All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 121
- Chapter 130
256 chapters
EL AMANECER
La madrugada se deslizaba lentamente por la habitación, como una caricia suave que aún no se atrevía a interrumpir del todo el silencio. Afuera, más allá del vidrio empañado por el contraste entre el aire tibio del interior y el respiro fresco del amanecer, el mar se movía con un ritmo profundo, constante. Las olas, en su vaivén interminable, parecían susurrar algo a quien quisiera escucharlas; un mensaje antiguo, un secreto compartido solamente con quienes despiertan en los márgenes del mundo, cuando la noche todavía se aferra a sus últimos minutos.La ventana se había convertido en un cuadro vivo. La luz azulada de la madrugada, casi líquida, se extendía sobre el agua y entraba en la habitación como un reflejo tembloroso. Esa claridad naciente viajaba por los muebles, acariciaba las esquinas y finalmente llegaba a la cama, donde el tiempo se había detenido.Leah dormía boca arriba, con el rostro vuelto ligeramente hacia Kevin. Su piel desnuda apenas iluminada por la luz de la luna,
JUEGO, UNA CASA PEQUEÑA
— ¿Te gusta? — Pregunta Leah quizás un poco ansiosa por la respuesta que el hombre pudiera darle. Kevin no expuso palabra alguna durante los siguientes 10 segundos y Leah realiza una mueca. Acontece que la mujer había decidido hacer uso de la cocina el día de hoy y preparo el desayuno, entonces ahora estaba nerviosa esperando el veredicto de Kevin. — ¿Estás segura de que no has puesto nada? ¿No quieres matarme? — Leah se sonroja, y Kevin se salta una carcajada — Eres muy adorable cuando te sonrojas. — ¿Adorable? — Repitió Leah. — Así es, y déjame decirte que no solo tienes un talento para ser Vicepresidenta de Grandes conglomerados, también tienes una excelente habilidad para la cocina. Leah sonríe bastante orgullosa de ella misma. — Me gusta cocinar. Siempre he sentido que las cosas más simples son las que realmente llenan el corazón. Me encanta cocinar, perderme entre aromas y sabores, crear algo con mis propias manos y compartirlo con quienes quiero. Para mí, eso vale más que
7 DÍAS
DÍAS DESPUÉS Los seis días que siguieron no pertenecieron al tiempo real. Se sintieron como un paréntesis sagrado en el que el mundo dejó de existir, como si el mar, el viento y el sol hubieran decidido abrir un refugio para ellos dos solos. Nada de lo que estaba fuera de esa costa podía alcanzarlos. Ni el pasado. Ni la culpa. Ni las heridas. Ni el peso del apellido Presley, lo que vendra después. Ni la sombra de Dulce. Nada. Solo Kevin y Leah. Solo ellos dos. En esos días, descubrieron un modo completamente distinto de coexistir, uno que no se había dado en su mansión, ni en la ciudad, ni siquiera en el momento donde aceptaron continuar con el matrimonio. Aquí, lejos del ruido y de los ojos del mundo, podían ser simplemente dos almas que comenzaban a reconocerse. Los amaneceres los encontraban casi siempre juntos. A veces Leah despertaba antes que él y se quedaba observándolo dormir, sin comprender cómo un hombre que había sido tan distante podía tener un gesto tan vulnerable
ENCONTRARON EL CAMINO
El sol se colaba apenas entre las cortinas, pintando la habitación con tonos dorados que se reflejaban sobre la piel de Leah. Estaba sentada en la orilla de la cama, con los dedos entrelazados, los pensamientos girando sin cesar en su mente. Kevin permanecía de pie frente a ella, la mirada fija, los labios tensos, como si quisiera encontrar las palabras precisas que llevaran consuelo y claridad al caos que aún habitaba en el corazón de Leah.El silencio entre ambos era pesado, pero no incómodo. Era el tipo de silencio que precede a una tormenta y que, al mismo tiempo, anuncia que la calma está a punto de llegar. Kevin dio un paso hacia ella, y Leah no lo esquivó. Nunca lo había hecho. No ahora. No desde que aquellos días en la playa habían comenzado a desarmar las murallas de ambos.—Leah… —comenzó Kevin, su voz baja, grave, cargada de una fuerza contenida—. Quiero que escuches algo que no te he dicho con claridad antes. Y es momentos de aclarar y que no queden dudas.Ella levantó la
VISITA A LA ABUELA
El viaje había culminado. El coche avanzaba por la carretera bordeada de árboles y flores que anunciaban el cambio de estación. El trayecto hacia la Antgua Mansión Hill estaba cargado de un silencio cómodo, casi solemne. Leah permanecía junto a Kevin, su mirada fija en la ventana, observando cómo los rayos del sol se filtraban entre las hojas, jugando con la luz sobre su rostro. Vestía ropa cómoda, ligera, en tonos neutros que hacían que Kevin, aún detrás del volante, no pudiera apartar los ojos de ella.No fue necesario decir nada durante el trayecto. Cada uno llevaba consigo las emociones de los últimos días, las vivencias en la playa, la fortaleza que habían ido consolidando y la certeza silenciosa de que se sostenían mutuamente. Kevin, atento a la carretera, sentía que Leah necesitaba tiempo para procesar todo, para recobrar un equilibrio que ni la muerte de sus padres había logrado borrar del todo.Cuando finalmente llegaron, la Mansión Hill se alzaba con su imponente elegancia,
Al final todo el mundo termina rompiéndose.
El silencio del departamento era tan denso que parecía respirar por sí solo. Las cortinas estaban cerradas, impidiendo que la luz del mediodía entrara, y solo la tenue lámpara del pasillo iluminaba la habitación donde Verónica se encontraba arrodillada, con el cuerpo encorvado, temblando como si un frío invisible la devorara desde adentro. Sus manos estaban enredadas en su propio cabello y las lágrimas corrían sin detenerse. No eran lágrimas de dolor… eran las lágrimas desgarradas de quien siente que ha apostado todo y ha perdido de la forma más humillante posible. —¿Por qué…? —la voz de Verónica salió quebrada, un susurro ahogado que pronto explotó—. ¿Por qué nada valió la pena? ¡¿Por qué?! —gritó con toda la furia acumulada, golpeando el piso con sus puños. El sonido seco resonó en la soledad del departamento. Pero aquello no la calmó. Nada podía hacerlo. Verónica se incorporó lentamente, caminó tambaleante hacia el espejo del dormitorio y contempló su propio reflejo: oj
UNA GRAN NOTICIA
Han pasado cuarenta días desde la muerte de los Presley. Cuarenta días desde que Leah vio el fuego consumir lo último que quedaba de su hogar, de su infancia, de la vida que había tenido antes de convertirse en la Señora Hill.El tiempo había avanzado como un carruaje sin frenos. Imparable. Casi cruel como los recuerdos que la azotan. Y ahora, faltaban solo cinco días para la lectura del testamento.El mundo exterior parecía mantener la respiración ante el inminente anuncio.Los medios especulaban.Los empresarios murmuraban.Y Kevin y Leah… sobrevivían como podían al sin fin de especulaciones algunos ya daban por hecho que el natrimonio terminaría teniendo ya que se especula que los Presley habían conseguido que Leah se case con Kevin y ahora sin ellos de por medio nada los mantendría unidos, lo cierto y lo concreto es que cada vez faltaba menos para conocer la Voluntad de Leandro Presley y Andrea Presley.Aquel amanecer, la Villa La Matilde estaba envuelta en un silencio extraño.Un
PARECÍA UN COMIENZO
Leah estaba sentada en la cama, con las rodillas recogidas y los brazos rodeándolas, como si quisiera hacerse pequeña ante un mundo que, de repente, se le venía encima. No había lágrimas en sus mejillas en ese instante, pero sus ojos rojos y el leve temblor de sus dedos revelaban que no estaba tan tranquila como intentaba aparentar. Kevin la abraza con suavidad, dejándole espacio para respirar. No sabía si debía tocarla o esperar, pero su instinto lo empujaba a protegerla, a envolverla, a sostenerla hasta que dejara de temblar. —Leah —dijo en un susurro—. ¿Estás bien? Ella levantó la mirada. La respiración le tembló antes de soltarla. —Kevin, tengo miedo. No quiero… —tragó saliva— no quiero que un hijo te haga sentir atado a mí. Más de lo que ya estamos, de como iniciamos. La frase cayó como un vidrio rompiéndose entre ellos. Kevin sintió un pinchazo inesperado, no de enojo… sino de pura sorpresa, mezclada con algo más profundo: dolor. —¿Eso es lo que piensas de mí? —preguntó co
DANDO LA NOTICIA A LA ABUELA
La consulta con el médico terminó con un ambiente agridulce. El diagnóstico era maravilloso, pero las advertencias eran estrictas. Leah sostenía con ambas manos la hoja que el doctor les había entregado, repasando cada indicación con la mirada mientras Kevin, a su lado, mantenía el ceño fruncido como si estuviera frente a un contrato de negocios que debía memorizar palabra por palabra. —Los primeros tres meses son los más delicados —repitió el médico con tono profesional—. Nada de esfuerzos, nada de estrés innecesario… Kevin asintió con tanta seriedad que el doctor casi sonrió. —Y por supuesto, deben evitar cualquier actividad íntima hasta que el embarazo esté completamente estabilizado. Leah sintió cómo su rostro se calentaba en el acto. Kevin no dijo nada, pero carraspeó, como si necesitara un segundo para procesar semejante restricción. —¿Alguna duda? —preguntó el médico. Kevin levantó la mano como un escolar responsable. —Sí. ¿Qué considera exactamente como “esfuerzos”? Le
LA LECTURA
La noche había caído suavemente sobre la Villa La Matilde. El silencio parecía un manto protector que envolvía cada rincón, como si incluso la oscuridad entendiera que algo importante había sucedido. Leah salió al balcón, descalza, con una manta ligera sobre los hombros. La luna estaba llena, enorme, brillante, como un farol suspendido en el cielo. Su luz bañaba su piel con un resplandor plateado que hacía que pareciera casi irreal.Respiró hondo.Su pecho aún subía y bajaba con un ritmo tembloroso, mezcla de emoción y miedo. Esa tarde… esa simple palabra que cambió todo: embarazada. Una vida. Un punto de luz en medio de todas las sombras que había cargado.Leah levantó la mirada hacia el cielo.—Mamá… papá… —susurró, su voz quebrada por la ternura que la invadía—. No sé si pueden escucharme, pero quiero creer que sí. Quiero creer que están aquí, conmigo, como siempre lo estuvieron.Su mano temblorosa se posó sobre su vientre aún plano.—Estoy embarazada —continuó, dejando escapar una