All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 141
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UNA BOMBA
Después de una hora, Leah se había quedado dormida otra vez, el reloj marcaba las 4 de la mañana. Para Kevin, La madrugada siempre había sido su aliada.El era un hombre que vivía cómodo en el silencio de esas horas en las que el mundo parecía detenerse, cuando ni las ciudades más ambiciosas se atrevían a respirar con fuerza. Valencia dormía. El mar, a lo lejos, murmuraba con una calma engañosa. Leah descansaba a su lado, profundamente dormida, ajena a todo.El teléfono vibró.No sonó.Vibró.Ese detalle, insignificante para cualquiera, fue suficiente para que Kevin abriera los ojos de inmediato.No había alarmas programadas. No había razones para llamadas a esa hora. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: una tensión seca recorrió su espalda, como si algo invisible hubiese tirado de un hilo que llevaba años oculto.Tomó el teléfono.Número desconocido.Frunció el ceño.Durante una fracción de segundo pensó en ignorarlo. En dejarlo vibrar hasta que el silencio regresara. Pero algo —u
ÉL EN ASIA, ELLA EN BELLA VISTA
Kevin salió de la habitación sin mirar atrás. Solo él sabía todo aquello que ahora portaba en su corazón, las dudas y las certezas que él creía que eran reales ahora parece que los tiene en un columpio. No fue un portazo, no hubo gesto brusco. Solo ese acto silencioso y definitivo que delata cuando alguien huye de algo que no puede nombrar. Sus pasos resonaron por el pasillo de la Villa como si el mármol amplificara su tormento interno, llevándolo directo hasta el despacho.Cerró la puerta.Apoyó ambas manos sobre el escritorio y bajó la cabeza. Su respiración era irregular, cortada, como si el aire se negara a entrar con normalidad en sus pulmones.—No… —murmuró como si aceptar una realidad que puede ser posible sea una tortura para él. Negó con la cabeza una vez. Dos. Tres. Cuatro. Hasta que perdió la cuenta. — Esto no tiene sentido —repitió, ahora en voz más alta—. Esto no tiene ningún maldito sentido.Se dejó caer en la silla, pasando ambas manos por su rostro con violencia, como
EL PASADO VUELVE
El sonido de varios vehículos deteniéndose frente a la villa llegó a Leah antes que cualquier aviso. Estaba sentada junto a la ventana, con una taza de té entre las manos que ya se había enfriado sin que ella lo notara. Alzó la mirada justo cuando distinguió las siluetas negras descendiendo con precisión casi militar. No hubo sobresaltos. No hubo sorpresa. Algo en su interior ya lo sabía. Reconoce los guardaespaldas de Kevin.—Han venido por mí… —murmuró.Minutos después, golpes suaves pero firmes resonaron en la puerta. Leah respiró hondo antes de levantarse. Caminó despacio, como si cada paso necesitara ser aprobado por el pequeño latido que llevaba dentro. Abrió.Tres hombres de traje oscuro la saludaron con respeto.—Señora Hill —dijo uno de ellos inclinando levemente la cabeza—. El señor Kevin ha ordenado que la traslademos a Bella Vista de inmediato. él tuvo una emergencia, pero la seguridad suya es siempre lo primordial.No hubo preguntas. No hubo resistencia. Y saber que su es
NO ESTA PREPARADO PARA LA CAÍDA
Leah observa desde la ventana el paisaje, rntonces para evitar llegar muy temorano y sentirse sola en la Villa realiza un pedido.—¿Podríamos mdetenernos en un centro comercial? Me gustaría ver algunas opciones allí — Su voz era baja.— Claro señora — Fue la respuesta del Guardaespaldas que iba al lado del chofer.El vehículo se detuvo frente al centro comercial con una suavidad casi imperceptible. Leah observó a través del vidrio polarizado durante unos segundos antes de bajar. Bella Vista la recibía con su movimiento habitual, con personas que iban y venían sin saber que dentro de ella se libraba una batalla silenciosa entre la calma y la inquietud.—Solo un momento —dijo con voz serena al chófer—. Luego iremos a la villa.El guardaespaldas asintió de inmediato, colocándose a su lado. Leah avanzó despacio, una mano descansando de manera casi instintiva sobre su vientre. Aún no era visible, aún no había señales externas, pero ella lo sentía. Sentía esa vida como una presencia constan
NO ES FACÍL PARA ÉL
La clínica privada se alzaba silenciosa en medio de la madrugada asiática, demasiado blanca, demasiado pulcra, como si intentara borrar con paredes impolutas la violencia de lo ocurrido una semana atrás. El accidente había sido muy fuerte. Una colisión nocturna en una carretera secundaria, lluvia intensa, visibilidad casi nula. El vehículo había salido de la vía tras un impacto lateral, girando varias veces antes de detenerse contra una estructura metálica. El informe era claro: politraumatismos, fracturas menores, múltiples contusiones y una lesión cerebral traumática que la mantuvo en coma inducido durante días.Una semana.Siete días suspendida entre la vida y la muerte.Hasta ayer.Kevin escuchaba la explicación del médico sin parpadear, de pie frente al escritorio, con las manos enterradas en los bolsillos del pantalón. Cada palabra parecía rebotar en su pecho antes de hundirse como una astilla.—El despertar fue estable —continuó el doctor—. Confusión temporal, desorientación le
CONFUSIONES Y TEMOR.
Kevin caminó sin rumbo por los pasillos de la clínica hasta encontrar un rincón apartado, casi oculto, donde el murmullo del hospital apenas llegaba. Se sentó lentamente, apoyando los antebrazos sobre los muslos, inclinando el torso hacia adelante como si el peso del mundo se hubiera concentrado de golpe en su espalda.Y entonces… se quebró. No fue un llanto inmediato. Primero llegó el temblor en las manos. Luego la presión en el pecho. Después, el aire que no alcanzaba. Se llevó ambas manos al rostro y cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera borrar lo que acababa de vivir. Pero no. Nada desaparecía. Dulce estaba viva. Y si esto hubiera ocurrido hace 6 meses, que ella estuviera viva sería como tocar el cielo para él, peri la realidad se había vuelto cruda y dura para él.Las lágrimas comenzaron a caer en silencio, una tras otra, sin sollozos exagerados, sin sonidos que alertaran a nadie. Lloraba como lloran los hombres que jamás se permiten hacerlo: con el cuerpo rígido, la ma
LOS TEMORES DE ELLA
La tarde avanzaba con una calma casi irreal en la Antigua Mansión Hill. El sol se filtraba por los ventanales altos, bañando el salón de tonos dorados y tibios, mientras el suave tic-tac de un reloj antiguo marcaba un tiempo distinto, uno más lento, más humano. Leah sostenía entre sus manos la pequeña prenda que había comenzado a tejer junto a Isabel; el hilo descansaba ahora sobre su regazo, olvidado por unos segundos, porque había algo en su pecho que pedía salir. Isabel la observaba con atención, con esa mirada serena que parecía ver más allá de las palabras. No la apuró. Nunca lo hacía. Sabía que Leah hablaría cuando estuviera lista. —Abuela… —comenzó Leah al fin, con la voz suave, casi temblorosa. Isabel giró levemente el cuerpo hacia ella, dejando las agujas de tejer a un lado, entregándole toda su atención. —Dime, querida. Leah respiró hondo. Se llevó una mano al vientre de forma instintiva, como si buscara anclarse a algo firme antes de continuar. —Yo… estoy feliz.
HABLAR CON SU ABUELA ES LA CALMA MÍNIMA
El primer movimiento fue casi imperceptible. Kevin estaba de pie junto a la ventana cuando lo sintió, más que verlo. Un cambio en el aire. El sonido del monitor alterándose apenas. Se giró de inmediato, el pulso acelerándose sin permiso. Dulce abrió los ojos lentamente. El parpadeo fue torpe, confuso. Sus pupilas tardaron en adaptarse a la luz tenue de la habitación. Durante un segundo, pareció no entender dónde estaba. Luego… lo vio. Kevin. El efecto fue inmediato. Dulce bajó la cabeza de forma instintiva, como si hubiera sido sorprendida haciendo algo indebido. Sus manos se movieron con nerviosismo sobre las sábanas, aferrándose a ellas. Había miedo en ese gesto. Un temor silencioso, contenido. Aquello sacudió a Kevin más que cualquier palabra. —No… —dijo de inmediato, acercándose un paso—. No bajes la cabeza. No conmigo. — Su voz salió más firme de lo que se sentía por dentro. Dulce levantó apenas el rostro, dudosa, y sus ojos se encontraron con los de él. Seguían siendo lo
LA URGENCIA DE ÉL
La noche cayó sobre la Villa La Matilde con una lentitud casi cruel. No hubo viento, no hubo sonidos ajenos que rompieran el silencio. Las luces exteriores iluminaban los jardines con una elegancia fría, pero dentro de la casa todo parecía más grande, más vacío. Leah caminaba descalza por el pasillo, envuelta en una bata ligera, sintiendo que cada paso resonaba demasiado fuerte en su propia cabeza. Kevin no estaba.Lo sabía desde hacía horas, pero el peso real de su ausencia se había asentado recién ahora, cuando la noche avanzaba y no había mensajes, ni llamadas, ni una excusa nueva a la que aferrarse. Leah se detuvo frente a la ventana del dormitorio principal. La ciudad brillaba a lo lejos, indiferente, ajena a la tormenta silenciosa que crecía dentro de ella. Se llevó ambas manos al vientre, aún pequeño, casi imperceptible bajo la tela. Ese gesto se había vuelto automático, un refugio, una manera de recordarse que no estaba completamente sola. Cerró los ojos. —Papá dice que son
LO QUE AMBOS NECESITAN
Después del encuentro, de los besos, del abrazo, de sentirse el uno al otro, el sueño los alcanzó sin aviso. No fue un cansancio físico lo que los venció, sino algo más profundo: la necesidad de sostenerse el uno al otro sin preguntas, sin explicaciones, sin el peso del mundo presionando sus hombros. Kevin y Leah quedaron abrazados, como si el cuerpo hubiera entendido antes que la mente que allí, en ese contacto, había un breve lugar seguro. Kevin dormía de lado, su brazo rodeando la cintura de Leah, su mano reposando con naturalidad sobre su pequeño vientre. No era un gesto consciente, sino instintivo, casi primitivo. Necesitaba sentirla. Necesitaba sentirlos. El silencio de la habitación era espeso, interrumpido solo por sus respiraciones acompasadas. Cuando Kevin abrió los ojos, no supo cuánto tiempo había pasado. La luz había cambiado; ya no era el amanecer dorado, sino una claridad suave que se filtraba con timidez. Parpadeó un par de veces, aún atrapado entre el sueño y la vig