All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 91
- Chapter 100
256 chapters
NO ME LASTIMES
El sonido de los cubiertos al posarse sobre los platos fue lo último que se escuchó antes de que el silencio los envolviera por completo. La cena había terminado, pero ninguno de los dos parecía dispuesto a romper ese hilo invisible que los mantenía atados. Las llamas de la chimenea proyectaban sombras danzantes sobre las paredes del comedor, y por momentos, los rostros de Leah y Kevin se iluminaban apenas, como si el fuego quisiera revelarles lo que ambos aún callaban. —Gracias por la cena Ana —murmuró Leah, al levantarse con suavidad. Su voz era una caricia tenue, pero detrás de esa calma se escondía una tormenta. — No hay nada qur agradecer señora. Kevin no expuso ninguna palabra. Sus ojos la siguieron mientras ella se alejaba del comedor y comenzaba a subir las escaleras. Cada paso suyo resonaba con un eco distinto, como si cada uno marcara una nueva duda en su mente. La observó en silencio, con el ceño apenas fruncido, y por primera vez en mucho tiempo, no supo qué hacer
UNA LLEGADA INESPERADA
El amanecer se filtraba tímido entre las cortinas de lino blanco, dejando destellos dorados sobre la habitación. Leah despertó lentamente, con una sensación extraña recorriendo su cuerpo. El peso de las sábanas, la calidez ajena que aún persistía junto a ella, y el aroma inconfundible de la piel masculina que impregnaba el aire.Por un instante, no supo si soñaba. Luego lo vio.Kevin Hill, su esposo, estaba sentado al borde de la cama, aún con el torso desnudo, una toalla colgando de su mano derecha y el cabello húmedo cayendo en mechones rebeldes sobre su frente. Su mirada, serena y distante, se posó en ella por un segundo que pareció eterno.Leah, confundida y con el corazón latiendo de prisa, intentó asimilar lo ocurrido la noche anterior.El beso, el fuego, las caricias… Todo volvía a su mente como una secuencia entrecortada. Recordó sus propias palabras —“no me lastimes”— y cómo él había sellado esa súplica con un beso lleno de deseo y contradicción. Habían hecho el amor hasta el
DERRIBANDO MUROS
La mañana en la Villa La Matilde tenía un aire distinto. El canto de los pájaros se mezclaba con el aroma del café recién hecho y el murmullo de la lluvia que aún persistía débilmente en los ventanales. Leah y Kevin se encontraban junto a la puerta principal, mientras Isabel los observaba con su sonrisa característica, esa que mezclaba ternura con picardía.—Ha sido una visita maravillosa —dijo la anciana, apoyándose en su bastón de marfil mientras los miraba uno a uno—. Y debo decir que estoy muy orgullosa de ustedes dos.Leah sonrió, aunque la vergüenza del encuentro en la habitación todavía le latía en el pecho.— Ha sido… un placer tenerla aquí —respondió con educación y calidez.Isabel soltó una risa baja, acariciándose el broche de perlas que llevaba en el cuello.—Un placer, dice. No tienes que ser tan formal conmigo, querida recuerda eso, además ya te lo he pedido. A estas alturas de la vida, lo que más disfruto es ver a los jóvenes cumplir con su deber… en todos los sentidos.
SU LÍMITE Y SU DEBILIDAD
En un lujoso departamento del centro de Madrid, el reloj marcaba las nueve de la mañana.El sol apenas se filtraba por las cortinas de lino beige, y el aire olía a café caro y resentimiento.Un hombre de traje oscuro, perfectamente planchado, permanecía de pie junto a la ventana. Sostenía una copa de vino pese a la hora temprana, mientras observaba las calles húmedas que serpenteaban entre los edificios.Tras él, una mujer que se encuentra envuelta en una bata de seda color marfil, se recostaba en el sofá de terciopelo.—¿Sabes qué es lo que más me irrita de todo esto? —dijo ella, con una sonrisa amarga—. Que todos parecen estar encantados con la nueva señora Hill. Cuando solo hay una digna mujer de ser llamada Señora Hill.El hombre giró levemente el rostro, sin apartar del todo la vista del paisaje.— Leah Presley no sabe en donde se ha metido, y tratar de ocupar el lugar de Dulce será su condena, no dudo que se ha metido en la cama de Kevin.La mujer rió suavemente.— Va a pagar po
ELLA PIENSA QUE NACIO PARA SER LA SEÑORA HILL
El reloj marcaba las 11 en punto cuando Kevin Hill empujó la puerta de su oficina.El sonido del cerrojo electrónico se mezcló con el murmullo lejano de los teléfonos en los otros pisos y el suave zumbido del aire acondicionado.Había pasado toda la mañana intentando calmar el torbellino interno que le había dejado la reunión con Samuel Alvar.Ver la mirada de aquel socio sobre Leah lo había enfurecido más de lo que estaba dispuesto a admitir, incluso ante sí mismo.La puerta se cerró tras él con un suave clic.Y, por un instante, disfrutó del silencio.Ese silencio frío, perfecto, que solo se rompía con el sonido rítmico de su reloj de pulsera.Pero su momentánea calma se quebró apenas dio unos pasos.Una figura femenina estaba de pie junto al ventanal.Llevaba un vestido gris perla, ceñido a la cintura, y el cabello castaño oscuro caía con un ligero brillo sobre sus hombros.Al escuchar el ruido de la puerta, la mujer se giró con una sonrisa que intentaba ser encantadora.—Buenos dí
SU MUJER EN TUS SUEÑOS
El murmullo constante de Hill Enterprises se deslizaba por los pasillos como una sinfonía de teclas, pasos y voces profesionales.El aire olía a café recién hecho, a perfume caro, y a la presión silenciosa de los grandes negocios. Leah se encontraba de pie frente a una mesa larga de cristal, revisando unos bocetos junto a una pantalla encendida.La lluvia leve había quedado atrás, pero aún podían verse las gotas resbalando por los ventanales, distorsionando el reflejo de su figura.Llevaba el cabello recogido, algunos mechones sueltos enmarcaban su rostro, y la camisa blanca perfectamente doblada en las mangas revelaba la delicadeza de sus movimientos. La oficina del área creativa era un espacio elegante y luminoso, lleno de orden, de esfuerzo.Leah estaba concentrada en un nuevo diseño que debía presentar esa misma tarde.Tan absorta estaba en su tarea que no notó los pasos que se acercaban. El sonido de unos tacones resonó por el pasillo, firmes, arrogantes, casi como una declara
MI MUJER NO MERECE ESTAR EN EL SUELO
El aire se había vuelto espeso, como si las paredes mismas contuvieran la respiración. El rostro de Verónica perdió todo color. La arrogancia que unos segundos antes dominaba su expresión se desmoronó de golpe. —K… Kevin, yo… —balbuceó con torpeza. La mirada glacial del hombre la atravesaba, sin emoción, sin rastro de humanidad. Un silencio sepulcral se extendió entre ellos. Leah permanecía inmóvil, apoyando una mano en el suelo. El golpe le ardía, pero más ardía la humillación. Podía sentir el pulso desbocado de su corazón mientras intentaba asimilar lo que acababa de pasar. Verónica, temblando, dio un paso al frente. Y entonces, las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas. —Kevin… no, no lo entiendes —su voz se quebró—. Ella… ella me provocó. Leah habló mal de Dulce. Kevin frunció el ceño, apenas perceptiblemente, pero no dijo una palabra. Verónica, viendo ese silencio como una oportunidad, se aferró a él con desesperación. —Dijo que tú debías olvidarla —continuó,
LA ESCUCHA
El sonido de la puerta cerrándose detrás de ellos fue lo único que interrumpió el silencio.Kevin avanzó primero, con pasos firmes, su sombra proyectándose larga sobre la alfombra gris de su oficina. El aire estaba denso, casi sofocante. Leah lo siguió con pasos vacilantes, sin atreverse a levantar la vista. Sentía aún el pulso acelerado en su garganta, el peso del dolor en la mejilla, y la vergüenza de haber sido vista tan vulnerable.Kevin se detuvo frente a su escritorio y apoyó las manos en la madera pulida.Durante unos segundos, no dijo nada. Solo respiró despacio, con la mirada fija en el ventanal que mostraba la ciudad a lo lejos.Leah permaneció de pie a pocos metros, las manos entrelazadas frente a ella, apretando con fuerza los dedos. Se mordió el labio, intentando controlar los temblores que la recorrían.El silencio se hizo insoportable.Hasta que la voz de Kevin rompió la quietud, profunda y autoritaria:—Levanta la cabeza, Leah. No mantengas la cabeza agachada, recuerda
TU VIDA LEJOS DE LA MÍA
La tarde caía lentamente sobre la ciudad cuando Kevin marcó el número de Verónica. Su voz salió firme, afilada, sin una sola grieta, como si cada sílaba estuviera tallada en hielo. — ¡Kevin! — Expuso ella con emoción am responder la llamada. —Te espero en la Mansión Hill. No hubo explicaciones. No hubo lugar para preguntas. La llamada terminó antes de que Verónica pudiera responder. Y eso, curiosamente, fue lo que la hizo sonreír. Verónica siempre encontraba victorias donde los demás solo veían sombras. Para ella, aquel llamado no era una advertencia, sino un triunfo. Creía, con la devoción de una mujer obsesionada, que Kevin la necesitaba, que volvía a ella una vez más para buscar su versión de la historia, para escuchar lo que tenía que decir sobre Leah. “Yo siempre gano, Leah” Eso pensó, mientras caminaba por la empresa con paso victorioso, como si marchara sobre los restos de alguien derrotado. Cerró la puerta tras de sí, imaginándose que dejaba a Leah atrás, diminuta,
EL PELIGRO ES SENTIR
Kevin salió de la Mansión Hill dejando atrás la sombra de Verónica y sus lágrimas manipuladoras. Cerró la puerta principal con una firmeza calculada, como si quisiera sellar ese episodio para siempre. El eco del portazo se disipó en el enorme recibidor, y él caminó hacia su vehículo sin volver la vista atrás. La noche comenzaba a caer sobre la ciudad cuando se acomodó en el asiento de cuero negro. Echó una mirada hacia el reloj en su muñeca: las agujas marcaban una hora que para muchos significaría descanso… pero para él solo era el inicio de un nuevo peso en su pecho. Encendió el motor. El rugido del vehículo llenó el silencio de la entrada. Kevin apoyó dos dedos sobre el volante, inhaló hondo y aceleró. Tenía que volver. Volver a Hill Enterprises. Volver a ella. Leah salía del edificio en ese mismo momento, con su bolso colgando del hombro y la extenuación marcando cada uno de sus pasos. El día había sido largo, demasiado largo, y su cuerpo aún dolía por los golpes rec