All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 81
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DISCUSIÓN MAÑANERA
El amanecer llegó con un matiz dorado sobre los muros de piedra de la Villa La Matilde. El aire fresco del Jardín se filtraba entre las cortinas del gran ventanal, trayendo consigo el aroma a tierra húmeda y a flores silvestres que bordeaban el camino principal. En el interior, la calma era solo aparente; bajo aquel techo, el silencio escondía una tensión tan densa que podía cortarse con un suspiro. Leah descendió las escaleras con paso sereno, enfundada en un elegante traje negro que realzaba su porte sobrio. Sus cabellos aún húmedos caían en ondas ligeras sobre sus hombros, y aunque su rostro lucía tranquilo, sus pensamientos eran un caos. La noche anterior había sido un torbellino de emociones, uno del que aún no encontraba salida. En el comedor, Kevin ya estaba sentado. Vestía impecablemente, con el primer botón de la camisa desabrochado y el periódico extendido frente a él. Ana se movía con agilidad entre la cocina y la mesa, colocando los platos con delicadeza. El sonido del c
VOLVER A LA EMPRESA
El portazo resonó por toda la villa, haciendo eco en los pasillos silenciosos. Kevin caminó con paso firme por el corredor, sus hombros tensos y su mandíbula apretada. Cada palabra de Leah en el desayuno seguía clavada en su mente como una aguja envenenada. “Tu presencia contamina el aire.” Esa frase le martillaba el pensamiento una y otra vez. La había escuchado tan claro, aunque no se lo había dicho de frente, él ha escuchado el susurró de las palabras de ella. Abrió la puerta del despacho y la cerró detrás de sí, dejando que el ruido amortiguara su rabia. El ambiente olía a madera, cuero y café frío. Se quitó el saco, lo dejó sobre el respaldo de la silla y se sentó con pesadez frente al escritorio. Sus dedos tamborileaban sobre la superficie de cristal mientras su mirada permanecía fija en el ventanal. El amanecer ya se había convertido en un cielo grisáceo, cubierto de nubes. Parecía que hasta el clima reflejaba su estado de ánimo. Apretó los puños y exhaló con fuerza.—Maldita
ES UNA ORDEN LEAH
El reloj marcaba las ocho y media de la mañana cuando Kevin salió de su despacho con paso decidido. Su expresión era dura, su mirada fría como el acero. Ana, que acababa de entrar al vestíbulo, se apresuró a enderezar la espalda al verlo. —Ana —la voz del hombre sonó grave, cortante—, llama a Leah. Dile que la espero en el vehículo. La mujer tragó saliva, insegura. —Señor Hill… la señora Leah ya salió hace unos minutos. Kevin se giró lentamente hacia ella. —¿Salió? —repitió con voz baja, contenida, pero el leve temblor en su tono bastó para hacerla retroceder un paso. —Sí, señor. Tomó un Uber. Dijo que iba directo a la empresa. El silencio que siguió fue abrumador. La tensión parecía llenar el aire. Kevin entrecerró los ojos, su mandíbula se marcó con fuerza. —Entiendo —murmuró, y sin añadir una sola palabra más, tomó las llaves de su vehículo del aparador y cruzó la puerta principal. Ana lo vio marcharse sin atreverse a decir nada. El rugido del motor rompió la calma de la m
INVITACIÓN DE ALMUERZO
El reloj en la pared marcaba las once en punto cuando el teléfono de Leah vibró suavemente sobre el escritorio. Su mirada se detuvo en la pantalla, donde el nombre Henry Morgan parpadeaba una y otra vez. Por un instante, pensó en dejarlo sonar hasta que se cortara, ignorarlo como si el silencio fuera suficiente para borrar lo sucedido la noche anterior. Pero su conciencia no le permitió esa huida. Con un leve suspiro, deslizó el dedo sobre la pantalla y contestó. —¿Henry? —su voz salió baja, tensa. —Leah… —la voz al otro lado sonaba serena, pero cargada de culpa—. Gracias por contestar. Necesitaba hablar contigo. Ella permaneció en silencio. El eco de lo ocurrido la noche anterior seguía golpeando su mente. La cercanía, el intento de beso, la incomodidad. Había intentado olvidarlo bajo el agua de la ducha, pero ahí estaba de nuevo, recordándoselo. —Quiero pedirte disculpas —dijo Henry con sinceridad—. Me comporté como un idiota anoche. No debí hacerlo. No debí acercarme a ti de es
ENCUENTRO
El murmullo de las conversaciones se mezclaba con el tintinear de copas y el suave sonido del piano que llenaba el restaurante The Ivy Corner. Henry hablaba con tranquilidad, aunque en su interior no dejaba de repetirse que debía medir cada palabra. Leah lo escuchaba con educación, sin darse cuenta de que jugaba nerviosamente con la servilleta. No era ansiedad… o tal vez sí. Algo en su pecho no la dejaba estar en paz, como si un presentimiento oscuro se aferrara a ella.El reloj del local marcaba las doce y media cuando las puertas de cristal del restaurante se abrieron. Un aire frío, denso, distinto al del resto del ambiente, se filtró por el pasillo principal. Los comensales que estaban cerca de la entrada se giraron, atraídos por la presencia que acababa de irrumpir.Kevin Hill avanzó despacio, cada paso medido, los hombros firmes y el ceño marcado con la severidad de quien no tiene intención de disimular su enojo. El brillo de sus ojos azules era cortante, y su sola presencia bast
SI ERAN CELOS
El cielo se había teñido de gris, y un viento húmedo arrastraba las primeras gotas de una tormenta que se aproximaba con fuerza. En la entrada del restaurante The Ivy Corner, Leah se quedó inmóvil, sujetando su bolso contra el pecho mientras la lluvia comenzaba a empapar el pavimento. Frente a ella, Kevin Hill se mantenía erguido, con la mandíbula tensa y los ojos clavados en ella.El aire entre ambos vibraba de tensión. Los rayos del relámpago iluminaban brevemente su rostro endurecido, y el agua que caía le daba un brillo más frío, casi metálico.—Sube al coche, Leah —ordenó Kevin, su voz profunda, grave, sin espacio para el desacato.Ella no se movió. La lluvia empezó a caer con más fuerza, mojándole el cabello y la ropa, pero no le importó. Sus labios se curvaron en una sonrisa desafiante.—Prefiero mojarme y caminar —respondió con firmeza— antes que subirme al vehículo de un tirano.Las palabras resonaron entre los truenos, tan afiladas que por un segundo hasta el viento pareció
BUSCAR A SU BUEN AMIGO
Leah cruzó las puertas de Hill Enterprises. Su paso era firme, aunque dentro de sí aún ardía la mezcla de ira y confusión que Kevin había dejado tras la discusión en el vehículo. Caminó sin mirar atrás, ignorando las miradas curiosas de los empleados que percibían la tensión invisible que parecía seguirla como una sombra.Kevin, mientras tanto, seguía dentro de su automóvil. Las manos en el volante, la mandíbula apretada, los ojos perdidos en la fachada del edificio. La vio desaparecer entre los ascensores y, por un instante, pensó en seguirla. Pero algo dentro de él se quebró. No podía seguir enfrentándola sin antes enfrentarse a sí mismo.Cinco minutos después, el motor rugió con un sonido seco y cortante. El vehículo negro abandonó el estacionamiento a toda velocidad, alejándose del corazón de la empresa que había construido y del caos que ahora lo atormentaba.El trayecto hasta el departamento de Enrique Salas fue silencioso, éles su viejo amigo y confidente, uno al que élacude cu
SABIAS PALABRAS
El sonido constante contra los ventanales del departamento de Enrique Salas se convirtió en un murmullo lejano, como si la ciudad se negara a romper la quietud de aquella conversación.Kevin permanecía de pie junto a la ventana, con la segunda copa de whisky entre los dedos. La mirada perdida en los edificios que se desdibujaban tras el cristal empañado. Enrique, en cambio, lo observaba en silencio desde el sillón, con el gesto pensativo de quien ya había visto demasiadas batallas ajenas.El aire olía a madera, a lluvia y a una tensión contenida que ninguno parecía querer romper. Hasta que finalmente Enrique habló.—Sabes, Kevin… —empezó con voz baja, casi paternal—. Lo que estás viviendo no es simple. Y tampoco lo será. Pero si realmente quieres entender qué sientes por Leah, tendrás que pasar por pruebas.Kevin giró lentamente, apoyando la espalda en el marco de la ventana.—¿Pruebas? —repitió con un tono que rozaba la ironía—. No creo que necesite pruebas para saber que esto me est
SUS PENSAMIENTOS
La tarde caía lentamente sobre Madrid, y las gotas de lluvia corrían con suavidad por el ventanal de la oficina de Leah Hill.El cielo era una mezcla de grises profundos, un espejo perfecto de lo que sentía en su interior.Desde hacía minutos —quizás horas— no había logrado concentrarse en los documentos que reposaban sobre su escritorio. El sonido monótono del agua golpeando el vidrio la mantenía hipnotizada, como si buscara respuestas en el reflejo de su propio rostro.Y, sin querer, su mente regresó a él.Kevin.Su nombre era una herida abierta y una caricia al mismo tiempo. Bastaba recordarlo para que su respiración se volviera más lenta, más pesada.Cerró los ojos y su memoria la traicionó con una claridad que dolía.Podía sentir todavía el roce de sus labios, la presión de sus manos, el tono firme de su voz cuando la llamaba por su nombre.El calor en su piel.El temblor involuntario que recorría su cuerpo cuando él la miraba con esa intensidad casi animal que parecía atravesarl
QUE ESCOJA LA SEÑORA
La lluvia había cesado cuando el Ferrari negro atravesó las rejas de hierro forjado de Villa La Matilde. El cielo, todavía cubierto por un manto gris, reflejaba el silencio que habitaba dentro del vehículo. Ninguno de los dos había pronunciado palabra desde que salieron de la empresa. Solo el suave golpeteo de las gotas en el parabrisas acompañaba la tensión que se extendía entre ellos, invisible pero palpable. Leah observó cómo las luces del camino se reflejaban sobre los charcos, distorsionadas como sus pensamientos. A pesar del rugido del motor, podía escuchar el ritmo irregular de su propia respiración. Cada kilómetro la acercaba más a ese lugar que, aunque llamaban “hogar”, se sentía como una prisión disfrazada de lujo. Y sin embargo, había algo en esa villa que la atraía, como si las paredes guardaran ecos de todo lo que aún no se atrevían a decirse. Kevin detuvo el coche frente al pórtico principal. El sonido del motor se apagó y, por un momento, el silencio se volvió