C3-NUNCA SABRÁ QUE TUVO UNA HIJA.
NEW YORK... 8 AÑOS DESPUÉS. La luz entraba a raudales por los ventanales y Aurora estaba de pie frente a su mesa de dibujo, vestida con pantalón blanco y una camisa azul arremangada hasta los codos. Su suave cabello negro, estaba recogido en una coleta firme, que dejaba al descubierto un rostro concentrado, sus ojos cafés recorrían el plano con precisión mientras sostenía un portaminas y una regla metálica, trazando líneas limpias sobre el papel vegetal. Y detrás de ella, Nueva York rugía: bocinas, voces, el rumor constante de una ciudad que nunca dormía, pero ella estaba absorta. Entonces la puerta se abrió de golpe. —¡MAMIIII! Un torbellino de ocho años cruzó la habitación, con su cabello negro suelto y unos ojos azules brillantes, Aurora apenas tuvo tiempo de dejar el portaminas antes de agacharse. —Ey, mi geniecita —dijo, abriendo los brazos—. Casi me derribas el edificio. La niña se lanzó contra ella y su madre la levantó del suelo, abrazándola con fuerza. —¿Cómo estuvo tu día? —preguntó, besándole la sien—. ¿Sobreviviste a la escuela? —Fácil —respondió la pequeña, con una sonrisa segura—. Demasiado fácil. Se separó y, con gesto triunfal, sacó una hoja doblada de su mochila. La desplegó frente a su madre y le mostró una A grande, roja e impecable. —Examen de matemáticas —anunció—. El mejor de la clase. Aurora sintió cómo el pecho se le llenaba. —Angela... —sonrió—. Estoy tan orgullosa de ti. La besó en la mejilla y la niña infló el pecho. —Obvio —dijo—. Las fracciones no tienen oportunidad contra mí, mami. Aurora rió, negando con la cabeza y por un segundo, una imagen cruzó su mente. Un hombre de mirada dura, sonrisa arrogante y con la misma seguridad imprudente. Su hija había heredado eso, sin duda. Se incorporó justo cuando un hombre pelirrojo apareció en la puerta, jadeando. —¿Puedes explicarme —dijo entre risas— cómo alguien con piernas tan cortas corre tan rápido? —No corro —replicó Angela, cruzándose de brazos—. Tú comes demasiadas hamburguesas. El hombre alzó una ceja y miró a Aurora. —Deberías trabajar un poco el autoestima de esta niña —comentó—. Por el bien de los pobres novios que tenga algún día. —¡Oye! —protestó Angela—. ¡No voy a tener novios! —¿Ah no? —No —dijo, firme—. Yo voy a ser marine. Lo dijo con orgullo y el mentón bien alto, pero Aurora abrió los ojos. —Cielo... eso es de hombres... La niña la miró, sin vacilar. —No. Es de valientes. Y yo soy valiente, mami. Sin esperar respuesta, caminó hasta el escritorio, se sentó en la silla giratoria y sacó su cuaderno. —Tengo tarea —anunció—. Si termino rápido, luego entreno flexiones. Aurora la observó en silencio y la forma en que fruncía el ceño al resolver un problema, la concentración absoluta, la seguridad natural, le recordó a él otra vez. Incluso ese amor por los marines, por el uniforme, por la disciplina... también venía de él. De Angelo. Y aunque no lo dijera en voz alta, supo que el pasado nunca se había ido en esos ocho años. El pelirrojo dejó su bolso sobre una silla y se acercó a la mesa de dibujo. —¿Cómo va el proyecto? —preguntó, apoyando una mano en la madera—. Cuando llegamos estabas completamente absorta. —Casi terminado —respondió Aurora volviendo al plano—. Solo ajustes finales en la estructura. Él se inclinó para mirar los bocetos y sus ojos recorrieron las líneas, los cálculos al margen, la lógica precisa detrás de cada trazo y sonrió. —Son espectaculares —dijo—. Van a quedar muy satisfechos. Se inclinó y le dio un beso breve en la mejilla y tomó el portaminas de Aurora para ajustar unos detalles y mientras él dibujaba, ella siguió hablando. —Hoy me llamaron de Londres. La punta del portaminas se detuvo en seco y el hombre se tensó. Miró primero a Angela, concentrada en sus números, y luego a Aurora. —¿Y qué querían? Aurora respiró hondo y tardó unos segundos en responder. —Era la abuela —dijo al fin—. Quiere que vuelva. Está mal... al parecer su corazón ha empeorado y... —¿Vas a ir? —la interrumpió. Su tono se endureció y volvió a mirar a Angela, luego a ella. —¿Después de lo que te hicieron? —continuó—. Te sacaron de sus vidas. Ocho años, Aurora. Ocho. —Yo fui la que quiso alejarse —respondió ella con firmeza—. La abuela me llamó muchas veces. Yo no quise volver. Pero ahora... —No me digas que quieres verlo —dijo él, con incredulidad—. Eso sería imperdonable. Él siguió con su vida como si nada. No puedes... —No se trata de él —lo cortó Aurora—. Bueno... no del todo. Bajó la voz. —Quiero ir a ver a la abuela y... también pedirle el divorcio. El silencio cayó pesado y el pelirrojo la miró fijo, como si no hubiera escuchado bien. —¿El divorcio? Angela levantó la cabeza un segundo, curiosa, pero volvió a sus ejercicios. —Nunca lo pedí —dijo Aurora—. Me fui sin cerrar nada y si no lo hago él siempre será una sombra, necesito terminarlo. Él pasó una mano por su cabello, inquieto. —¿Sabes lo que significa volver? Él está allí. Su familia está allí. Ese pasado... —Lo sé —respondió ella—. Pero aun así tengo que hacerlo. —¿Y Angela? —insistió—. ¿Vas a llevarla? Aurora dudó, pero luego negó. —No. Ella se queda... Angelo Russo, nunca sabrá que tuvo una hija.Latest Chapter
C113-LISTA PARA INTENTARLO.
C113-LISTA PARA INTENTARLO.Tres días habían pasado desde la lectura del testamento, y la casa seguía siendo un campo minado de silencios. Aurora y Angelo vivían como extraños bajo el mismo techo: ella trabajando desde su cuarto con la puerta cerrada, él saliendo antes de que saliera el sol y regresando cuando la noche ya se había instalado. Se cruzaban en los pasillos como fantasmas educados, murmurando “buenos días” o “¿todo bien?” sin esperar respuesta real.Pero ese martes por la mañana, algo se rompió dentro de ella, o… tal vez se recompuso. Decidió cocinar. No cualquier cosa: haría un almuerzo de verdad. Risotto de hongos con un toque de trufa que sabía que a Angelo le volvía loco, ensalada fresca y pan casero que había empezado a amasar la noche anterior cuando no podía dormir. Puso música suave en la cocina y se movió con determinación, como si las manos ocupadas pudieran acallar el ruido en su cabeza. Mientras picaba cebolla y ajo, por un segundo, cerró los ojos y e
C112-¿POR QUÉ ODIAS TANTO A LOS RUSSO?
C112-¿POR QUÉ ODIAS TANTO A LOS RUSSO? Angelo pasó la noche en vela, dando vueltas en el sofá de su estudio. ¿Cómo decirle a Aurora que debían presentarse juntos a la lectura de un testamento? La mañana llegó demasiado rápido. Se duchó y se vistió con un traje gris oscuro. Cuando salió al pasillo, Aurora ya estaba en la cocina, preparando café. Llevaba un vestido negro sencillo y el cabello recogido. Incluso en su tristeza, le quitaba el aliento.—Buenos días —dijo, manteniendo su distancia. Aurora apenas lo miró. —Buenos días. —Tenemos que hablar. Ella dejó la taza sobre la encimera. —¿Sobre qué? —Anoche llamó Vittorio, quiere vernos a los dos hoy a las diez. Aurora frunció el ceño. —¿A los dos? ¿Por qué? —El testamento de la abuela. —¿Y por qué tengo que ir yo? —No me lo dijo. Solo que es importante que estemos ambos presentes. Aurora desvió la mirada hacia la ventana y el silencio se extendió entre ellos como un abismo. —No tienes que venir si no quie
C111-NO VOY A FINGIR QUE NO TE DESEO.
C111-NO VOY A FINGIR QUE NO TE DESEO.Al llegar, la casa estaba en penumbras, solo una luz tenue se filtraba por debajo de la puerta del dormitorio de Aurora. Ella había insistido en que él durmiera en el dormitorio principal, no quería que Angela se diera cuenta de la tensión entre ellos. Sin embargo, Angela podría ser más perspicaz de lo que se creía y seguramente ya sabía que algo iba mal entre ellos.Angelo aflojó su corbata y se dirigió a su estudio. Necesitaba un trago. La presión en su pecho no cedía, y el whisky era un viejo amigo en noches como esta. Estaba sirviendo su segundo vaso cuando escuchó el agua de la ducha; se detuvo, con el vaso a medio camino de sus labios. Imaginó a Aurora bajo el agua, dejando que la calidez lavara las preocupaciones del día, y un deseo familiar se encendió en su interior, pero sacudió la cabeza y apuró el trago. No tenía derecho a pensar en ella así. No ahora.Salió del estudio y se dirigió al dormitorio. Necesitaba quitarse el traje, po
C110-CALLEJÓN SIN SALIDA.
C110-CALLEJÓN SIN SALIDA. Angelo condujo a toda velocidad por la autopista, alejándose de Londres. El ex SEAL, Brock, iba en el asiento del copiloto revisando su arma con movimientos precisos.—Starwick queda a una hora. Es un pueblo pequeño, casi fantasma —comentó Brock sin levantar la vista—. La casa está aislada, perfecto para esconderse.Angelo apretó el volante, su mente trabajaba a mil por hora, conectando puntos. Marcos había sido el chofer de su abuela durante años y, por lo tanto, conocía secretos familiares que nadie más sabía y ahora, de repente, aparecía después de tanto tiempo.—¿Qué sabes de este tipo? —preguntó Brock. —Lo suficiente —respondió Angelo, cortante.El resto del viaje transcurrió en silencio. Cuando llegaron a Starwick, el sol comenzaba a ponerse, las calles estaban desiertas y las pocas casas parecían abandonadas. Siguieron por un camino de tierra hasta llegar a una pequeña construcción de ladrillo.—Espera aquí —ordenó Angelo al estacionar.Brock frunci
C109-PROMESA DE SEAL.
C109-PROMESA DE SEAL.Los días siguientes se convirtieron en una danza de ausencias. Angelo y Aurora comenzaron a vivir en coreografías evasivas, como dos fantasmas que compartían el mismo espacio sin tocarse. Él se levantaba antes del amanecer, cuando la oscuridad aún dominaba el apartamento. Preparaba café en silencio, dejando una taza lista para ella en la encimera, aún caliente cuando Aurora despertaba. Iba a la empresa y luego se encerraba en el estudio. Mientras tanto, Aurora deambulaba por el departamento como un espectro. Tocaba los objetos que él había tocado, pasaba los dedos por los libros que él leía, buscando alguna conexión con el hombre que ahora parecía un extraño. Una tarde, buscando una sudadera para el frío repentino, abrió el cajón de Angelo. El aroma a su colonia la golpeó con tal fuerza que tuvo que apoyarse en la cómoda para no caer. Y, como un reflejo condicionado, tomó una de sus camisas y enterró la nariz en ella, respirando hondo. Un sollozo se le es
C108-TE LO ADVIERTO.
C108-TE LO ADVIERTO.Angelo miró a Jimena como si acabara de entrar una serpiente en su oficina. Su rostro pasó de la sorpresa a la frialdad en segundos. —¿Qué haces aquí? —preguntó, cortante, cerrando de golpe la carpeta sobre su escritorio. Jimena fingió no notar su tono; se acercó con pasos medidos, con el rostro vuelto una perfecta máscara de preocupación. —Vine por unos documentos importantes para la reunión del lunes —explicó—. Vi tu auto en el estacionamiento y pensé que no deberías estar solo en un momento así. Angelo no respondió, sus ojos siguieron cada movimiento de Jimena mientras ella entraba y cerraba la puerta tras de sí. Ahora la conocía demasiado bien como para creer en sus buenas intenciones. —Adelina era una mujer extraordinaria —continuó Jimena, acercándose al escritorio—. Una verdadera matriarca, y sé cuánto la amabas, Angelo. Era como una madre para ti. Sus palabras sonaban ensayadas, pero sus ojos mostraban algo más profundo. Ella rodeó el escritorio

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Y este quien será
Una hija, wow y le puso Ángela