All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 1
- Chapter 10
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01
Miranda sostuvo con fuerzas ese ramo de flores entre sus manos. Su imagen en el espejo de cuerpo completo era, en realidad, la vida que no quiso, pero la única opción de salvar a su familia de la ruina. Sus ojos verdes estaban ausentes de felicidad, pero... ¿qué más daba?Se obligó a alejar de su mente ese recuerdo que solía meterse en su cabeza; él, ese chico de mirada profunda que ahora se iba a convertir en su esposo. Y es que, ese día el cielo estuvo distinto, lleno de pinceladas de colores que pintaban un hermoso atardecer. Miranda se dejaba guiar por ese chico que, tras dos meses de estadía y de conocerlo, se convirtió en un amigo, aunque en el fondo le gustaba, pero era difícil admitirlo.Alec incluso había ido a su casa y cenó la comida que la madre de Miranda ordenó preparar; eran realmente cercanos, esos días.—Alec, ¿volverás a tu ciudad y no habrá un retorno?Él suspiró.—Hay una razón para volver.Ella abrió los ojos de par en par.—¿De verdad? Me has dicho que debes regr
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Alec terminó a solas en su despacho en casa, ignorando por completo los reclamos de su esposa, quien después de un rato se había cansado de golpear la puerta y al parecer se fue.Le marcó a su madre y Elizabeth atendió con un tono de voz calmado, mientras que él estaba lleno de mucha frustración.—Lo sabe, Miranda ha tenido el atrevimiento de contratar a alguien para que me siga y tome fotografías.—¿Sabe sobre el niño? —inquirió a la espera.—No, madre.—De acuerdo. Pero se lo dirás pronto, ¿verdad?—Sí, debo hacerlo.—Te pediría que te divorcies ahora mismo de Miranda y te cases con Beatrice, pero no podemos arriesgarnos.—Lo sé. Miranda está tan molesta —declaró, llevándose un dedo a la sien—. Estoy harto de ella, nunca sonríe, nunca hace nada bien, se la pasa en la habitación y ni siquiera cumple su papel como esposa.Incluso durante sus quejas, se sintió un poco contrariado, como si no sintiera del todo eso que decía sentir por ella. Porque, mientras más hablaba, con ahínco se pr
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—Tiene que ser una broma... —declaró bajito, sintiendo el golpe de aquella verdad que no se esperaba.Con una urgencia imperiosa, sus ojos se movieron sobre el rostro tranquilo de su marido junto a ese pequeño que seguía allí, junto a él, pareciendo un poco tímido, o solo era su percepción. Ella, en cambio, necesitaba gritarle y exigirle una explicación, pero sus intenciones fueron silenciadas cuando su marido le lanzó una fría mirada llena de advertencia.A regañadientes entendió que no era el momento de hacer un escándalo, ni delante de ese niño.—Miranda, deberías ir a dormir. No te ves bien; en cambio, yo comeré un poco. Mi pequeño Edward está hambriento. ¿No es así, hijo mío?—Sí, papá. Muero de hambre.Mientras tanto, Miranda observaba la interacción que surgía tan natural y repentina; y el hecho de que aquel niño le llamara papá a su marido era como si a ella le estuvieran clavando un puñal en el corazón. La cercanía que existía entre ellos le daba una idea de más o menos el ti
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Miranda volvió a la habitación, teniendo que lidiar con la falta de aire. Y, como si no fuera suficiente, el reclamo vino después, cuando él regresó.—¿Te das cuenta de que pudo habernos escuchado? ¡Es solo un niño, Miranda! Así que, a partir de ahora, ten cuidado con lo que dices.—¿Me culpas por tu falta? ¡Qué absurdo de tu parte! ¿Por qué demonios lo has traído a esta casa? —recriminó.—No debo darte explicaciones, es mi casa y lo quise traer; ese niño es mi prioridad, quiero que lo tengas presente. Ni se te ocurra ponerle un dedo encima o regañarlo. Si llego a saber que haces algo contra él, estoy seguro de que no querrás conocer mi ira —hizo una pausa, pero no había terminado—. Si no puedes actuar con madurez delante de él, aléjate.Ella pasó saliva con dificultad. Miranda apretó los puños de nuevo, se contuvo a duras penas, salió sentenciando que no dormiría junto a él. Alec no se lo impidió.Pero esa noche el insomnio se apoderó de ambos. Por eso, cuando Miranda despertó en la
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Miranda permaneció un largo rato, sintiendo que después de que esos dos se fueran, las paredes la asfixiaban. Había algo en ella que la sometía, sí, el dolor de la traición. Suspiró hondo, sin poder quitarse de la cabeza la imagen de su marido y esa mujer. ¿Cómo pudo ser tan cruel con ella? Tan frío con ella y tan amable con esa mujer.Claro, ella fue "su primer amor", al parecer lo seguía siendo.Como si no bastara con todo eso, de pronto Elizabeth hizo acto de presencia, estaba allí con unos papeles en la mano.—Puedo deducir que ya lo sabes —fue lo primero que dijo al verla.Ella la miró, observando cada uno de sus movimientos. Renata, con un movimiento lento, sacó de su bolso aquel sobre blanco y se lo entregó.—Señora Radcliffe, ¿qué es esto?—Es la prueba fehaciente de que Edward es mi nieto. Yo misma me encargué de que se llevaran a cabo los análisis de ADN en un laboratorio privado. Así que no te atrevas a ponerlo en tela de juicio. En lugar de enojarte, deberías darle un hijo
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Cuando amaneció, se dio cuenta de que aún seguía bajo llave; que todavía su marido la mantenía encerrada en esa habitación. Ya no quería seguir desgarrándose la garganta gritando, solicitando que la dejaran salir de allí. Sabía que incluso su ruego sería otra vez silenciado.Y justo cuando ponía un pie en el suelo, escuchó cómo estaban abriendo la puerta. Y de pronto, ahí estaba una de las sirvientas, dándole los buenos días, expresándole que la comida ya estaba siendo servida en el comedor y que debería darse prisa. Pero Miranda no dijo ni una sola palabra; se quedó en silencio. —Con su permiso, señora. Y se retiró de allí, mientras que Miranda permanecía con la cabeza sintiendo cómo cada una de esas emociones se enlazaban en su mente, a la vez que la impotencia y la tristeza la invadían. Porque, incluso rodeada de muchos lujos, se sentía tan sola y vacía.Se prometió a sí misma que no derramaría más lágrimas; que demostraría que no era una perdedora en toda esa situación. E inclu
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Cuando Miranda abrió los ojos, la primera certeza fue el frío, el olor penetrante a antiséptico y el pitido constante de monitores. La luz pálida la bañaba en una habitación desconocida que reconoció vagamente como parte del ala de urgencias del Centro Médico. Su corazón, aún golpeaba desbocado en su pecho, pugnaba contra la calma impuesta por el entorno. Un aturdimiento espeso le martilleaba la cabeza, recordó el desmayo. Intentó incorporarse en la cama, pero el leve esfuerzo provocó un gemido involuntario. Un dolor sordo se irradiaba desde la cadera y las costillas, el recuerdo físico del colapso que la había tirado al suelo. Y con el recuerdo del golpe, vino el detonante: las pertenencias de su bebé, las cosas de su hijo, siendo removidas por manos indiferentes, desechadas, metidas en bolsas de basura como si fueran residuos.La devastación la azotó de nuevo. Ya no era una vida; era un infierno personal, cocinado a fuego lento por el hombre al que una vez amó. Sus ojos verdes, car
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Un par de horas después, Miranda se levantó de la cama del hospital. Podía irse a casa, pero la sensación de libertad era una ilusión amarga; en realidad, se sentía como si fuera bajo coacción. Salió caminando, convertida en una sombra, un autómata que se arrastraba por el pasillo abarrotado de enfermos, acompañantes y personal médico. Sentía que todo dentro de ella estaba destruido, y dar un paso era como arrastrar un peso de miles de kilos, el peso de sus pensamientos y de su sufrimiento.Sin querer, tropezó con una enfermera. —Lo siento mucho. No vi por dónde caminaba —murmuró, la disculpa un mero reflejo social. La enfermera asintió, su rostro profesional pero amable. —¿Se encuentra bien? Ella apenas pudo formar palabras. —Ya me dieron de alta. Me iré a casa. Muchas gracias. Aceleró el paso, temiendo secretamente ser atrapada de nuevo, sedada, obligada a la calma. Caminó sin mirar atrás hasta el exterior, donde el aire fresco la golpeó, frío y vivificante, entrando a bor
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La mañana siguiente, Miranda se despertó sintiendo un raro alivio. La realidad de la llamada de su amiga la había sacado de esa desesperación. Al recibir el mensaje de Vera confirmando que había aterrizado, una vibración de vida la recorrió.Se sentó en el borde de la cama y rápidamente marcó. —¡Vera! Por favor, espérame. Iré por ti al aeropuerto. Te lo aseguro. —Habló con una emoción que le hacía palpitar el pecho, una emoción tan inusual que la impulsó a vestirse con premura.Estaba a medio proceso, buscando algo apropiado en el vestidor, cuando la puerta se abrió sin llamar. Alec irrumpió, deteniéndose en el umbral. La observó con una curiosidad calculada; su esposa, la mujer que ayer se arrastraba, ahora estaba apresurada y, por un instante fugaz, parecía contenta.Al verlo, el tenue brillo en el rostro de Miranda se extinguió. La alegría se convirtió en una máscara de fría indiferencia. —¿A qué se debe esta repentina felicidad? —preguntó Alec, con un tono burlón, paseando la m
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El café que habían elegido era un pequeño lugar, apenas frecuentado a esa hora de la mañana. La ausencia de personas era un regalo, el silencio perfecto para la confesión de Miranda. Ella mantenía la mirada fija en el café humeante entre sus manos, el calor una distracción minúscula. Vera estaba frente a ella, apretando con suavidad su antebrazo, una presión constante que la animaba a hablar sin presionarla.—Te conozco muy bien, Miranda —comenzó Vera, su voz suave pero firme—. Cuando te hice la llamada, tu voz sonaba apagada, forzada. Algo horrible está ocurriendo. ¿Sigue siendo la presión por el bebé? ¿El terror a intentar quedar embarazada de nuevo?Miranda tuvo que tomar una enorme bocanada de aire; la pregunta parecía ingenua ahora. Finalmente, dejó la bebida caliente a un lado. Necesitaba ambas manos libres, tal vez para anclarse a la mesa. Se armó de valor.—Ahora mismo he dejado de pensar en eso, Vera. Incluso cuando mi deseo de ser madre sigue intacto. —Su voz era un susurro