Los pasos de la joven resonaban en el pasillo del hospital cuando, sin pensar en las consecuencias de sus actos, se dirigió a la oficina que tenía como placa:
“Dr. Alejandro Urdiales Cirujano Cardiólogo” Tomó el pomo de la puerta y lo hizo girar en su mano con furia, ocasionando así que la misma se abriera de par en par, para sorpresa absoluta de los presentes. El hombre en cuestión sonrió desde su trono, mientras su acompañante —quien supuso era una paciente— mostró su desconcierto por la repentina invasión. Selene se quedó allí de pie, mirándolo en una batalla silenciosa que parecía gritar que, si no sacaba a esa mujer en ese instante, iba a armar un escándalo en su presencia. Porque sí, ahora estaba dispuesta a todo. —Señorita Ponce —canturreó en un tono juguetón que le resultaba completamente ajeno—, ¿a qué debo su presencia? Me parece que no he solicitado ningún café a su sitio de trabajo, ¿o sí? Lo maldijo. Maldijo su cinismo. —Doctor Urdiales, me parece que usted y yo tenemos que hablar sobre cosas más importantes que temas relacionados con cafés, ¿no lo cree? —respondió en un tono de falsa dulzura—. Así que dígame, ¿lo quiere hablar aquí y ahora, con testigos? ¿O despacha a su paciente y hablamos en privado? Usted decide —soltó desafiante. El brillo divertido en los ojos del hombre la hizo molestarse mucho más, pero con tranquilidad, como quien no le teme a nada en la vida, él le dijo a su acompañante: —Señora Domínguez, es posible que necesite una operación para tratar su cardiopatía. Realícese los exámenes indicados y vuelva a consulta cuando obtenga los resultados. La mujer en cuestión se levantó y alternó la mirada entre uno y otro con visible incomodidad, mientras se marchaba de la oficina con pasos apresurados. Una vez estuvieron solos, se observaron fijamente. Los segundos transcurrieron de esa manera extraña hasta que, sin poder contenerse un instante más, acortó la distancia que los separaba y alzó la mano con una única intención: abofetear esa estúpida cara. Sin embargo, su objetivo no fue logrado, ya que el hombre sostuvo su muñeca y la inmovilizó, mientras que, con un suave tirón, hizo que cayera hacia adelante. El escritorio quedó en medio de los dos, pero su cuerpo estaba tan inclinado que sus caras quedaron muy cerca. —¿Desde cuándo eres tan agresiva, Selene? —se burló, centrando la mirada en sus labios. Sus ojos brillaron como si acabara de observar la cosa más apetitosa del mundo entero—. No te pareces en nada a la dulce chica que me pidió que la follara con tal de salvar a su madre —le recordó. Siempre que surgía aquel tema, moría internamente de la vergüenza—. ¿Acaso no has sido dulce todo este tiempo? ¿Por qué ahora este cambio de actitud? —¡¿Por qué fuiste a la universidad a hacer que me quitaran la beca?! —chilló ante su descaro—. ¡¿Tienes siquiera una idea de lo mucho que me he esforzado para conseguirla?! ¡¿Por qué me haces esto, Alejandro?! ¡¿Por qué me odias tanto?! —Yo no quiero hacerte nada, Selene —el agarre en su muñeca se suavizó y su pulgar le acarició en círculos—. Eres tú quien ha empezado con esta guerra sin sentido. Deja de jugar a hacerte la difícil y te aseguro que tendrás de regreso tu beca e, incluso, cualquier otra cosa que desees. Créeme, no quiero ser malo contigo. —¡Eres un mentiroso, porque la verdad es que siempre has sido malo conmigo! Alejandro Urdiales siempre la había tratado como a basura, como si lo único importante, o su única finalidad en la vida, fuera la de complacerlo. Escondida en su cama, de piernas abiertas, siempre disponible para cumplir sus caprichos. ¿Pero qué sabía sobre ella? ¿Acaso le importaban sus aficiones? ¿Sabía acaso qué la hacía sonreír? ¿Sabía siquiera cuándo era su cumpleaños? Muchas veces soñó que la sorprendía con un detalle: una flor, una nota, una palabra dulce. Pero no. Lo único que había recibido en más de dos años era aquella irritante pregunta: “¿Qué haces vestida aún?” Y entonces, como una autómata que solo había sido programada para dar placer a un hombre frío e insensible como él, se desvestía frente a sus ojos, sintiendo cómo su mirada la devoraba aun con ropa. Pero, en cambio, en su interior, su corazón dolía. Porque para Alejandro no era más que un cuerpo y una cara apetitosa. Nada más. —Eso es mentira —se levantó y entonces rodeó el escritorio para pararse frente a ella, inclinarse y tocar su rostro con una mano. Era alto y guapo. Estúpidamente guapo—. Soy bueno contigo, Selene. Y puedo serlo mucho más. Solo pórtate bien, ¿sí? Si lo haces, te prometo que lo que sea que me pidas, te lo daré. No pienso escatimar. —Lo único que quiero es dejar de ser tu amante —fue su respuesta.Latest Chapter
Kiara - 006
—Le ofrezco una disculpa —siguió el general mirando directamente a Alejandro—. No como el superior de este oficial, sino como el padre de un hombre que parece haber olvidado lo que significa tener palabra.—Guarde sus disculpas, general. Las disculpas no le devuelven a mi hija el tiempo perdido —no había ningún tipo de suavidad en su voz, por el contrario, había fuego y una ira que no parecía poder ser calmada—. Y tú, escúchame bien —se giró hacia Víctor—: más te vale que te mantengas a un mundo de distancia de ella. Si vuelvo a saber que tu sombra se cruza en su camino, o que te atreves a pronunciar su nombre con esa boca mentirosa, te juro por mi vida que te despellejaré vivo. No quedará de ti ni el recuerdo.Abandonó el despacho sin que hubiera mermado ni un poco su enojo, dejando al general y su hijo solos. —Levántate, basura —escupió Rómulo.—Padre, no es lo que parece… —Se puso de pie con torpeza, limpiándose la sangre del labio. —¡Cierra la boca! —rugió el hombre, haciendo qu
Kiara - 005
—Madame Vance, ¿puedes pedirle que se vaya? —lo señaló apenas con la barbilla sin dejar de observar a su mentora. La mujer se horrorizó visiblemente por la petición. —¡Kiara! —boqueó incrédula. En otro momento de su vida, no hubiera sido tan fría y directa. Pero ya no era la misma, así que, ¿qué importaba?—Se suponía que este sería un ensayo privado. No quiero personas que no pertenezcan a nuestro mundo merodeando por aquí. —Víctor, ¿puedes esperar afuera? —le dijo su madre, quizás comprendiendo el punto de que no estaba en sus mejores fachas tampoco.El hombre se marchó sin decir ni una palabra y entonces se sintió mejor.—No deberías tratarlo así —se acercó Madame Vance con una mirada cargada de reprimenda—. Comprendo que ustedes tuvieron un malentendido, pero solo vino aquí para ayudarme a llevar el gramófono a casa. Ya te había comentado que era hora de que regresara donde pertenece.—Lo entiendo, Madame Vance, pero su hijo es un mentiroso.—Kiara —la expresión de la mujer se
Kiara - 004
—¿Qué es? —Yo… ¿Cómo decir esto sin sonar estúpida?Era demasiado complicado porque, de cierta forma, se avergonzaba de sí misma.—Buscaré un departamento en el centro de la ciudad y me mudaré —dijo en su lugar. Eso era más sencillo que confesar que un tipo le había visto la cara de tonta.—No.—Sí —lo contradijo—. Ya no tengo cinco años. Soy una mujer y… necesito un cambio. —¿Qué tipo de cambio? ¿Qué es exactamente lo que buscas? —No lo sé —se encogió de hombros—. Solo confía en mí y déjame hacer esto, ¿si?Su padre no puso buena cara. No le gustaba la idea, era obvio. —Lo permitiré, solo si prometes que no dejarás el ballet —negoció.—Esa debería ser mi decisión, padre. No tuya. —Me entrometo porque sé que renunciar sería una decisión tomada en medio de la frustración —dijo con seguridad—. Tú no viste lo que yo vi. Pero solo sé que brillabas en el escenario y quiero verte hacer eso siempre.—Mmm —bajó la mirada hacia sus pies, pensando—. Está bien, papá. Tengo tu apoyo, entonc
Kiara - 003
Llorar por tonterías era algo que no había podido evitar hacer desde su niñez. Llorar, más allá de un acto de desahogo, se había convertido en su forma habitual de expresión. No importaba si el motivo era por felicidad o por tristeza; las lágrimas siempre estaban allí, brillando en sus ojos. Pero ya no. Ya no lloraría.El viaje en auto fue silencioso. Su padre no dejaba de observarla desde el espejo retrovisor, mientras Selene comentaba sin parar lo mucho que le había encantado su presentación. El ballet fue la manera que sus padres encontraron para sacarla de su constante depresión.Sus hermanos actualmente estudiaban en la Universidad de Oxford, ambos aspirando a carreras brillantes, a futuros prometedores. Ella, en cambio, estaba allí, persiguiendo un sueño fantasioso.Posiblemente sus padres pensaban que lo que estaba haciendo no era más que una tontería, una pérdida de tiempo considerando el mundo competitivo en el que se desenvolvía. Pero nunca se lo dirían. Por el contrario
Kiara - 002
Quiso saltar de la tarima, no podía negarlo.Eran ocho años sin verlo.Ya no era el mismo joven que recordaba, nada de eso, ahora era todo un hombre y… ¡Oh cielos, no podía dejar de mirarlo! El uniforme de gala oscuro lo hacía parecer más alto e intimidante; las medallas brillaban sobre su pecho y tenía una postura de acero propia de alguien que había dictado el destino de mil hombres.Recibió las flores que eran parte del protocolo, se inclinó una última vez hacia el público y sonrió a sus padres, quienes no dejaban de aplaudirla desde el palco designado para ellos. No pudo esperar más. Bajó de la tarima sin cambiarse; tenía un solo objetivo en este momento y este se dirigía específicamente a la zona restringida junto con su madre.No sabía exactamente qué estaba esperando recibir cuando se paró frente a él con su tutú de tul blanco y su corazón latiendo desbocado; su lado tonto y enamoradizo le decía que lo mínimo tenía que ser un abrazo. Pero no. Víctor Turner no la determinó, haci
Kiara - 001
Durante ocho años, religiosamente, había estado enviando una carta a la base militar cada mes. Era anticuado, lo sabía. Actualmente, las redes sociales eran un medio más efectivo para comunicarse, pero no podía dejar de lado ese modo tonto y romántico que había adquirido en su adolescencia.Lastimosamente, ninguna de sus cartas fue contestada. Pero siempre lo justificó: “Seguro está muy ocupado”, “Seguro ni siquiera le permiten recibir correspondencia”. Las excusas fueron interminables, de la misma forma en que se conformó con migajas de información.Su manager y entrenadora, Alessandra Vance, o Madame Vance como le gustaba que le llamaran, era la madre del hombre que durante más de una década ocupó su corazón. Lo conoció a los trece, cuando Madame Vance lo arrastró a los ensayos debido a que su padre estricto no pudo cuidarlo.Desde entonces quedó flechada por Víctor Turner. No supo exactamente qué le gustó. Si su mirada azulada, o ese cabello rubio como el sol; el punto fue que su e
