Capítulo 4
Author: Solange Cardot
No supe qué decir, solo pude responder con una mueca, aunque en realidad quería decirle:

—¿Estás loco o qué?.

A pesar de todo, me di cuenta que él no era aquel hombre humilde que todos despreciaban; ahora tenía poder y dinero. Así que me tragué el impulso de insultarlo y forcé una sonrisa:

—Señor Bernard, deje las bromas para otro momento. Tengo que seguir trabajando. Adiós.

—¿Por qué Daniel sí puede y yo no? —preguntó de repente, con una frialdad que me dejó paralizada.

Me molesté.

—¿Qué es lo que Daniel puede hacer que tú no? ¿De qué habla?

—Hace un momento —respondió con calma. — Dijiste que, si Daniel ponía un millón, pasarías una noche con él. Yo puedo darte cien mil, pero no aceptas pasar una noche conmigo. ¿Por qué?

Blanqueé los ojos.

Lo que había dicho antes no era en serio, Daniel es avaro y esa cantidad para él es imposible. Solo lo había dicho para provocarlo, pero Mateo lo había tomado en serio.

Dio un paso hacia mí, con un cigarrillo entre los dedos. Sopló un anillo de humo, y dijo:

—Tu familia está desesperada, necesitan dinero. Una noche conmigo y cien mil son tuyos. ¿Qué tal ese trato?

Apreté los puños, tratando de mantener la calma.

Sabía muy bien lo que buscaba: humillarme con su dinero.

Ignoré el nudo en mi garganta y respondí entre risas:

—¿Y qué? ¿Crees que porque tienes dinero puedes pisotearme? Es cierto, mi familia está arruinada, pero no pienso ganar dinero humillándome de esa forma.

Antes de que él pudiera responder, salí corriendo del lugar. Casi que no podía ver nada, mis ojos estaban llenos de lágrimas.

Los sentimientos me eran muy difíciles de entender.

Cuando los demás, esos que antes me seguían como moscas, me humillaban, no me importaba demasiado. Pero con Mateo era distinto. Sus palabras se clavaban en mi pecho como agujas, y me inyectaban una tristeza sofocante.

Llegué a la sala del primer piso, solo para encontrarme con mi hermano, con su uniforme de mensajero, rodeado por Daniel, Julián y sus amigos, burlándose de él.

Lo vi arrodillarse frente a ellos por un fajo de billetes.

En ese momento, mi orgullo y mi dignidad se derrumbaron por completo.

Me tapé la boca, ni siquiera intenté contener el llanto.

Si mi hermano estaba dispuesto hasta a arrastrarse en el piso por dinero, y yo... yo podía conseguir cien mil en solo una noche de humillación. ¿Por qué me aferraba pues tanto a mi orgullo?

La motivación me llegó como una corriente eléctrica. Me di la vuelta y corrí al piso de arriba, con la esperanza de que Mateo aún no se hubiera ido.

Entré al salón privado, y allí estaba él, sentado en el sofá como si me estuviera esperando, con una sonrisa burlona.

Me acerqué y, mirándolo a los ojos, le pregunté:

—¿De verdad me odias tanto? ¿Me odias por cómo te traté antes?

No le di oportunidad de responder antes de continuar:

—Pero no vengo a que me respondas esa pregunta, vengo a decirte que está bien. Si puedes ayudar a mi familia a pagar sus deudas, puedes humillarme todo lo que quieras y el tiempo que quieras, después de todo es un karma que tengo que tarde o temprano pagar.

Mateo miró la copa de vino que tenía en su mano y respondió con una sonrisa:

—¿Aceptas convertirte en mi amante?

Apreté los dientes y, después de tomar aire, dije:

—Sí, lo acepto.

Claro, ese era su plan. Ahora me quería de segundona, la que no tiene derecho a ser amada. ¡Qué descarado!

Al día siguiente, mi padre llegó emocionado a casa.

—¡Hemos pagado todas las deudas! —anunció con una sonrisa radiante.

Mi madre, entre lágrimas, preguntó:

—Pero ¿cómo?

—Mateo lo pagó todo —respondió mi padre. —Y no solo eso, también nos consiguió un depa hermoso para vivir.

En un instante, mi madre comenzó a alabarlo sin medida.

—¡Debe amarte tanto, Aurora! Es lo único que explica lo que hizo por nuestra familia.

Yo solo sonreí, sin decirle nada.

Por la tarde, llegó el chofer de Mateo para recogerme. Mis padres, sin sospechar nada, pensaron que aún era su esposa y que iba a vivir una vida de lujos con él. No sabían que, en realidad, iba a ser la amante quien cumpliría sus caprichos cada noche.

La casa donde ahora vivía Mateo era nuestra antigua hacienda. Para mi sorpresa, los sirvientes seguían siendo los mismos.

Esto decía mucho sobre él. A pesar de lo mal que lo trataron en el pasado, decidió mantenerlos.

Pero no estaba segura de sí sería igual de generoso conmigo.

Recordar cómo lo humillé antes me llenaba de ansiedad. No solo lo insulté; lo golpeé, lo avergoncé frente a otros y hasta le arrojé vino en la cara.

"Si hubiera sabido que acabaría así", pensé, "hubiera sido más amable con él".

Doña Godines, su ama de llaves, me llevó a la puerta de la habitación.

—Señorita, don Mateo dice que lo espere adentro... y también... —Hizo una pausa antes de añadir.— Me pidió que le recordara que debe bañarse antes de que él regrese.

Se me hizo un nudo en la garganta.

Esto era humillación, de la más pura.

Pero ya había aceptado ser su amante. Si había renunciado a mi dignidad, debía aceptar las condiciones.

Entré al cuarto que una vez compartimos. Todo era igual y, al mismo tiempo, distinto.

Antes, había un cubrelecho en el suelo junto a la cama. Era donde Mateo dormía, mientras yo me aseguraba de mantenerlo a raya. Ahora, ese había desaparecido, al igual que mi orgullo.

Me tragué lo que sentía, dejé de lado el pasado, y fui al baño a ducharme.

Cuando terminé, me acosté en la cama y esperé.

Los últimos días habían sido agotadores. Antes de darme cuenta, me quedé dormida.

No sé cuánto tiempo pasó, pero de pronto sentí algo pesado sobre mí.

Abrí los ojos confundida, y ahí estaba Mateo. Sus manos estaban bajo mi pantalón.

—¡¿Qué coños estás haciendo?! —exclamé, levantando la mano para golpearlo por instinto.

Pero él la agarró con fuerza antes de que pudiera tocarlo.

—A pesar de ser una pobretona, sigues siendo la misma altanera de siempre —se burló. Su sonrisa me decía que no le importaba lo que yo pensara.

Miré el cuarto que alguna vez fue mío, y luego a él. Tardé unos segundos en darme cuenta.

Claro, ahora él era el dueño de todo. Yo solo era su insignificante amante.

Bajé la mirada y murmuré:

—Lo siento.

Mateo se rio, antes de levantarse y dirigirse al baño.

Escuché el sonido del agua, mientras me mordía las uñas del miedo.

Una cosa era compartir momentos de cariño. Ahora, todo era solo una forma de vengarse de mí.

Sabía lo que se venía, y aunque quería huir, no tenía a dónde ir.

El sonido de la puerta del baño abriéndose dejó mi mente en blanco.
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