se apresuró y tomó una ducha corta. Incluso cuando el hombre se negó a darle el divorcio, ella quería al menos alejarse de esa casa.

Su mano se quedó en el amago de girar el pomo de la puerta, se frenó en seco cuando escuchó aquella pequeña voz de nuevo.

—¡Mamá! ¡Mamá, ven a comer con nosotros!

Ella se congeló. Se paralizó al punto de no querer abrir la puerta hasta que escuchó cómo los pasos poco a poco se alejaban de allí, dándole a entender que ya el pasillo estaba despejado. Afuera no vio a nadie, pero supo que la madre del niño estaba allí, en su casa. No podía creer el nivel de crueldad y descaro de su marido, llegando a un límite insoportable.

Cuando se presentó en el comedor, la escena la dejó sin aliento: su esposo estaba sentado en la cabecera y el niño junto a él; no solo eso, al lado de Edward estaba una mujer de cabello castaño, la misma de la fotografía. Llevaba un vestido de seda y estaba llevando una cucharada de cereal a la boca de Edward con un cariño que parecía tan horriblemente perfecto.

Cuando la castaña se percató de la presencia de Miranda, se volvió y sus miradas se encontraron, pero esa mujer actuó con total tranquilidad y simplemente volvió la vista al frente, como esperando que Alec diera explicaciones o las presentara.

—Miranda, ya estás aquí. Ven, te presento a Beatrice. Ella es la madre de Edward.

—¿La madre de Edward? —susurró sin darle crédito. Iba a replicar, sin embargo, en ese momento su marido la detuvo con una mirada amenazante.

Fue suficiente para ella no perder la cordura en ese instante. Miranda no pensaba ni loca sentarse junto a ellos y compartir el desayuno como si fueran amigas; en lugar de eso se dirigió de nuevo a su esposo.

—Hablaré con ambos en la sala. Hay tantas cosas que tenemos que compartir.

Miranda sentía todo el cuerpo, de los pies a la cabeza, rígido; aun así, no se dejó caer ante ellos y se dirigió a la sala, ubicándose en el sofá mientras esperaba a esos dos sinvergüenzas.

—¿Qué está haciendo ella aquí, Alec? —le cuestionó con un tono exigente que al hombre no le gustó en absoluto—. Eres un imbécil, y tú... ¿no tienes vergüenza?

Beatrice la miró haciéndose la indignada.

—Miranda, no tienes que hablarle de esa manera, deja el drama.

—¿Que deje el drama? ¡Tienes que respetarme porque soy tu esposa, no continúes actuando como si yo fuera la mala de toda esta situación, y asume de una vez por todas tus errores!

—¿Error? Te pediré que no llames a nuestro hijo un error —se atrevió a exigir esa mujer cuando no tenía ningún derecho, y Miranda tuvo intención de levantarse y darle una bofetada, pero no perdió los estribos.

—Tú, ¿cómo te atreves a...

—Miranda —la interrumpió—. Edward es mi hijo. El heredero de todo, el que llevará el apellido después de todo... tú ni siquiera volviste a quedar embarazada. Ahora bien, ¿quién crees que es más valioso para mí?

Los ojos de Miranda se llenaron de lágrimas y tuvo que parpadear cuantiosas veces para aclarar su visión; esa acusación no solo la golpeó, sino que también se atrevía a culparla por no haber podido concebir de nuevo, tras la muerte de su bebé. Era como si estuviera dando pisadas sobre su duelo.

Beatrice puso los ojos en blanco como si estuviera viendo una obra de teatro y no una realidad en la que ella de alguna forma estaba provocando un dolor inmenso. Desinteresada en seguir en toda esa conversación llena de verdades que no le convenía seguir escuchando, se levantó actuando con desdén.

—Hasta aquí los acompaño. Tengo cosas que hacer y fue un placer conocerte, Miranda —agregó con la evidente intención de herirla más.

Y allí estaba Alec, levantándose como un idiota que recurrió a esa mujer. Como un perro faldero.

—Te llevaré a casa.

—Alec, no es necesario, creo que deberías quedarte y conversar con tu esposa.

Y el gesto de Alec le dolió también. Restándole importancia, asumiendo que era más relevante llevarla a ella al lugar donde tenía que ir que permanecer allí con su esposa y dar más explicaciones.

Miranda permaneció inmóvil, paralizada por ese dolor que se extendía en cada parte de su ser. Teniendo que soportar la escena de ver a su marido irse con esa mujer; ambos actuando con una intimidad descarada, y el dolor se hizo más intenso.

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  • EPÍLOGO

    Alec estaba manejando como un loco. La necesidad de estar a solas y reflexionar era imperiosa. Tenía un verdadero maremoto dentro de su mente que había arrasado con sus pensamientos, poniéndolo en una posición que le afectaba demasiado. El corazón le latía con fuerza, aferraba el volante con fiereza, y no le importaba pasarse las luces de los semáforos. Finalmente, se detuvo abruptamente en un puente, estacionó y se bajó, dejando que el aire frío golpeara su rostro. Cerró los ojos, aferrándose al barandal. Había llegado a un lugar que no había planeado, pero donde necesitaba estar. Entonces, se derrumbó. Comenzó a llorar sin parar como un niño pequeño. No le importaba si algún auto pasaba y lo veía; el exterior le daba igual. Estaba allí, lamentándose y preguntándose: “¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? ¿Por qué tengo que vivir esto?” Le dolía la pérdida de su padre, y lo que había hecho su madre, que lo había asesinado, le dolía aún más profundamente. Su teléfono comenzó a

  • 160

    La revelación de que Elizabeth Radcliffe había asesinado a su propio marido, el padre de Alec, dejó a todos en un estado de shock helado.Alec sentía que el suelo se movía bajo sus pies. El rostro que miraba a su madre a través de la sala ya no era de ira por la traición, sino de un horror absoluto. Elian, su abogado, intentó agarrarlo del brazo, pero Alec se soltó, su única ancla era Miranda. Ella, pálida y con la mano temblando, lo sostuvo con todas sus fuerzas.—Alec, respira. Mírame —le suplicó Miranda, susurrando.El juez, golpeando el mazo con desesperación, declaró el receso de emergencia. La fiscalía se abalanzó sobre Beatrice, mientras la defensa de Elizabeth se desmoronaba ante la magnitud del nuevo cargo.En medio del tumulto, Alec apenas registraba el movimiento. Su mente se había ido años atrás: la noticia de su muerte, los funerales, el dolor de la pérdida... todo manipulado. Su madre no era solo una mentirosa; era una asesina.Elian y Miranda lograron sacar a Alec de la

  • 159

    Finalmente, bajo la presión implacable de la fiscal y la verdad que pendía en el aire, Elizabeth se rindió. Se inclinó hacia el micrófono, su voz ya no arrogante, sino hueca.—Sí —admitió Elizabeth, con la cabeza ligeramente inclinada—. Sí, participé en la conspiración.La palabra resonó en el tribunal, oficializando la traición.—¿Y puede confirmar a este tribunal que el motivo era manipular la vida de su hijo, Alec Radcliffe, y asegurar la continuidad del linaje de la familia Radcliffe a través de la señora Beatrice?Elizabeth apretó los labios.—Quería proteger el nombre... —murmuró.—No se le preguntó por su objetivo, señora. Se le preguntó por la manipulación y el fraude. ¿Confirma que el niño, Edward, es hijo biológico del señor Alec Radcliffe y la señora Miranda Radcliffe, y que usted participó activamente en ocultar este hecho?—Sí. Es cierto.En ese momento, la mano de Miranda apretó la de Alec con tanta fuerza que casi le dolió. El alivio por la confesión era inmenso. La j

  • 158

    Cuando las brochetas de pollo estuvieron listas, Miranda, Alec y Edward se reunieron en el comedor para compartir la comida. El sabor era delicioso, una mezcla de dulce y especiado, y el orgullo en el rostro de Edward por haber ayudado a prepararlas era evidente. La cena fue relajada, un momento precioso de normalidad familiar.Al llegar la hora de dormir, se despidieron del niño con besos y abrazos. Pero Edward se aferró a la mano de Miranda.—Miranda, ¿me lees un cuento? —insistió el niño, con ojos suplicantes.—Claro que sí, mi amor —susurró ella, con ternura.Miranda se sentó en la cama de Edward y le leyó un cuento sobre un pequeño héroe valiente. Su voz era suave y rítmica. Cuando el relato terminó, Edward ya estaba casi dormido. Ella le dio un beso en la frente y salió de la habitación, dejando la puerta entreabierta.Cuando Miranda regresó a la cama, se dio cuenta de que Alec todavía estaba despierto. Estaba recostado, pero con la mirada fija en el techo, su cuerpo tenso e inm

  • 157

    Al final del día, la habitación del bebé mostraba un progreso maravilloso. Las paredes lucían el suave gris perla, y la cuna ya estaba ensamblada en un rincón, un símbolo firme de la esperanza. Miranda abrazó a Vera con un sentimiento de profunda gratitud.—Vera, has hecho un trabajo increíble. Gracias por estar aquí, apoyándome. La verdad es que no sé qué haría sin ti —le regaló un cumplido, con una sonrisa enorme en la cara.Vera le devolvió el abrazo, su alegría de recién prometida desbordando.—No te preocupes, Miranda. Siempre voy a estar aquí para ti, y más cuando se trata de acompañarte en este proceso tan importante —le aseguró Vera, dándole un golpecito cariñoso en el brazo—. También quiero que sepas que estaba pensando que deberías ir buscando nombres de niños y niñas. Tal vez se te ocurra uno idóneo.Miranda se rió, admitiendo:—Pues en realidad no he pensado demasiado en eso. Creo que sería demasiado apresurado. Voy a esperar hasta que me revelen el sexo del bebé —terminó

  • 156

    Alec salió de la sala de visitas de la prisión sintiendo que había estado respirando a duras penas durante todo el encuentro. Al cruzar la puerta, era como si hubiera recuperado el aire de golpe, volviendo a estabilizarse. Tenía el corazón latiendo con rapidez y la mente a mil por hora, incapaz de procesar la actitud de su madre. La rabia, la falta de arrepentimiento, el descaro.Un oficial que pasaba por allí se detuvo al verlo.—¿Se encuentra bien, señor?—Sí, estoy perfectamente bien —mintió, forzando la voz—. Me iré de inmediato.Salió al exterior. Justamente en ese momento, Elian, su abogado, estaba bajando de un coche con unos papeles en la mano. Se encontraron de frente.—Alec. ¿Has podido ver a tu madre? —le preguntó Elian tras haber dado un saludo cordial.—Así es, pude verla. Por cierto, ¿has conseguido que diga la razón por la que hizo todo esto? —quiso saber, aunque ya conocía la respuesta.Elian negó con la cabeza, su expresión de frustración.—Todavía no menciona más. Se

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