All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 101
- Chapter 110
256 chapters
MI VIDA YA NO ESTA ALLI
La Villa La Matilde parecía contener el aliento aquella noche. Las lámparas colgantes derramaban una luz suave, dorada, que se extendía sobre la mesa del comedor como un manto cálido que invitaba al silencio. Ana había dispuesto la cena con sumo cuidado, pero más allá de la presentación impecable, el verdadero centro de atención eran ellos: Kevin y Leah, sentados frente a frente, unidos por un contrato… y por un destino que los estaba alcanzando sin que ellos pudieran evitarlo.Leah entrelazó sus dedos sobre su regazo, intentando no observarlo demasiado. Él se veía tan serio como siempre, pero había algo distinto en la manera en que sostenía los cubiertos. Algo más contenido. Más consciente. Como si cada movimiento fuese una negociación con sí mismo.—No sabia que no te gustaba elegir menú —murmuró Kevin finalmente, con esa voz profunda que parecía rozarle la piel.Leah no levantó la mirada; temía que sus ojos la traicionaran.—Ayer elegí yo —respondió, tranquila—. Hoy te tocaba a ti.
UN ACCIDENTE
La mañana amanecía tranquila en la Villa La Matilde, teñida por un cielo pálido que todavía dudaba en despertar. La luz entraba por las ventanas como un susurro delicado, deslizándose por las paredes, tocando suavemente los muebles y anunciando un día más… uno que, para Leah Presley, cambiaría por completo.Ella terminaba de ajustar la fina prenda de seda sobre sus hombros, acomodando los botones con pequeños movimientos de sus dedos. Aún quedaba un leve rastro de sueño en su rostro, pero había serenidad en su mirada.Un suspiro suave escapó de sus labios mientras observaba su reflejo. Algo en su interior parecía… distinto. Como si después de la noche anterior, donde el silencio con Kevin había sido cálido, por primera vez en mucho tiempo sintiera una calma casi peligrosa.Justo cuando bajó la mirada para tomar su bolso, el teléfono vibró sobre la mesa.Un número desconocido parpadeaba en la pantalla.Leah frunció el ceño.—¿Sí? —respondió con naturalidad.Hubo un breve silencio del o
SU ANCLA
— Habla Kevin Hill, necesito informes del estado de Salud de mis suegros, no quiero retrasos estoy de camino al sanatorio, prepara todo para mi llegada y que los Presley reciban la atención de Elite que se merecen — Los ojos de Leah estaban opacos, las lagrimas se amontonan, sus pequeñas manos tiemblan, Kevin posa sus ojos azules en su esposa y antes d emitir palabra alguna deja escapar un profundo suspiro, ella se da la vuelta y sus miradas conectan, el Magnate en pocas oportunidades había visto aquella mirada en ella y era de esperarse, estaba de camino a un sanatorio en donde no sabe con que va a encontrarse, allí estaban sus padres — Leah, debes de ser fuerte, no temas en derrumbarte, porque yo estaré contigo — Entonces su siguiente acción fue posar sus manos en el muslo de su esposa.El vehículo continua con su andar, hasta que su destino entra en el campo de visión de ambos. El sanatorio central emergía frente a ellos como una mole imponente, fría y silenciosa, con esas luces b
Sus recuerdos
La enfermera dio un paso adelante con una postura contenida, profesional, pero con esa sensibilidad que solo se ve en quienes están obligados a dar malas noticias cada día.—Por favor, síganme —dijo en voz baja, como si temiera alterar la fragilidad del momento.Kevin ajustó el brazo alrededor de Leah, no para dirigirla sino para sostenerla, como si temiera que un movimiento brusco pudiera terminar de quebrarla. La enfermera los condujo por un pasillo angosto, silencioso, un corredor donde las luces parecían más frías y donde el aire mismo olía a desinfectante y desesperación.El sonido de sus pasos era casi inaudible. De vez en cuando, la enfermera miraba por encima del hombro, asegurándose de que ellos pudieran seguir el ritmo. No caminaba rápido; era como si entendiera que con cada metro que avanzaban, el alma de Lea se encogía un poco más.Kevin no soltó su mano.Lea apenas era consciente de eso. El terror la sostenía por dentro como un puño cerrándose lentamente. Su respiración s
Yo estoy contigo
El tiempo dentro del sanatorio parecía haberse detenido.Los ruidos eran tenues, como si los pasillos temieran interrumpir el dolor ajeno: pasos suaves, teléfonos que sonaban a medias, murmullos que se perdían en el aire cargado de desinfectante.El eco de la camilla que se llevaba a sus padres todavía vibraba en los oídos de Leah.Ella quería seguirlos.Quería correr detrás de ellos.Quería exigir respuestas, verlos, tocarlos, comprobar que respiraban.Pero la enfermera se interpuso con delicadeza, con profesionalismo… y con esa frialdad que suelen tener las personas que están acostumbradas a convivir con tragedias ajenas.—Señora Hill… —dijo con voz suave— necesitamos que se retire del área. Estamos haciendo todo lo posible. Les avisaremos en cuanto tengamos información más concreta.Leah sintió que el suelo se movía bajo sus pies.Quiso replicar.Quiso quedarse.Quiso gritar que eran sus padres, que ella tenía derecho a estar allí.Pero su voz se quebró antes siquiera de nacer.Kev
¿Por qué ella?
El pasillo del sanatorio estaba envuelto en un silencio espeso, casi irreal. El olor a desinfectante, las luces blancas demasiado brillantes y la sombra de la tragedia que cargaba el aire hacían que cada respiro fuera una puñalada. Leah estaba sentada en una de las sillas de plástico, con las manos entrelazadas sobre su regazo, los dedos temblorosos, la mirada fija en algún punto difuso del piso. Kevin permanecía a su lado, recto, serio, una presencia firme que parecía retener la estructura del mundo para que ella no se derrumbara.Habían pasado varias horas desde que los médicos los separaron del área de emergencia. Leah estaba perdiendo la noción del tiempo. Podían haber sido minutos o años. Su mente oscilaba entre imágenes confusas: el automóvil destrozado, la voz fría de la llamada, el eco de sus propios pasos corriendo hacia la habitación de Kevin.La enfermera que se había acercado a ellos minutos antes les pidió amablemente pero con firmeza que esperaran fuera. Kevin tomó la ma
DESPEDIRSE DE SU MADRE
Kevin no había soltado la mano de Leah desde el momento en que recibieron la noticia. Aunque ella estaba sumida en un dolor tan abismal que apenas podía mantenerse en pie, él parecía sostenerla con cada pequeño gesto: el roce de sus dedos, la forma en que la guía al caminar, la manera en que su cuerpo se inclinaba ligeramente hacia ella, dispuesto a cargar con su peso si era necesario.Tan pronto los médicos confirmaron que el cuerpo de la madre de Leah debía ser preparado para trasladarlo a la funeraria, Kevin se puso en acción. Su voz se volvió firme, precisa, la de un heredero Hill que tomaba decisiones sin titubeos. Pero detrás de esa determinación, había una preocupación palpable, casi cruda, que cualquier observador atento podía notar.—Quiero que preparen todo para el sepelio —ordenó a uno de los asistentes de la familia Hill que había llegado apresurado al sanatorio—. Ahora. Sin retrasos.—¿Desea que contacte personalmente con la funeraria, señor Hill? —preguntó el hombre.Kev
PERDÓNAME MAMI
—Perdóname, mami… perdóname por mentirte —susurró Leah, inclinándose sobre el cuerpo inmóvil de su madre—. Por decirte que yo estaba intentando que mi matrimonio con Kevin Hill fuera real. Era una mentira, mamá… yo… no pude decirte la verdad porque no quería que te preocuparas, no quería romperte el corazón. Y ahora… ahora estoy aquí, hablándote cuando ya no puedes escucharme…Su voz quebró.Las palabras parecían atorarse en su garganta y desgarrarla cada vez que las intentaba sacar. Apretó la sábana blanca con sus dedos temblorosos mientras las lágrimas caían en silencio sobre el borde de la camilla.—La culpa me está carcomiendo, mami —prosiguió—. Me destruye… me destruye saber que moriste creyendo que tu hija estaba en un matrimonio donde el amor se estaba construyendo… cuando no es así. Perdóname —repitió, con un dolor que parecía romper la quietud de la sala.Leah cerró los ojos y apoyó su frente sobre la mano fría de su madre.Un silencio pesado, casi sagrado, la envolvió.Por u
UNA NECESIDAD
El reloj del pasillo marcaba las once de la mañana cuando el caos afuera comenzó a crecer como una tormenta anunciada. Kevin había recibido un mensaje urgente de seguridad: la prensa estaba rodeando el Sanatorio Central. Primero fueron unos pocos periodistas. Después, patrullas de móviles, cámaras profesionales y drones sobrevolando la entrada. Y en cuestión de minutos, España entera se estaba haciendo eco del accidente de los Presley.Las alarmas no tardaron en llegar a otros países: portales de Francia, Italia y Alemania ya transmitían la noticia; las cadenas brasileñas informaban el estado crítico del señor Presley; y varias webs de Londres y Lisboa titulaban:“Los Presley, una de las familias empresariales más discretas, en tragedia. ¿Qué ocurrirá con la heredera y el legado familiar?”Kevin se quedó en silencio mientras su asistente le daba el reporte.Sus ojos no se apartaron un solo segundo de su esposa.Leah estaba de espaldas, frágil, diminuta en comparación con el culposo ta
NO OLVIDES QUE ES MI ESPOSA
El pasillo del Sanatorio Central vibraba con un murmullo inquieto. Las luces blancas iluminaban los rostros agotados de los médicos y el brillo húmedo en los ojos de Leah, que continuaba apoyada contra el vidrio que la separaba del área en donde su padre luchaba por mantenerse con vida. Sus pequeñas manos permanecían extendidas sobre el cristal, como si de esa forma pudiera transmitirle fuerza. La noche se quebraba a su alrededor, pero ella seguía firme, como una flor golpeada por la tormenta que aún se niega a caer.Kevin se encontraba a pocos pasos detrás. Él no la tocaba, pero su presencia era un escudo constante; cada respiración de Leah era cuidadosamente observada por él. Cada lágrima, cada estremecimiento, cada segundo de angustia, era registrado en la memoria del hombre con precisión quirúrgica, como si su mente necesitara retenerlo todo para saber exactamente qué proteger, qué destruir, qué controlar.Fue entonces cuando Arturo, jefe de seguridad, se acercó con pasos rápidos