All Chapters of REY DE ESPADAS. La novia forzada: Chapter 91
- Chapter 100
279 chapters
EPÍLOGO
EPÍLOGOTodos en la mesa se pusieron de pie al mismo tiempo.—¿¡Qué!? —exclamó Cedric.—¡Ya! —gritó Tristán, como si estuviera en una película de acción.Rowan no esperó a que nadie reaccionara. Rodeó a Raven con el brazo y la ayudó a caminar hacia la puerta, mientras Jessi, que por supuesto era la más preparada, corría por el bolso que tenía todas las cosas necesarias para el hospital.—Tranquila, amor. Vamos con el doctor ahora mismo. Respira conmigo, ¿sí?Raven asintió, con el rostro pálido pero la mirada firme.—Estoy lista… pero apúrate, Rowan.El auto parecía volar camino al hospital, escoltado por otros tres que iban sacando coches del camino con los claxones a todo lo que daba, como si fueran patrullas de policías. Cada vez que Raven tenía una contracción, apretaba la mano de Rowan con fuerza, y él no dejaba de repetirle palabras tranquilizadoras.—Ya casi, cachorrita, solo aguanta un poco más.Cuando llegaron al hospital, los médicos y enfermeras se movieron con rapidez. Inmed
REY DE OROS. CAPÍTULO 1. La novicia
REY DE OROS. CAPÍTULO 1. La noviciaREY DE OROS. LA NOVIA FUGITIVA.SINOPSISNo era una compañía cualquiera, era un coloso de la seguridad, con presencia de cincuenta y tres países del mundo, pero aún así, para Alaric Thorne no era suficiente. Llevaba años persiguiendo el mayor contrato de su vida: encargarse de la seguridad del Vaticano. Y ahora, con la ayuda del cardenal Pietro, que se perfilaba como el próximo papa, ese proyecto estaba a su alcance más que nunca.El único inconveniente era que el cardenal tenía una condición para cerrar el trato: una sobrina, su única familia viva, a la que quería casar a toda costa. Una joven devota, dulce, pura, casta, obediente, de diecinueve años, que solo quería entrar al servicio del Señor… pero el Cardenal Pietro se rehusaba a que su familia desapareciera, así que si Alaric quería el trato, tenía que casarse con la aspirante a monjita fuera como fuera.¿Qué pasará cuando descubra que las apariencias engañan, y mucho? ¿Y que el cardenal le es
REY DE OROS. CAPÍTULO 2. Un sueño con condiciones.
REY DE OROS. CAPÍTULO 2. Un sueño con condiciones.Alaric Thorne entró con paso seguro en la mansión del cardenal Pietro, en Roma. La puerta se abrió con un crujido solemne que parecía advertirle: “Cuidado, aquí se respira incienso y política al mismo tiempo”.Él, con su porte pragmático y ese aire de hombre que calculaba cada movimiento como si todo fuera un tablero de ajedrez, había esperado demasiado tiempo por una oportunidad como aquella. Ya hacía un par de meses había enviado su propuesta de negocios, un proyecto que había trabajado con paciencia y números fríos, y apenas ahora, después de semanas de silencio, el cardenal había respondido invitándolo a conversar.Mientras avanzaba por el pasillo, Alaric se fijó en todo alrededor. La mansión era tan imponente que casi parecía querer tragarse a cualquiera que osara poner un pie dentro. Tapices antiguos, cuadros de santos con ojos muy expresivos, y estatuas que parecían juzgarlo a cada paso.—Bueno —murmuró para sí mismo—, espero q
REY DE OROS. CAPÍTULO 3. Una cena con el vampiro
REY DE OROS. CAPÍTULO 3. Una cena con el vampiroCostanza estaba lista para cambiarse de ropa y desaparecer por la ventana cuando escuchó tres golpes secos en la puerta, como si alguien marcara el comienzo de una tragedia en tres actos. Tenía una pierna dentro del pantalón de calle, la otra en el aire, el pelo sujeto con un pasador rebelde y el corazón dando saltitos de conejo asustado. Y todo eso se fue bajo la cama en un segundo cuando escuchó la voz de su tío.—¡Costanza! —tronó Pietro desde el otro lado, con ese tono de homilía que abría puertas sin picaporte.Ella apretó los labios, resopló y susurró entre dientes, mirando al techo como si ahí viviera la central de quejas celestiales:—Diosito, si vas a hacer un milagro, que sea ahora. No te pido fuego celestial, con un cortocircuito en el pasillo me conformo. ¡Pero electrocútalo, por favor!La manija giró y Pietro entró con paso de juez que llega a dictar sentencia. Llevaba la sotana perfecta, la frente brillando de autoridad y
REY DE OROS. CAPÍTULO 4. La encarnación de la virgencita
REY DE OROS. CAPÍTULO 4. La encarnación de la virgencitaCostanza salió al pasillo. La mansión olía a madera encerada, a pan recién horneado y a política vieja. Y mientras caminaba hacia el comedor, iba enumerando, como si le pasara lista al cielo:—OK, OK, señales posibles: si debo casarme, que la primera vela de la derecha de comedor parpadee. Si debo ir al convento, que suene una campanita celestial. Y si debo huir por la azotea… bueno, mándame un mapa.El eco de sus zapatos rebotaba en los arcos y a cada baldosa ella iba soltando un comentario—San Agustín, no me juzgues. Santa Teresa, dame tu sentido del humor. San José, préstame tu paciencia. Y Tú, Diosito, acuérdate: clarito, ¿sí?A medio camino se detuvo y se apoyó en una columnita de mármol para respirar. Le pesaba el pecho por esa mezcla rara de indignación y curiosidad. La idea del “esposo” la asustaba, pero la intriga por el hombre vampiro le cosquilleaba las costillas, así que se reprendió sola:—No, no. ¡Nada de cosquill
REY DE OROS. CAPÍTULO 5. Apuestas entre amigos
REY DE OROS. CAPÍTULO 5. Apuestas entre amigosAlaric se tensó por un instante. La idea de tener a una monjita citándole la Biblia en cualquier conversación imaginable le provocaba un vértigo cómico, una mezcla de terror y… más terror. Podía imaginarse la escena: despertando un lunes cualquiera y escuchando un “Efesios 5:18” y de repente ¡pum! Le quitaban el wiskhy de las noches de póker. Pero por más que su mente juguetona lo aterraba con posibles futuros sermones, la verdad era que se había quedado sin excusas: debía aceptar la realidad.—Está bien —dijo finalmente, intentando mantener la calma—. Por mi parte, acepto ese matrimonio.El cardenal Pietro sonrió como si hubiera ganado una medalla invisible. Sus dedos tamborilearon con satisfacción sobre el mantel, imaginando ya la ceremonia y el contrato de bodas firmado en el corazón de Roma.—Entonces —anunció con voz firme y triunfante—, prepararemos la boda para dentro de un mes, que se celebrará aquí mismo en la ciudad. ¡Y no te p
REY DE OROS. CAPÍTULO 6. ¡Paguen!
REY DE OROS. CAPÍTULO 6. ¡Paguen!Costanza estaba en la salita de espera de la novia, una habitación pequeña y blanca al costado de la entrada principal de la iglesia. El lugar olía a incienso y a flores frescas, y ella ya se había envuelto en su vestido de novia. El vestido, por supuesto, era tan recatado que parecía diseñado para tapar hasta las ideas.—¡Joder, con tantos velos el señor buenote va a pensar que me cambiaron y que aquí debajo le están escondiendo al jorobado de Notre Dame! —rezongó tratando de acomodarse el tocado lleno de tules—. Bueno, tampoco me desagrada tanto, mejor esto que un hábito —se consoló—. El sofoco vale la pena. Total, si me desmayo dirán que es mi inocencia y todas esas burradas.Sin embargo su soliloquio muy pronto se vio interrumpido por el repiqueteo del celular dentro de su bolso. Costanza lo sacó apresurada, porque no se suponía que la dejaran tener celular, y al ver el nombre en la pantalla, abrió los ojos de par en par.—¡Ay, Diosito santo! —exc
REY DE OROS. CAPÍTULO 7. Las tradiciones
REY DE OROS. CAPÍTULO 7. Las tradicionesAlaric contuvo el aliento, ni siquiera sabía por qué, porque el sentimental perdido era Tristán, y en su defecto Rowan que ya estaba hasta casado. Él era más bien el prosaico, el frío, el de los números y los cálculos que pensaban más que cualquier otra cosa… y aún así sonrió con una mezcla de ternura y resignación cuando echó hacia atrás el velo de Costanza.La tela, tan pesada y tan aparatosa, cayó como una cortina de teatro que se descorre para revelar la función principal. La vio hacer una mueca, con los ojos brillantes y la voz apenas audible, mientras su naricita se arrugaba y soltaba en su dirección aquel susurro cómplice:—Por favor, ¿me ayudas a quitármelo del todo? Esto pesa una tonelada y acabaré con migraña antes de empezar.Alaric no pudo contener la risa. Aquella petición tan poco solemne en medio de una ceremonia tan seria le resultó deliciosa. Con movimientos pacientes y casi ceremoniales, comenzó a retirar la tiara y finalmente
REY DE OROS. CAPÍTULO 8. Una noche de bodas
REY DE OROS. CAPÍTULO 8. Una noche de bodas“No, no te puedes poner a rezar a esta hora porque tengo toda la intención de darte como a tambor de guerra hasta que seas tú la que suelte el alarido”. ¿Eso le iba a decir? ¡Pues claro que no!Así queAlaric se quedó unos segundos en silencio, con la expresión aturdida y la mirada fija en Costanza. Había sido una noche larga, llena de formalidades, gestos protocolarios y sonrisas tensas, y ahora, en la privacidad relativa de la mansión, sentía que no podía negarle nada.Además, la idea de discutir con ella era casi imposible; cada vez que lo miraba con esos ojos enormes, él sentía un nudo en la garganta y un extraño calor en el pecho. ¡Era un angelito! ¡¿Cómo se suponía que la tocara siquiera?!—Está bien —dijo más que dispuesto—. Te dejaré la habitación nupcial solo para ti.Costanza abrió los ojos con sorpresa y una sonrisa que mezclaba incredulidad y satisfacción. Quizás había pensado que tendría que ponerse mucho más insistente o algo a
REY DE OROS. CAPÍTULO 9. Un angelito oscuro
REY DE OROS. CAPÍTULO 9. Un angelito oscuro Alaric salió disparado de la mansión como si hubiera visto un fantasma. No habían pasado ni treinta segundos desde que la había visto en la pantalla de la tableta de seguridad, descolgándose en una sábana trenzada por el balcón como una fugitiva de caricatura. —¡Pero qué demonios hace esa mujer! —rugió Alaric con frustración mientras corría hacia su coche. ¡Su esposa en moto! ¡Y encima con otro tipo! Y Cedric, que no pensaba perderse el espectáculo, saltó tras él y se coló en el coche por la ventana, con la agilidad de un gato borracho, literalmente con medio cuerpo dentro y los pies para arriba. —¡Arranca, arranca! —gritó, acomodándose en el asiento como si estuvieran en una persecución de película—. ¡Vamos, Alaric, que no te vea! Pero el recién sin estrenar esposo no necesitaba más estímulo: giró la llave y el motor rugió con tanta fuerza que despabiló a un par de sirvientas que aún recogían copas vacías del banquete. Sus ojos se ab