All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 131
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Un pequeño desmayo
La luz tamizada de la mañana entraba por las cortinas blancas de la habitación, pintando en tonos cálidos la silueta de Leah. A tres meses de embarazo, su vientre seguía apenas plano, tímido, pero ella ya lo tocaba cada tanto, como si en la quietud pudiera escuchar algo, sentir algo, comprender algo. Esa mañana, sin embargo, se sentía más débil de lo normal. Sus párpados le pesaban y el simple acto de incorporarse le parecía agotador.Kevin salió de la ducha con una camisa blanca a medio abotonar, la corbata colgando del cuello y el cabello húmedo cayendo sobre la frente. Se acercó a la cama con su andar firme, ese paso seguro que siempre hacía temblar un poco el suelo y el corazón de Leah.—Buenos días, —susurró con una voz que solo usaba con ella. Leah intentó sonreír, pero sus labios apenas lograron una curva suave. Kevin frunció el ceño al instante.—¿Te duele algo?—No… solo estoy un poco cansada —murmuró ella, sin abrir completamente los ojos.Él se sentó al borde de la cama. C
Antojos
La mañana avanzaba lentamente sobre Bella Vista. La luz dorada se filtraba por las amplias ventanas del dormitorio principal, pintando la habitación con un brillo suave y cálido. Leah estaba apoyada contra los cojines, envuelta en una manta ligera, mientras el aroma del té de jengibre llenaba el aire. Sus náuseas habían sido fuertes ese día, y Kevin la había seguido como una sombra protectora desde que despertó. Él nunca decía nada, pero sus ojos hablaban por sí solos. Cada vez que Leah llevaba una mano al estómago o suspiraba, Kevin tensaba la mandíbula como si alguien fuera responsable de ese malestar. Kevin revisaba algunos documentos desde una tablet mientras esperaba que ella terminara el té. Cuando su teléfono vibró, lo tomó sin mucha importancia. Pero al ver el contenido del mensaje, su ceño se frunció ligeramente. —¿Qué sucede? —preguntó Leah, observándolo con esos ojos celestes que no dejaban escapar nada. Kevin respiró profundo y se acercó a ella, sentándose al bor
LA PRIMERA FOTOGRAFÍA
La mañana en Valencia amaneció suave, con un cielo teñido de un azul tenue que anunciaba un día cálido, luminoso y perfecto para caminar. Kevin y Leah habían llegado apenas unas horas antes, y aunque el viaje había sido largo, ella se sentía extrañamente ligera, como si el aire mediterráneo hubiera despejado cada una de sus preocupaciones. La ciudad los recibía con calles tranquilas, fachadas claras y ese aroma que mezclaba mar y flores frescas. Kevin fue quien sugirió salir un rato antes de instalarse por completo. —No quiero que te canses —dijo, ajustando su abrigo sobre los hombros de ella—, pero creo que un pequeño paseo podría relajarte. Leah sonrió, dejando que su mano buscara la de él. —Estoy embarazada, no inválida, ya te estoy repitiendo esto bastante Kevin —repitió con dulzura, como lo había dicho en casa—. Además, es nuestra primera vez aquí. Quiero verlo todo. Kevin la miró con una mezcla de orgullo y preocupación, esa dualidad tan suya desde que supo del bebé. No
NOS EQUIVOCAMOS JUNTOS
Valencia tenía un brillo especial durante la tarde. El sol empezaba a descender, tiñendo las calles de tonos anaranjados y dorados, mientras una brisa ligera cargaba el aroma salado del Mediterráneo. Leah y Kevin caminaban juntos hacia el hotel luego de explorar los alrededores, y aunque ninguno de los dos hablaba demasiado, había una armonía extraña en su silencio. No era incómodo. Era una conversación sin palabras. Kevin caminaba a su lado, no delante ni detrás. A su lado. Como si inconscientemente marcara que ese era su lugar, que así debía ser. La mano de él, casi rozando la de ella, parecía debatirse entre tomarla o dejarla libre. Y aunque no lo hacía, Leah podía sentir el calor que emanaba de su piel. Kevin tenía ese extraño talento: hablar sin abrir la boca. A veces la miraba sin que ella se diera cuenta. No era un hombre expresivo… excepto con ella. Y en esos instantes, cuando sus ojos se posaban en Leah, algo en él suavizaba cada línea de su rostro, como si la presencia de
UN BESO
La tarde había caído sobre Valencia como un suspiro tibio, anticipando la llegada de una noche que prometía brillos, murmullos y pasos seguros en la alfombra de la gala. Kevin había pasado toda la tarde revisando documentos en silencio, mientras Leah descansaba un poco más de lo habitual. Los últimos días la habían dejado más cansada, pero aún así insistía en no perderse la gala; no por obligación, sino por acompañarlo. Porque él se había convertido en su lugar seguro, y aunque ella todavía no lo aceptara del todo, empezaba a sentirlo. Kevin miró el reloj cuando la puerta del baño se cerró. Era el momento en que Leah comenzaría a arreglarse. Un reflejo de ansiedad, completamente ajeno a su carácter frío y calculador, le rozó la nuca. No sabía de dónde nacía esa necesidad irracional de querer verla primero, antes que el mundo entero; de grabar su imagen para sí mismo. Quizá era porque todo en Leah le provocaba una vulnerabilidad desconocida, una que él ocultaba con habilidad… excepto
ENCUENTRO CON VIEJOS CONOCIDOS
La alfombra roja de la Gala de Valencia brillaba bajo la sucesión interminable de flashes, como si el cielo hubiese descendido para envolver el evento en una luz casi irreal. El sonido de las cámaras, los susurros de los invitados y las notas suaves de un cuarteto de cuerdas creaban una atmósfera que solo podía describirse como un universo paralelo; un lugar donde todo parecía posible, donde el lujo era parte del aire y los secretos se movían entre vestidos de seda y trajes de diseñador.Kevin y Leah avanzaban tomados del brazo, llamando la atención sin siquiera intentarlo. Ella estaba radiante: su vestido verde abrazaba su figura con delicadeza, destacando el brillo de sus ojos y el aura serena que siempre había poseído sin darse cuenta. Todos los presentes la miraban. Algunos con admiración, otros con curiosidad… y unos pocos, con evidente envidia.Kevin, por otro lado, caminaba con la elegancia innata de quien había nacido con el mundo a sus pies. Su porte imponente, la expresión s
LA NOCHE ES LARGA
La gala avanzaba en un torbellino de luces, música y conversaciones sofisticadas. Leah se encontraba a medio paso detrás de Kevin, quien la guiaba por el salón con una mano firme y protectora en la espalda baja. Desde que se habían encontrado con Sebastian Clarke, Kevin estaba más rígido de lo normal, más silencioso… más pendiente de cada mirada que otros hombres depositaban sobre Leah. Pero la noche apenas comenzaba a desplegar sus conflictos. Mientras se acercaban a una de las mesas principales, un murmullo repentino recorrió el salón, como un viento inesperado que agitó a todos los presentes. Kevin se detuvo sin aparentarlo, pero Leah notó cómo su respiración cambió, cómo sus hombros tensaron una línea recta, peligrosa. —¿Qué ocurre? —preguntó Leah en voz baja. Kevin no respondió. Su mirada estaba fija hacia un punto a unos metros. Leah siguió la dirección… y entonces lo vio. Henry Morgan. Alto, vestido con un impecable traje azul medianoche, de presencia magnética y una sonr
AUN NO ES EL MOMENTO
La música envolvía el salón con una elegancia calculada, cuerdas suaves y notas profundas que parecían flotar entre los invitados como un susurro constante. Kevin observó el reloj apenas un segundo antes de inclinarse hacia Leah. —Voy a saludar a un socio —le dijo en voz baja—. ¿Vienes conmigo? Leah levantó la mirada, y por primera vez en toda la noche dejó escapar un suspiro que no era de admiración, sino de cansancio. —No… —respondió con suavidad—. Estoy un poco agotada. Te espero aquí. Kevin frunció el ceño apenas, un gesto breve, casi imperceptible para cualquiera que no lo conociera. Se inclinó y rozó con los labios la sien de su esposa, un contacto rápido, protector. —No tardo. Leah asintió, acomodándose mejor en el sillón tapizado de terciopelo oscuro. Observó cómo Kevin se alejaba con pasos firmes, la espalda recta, la presencia imponente que parecía abrir espacio a su alrededor sin necesidad de palabras. Cuando desapareció entre los invitados, Leah apoyó la espalda y c
UN MOMENTO FRÁGIL Y SINCERO
La puerta de la habitación se cerró detrás de ellos con un sonido seco, definitivo. Kevin fue el primero en avanzar. Dejó el saco sobre el respaldo de la silla con un gesto automático, casi brusco, como si la tela le pesara más de lo habitual. Luego se quitó el reloj y lo dejó sobre la mesa, el leve golpe del metal resonando en el silencio que se instaló entre ambos. Un silencio denso, cargado, de esos que no descansan. Leah permaneció cerca de la puerta, observándolo. Cada movimiento de Kevin parecía medido, contenido, como si estuviera sosteniendo algo que amenazaba con desbordarse. —¿Estás bien? —preguntó él sin mirarla, con la voz baja. Leah asintió despacio. —Sí… estoy bien. Kevin cerró los ojos un segundo, como si necesitara esa confirmación para no perder el control. Cuando volvió a abrirlos, se giró hacia ella. Hubo otro silencio. Uno más profundo. —Pero estaré mejor —continuó Leah, rompiéndolo— si me hablas con la verdad, Kevin. Quiero entender qué pasa. Deb
CALMA Y TEMPESTAD
La madrugada en Valencia tenía un silencio distinto. No era un silencio vacío, sino uno cargado de respiraciones lentas, de pensamientos que no dormían, de verdades que aún no se atrevían a pronunciarse. Afuera, la ciudad reposaba bajo una luna pálida, y adentro, en la habitación apenas iluminada por la luz que se filtraba entre las cortinas, Leah dormía profundamente. Kevin no. Estaba de costado, frente a ella, observando la serenidad de su rostro. Leah dormía con esa paz que solo existe cuando el cuerpo se rinde por completo, cuando el cansancio y la vida se mezclan hasta borrar cualquier defensa. Su respiración era suave, regular. Una mano descansaba cerca de su pecho; la otra, de Kevin, reposaba con cuidado sobre su vientre aún plano, imperceptible para el mundo, pero ya inmenso para él. No presionaba. No se movía. Solo estaba allí. Protegiendo. Kevin sentía algo extraño cada vez que apoyaba la mano en ese lugar. Una mezcla de respeto, miedo, ternura y una emoción que no sabí