All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 161
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HEREDERO UNIVERSAL
El despacho seguía en penumbra. Afuera, la madrugada apenas comenzaba a rendirse ante un amanecer distante, pero dentro de Kevin Hill no había claridad alguna. El silencio era denso, casi sofocante, y su corazón… su corazón parecía sangrar en un dolor mudo, constante, imposible de ignorar. Se había quedado sentado durante largos minutos sin moverse, con la mirada perdida en la nada, como si el tiempo hubiera decidido abandonarlo también. Nada en él estaba en calma. No había paz. No había orden. Solo una presión brutal en el pecho que no cedía. Kevin pasó una mano por su rostro, cansado, derrotado de una forma que jamás había conocido. No era el cansancio del poder ni del dinero, era el agotamiento de amar sabiendo que se está a punto de perderlo todo. De pronto se puso de pie. La decisión fue impulsiva, nacida del corazón, no de la razón. Tomó las llaves del vehículo sin pensarlo demasiado, como si quedarse un segundo más en la Villa Hill pudiera terminar de romperlo. Aban
NO TE ARREPIENTAS DE PERDERME MI ESPOSO CEO
Leah fue dada de alta a tempranas horas aunque con varios cuidados catalogado como necesarios.La Villa La Matilde estaba en silencio. Un silencio extraño, pesado, como si incluso las paredes supieran que algo definitivo estaba a punto de ocurrir. El atardecer entraba por los ventanales, tiñendo todo de tonos cálidos que contrastaban cruelmente con el frío que se sentía en el ambiente. El médico fue claro, directo, casi severo con Kevin en el informe: reposo, cero alteraciones emocionales, tranquilidad absoluta. El embarazo seguía siendo delicado. El peligro no había desaparecido del todo. Kevin había leído absolutamente todo como padre del hijo. Había prometido cumplirlo. Pero había una verdad que no podía seguir posponiendo. Y a Kevin Hill le pesaba aceptar.Leah estaba sentada en uno de los sillones del salón principal, envuelta en una manta suave. Su piel aún conservaba la palidez del hospital, pero su vientre sobresalía levemente, recordándole a cada segundo que no estaba
UNA VISITA
La luz de la tarde se filtraba suavemente por las cortinas de la habitación de Leah, dibujando sombras largas sobre las paredes claras. Estaba sentada en el borde de la cama, con las manos entrelazadas sobre el vientre, respirando despacio, como si cada inhalación fuera un pequeño acto de valentía. Desde que había regresado a la Villa La Matilde, el silencio se había vuelto distinto: no era paz, era una pausa cargada de significado. Unos golpes suaves en la puerta la sacaron de sus pensamientos. —Señora Leah —dijo Ana con delicadeza—, Liliana Ferretti ha llegado. Está en la sala. Leah cerró los ojos un segundo. Sabía que esa visita no era casual, ni ligera. Y que tarde o temprano Liliana vendría a verla. —Gracias, Ana —respondió con voz serena—. Dile que bajo en unos minutos. Ana asintió y se retiró. Leah permaneció inmóvil, como si necesitara reunir fuerzas invisibles. Se puso de pie con cuidado, caminó hasta el espejo y se observó. Su rostro estaba más delgado, sus ojos con
SE QUEDO, PERO SIN REGRESAR.
Kevin había tomado la decisión de quedarse en un exclusivo bar de la Ciudad, Arturo aquello lo había sentido raro, Kevin Hill no era de aquellos que prefería quedarse en un lugar a beber, pero ahora era aquello lo que tenía ante sus ojos. — Señor — murmura Arturo con cautela, no acostumbraba a cuestionar las acciones de su jefe, pero sentía que él mismo no estaba bien — Va a disculpar mi atrevimiento, pero ¿Se encuentra bien? Kevin le presta atención bajando la copa que sostenía en la mano. — Ya no días buenos o malos Arturo, ahora son solo días, estoy bien, pero no estoy en donde quisiera estar — Aquella respuesta fue suficiente para que Arturo sintiera la frustración del CEO.Lo único que Arturo podía hacer era mantener al margen y ser su acompañante, 25 minutos después Kevin toma la decisión de abandonar el bar.La Mansión Hill estaba iluminada, pero no cálida. Cada lámpara encendida parecía cumplir una función mecánica, como si la casa supiera que debía recibir a su dueño, aunq
NO SABES NADA
Habían pasado dos días desde la visita de Liliana Ferretti, dos días en los que la Villa La Matilde recuperó una calma aparente. Leah ya se encontraba físicamente mejor; los mareos habían disminuido, el cansancio era más llevadero y el médico había confirmado que el embarazo avanzaba con normalidad. Sin embargo, el cuerpo podía sanar más rápido que el corazón. Esa mañana, Leah despertó antes de que el sol terminara de alzarse. Permaneció recostada, observando el techo, escuchando el sonido distante de la casa despertando lentamente. Su mano, casi por reflejo, se posó sobre su vientre. Ese gesto se había convertido en su ancla, en la única certeza firme en medio de todo lo que había perdido. Extrañaba a Kevin. La admisión de ese sentimiento la hizo cerrar los ojos con fuerza. No quería hacerlo, no quería seguir aferrándose a alguien que había elegido otro camino. Pero el corazón no entendía de decisiones racionales. Extrañaba su voz, su presencia silenciosa, incluso esa frialdad que
SUS CELOS
El parque estaba envuelto en una calma engañosa. Henry levantó la vista hacia ella, y por primera vez, su mirada no era la de un hombre que provocaba. Era la de alguien que comprendía demasiado tarde. —Tus ojos —dijo—. No brillan así por amor roto solamente. Brillan así cuando hay algo más grande que tú misma. Por eso te lo digo. Leah tragó saliva. —No fue planeado —susurró—. Nada de esto lo fue. Henry asintió lentamente. —Nunca lo es. Hubo un silencio entre ellos. Uno distinto. No incómodo. No hostil. —Leah… —dijo entonces—. Yo… tengo que pedirte perdón. Ella lo miró, sorprendida. —Por Dulce —continuó—. Por decírtelo de esa manera. No pensé… no imaginé que estabas en ese estado. Fui cruel. Leah apretó los labios, conteniendo el temblor. —No —negó suavemente—. Yo tenía derecho a saberlo. Aunque doliera. Henry bajó la mirada, visiblemente afectado. —Aun así… —levantó la vista de nuevo—. Lo siento. Ese “lo siento” no era superficial. Era real. Algo en él se
SU MAYOR CASTIGO
Kevin Hill regresó a Hill Enterprises como una tormenta contenida. No alzó la voz, no dio órdenes innecesarias, no golpeó nada… pero todos en el edificio sintieron el cambio. Había algo en su andar, en la rigidez de sus hombros, en la manera en que su mandíbula permanecía apretada, que advertía peligro. Kevin no estaba simplemente molesto. Estaba ardiendo por dentro. El ascensor privado se cerró tras él con un sonido seco. El reflejo de las paredes metálicas le devolvió la imagen de un hombre impecable, poderoso, dueño de imperios… y absolutamente derrotado por sus propios pensamientos. Henry Morgan. El nombre martillaba su cabeza desde que había salido de la Villa La Matilde. Aquel nombre tal parece estar ligado a su pasado y su presente, aunque él sabía que aún no era el momento de ajustar cuentas con él, Kevin sabía que cuando aquel momento llegue no le temblará el pulso y tampoco habrá vacilaciones mucho menos arrepentimientos, aunque había que marcar las pautas, le dolía
UNA INVITACIÓN
Los días comenzaron a deslizarse uno tras otro con una calma engañosa, como si el mundo hubiera decidido fingir normalidad mientras, por dentro, todo permanecía roto. Leah despertaba cada mañana en la Villa La Matilde con una sensación extraña en el pecho. No era solo tristeza. Era una mezcla de ausencia, nostalgia y una responsabilidad inmensa que latía dentro de ella con cada respiración. Su mano, casi de forma inconsciente, buscaba siempre su vientre al abrir los ojos, como si necesitara confirmar que aquello seguía siendo real. Su bebé. Ese pequeño ser era ahora su ancla, su razón para levantarse, para sonreír incluso cuando el alma le dolía. A veces, mientras se sentaba junto a la ventana y dejaba que la luz de la mañana acariciara su rostro, Leah cerraba los ojos e imaginaba cómo sería su hijo o hija. Se preguntaba si tendría los ojos de Kevin, ese azul profundo que ahora le dolía recordar, o si heredaría su propia mirada serena. Extrañaba a Kevin. No importaba cuánto inten
La extraña.
El aroma del café recién hecho se mezclaba con un silencio incómodo en la Villa Hill. Kevin estaba de pie frente a la encimera de la cocina, con una barra de chocolate entre los dedos, observándola como si fuera un objeto extraño… y al mismo tiempo indispensable. No era la primera del día. De hecho, ya había terminado dos desde que despertó. Mordió otro trozo sin culpa. Había algo casi desesperado en la necesidad. No era hambre exactamente, era otra cosa. Algo profundo, instintivo. Kevin lo sabía. Y por eso mismo, ese antojo le resultaba tan dolorosamente tierno. Eran los antojos qué provocaba el embarazo de Leah. Es por ti… pensó, sin atreverse a decirlo en voz alta. Es por nuestro bebé. Dulce apareció en el umbral de la cocina envuelta en una bata clara. Su rostro aún conservaba esa palidez que hablaba de los años perdidos, del cautiverio, del sufrimiento. Kevin la vio de reojo antes de que ella hablara. —¿Chocolate otra vez? —preguntó Dulce, con una sonrisa leve, casi f
ELEGIR SIGNIFICABA PERDER
La noche había caído sobre la Villa Hill con una quietud engañosa. No había viento, no había sonidos que rompieran la calma artificial de aquel lugar que alguna vez fue sinónimo de orden y control. Dulce estaba sola en la habitación principal, sentada en el borde de la cama, con el portátil abierto sobre sus piernas temblorosas. Había tardado horas en decidirse. Durante días había sentido esa opresión en el pecho, esa sensación constante de que algo no encajaba, de que había piezas faltantes en la vida de Kevin Hill. Él estaba allí, sí. Dormía en la misma casa, compartía la misma mesa, incluso la misma cama… pero su alma no estaba con ella. Y Dulce lo sabía. Sus dedos dudaron antes de presionar el mouse una vez más. El nombre ya estaba escrito en la barra de búsqueda, como si su inconsciente lo hubiese hecho por ella. Kevin Hill. Miles de resultados aparecieron, artículos financieros, entrevistas, galas, titulares sobre el imperio Hill Enterprises. Ella ya conocía esa parte. Sie