All Chapters of EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO: Chapter 31
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CAPITULO 31. El resultado oficial
CAPITULO 31. El resultado oficialHenry quiso que la tierra se lo tragara cuando vio a Rebecca en la puerta. El corazón se le desbocó de golpe, como si le hubieran dado un puñetazo invisible en el pecho. El aire en sus pulmones se volvió pesado, y con un movimiento instintivo, torpe, escondió el diario debajo de las sábanas, como un niño atrapado con un secreto prohibido. El cuaderno desapareció a un costado de su cuerpo, y él apretó los bordes con los dedos temblorosos, temiendo que ella lo descubriera.Rebecca entró con paso seguro, envuelta en una larga gabardina oscura. La luz blanca del hospital resaltaba el contraste de su cabello desordenado, y su mirada ni siquiera paseó por la habitación, como si realmente no le interesara que él estuviera allí.—Es alérgico a la penicilina y a todos sus derivados —sentenció caminando hacia Camilo y este sonrió, como si la seriedad de la situación no fuera con él.Abrió los brazos exageradamente, y no tuvo que fingir la emoción.—¡Becca! —exc
CAPÍTULO 32. Un boletito al Purgatorio
CAPÍTULO 32. Un boletito al PurgatorioRebecca llegó a casa justo cuando el cielo empezaba a teñirse de tonos rosados y anaranjados. La mansión aún estaba en silencio, cubierta por esa calma pesada que solo se siente en la madrugada. Caminó hasta la terraza con paso cansado, se acomodó en una de las sillas y se quedó mirando el horizonte, como si buscara respuestas en el amanecer.El aire fresco le acariciaba la piel y, mientras respiraba profundo, pensó en Henry. No sabía con exactitud qué le había pasado en el hospital, y en realidad tampoco había querido preguntar. Una parte de ella entendía que era mejor así, que había llegado el momento de desprenderse de él definitivamente, y ya no podía seguir cargando con su sombra.Un aroma familiar la sacó de sus pensamientos solo unos minutos después. El olor a café recién hecho invadió la terraza, cálido, reconfortante, y al voltear vio a su padre, que aparecía con un par de tazas en la mano. Le extendió una en silencio, con esa sonrisa su
CAPÍTULO 33. Un sueño peligroso
CAPÍTULO 33. Un sueño peligrosoHenry salió del auto lentamente, con el cuerpo todavía cansado y la mente hecha un caos; pero antes de abrir la puerta, se aseguró de esconder el diario de Rebecca en el interior de su chaqueta, como si fuera un secreto peligroso que no debía ver la luz. El contacto con el cuero frío de la portada le provocaba una mezcla de seguridad y ansiedad: era lo único que lo conectaba con la mujer de la que había querido alejarse dos años.“Si al final voy a ser masoquista”, pensó mientras sus ojos se encontraban con los de Julie Ann.Ella estaba en la puerta de la mansión, esperándolo con los brazos cruzados y esa expresión de paciencia agotada que antes a él le había parecido tierna. ¿Por qué carajo el había parecido tierna? El silencio que se instaló entre ellos pesó como una losa, pero ella no podía guardarse las palabras mucho tiempo.—¿Dónde pasaste la noche? —preguntó con un tono cargado de acusación.La voz le salió seca, con esa cadencia que usaba cuando
CAPÍTULO 34. Un filo bajo la capa de ternura
CAPÍTULO 34. Un filo bajo la capa de ternuraEl gesto fue rápido y furioso, ¡literalmente! Y la bofetada que hizo que Henry se llevara una mano al rostro, con los ojos desorbitados por el impacto aunque, extrañamente, ese impacto no estaba particularmente plagado de sorpresa. Su mirada se cruzó con la de Julie Ann, que venía llena de indignación hasta que de repente retrocedió, balbuceando como si la golpeada fuera ella.—No puedes… no puedes… hablarme así, Henry, yo… yo soy la madre de tu hijo... —tartamudeó abrazándose el cuerpo y pestañeando como si tratara desesperadamente de recomponerse—. No puedes… decirme esas cosas…Volvía a ser infantil, tierna, volvía a ser la chica que había llorado dos días cuando se había enterado que iba a casarse con otra. Pero Henry ya había visto un filo bajo esa capa en particular, a la mujer que le había mentido por dos años para gastar su dinero como si él se lo hubiera negado. Y quizás ese era el problema: que Henry jamás le había negado a Julie
CAPÍTULO 35. Una cámara oculta
CAPÍTULO 35. Una cámara ocultaEl murmullo creció como una ola imparable. Las personas alrededor comenzaron a cuchichear, sin preocuparse por disimularlo. Algunas damas, con abanicos en las manos, inclinaban la cabeza hacia sus acompañantes, mientras los caballeros elevaban las cejas con morbosa curiosidad, disfrutando el escándalo más de lo que admitirían.—Es cierto que ella no tiene dinero para estar aquí —murmuró una mujer con un vestido color esmeralda, bajando la voz apenas lo suficiente para que pareciera un comentario privado.—Acaba de divorciarse; y escuché que no le dieron absolutamente nada en el divorcio, es más ella fue la que tuvo que pagar. —No puede compararse con Julie Ann —añadió otra, con un dejo de burla en la voz—. Ella es la nueva prometida de Henry Sheppard y hasta escuché que está embarazada de él.Las palabras eran como dagas lanzadas al aire. Cada comentario buscaba atravesar la dignidad de Rebecca, recordándole que siemre sería juzgada por esas personas a
CAPÍTULO 36. Fuertes declaraciones
CAPÍTULO 36. Fuertes declaracionesHenry no podía apartar los ojos de Rebecca. La luz de las lámparas de cristal caía sobre ella, iluminando cada curva del vestido sobre su cuerpo y cada destello en sus ojos. Por un instante, todo a su alrededor desapareció. El murmullo de la gente, la respiración agitada de Julie Ann, incluso la música lejana de la orquesta, se desvanecieron. Lo único real en ese momento era ella: Rebecca, de pie con la barbilla erguida, enfrentando la humillación con una dignidad que estremecía.Ella ya era así antes. Entonces ¿por qué Henry sentía como si la estuviera viendo por primera vez?El grito agudo de Julie Ann, pronunciando su nombre, lo arrancó de golpe de aquel trance. Henry parpadeó, como si volviera a la realidad después de un sueño, y giró hacia ella con una expresión endurecida.—La invitación con que Rebecca entre al evento no es tu problema —dijo con un tono helado que resonó en el vestíbulo—. ¿Por qué mejor no te ocupas de tu propia vida en lugar
CAPÍTULO 37. El dueño del evento
CAPÍTULO 37. El dueño del eventoHenry se quedó completamente paralizado. Su respiración se cortó en seco y un nudo extraño se le formó en la garganta. No podía creer lo que estaba viendo. Ese hombre que no quitaba los ojos de Rebecca, y que no era otro que Bruno Carson… también era el mismo hombre que había visto salir del cuarto de hotel de Rebecca hacía unos días. La imagen de aquel amanecer lo golpeó como un relámpago: Bruno ajustándose el saco, caminando con una calma irritante por el pasillo mientras él se moría de confusión.El salón entero estaba pendiente de la escena. Todos los invitados giraron la cabeza hacia Rebecca y Bruno, como si estuvieran presenciando el inicio de una obra de teatro.Pero el heredero de los Carson no parecía afectado por la tensión, como si el escándalo que flotaba en el aire no tuviera la menor importancia.—Estoy enojado contigo —dijo en un tono ligero, pero con un brillo juguetón en los ojos mirando a Rebecca—. Me dejaste tirado con el yate list
CAPÍTULO 38. La heredera Callaway
CAPÍTULO 38. La heredera CallawayEn cuanto vio que los guardias del señor Carson se movían, abriéndose paso entre la multitud que contenía el aliento, Henry trató de acercarse a Rebecca. No podía permitir que le hicieran aquello, que la echaran así. Durante un instante, en el rostro del resto de los Sheppard se dibujó una sonrisa satisfecha, convencidos de que al fin la escena se resolvería a su favor. Sin embargo, aquella seguridad se esfumó en cuestión de segundos cuando notaron que la dirección de los guardias no era la que esperaban.Los hombres uniformados, en vez de ir hacia Rebecca, avanzaron con decisión hacia ellos, agarrando a cada uno por un brazo con la clara intención de echarlos a la calle. Y Chase Sheppard dio un paso atrás, confundido, mientras Carlotta abría la boca como si intentara protestar pero no encontrara las palabras. Y Chelsea se agarró del brazo de Julie Ann, como si mágicamente ella tuviera el poder para detener aquello.—¿¡Qué significa esto!? —exclamó e
CAPÍTULO 39. Una subasta especial
CAPÍTULO 39. Una subasta especialJulie Ann parecía a punto de estallar, si se estaba tomando en serio o no las indicaciones del médico de no exaltarse, nadie lo sabría, pero Henry se dio la vuelta sin mirarla dos veces y se alejó de su familia sin volver la cabeza.Caminó con pasos largos y firmes, como si necesitara sacudirse de encima el peso de todos ellos. La humillación de hacía unos minutos todavía le ardía en el pecho, pero más le dolía la vergüenza que sentía porque sus padres parecían empeñados en arrastrarlo siempre hacia el ridículo.Camilo se apresuró detrás de él y lo alcanzó enseguida, mirándolo con una mezcla de sorpresa y diversión, aunque también con cierta intriga.—¡Carajo, Henry! —dijo en voz baja, mientras caminaban hacia la entrada principal del salón—. No entiendo nada. Yo pensaba que Rebecca estaba quebrada, que apenas se sostenía… ¿y resulta que es la anfitriona del evento?Henry suspiró, llevándose una mano al cabello, y despeinándolo con un gesto nervioso q
CAPÍTULO 40. Celos y soluciones
CAPÍTULO 40. Celos y problemasEl murmullo en la sala creció como un oleaje cuando el martillero golpeó con fuerza. El Ferrari, brillante bajo los reflectores, se había convertido en el centro de todas las miradas. La tensión en el aire era tan densa que cualquiera habría podido cortarla con un cuchillo. Y la verdad no era como si entre aquella gente no sobraran los Ferrari, los Lamborghini y los Bugatti, pero una cosa era tenerlas en privado y otra muy distinta era la adrenalina de conseguirlo en público ante rivales igual de adinerados.Las manos se levantaban, las voces pujaban y las cifras ascendían a un ritmo frenético.—Ciento cincuenta mil dólares. ¿Doscientos?… Doscientos cincuenta mil a la derecha. ¿Trescientos? —entonaba el martillero con voz vibrante.Rebecca se mantuvo camuflada a un lado de la sala, con el corazón latiéndole fuerte pero con la misma serenidad en el rostro. Henry, desde el otro extremo, observaba cómo la batalla de ofertas se volvía cada vez más feroz.Fin