All Chapters of EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO: Chapter 281
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MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 32. Imposiciones
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 32. ImposicionesY Seija no se equivocaba, porque a partir de ese momento, algo cambió en el ambiente.En la casa Marshant, todos comenzaron a hablar como si la boda ya estuviera decidida. Los amigos, los conocidos, hablaban del compromiso, de la fiesta, de planes en el futuro de los que ella ni siquiera tenía conocimiento. Seija de repente empezó a hundirse en una madeja de comentarios casuales, bromas, suposiciones. Y Brenda, especialmente, parecía haber encontrado una nueva energía.—Hablé con un florista maravilloso —comentaba—. Las peonías están de moda. Pondremos toda la decoración de las mesas a juego.Ese fue el inicio de su organización de la boda, uno en el que nadie decía ni una palabra, como si solo ella tuviera poder de decisión.—También estoy viendo fotógrafos —añadía otro día—. No sabes lo importante que es capturar esos momentos con un profesional. Quiero uno que haga fotos vintage, como si fueran los años cincuenta.Seija escuchaba todo con
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 33. Un buen o mal negocio
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 33. Un buen o mal negocioSeija negó de inmediato, casi con un gesto de frustración.—No se trata de eso y lo sabes —dijo—. Se trata de cómo está pasando. ¡De que esto dejó de ser una decisión nuestra!Camilo pasó una mano por el cabello, impaciente.—¡Maldit@ sea, Seija! ¡No entiendo por qué tenemos que seguir hablando de esto! Esta boda le hace una ilusión enorme a mi madre. ¿Podrías intentar ser un poco más humana? —soltó, sin medir del todo el impacto.Seija se quedó completamente quieta, sintiendo cómo algo dentro de ella se congelaba, como si alguien hubiera bajado de golpe la temperatura del mundo. No respondió de inmediato. Lo miró, intentando entender si realmente acababa de escuchar eso, si realmente él estaba usando ese argumento como una especie de presión emocional.Luego dio un paso atrás, y otro, y otro, hasta que se subió al auto y condujo lejos de aquella casa, dejándolo solo en el jardín, con la sensación incómoda de haber cruzado una línea
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 34. Un risotto de altura
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 34. Un risotto de alturaUna semana después, Camilo y Seija llegaron a la famosa cena familiar que Brenda había anunciado con tanto entusiasmo. La casa Marshant estaba especialmente iluminada, con una mesa larga vestida con manteles claros, copas relucientes y arreglos florales perfectamente calculados para impresionar. Todo parecía sacado de una revista de alta sociedad.Brenda no dejaba de moverse de un lado a otro, supervisándolo todo con una sonrisa satisfecha. ¡Demasiado movimiento para una moribunda… pero bueno!—Quería que fuera algo realmente especial —decía—. El menú es completamente exclusivo. ¡He contratado a un chef con estrella Michelin! ¡No se come así todos los días!Seija observaba los platos con atención. A simple vista, todo se veía impecable: entradas delicadas, platos principales bien presentados, aromas intensos pero agradables. Incluso ella, a pesar del cansancio emocional acumulado, tuvo que admitir que la cena era visualmente impresio
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 35. A propósito
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 35. A propósitoCamilo esperaba afuera de la habitación con la espalda apoyada en la pared, los brazos cruzados y la mirada perdida en un punto indefinido del pasillo. El hospital olía a desinfectante y a café recalentado, una mezcla que se le estaba quedando grabada en la memoria de una forma que no le gustaba nada.Cada vez que una enfermera pasaba empujando un carrito, él levantaba la cabeza con la esperanza absurda de que alguien le dijera algo distinto, algo menos grave, algo que le quitara el peso que tenía instalado en el pecho desde hacía unas horas.Y cuando por fin un médico salió de la habitación, Camilo se incorporó de inmediato.—¿Cómo está? —preguntó, sin rodeos.—Ya le retiramos la respiración artificial —dijo el médico con una expresión profesional, neutra, pero cansada—. Está sedada y estable. Fue una reacción alérgica severa. Podía haber terminado de la peor forma.Camilo cerró los ojos un segundo, soltando el aire que no sabía que estaba c
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 36. No se puede hablar con quien no quiere escuchar
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 36. No se puede hablar con quien no quiere escucharCamilo todavía estaba procesando las últimas palabras de Seija cuando tocaron a la puerta.—¿De qué estás hablando? —alcanzó a preguntar, confundido, con esa sensación incómoda de que algo importante se le estaba escapando de las manos.Pero el timbre volvió a sonar, insistente, y cuando Camilo abrió en el umbral estaba la asistente de Seija, con una sonrisa educada y una correa en la mano.—Hola —saludó ella—. Vengo por Rio.Este se le acercó de inmediato porque ya la conocía y la chica se agachó para saludarlo, lo acarició con familiaridad y le colocó la correa con un gesto automático.—¿A dónde lo llevas? —preguntó Camilo, desorientado.—A dar un paseo —respondió ella con naturalidad—. Volvemos luego.No sonó a pregunta ni a explicación. Sonó a algo ya decidido, y antes de que Camilo pudiera decir nada más, la puerta se cerró y el sonido de los pasos se perdió en la escalera.Él se quedó quieto unos segu
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 37. Distancia
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 37. DistanciaSeija pasó primero por casa de su asistente. El lugar le resultó acogedor, silencioso, casi terapéutico después del caos emocional de las últimas horas. Rio corrió hacia ella apenas la vio, y Seija se agachó con cuidado para abrazarlo.—El viaje puede demorar varias semanas, incluso meses —le dijo a su asistente pero ella sonrió.—No se preocupe. Rio y yo ya nos conocemos. Es un cachorro muy bueno.—Esta bien entonces —dijo entregándole una tarjeta—. Te dejo para su comida y medicinas. Te llamaré a menudo —murmuró antes de agacharse junto a Rio—. Es solo un ratito. ¿De acuerdo? Te veré pronto.Rio le lamió la mano, ajeno a cualquier drama humano. Y Seija respiró hondo, se enderezó y se despidió con una sonrisa agradecida.Luego se subió a su auto y fue directamente a casa de Rebecca.Su amiga abrió la puerta con una expresión de sorpresa que se transformó en emoción apenas la vio. Seija venía con una expresión rara, de esas que delatan que algo
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 38. Dos días tarde.
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 38. Dos días tarde.Pero mientras ella estaba lista para descubrir en sí misma a una mujer más fuerte, Camilo seguía esperando que su vieja versión le devolviera las llamadas. Y como eso evidentemente no pasó, tres días después de que Seija se hubiera subido en aquel avión, ya de tarde, Rebecca descansaba en el sofá con una infusión tibia de menta cuando sonó su teléfono.Vio el nombre en pantalla y suspiró con resignación. Camilo.—Hola —dijo, intentando sonar amable aunque ya presentía problemas.“Hola Becca… ¿todo bien con el bebé?” preguntó él, con un tono que pretendía ser casual, pero no lo lograba. “Oye,¿Seija sigue molesta conmigo? ¿Ella está ahí contigo?”—¿Molesta? No sé, no la he visto últimamente —respondió Rebecca, dando un sorbo lento a su té, y Camilo insistió con impaciencia:“Pensé que se estaba quedando contigo. No contesta mis llamadas”.Rebecca se mordió el labio, buscando las palabras justas.—Camilo, no tengo idea de dónde está —dijo fi
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 39. Sin respuestas
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 39. Sin respuestasLos siguientes tres días fueron tan tensos que Camilo no fue capaz de hacer otra cosa que respirar para seguir existiendo. Dormía mal, comía por inercia y perseguía al padre de Henry como un autómata.Pero cada segundo y cada espacio vacío se llenaba con el recuerdo de Seija: su voz, su forma de mirar cuando algo no le gustaba, el silencio incómodo con el que últimamente lo había enfrentado.Y el verdadero golpe llegó cuando por fin volvió a su departamento y lo encontró vacío.No era solo que Seija no estuviera allí. Era la ausencia total de su calor. El aire se sentía distinto, más frío. El sofá parecía demasiado grande. La cocina estaba impecable, como si nadie la hubiera usado en días. Incluso el sonido de sus propios pasos le resultó ajeno, exagerado.Camilo dejó las llaves sobre la mesa sin preocuparse de dónde caían. Caminó hasta la habitación casi sin darse cuenta y, al ver la cama perfectamente tendida, sintió cómo algo se le apre
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 40. Un hombre sordo.
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 40. Un hombre sordo.Camilo suspiró, cansado.—Mi madre está enferma del corazón. Le hace ilusión la boda —añadió—. Y Seija no quería que estuviera tan involucrada.Henry inclinó la cabeza, pensativo, como quien analiza una pieza que no termina de encajar.—¿Involucrada… o mandando? —lo increpó y Camilo apretó los labios, incómodo con la precisión de la pregunta.—¡Está enferma! —repitió—. ¡No podía ignorarla!—Bueno amigo, lamento decirte esto pero… no importa cuántas veces repitas que “está enferma” —dijo—. Eso no cambia el hecho de que hizo que Seija se fuera.Camilo levantó el vaso con un gesto brusco y volvió a beber.—¡Eso fue totalmente inmaduro de su parte! —espetó—. ¡Irse así, sin hablarlo!Henry lo miró fijamente, sin apartar la vista.—Inmaduro fue dejar que tu madre la intoxicara solo porque quería comida fina. Y créeme que yo sé de lo que hablo cuando se trata de madres tóxicas.La frase cayó pesada, densa, como un objeto contundente en medio de
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 41. Una promesa definitiva
MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 41. Una promesa definitivaPocos días después, la casa de Henry estaba llena de risas, globos y regalos. El baby shower había tomado un tono caótico y alegre, como todo lo que rodeaba a Rebecca.—¡Llegó la tía favorita! —anunció Seija al entrar, con los brazos abiertos.—Eso está por verse —replicó Chelsea de inmediato, levantándose—. Aquí ya hay competencia.—Ni lo sueñes —dijo Seija, dejando los regalos sobre la mesa—. Tengo sobornos.Las dos se miraron con fingida hostilidad y, segundos después, estallaron en carcajadas. El ambiente era cálido, familiar, y por un momento Seija sintió que todo estaba en su sitio.Abrazó a Rebecca con cuidado, emocionada.—Te extrañé —le susurró—. Mucho.—Yo también —respondió su amiga—. No vuelvas a desaparecer así.Seija le entregó los regalos y empezó a comentar detalles del viaje, pero no habían pasado ni veinte minutos cuando experimentó esa sensación incómoda en la nuca. Esa certeza casi física de estar siendo observa