Capítulo 1196
Author: Solange Cardot
Justo cuando pensé que iban a descubrir el auricular y que mi plan se iba a ir al traste, la camarera, como si no hubiera visto nada, se quedó callada.

Dio dos pasos a un lado y, temblando, le dijo a Waylon:

—Señor... solo... solo lleva un teléfono.

Me sorprendí.

Estuvo pegada a mi oreja, era imposible que no hubiera visto el aparato.

¿Por qué no lo dijo?

¿Será que Mateo previó que Waylon iba a ordenar un chequeo, que yo iba a pedir que me revisara una mujer y, por eso, sobornó a la camarera del
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  • Capítulo 1912

    En el camino, Darío me llevaba a la fuerza, apretándome la muñeca con saña, como si tuviera miedo de que me escapara en cualquier momento. Aunque yo sospechaba que él podía ser Mateo, en el fondo no estaba segura; y que me arrastrara así me dio mucho asco. Por más que forcejeé y sacudí el brazo, no logré zafarme de su enorme mano, fuerte como una tenaza. Si no hubiera habido guardias patrullando por todas partes, le habría gritado en la cara para saber si de verdad era Mateo. Sin embargo, como pensé que, cuando llegáramos a su lugar y no hubiera nadie alrededor, sí podría preguntárselo, me contuve.—Vaya, Darío… ¿en serio vas a robarte mi juguete?Justo cuando yo iba forcejeando con Darío y él me gritaba insultos, la señorita Alma pasó por ahí, como si el destino la hubiera puesto en el lugar exacto. No sabía a qué evento iban, pero a su lado venían Waylon, Jeison y Henry, todos impecables. Rodeada de ellos, ella se veía exageradamente hermosa. A simple vista, daba envidia lo perfecta

  • Capítulo 1911

    —Después de tantos años, esta zorra es la única que me ha provocado algo. Señor Felipe, tenga piedad de mí, déjeme llevármela unos días para disfrutarla, señor Felipe, se lo ruego…Ricardo miró a Darío y luego le sonrió a Felipe.—Yo digo que lo dejemos llevársela unos días. Al fin y al cabo, delante del señor Pedro ya se le prometió que esta mujer sería suya. Si ahora nos retractamos y la dejamos con nosotros, o se la devolvemos a la señorita Alma, el señor Pedro podría empezar a sospechar. Y si no me equivoco, en estos días el señor Pedro va a mandar a vigilar a esta mujer; él también teme que lo traicione. Así que, por ahora, lo más conveniente es que Darío se la lleve.El señor Felipe asintió.—Tiene sentido. Ese muchacho es listo. Desde la primera vez que la vio, ya se notaba cómo sospechaba de ella. En este punto, tampoco es buena idea decir que no…Cuando oí eso, de inmediato lloré a gritos:—¡No, por favor, señor Felipe…!Sin embargo, el señor Felipe me contestó con una mirada

  • Capítulo 1910

    —Maldita perra, ¿qué miras? ¿O es que de repente te diste cuenta de que mi cuerpo no está nada mal? —Darío se frotó las manos y se rio, morboso; tenía una cara tan asquerosa que daba escalofríos.No pude aguantarlo y miré a otro lado. Tenía muchas dudas dándome vueltas en la cabeza.La primera: si no era Mateo, ¿por qué me había dado esa señal?La segunda: si sí era Mateo, ¿cómo podía fingir ser un patán tan vulgar y grosero con tanto realismo? Hasta me ponía la piel de gallina.Ricardo nos miró a Darío y a mí, y luego le sonrió al señor Felipe.—¿Y ahora qué? ¿Qué piensa hacer con esta mujer?—¿Qué más da? Claro que me la llevo yo para divertirme —dijo Darío rápido—. Además, frente al señor Pedro ya quedó claro que esta mujer era para mí. Si no me la llevo y alguno de sus espías la ve por aquí, ¿qué hacemos?—No… no quiero… No quiero irme con este infeliz… —lloré, desesperada—. Señor Felipe, se lo ruego, perdóneme la vida, déjeme una salida…El señor Felipe me miró, inexpresivo. El hu

  • Capítulo 1909

    Entonces, el señor Felipe estiró la mano y la puso suavemente sobre la del señor Pedro, tratando de consolarlo con una cara amable.—No te enojes, Pedro. Esto no es más que una solución temporal. Cuando todo esto pase y la señorita Alma se haya olvidado de que esta mujer existe, voy a hacer que Darío te la entregue. ¿Te parece bien?—Eso, eso —Darío lo apoyó de inmediato con su voz ronca—. Esta puta no puede escapar del rancho, y su marido, después de todo, también sigue escondido aquí. Cuando yo me canse de jugar con ella, todavía te puede servir como cebo.El señor Pedro se rio entre dientes.—Si todos lo ven así, ¿qué más puedo decir? —dijo con un tono tranquilo.Cuando terminó, se levantó y se sacudió un poco el saco. Fue un movimiento ligero, casi como si no le importara, pero dejaba ver una irritación clara y una maldad que intentaba esconder. El señor Felipe vio su expresión y suspiró, con una cara de falsa bondad, como si estuviera en un aprieto.—Perdón, Pedro. De verdad no t

  • Capítulo 1908

    Cuando el señor Felipe llegó a ese punto, hizo una pausa a propósito. El señor Pedro sonrió cuando lo vio.—¿Solo eso? Si tiene alguna dificultad, puede decirlo sin rodeos. Al fin y al cabo, entre nosotros, tío y sobrino, no hay nada que no pueda decirse, ¿no?Yo los miraba callada, y sentía mucha amargura. De verdad… todos eran muy buenos actores. El señor Felipe volteó a verme. Me asusté de inmediato y le hice señas de que no, suplicando. Él sonrió y le dijo con un tono amable al señor Pedro:—Tú sabes bien que a esta mujer la traje de estar con la señorita Alma. Independientemente de si tenía malas intenciones o no, sigue siendo alguien de ella. Además, ya te guarda rencor; cuando ofreciste tan buenas condiciones para llevártela, ni siquiera así aceptó. Si ahora te la entrego directamente, ¿no crees que la señorita Alma me odiaría todavía más?El señor Pedro bajó la vista y sonrió tranquilo.—Tiene razón. Conozco bien su carácter. Pedirle que me la entregue así, sin más, sí sería po

  • Capítulo 1907

    —Que usted ayude a Alma a disputar el poder no es algo que yo le reproche. Para mí, usted siempre será el mejor tío que he tenido —dijo el señor Pedro con calma.El señor Felipe se secó las lágrimas y asintió, aliviado.—Me tranquiliza oírte decir eso. Así, aunque algún día muera, al menos podré ir con la frente en alto a ver a tus padres allá abajo.—No diga eso. Usted va a vivir muchos años más —sonrió el señor Pedro.Me extrañé un poco cuando lo vi. Su sonrisa no flaqueaba ni un poco; parecía un sobrino respetuoso y agradecido de verdad, como si sintiera un cariño sincero por su tío. Después de un momento, el señor Felipe volvió a hablar:—Por cierto, Pedro, aún no me has dicho por qué viniste hoy, tan de repente.—Sí —el señor Pedro asintió y me miró otra vez—. Vine porque quiero llevarme a esta mujer.Ricardo sonrió y preguntó, haciéndose el tranquilo:—¿Qué pasa? ¿También te encaprichaste con ella?—¿Yo? —el señor Pedro se rio, despreciativo—. Ni hablar. No sé si lo saben, pero e

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