All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 111
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TODO ERA TEMPORAL
Los pasillos del Sanatorio Central seguían quietos, como si el tiempo mismo hubiese comprendido que debía detenerse para no romper aún más el frágil equilibrio emocional de Leah. La presencia de Henry, la tensión latente entre él y Kevin, y la sombra de la muerte que aún flotaba sobre ellos creaban un ambiente suspendido, inquietante. Leah respiró hondo, aunque su pecho ardía. Sus ojos celestes estaban vacíos, sin brillo, pero su columna se mantuvo recta, sostenida solo por la fuerza que el dolor a veces es capaz de construir. Se volvió hacia Henry con una calma que no era paz, sino agotamiento. Un cansancio que pesaba más que su propio cuerpo. —Henry… —su voz salió suave, pero firme—. Agradezco que hayas venido. Agradezco tus intenciones, de verdad… pero necesito pedirte algo. Henry bajó la mirada hacia ella, atento, herido desde antes. Leah continuó: —Necesito que respetes el lugar en donde estamos. Esto no es… no es un espacio para hablar de sentimientos ni sostén emociona
NO LA DEJARÁ CAER
La sala donde habían colocado a sus padres estaba envuelta en un silencio tan espeso que parecía absorberlo todo, como si incluso el aire se negara a mover el dolor que flotaba sobre las dos figuras cubiertas con blancas telas. El olor a desinfectante y flores frescas se mezclaba en una combinación extraña, casi irreal, demasiado fría para lo que estaba ocurriendo allí. Leah avanzó lentamente, sus pasos eran suaves, casi arrastrados, y cada uno parecía arrancarle una parte del alma. Su respiración temblaba. Sus pequeñas manos estaban entrelazadas frente a ella, tensas, y su mirada celeste… vacía. Destruida. Cuando llegó junto a los cuerpos, sus rodillas flaquearon. Por un instante Kevin pensó en acercarse, sostenerla desde atrás, pero decidió darle ese primer segundo a ella sola, ese instante íntimo en el que una hija enfrenta lo que nunca creyó enfrentar tan pronto. Leah tembló. Luego soltó un suspiro quebrado y levantó con cuidado la tela que cubría el rostro de su madre. Allí e
EL ÚLTIMO ADIOS
El cielo estaba gris. No un gris apagado, sino uno denso, como si las nubes cargaran con el mismo peso que oprimía el pecho de Leah. El funeral se había organizado con la rapidez y el profesionalismo que un apellido como Presley exigía; sin embargo, nada de eso suavizaba el temblor en las manos de la heredera mientras permanecía de pie, frente a los dos ataúdes donde descansaban sus padres. La sala velatoria estaba en silencio, excepto por el murmullo suave de los presentes. Directivos, socios, empresarios, conocidos de décadas… todos vestidos de negro. Pero para Leah, eran sombras. Sombras sin forma. Sombras que se movían a su alrededor pero que no lograban atravesar el espesor de su dolor. Ella apenas respiraba. Kevin estaba detrás de ella, sin invadir su espacio, pero lo suficientemente cerca para que su sola presencia sostuviera su columna. Su mirada azul permanecía fija en Leah, en cada mínimo temblor, en cada respiración rota. Jamás la había visto así. Jamás había visto a
YO TE SOSTENDRÉ
La noche parecía haber caído demasiado pronto sobre Villa La Matilde. O tal vez era que el tiempo, desde que Leah había perdido a sus padres, había dejado de funcionar con normalidad. Todo se sentía más pesado, más lento, más distante… y aun así, terriblemente vivo en cada rincón de la casa que ahora compartía con su esposo.El vehículo se detuvo frente a la entrada, y Kevin rodeó el auto para abrir la puerta del lado de ella. Leah no habló, tampoco intentó hacerlo. Simplemente bajó, con los hombros caídos y una expresión tan frágil que parecía que un soplido bastaría para quebrarla por completo.Villa La Matilde estaba envuelta en un silencio respetuoso, como si las paredes comprendieran el peso de lo ocurrido. Las luces cálidas iluminaban apenas el interior, y al entrar, Leah sintió que el mundo se le venía encima otra vez.Su respiración tembló; sus manos se apretaron entre sí intentando contener algo que ya no podía controlarse.Kevin no dijo nada. Solo se mantuvo cerca, a una dis
VOLVER A CASA
Kevin se había dirigido a su empresa, pero dejó ordenes al chofer de que debía de trasladar a Leah a la Mansión Presley, posteriormente si abandona la Villa La Matilde, entre tanto, Leah estaba sentada en el sofá de la habitación, sus ojos celestes estaban opacos, las lagrimas seguían amontonados en aquellos ojos hermosos, Leah sentía que el peso de perder a sus padres estaba aniquilando lo poco que quedaba de ella, la mujer emite un suspiro pesado, cierra los ojos mordiéndose los labios, justo en ese momento alguien toca la puerta que posteriormente se abre lentamente, era Ana que viene a ver a Leah. — Señora ¿No necesita nada? — Leah levanta la cabeza. — Ana, estoy bien, lo único que podría necesitar era a mis padres, pero ahora ya no están, definitivamente no sabría decirte si yo podré continuar — Ana se acerca a ella. — ¿Me permite señora? — La ama de llaves quería agarrar las manos de la mujer, ella sin dudar le facilita el acceso a su mano — A veces la vida nos da golpes tan
VISITA
HILL ENTERPRISES La sala de reuniones estaba llena. Ejecutivos de traje impecable, inversionistas de renombre y analistas estratégicos tenían los ojos puestos en un único punto: Kevin Hill, sentado en la cabecera de la mesa, con su porte imponente, su aura de control absoluto… Excepto que hoy no había control. Kevin sostenía un bolígrafo entre los dedos, pero no lo movía. Su mirada parecía perdida en un punto invisible de la mesa, tan distante que cualquiera que lo conociera sabría que no estaba escuchando ni la mitad de lo que se discutía. Arturo, a su derecha, lo observaba con un ceño profundo, casi rígido. Nunca, en todos los años que llevaba trabajando con él, había visto al CEO así: desconectado, distraído, distante… humano. —Y bien, señor Hill, respecto a la ampliación de la inversión… —uno de los inversionistas se aventuró a preguntar, intentando reconducir la reunión. Kevin levantó lentamente la mirada. Sus ojos azules eran fríos, pero apagados. No había rastro de
VAN A SALIR DE VIAJE
La tarde caía lentamente sobre la Villa La Matilde. El cielo estaba teñido de un naranja suave que apenas alcanzaba a iluminar los jardines, dejando un ambiente casi melancólico. Kevin se encontraba en su despacho, revisando un informe que no lograba retener. La pantalla parecía borrosa, y la única presencia constante en su mente era la figura de Leah, lejos, sola, rodeada de las sombras de lo que había perdido. Sabía que su esposa aún estaba en la Mansión Presley hace una hora y cada segundo él ratifica que estaba dándole tiempo, espacio. Hasta que un golpe suave en la puerta lo sacó del hilo de sus pensamientos al CEO. —Señor Hill —anunció Ana con tono formal—. La señora Leah ha regresado. Kevin dejó el bolígrafo sobre la mesa con un movimiento sutil. Se levantó sin prisa, aunque Ana pudo notar la tensión en sus hombros. No dijo nada, simplemente salió del despacho, descendiendo las escaleras con pasos firmes. Al llegar al vestíbulo, la vio. Leah estaba allí, de pie junto a
ORDENES A SEGUIR
Kevin bajó el teléfono y subio por las escaleras el hombre fue directo a la habitación de su esposa, la mujer se encontraba sentada en el balcón de la habitación observando el jardín; las flores blancas le recuerdan a su madre, las lágrimas resbalan por su perfecto rostro. Cuando Kevin entra la observa, y se acerca a ella preguntando si ya estaba lista para irse, ella le dice que sí, y se seca las lágrimas con el dorso de la mano. Kevin lo vio, pero no dijo nada. Posteriormente avanzan hasta el vehículo, Kevin durante el trayecto a la Mansión de los Presley no expuso ninguna palabra respetando el dolor de su esposa. El silencio entre ellos no era incómodo, sino denso, casi sagrado, como si cada pensamiento estuviera cuidadosamente contenido para no romper la frágil calma de Leah. El murmullo del motor era lo único que llenaba el espacio, acompasado con el suave ronroneo de las ruedas contra el asfalto. Leah mantenía la mirada perdida por la ventana, contemplando cómo los árboles pas
LLEGADA
El portón principal de la Mansión Presley se cerró con un golpe suave, casi solemne, detrás de ellos. Leah sintió un alivio tenue recorrerle el pecho, como si cada paso que daba hacia el coche la alejara un poco de todo lo que acababa de ocurrir allí dentro. Kevin caminaba a su lado en silencio, atento, sin invadirla. La miró de reojo antes de abrirle la puerta del vehículo. —¿Quieres que almorcemos en algún restaurante? —preguntó con voz tranquila, procurando que sonara más a sugerencia que a insistencia. Leah negó con un gesto leve mientras acomodaba un mechón de cabello detrás de su oreja. —No, gracias. Prefiero irme directamente a la Villa —respondió sin dudar, su mirada fija en algún punto al frente, lejos del bullicio inexistente, lejos de todo. Kevin asintió. No insistió, no preguntó por qué; simplemente respetó su decisión como solía hacerlo cuando notaba que algo se movía dentro de ella en estos días. —Está bien —dijo, rodeando el auto para tomar el asiento del cond
¿ESTO CAMBIA TODO?
La noche había descendido suavemente sobre la playa, envolviendo todo con un aire cálido y silencioso. El sonido del mar llegaba constante, un murmullo que parecía marcar el ritmo del corazón de ambos. Kevin había pedido que prepararan una pequeña mesa cerca de la orilla, con velas bajas protegidas por cristales para que el viento no las apagara. Una cena ligera, elegante, pero íntima… como si el mundo se hubiera detenido solo para ellos dos. Y de esa manera para que Leah pudiera sentir calma. encontrar paz en la luna. Su esposa avanzó lentamente hacia la mesa, aún con el vestido blanco que se movía con la brisa marina. Sus ojos celestes, aunque tristes, tenían un brillo suave, casi nuevo. Kevin la esperaba ya sentado, con una quietud que no le era habitual, pero que había aprendido a adoptar desde que ella comenzó a quebrarse. —Es hermoso —susurró Leah mientras tomaba asiento. —Pensé que te gustaría —respondió Kevin, con un tono bajo y sereno. Las velas iluminaban sus rostros d