All Chapters of La Obsesión Del Alfa (Lazos Del Destino #2): Chapter 51
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*—Ezra:El vehículo de Dante estaba aparcado en su plaza privada, esa que nadie más se atrevía a ocupar. El guardia abrió la puerta del copiloto en cuanto Dante desbloqueó el todoterreno, y Ezra murmuró un agradecimiento mientras subía. El cierre de la puerta dejó el mundo afuera, convirtiendo la cabina en un pequeño universo donde solo existían ellos dos.Dante entró por su lado y cuando se sentó, lo miró… y le regaló una sonrisa breve, ladeada, casi perezosa. Apenas un gesto, pero suficiente para desatar el caos en el pecho de Ezra. Su corazón comenzó a latir con un torbellino adolescente que lo hizo apartar la mirada de inmediato.Estaba cayendo. Cayendo en picado por su jefe.Trató de sujetarse a algo tan simple como el cinturón de seguridad, pero sus manos temblaban tanto que el cierre no hacía más que chasquear fuera de sitio. Una risa baja escapó de Dante. Luego sintió que él se inclinaba hacia su lado. La mezcla del aroma de su loción post-afeitado, su colonia y ese tint
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*—Ezra:En silencio, empezó a preparar lo necesario: gasas, toallitas antisépticas, crema antibiótica, vendas. Una vez ordenado el pequeño arsenal médico, se levantó para tomar a Draco y llevarlo a la cocina. Lo depositó frente al dispensador automático y presionó un botón, liberando una porción extra de comida. El gato, satisfecho por la ofrenda, se concentró de inmediato en devorarla, dejándolos solos.Ezra se lavó las manos en el fregadero, asegurándose de que no quedara ni un rastro que pudiera irritar las heridas de Dante. Cuando regresó, se sentó de nuevo a su lado. Esta vez más cerca aún.Tomó sus manos con extremo cuidado y las examinó. No era médico, pero sabía lo suficiente. Había aprendido por necesidad. Sabía cómo tratar cortes, golpes, torceduras. Sabía cómo remendarse cuando no había nadie más.Y ahora, esas mismas manos sabían cómo tocar a Dante sin lastimarlo.Primero limpió la sangre seca con una gasa húmeda. Movimientos lentos, precisos, para no abrir las heri
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*—Ezra:Ezra se apartó de Dante como si lo quemara. Retrocedió varios pasos, cada uno más torpe que el anterior, buscando desesperadamente poner distancia entre su cuerpo ardiente y la realidad que acababa de desplomarse sobre él. La vergüenza le subió caliente por el cuello.—Lo siento… no sé por qué dije eso —balbuceó, sintiéndose abrirse por dentro. Sentía que acababa de exhibirse como el peor estereotipo de omega: hambriento, sin dignidad, incapaz de controlarse. Y él no era así. Él no era eso.Dante permaneció en silencio, un silencio pesado, antes de levantarse despacio. Suspiró.—Es por lo que pasó. Tu cuerpo todavía reacciona a mis feromonas y a lo que ese malnacido intentó hacerte —dijo, pasándose una mano por el cabello y tirándolo hacia atrás. Tardó un momento más en mirarlo otra vez—. No es prudente que me quede esta noche. Ya sabes lo que podría pasar, y no estás en plena conciencia.El rechazo se le clavó en el pecho como una estaca. Ezra sintió un pinchazo agudo,
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*—Dante:Tenía cosas más importantes que hacer, sin embargo, ahí estaba él, dejándose tragar por un salón lleno de estirados cuya única habilidad parecía ser oler su propio perfume y el dinero de los demás. Dante soltó un suspiro áspero, con la mandíbula tensa, y paseó la mirada por el evento atiborrado de gente de alto estatus… o de alto ego, en su opinión. Gente que sonreía con los labios, no con los ojos, gente que siempre olía a fragancias costosas, pero nunca a sinceridad.Odiaba estos eventos. Se sabía que era la oveja negra del clan Delacroix: cabello largo, piercings, tatuajes, fama de libertino y reputación cuestionable. Un cuadro que habría horrorizado a cualquier miembro ejemplar de alguna familia, pero su madre había dado una orden, y él, aunque fuera un desastre en mil cosas, prefería romperse antes que ir directamente en contra de ella. La mujer era intensa, una fuerza de la naturaleza envuelta en perlas.Aun así, la sensación persistía: estaba perdiendo el tiempo. Podr
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*—Dante:—Estás como perdido en tu mente —escuchó una voz femenina a su lado.Dante giró el rostro y se encontró con su reflejo exacto… solo que en versión femenina. Callen Delacroix, su melliza.Callen sonrió, y Dante volvió a experimentar ese rechazo casi visceral al verse duplicado. Era perturbador. Asqueroso, incluso. La rama secundaria de los Delacroix parecía fabricada con el mismo molde: ojos azules idénticos, cabello negro, rasgos afilados, todos alfas, todos bendecidos, según ellos, por el eco en los cielos. Una maldita fotocopiadora genética.Aburrido hasta el hastío.Su madre y su tía Loren comentaban siempre su deseo de tener un hijo omega. Alguien que suavizará las líneas familiares, que rompiera la hegemonía alfa que dominaba el apellido Delacroix, pero no. Los alfas seguían naciendo uno tras otro, como si el universo se burlara de estas.—Podría estar en cualquier otro lugar… y, aun así, aquí estoy —respondió Dante con desgano, mientras hacía una seña a un camare
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*—Dante:Por suerte, Callen dejó el tema de Ezra a un lado cuando por fin comenzó el evento. Tras la larga espera, subieron a su madre al escenario. El reconocimiento venía de sus propios empleados, y aun así ella parecía genuinamente emocionada. Siempre lo era. Amaba lo que hacía, amaba ayudar, amaba a la gente.Su padre llegó casi al mismo tiempo. Fotos, sonrisas ensayadas, familia perfecta.Dante sonrió como sabía hacerlo. Atrajo miradas, como siempre. Omegas y betas solteros, miradas calculadas, invitaciones silenciosas. Lo de siempre. Lo ignoró todo. Porque su mente estaba en una sola persona. En el omega que no le respondía mensajes.Cuando el bullicio se dispersó un poco, Callen volvió a su lado. Sus padres estaban ocupados con la alta sociedad, así que ella decidió acompañarlo.—Entonces… —dijo con falsa ligereza—. ¿Qué harás con Ezra?—¿Cuándo vas a dejarlo ir? —respondió Dante, poniendo los ojos en blanco.—Nunca —replicó ella sin dudar—. Te han mirado toda la noche y
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*—Dante:Cuando por fin alcanzó su vehículo, arrancó sin delicadeza y condujo como si el asfalto le debiera explicaciones.Necesitaba alejarse de allí. O quizá no. Quizá necesitaba llegar a un sitio muy específico. Con un solo pensamiento martillándole la cabeza, oscuro y persistente: Ezra tenía una cita y Dante no tenía ninguna intención de quedarse fingiendo que no le importaba.No entendía por qué, pero pensar en Micah y Ezra juntos le encendía algo oscuro en el pecho. Sabía que eran amigos. Demasiado cercanos. Siempre lo habían sido, pero ¿una cita? ¿De quién había sido esa brillante idea?Se repitió que no tenía derecho a sentirse así.Ezra era un adulto. Libre. Incluso si habían cruzado una línea, solo había sido eso: un desliz, una situación límite, nada más. Cualquier pensamiento distinto era absurdo. Fantasías idiotas. Tonterías de alfa.No estaba celoso.Era solo posesividad instintiva. Un reflejo biológico. Nada más.Soltó una risa corta, incrédula, como si acabara de pilla
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*—Dante:Siguió tras ellos un rato más, escondiéndose cuando podía, soportando miradas curiosas de la gente que ya empezaba a notarlo. Cuando la pareja entró en otra tienda, decidió sentarse un momento en un banco. El pecho le dolía y la respiración se le había vuelto extrañamente pesada. ¿Qué estaba haciendo? Se había repetido que sólo los seguía para asegurarse de que Micah no se propasara con Ezra, pero esa excusa ya no se sostenía ni para él mismo. Apretó las manos sobre los muslos, irritado. Había algo más ahí. Algo que no quería nombrar.Quizás… Quizás estaba celoso.Dante hizo una mueca al pensarlo, pero tenía sentido, ¿verdad? Pues Dante no podía creer que con él Ezra fuera hielo y con Micah fuera… eso. Cercano. Abierto. Quizás demasiado.Preguntas abordaron su mente: ¿Se habían besado? ¿Se habían tocado? ¿Se deseaban? La idea le revolvió el estómago. Tal vez estaba ciego. Tal vez Ezra siempre había sido así con Micah y él simplemente no lo había querido ver. No sa
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*—Dante:Una vez fuera del cine, se obligó a respirar hondo, como si el aire lleno de olor a palomitas y sal pudiera poner orden en lo que llevaba dentro. No funcionó. La molestia en el pecho no cedía; al contrario, se volvía más densa con cada paso que lo alejaba de la sala. Aun así, siguió caminando, bajo incluso las escaleras hasta el estacionamiento subterráneo para luego llegar a su vehículo y se quedó allí, sentado, con el motor apagado, las manos inmóviles sobre el volante.Debería irse. Lo sabía, pero algo lo mantenía anclado al estacionamiento, como si arrancar implicara aceptar una derrota que no estaba listo para nombrar. Se dijo que era simple preocupación, nada más. Que quería asegurarse de que todo saliera bien para Ezra, que Micah no hiciera ninguna estupidez. Sí, eso debía de ser. Esa fue la excusa que usó para quedarse allí casi dos horas, mirando nada, escuchando el latido incómodo de su propio corazón.A las diez y algo los vio salir de la plaza, cargados d
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*—Ezra:Estaba muy nervioso.Una cita.Una cita de verdad.Solo pensarlo le hacía cosquillas en el estómago, como si tuviera quince años otra vez y no treinta.Ezra se levantó temprano a la mañana siguiente del suceso que prefería no repasar demasiado. Anoche había cruzado una línea peligrosa con Dante y, aunque una parte de él seguía temblando por eso, otra, la que por fin estaba despertando, entendió que había sido suficiente. Había tonteado demasiado tiempo, había esperado demasiado. Así que, todavía con el corazón apretado, le escribió a Micah pidiéndole que le ayudara a conseguir aire fresco. Una salida. Algo sencillo. Micah respondió casi de inmediato, abierto, amable… presente.Y entonces pasó.La palabra apareció en la conversación como algo pequeño pero enorme al mismo tiempo: cita.Ni bien se levantó, ya tenía un mensaje de Micah confirmando que pasarían la noche juntos en una cita y que iría a buscarlo a las ocho. Ezra se quedó mirando la pantalla varios segundos, sonriendo