Capítulo 766
Author: Solange Cardot
Él se detuvo frente a mí, con sus ojos oscuros clavados en los míos.

No tenía cómo escapar de ese hombre.

—¿Tus hijos?

Se inclinó hasta mi oído y me dijo, en un tono espeluznante:

—¿Cómo es que no lo sabía? Una persona diagnosticada como estéril de por vida, que ni siquiera puede hacerse una fecundación in vitro, puede tener dos hijos.

Su aliento helado recorrió mi cuello, se coló por mi ropa y me hizo estremecer.

Apreté los puños, lo miré fijamente a los ojos y respondí con calma:

—Sí, te mentí
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  • Capítulo 1897

    —Si ella dice la verdad, mejor. Si aun así no quiere decir nada, entonces queda claro que en serio no sabe nada —dijo Ricardo con calma—. Este método no la va a lastimar ni le va a quitar la vida; como mucho, va a ser un beneficio para Darío, que va a poder darse el gusto. ¿Qué tal, Darío?—Yo soy sencillo; no entiendo esas vueltas suyas —respondió Darío entre risas roncas—, pero esto me encanta, ja, ja. Seguro quedo más cansado que la mierda, después invito al señor Torres a beber, ¿sí o no, compadre?La manera en que me lanzó una mirada resultó todavía más sucia y repulsiva que su corriente forma de hablar.—Perfecto, perfecto. Pero Darío, no seas demasiado brusco; al fin y al cabo, ella lleva un niño en el vientre —Ricardo se rio un poco.Lo miré, aguantándome la rabia. Uno tras otro… todos eran demonios con disfraz de humano. Y este hombre, además, no dejaba nada al azar; cumplía su promesa a la señorita Alma de salvar mi vida y la del niño, halagaba a Darío, y al mismo tiempo no o

  • Capítulo 1896

    El señor Felipe alzó un poco las cejas.—¿Ah, sí? ¿Has pensado en un plan mejor?—Sí —Ricardo sonrió, tranquilo—. Solo que… es un método un poco… indecente.—Ja, ja, ja. —El señor Felipe se rio otra vez—. Ricardo, tú siempre has sido demasiado correcto.Darío suspiró con desprecio y le gritó a Ricardo con voz ronca:—¡¿Qué tiene de decente o indecente?! Yo necesito claridad; soy sencillo, no aguanto esa forma hipócrita y refinada de hablar de ustedes. Me da igual si es elegante o no; mientras funcione, me sirve.Temblé cuando miré a los tres hombres dentro de la sala. Primero, a ese anciano de cara amable pero de alma interesada y cruel. Luego, a ese tipo complejo, a veces aliado, a veces enemigo; un tipo imposible de leer. Y por último a ese asqueroso grandulón brusco que quería aprovecharse de mí.Aunque Ricardo aceptó el pedido de la señorita Alma de protegerme, con el señor Felipe vigilando de cerca, no estaba claro que pudiera cumplirlo. Y Darío… aunque existía la posibilidad de q

  • Capítulo 1895

    Para él, Alma solo servía como una herramienta para pelear por el poder, una simple marioneta. Su hija de sangre, en cambio, era otra cosa: a esa había que mimarla y protegerla como a una princesa. Pensé en ello y volví a sentir tristeza por la señorita Alma; antes de que murieran sus padres, ella también había sido una princesa despreocupada.—Basta, dejemos eso —cambió de tema de repente Felipe, mientras le arrojaba el látigo a Darío—. Muy bien, entonces tú te encargarás de interrogar a esta mujer.Darío asintió una y otra vez.—No se preocupe, señor Felipe, yo me encargaré de interrogar bien a esta perra —dijo con su voz ronca—. En este lugar todos conocen mi reputación; aunque cierre la boca con candado, yo la hago hablar.—Ja, ja, ja. Bien, entonces voy a observar —dijo el señor Felipe, volviendo a sentarse en su silla.Ricardo pareció extrañado y miró a Darío, como si bromeara.—¿Qué pasa? ¿Ahora ya no sabes ser delicado con las mujeres?—¡¿Esta cosa cuenta como mujer?! —gritó Da

  • Capítulo 1894

    Esa frase dejaba muy claro que el señor Felipe sospechaba otra vez de su identidad.—Ay, señor Felipe, me ha entendido mal —exclamó de repente Darío con su voz ronca, mientras dejaba el látigo de golpe y saltaba sacudiéndose la mano—. ¡Duele, duele como el demonio!Su reacción hizo que el señor Felipe se quedara desconcertado por un segundo. Ricardo avanzó entonces un paso. El hombre mantenía la mirada penetrante y serena. Observó el bastón eléctrico en la mano de Darío y, con una sonrisa medida, le dijo al señor Felipe:—Creo que ya entiendo la intención de Darío. No quiere que usted mate a esta mujer y que luego la señorita Alma se resienta con usted. Recuerde la última vez, cuando dejó casi muerto a ese amante suyo; Alma estuvo molesta durante tres días. Y esta mujer no es como ese hombre. Ese tenía el cuerpo curtido, aguantar unos latigazos no era gran cosa. Pero ella… con una sola tanda de golpes, se podría morir.—¡Exacto, exacto! —se apresuró a añadir Darío, con voz ronca, mezcl

  • Capítulo 1893

    Ricardo dijo:—Después de todo, a la señorita Alma la crio usted personalmente. No iba a ser tan tonta como para quedarse con una mujer que dé problemas. Y mucho menos iba a ser tan imprudente como para confiarle lo que piensa de verdad a alguien que conoce hace tan poco tiempo, ¿no le parece?El corazón me dio un salto.Las palabras de Ricardo no tenían ni una falla. Por un lado, hacían quedar bien al señor Felipe como el hombre que había educado con cuidado a la señorita Alma, alimentando ese papel de tutor bueno. Por otro, no me arrinconaban; hasta borraban parte de las dudas que había sobre mí.El señor Felipe miró a Ricardo y después a mí. Después de un momento largo, asintió lentamente.—Tu análisis tiene sentido —admitió el señor Felipe—, pero esa muchacha, Alma, es muy ingenua. Me da miedo que esta mujer esconda algo en serio. ¿Ya se les olvidó lo que pasó ese año, cuando la engañaron con el cuento del amor? Ese asunto casi la mata.Tal vez porque el señor Felipe lo estaba mira

  • Capítulo 1892

    Para esas alturas, ya lo había entendido casi todo.Eso que él llamaba "decir la verdad" no era más que un intento de sacarme si la señorita Alma tenía o no intenciones escondidas contra él.La pregunta inicial, qué propósito tenía yo al quedarme junto a la señorita Alma, no era más que un anzuelo.En apariencia, fingía preocuparse por ella.En realidad, solo estaba preparando el terreno para lo que vendría después, mientras reforzaba su imagen de tío bueno y protector.Qué viejo astuto, tan bien disfrazado.El látigo cubierto de puntas seguía moviéndose frente a mis ojos.Cuanto más amable era la sonrisa del señor Felipe, más miedo me daba.El sudor me resbalaba por la espalda, empapando la tela fina de mi ropa, que se me pegaba al cuerpo con una sensación incómoda que me recorría entera."¿Qué debía hacer ahora?"Si admitía que la señorita Alma tenía la más mínima desconfianza hacia él, no solo yo, sino ella misma sería eliminada en silencio por el señor Felipe.Pero si insistía con

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