All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 181
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MAMÁ VA A PROTEGERTE
Hill Enterprises estaba envuelta en un silencio tenso aquella mañana. No era el silencio habitual de eficiencia y concentración, sino uno cargado de urgencia, de nervios contenidos y miradas esquivas. Kevin Hill permanecía de pie frente a los ventanales de su despacho, con la ciudad de Bella Vista extendiéndose bajo sus pies como un tablero de ajedrez que, por primera vez en su vida, no sabía cómo mover. La imagen de Leah, fría, distante, con esa mirada herida que no necesitó gritar para destrozarlo, se repetía una y otra vez en su mente. Me crees tan estúpida, Kevin Hill. Esas palabras habían calado más profundo que cualquier acusación pública, más que cualquier traición empresarial. Porque Leah no solo dudaba de él como CEO. Dudaba de él como hombre. Kevin cerró los ojos y apoyó ambas manos sobre el vidrio frío. Todo esto estaba convirtiéndose en un calvario para el CEO. —Maldita sea… —murmuró entre dientes. La puerta de su despacho se abrió con rapidez, rompiendo el silencio.
LE TRAE EL ALMUERZO
El día avanza en medio del caos oculto y las decepciones en el corazón. Entre tanto, la llegada de Dulce a Hill Enterprises no fue anunciada.No hubo llamadas previas, ni mensajes, ni advertencias. Simplemente apareció, como lo había hecho tantas veces en el pasado, con una vianda cuidadosamente preparada entre sus manos y una expresión serena que no lograba ocultar del todo el cansancio que se le acumulaba en el rostro. La recepción la reconoció de inmediato. —La señora Hill —susurraron casi con respeto. Dulce sonrió apenas, una sonrisa tenue, apagada. Sus pasos eran lentos, medidos. Llevaba un vestido claro, demasiado holgado para su figura delgada, y el cabello recogido de forma simple. No había rastro de la mujer radiante que solía deslumbrar en eventos y portadas; en su lugar, había alguien pálida, con ojeras marcadas y una fragilidad que parecía adherirse a su piel. Kevin se encontraba en una junta. Una reunión tensa, cargada de cifras, documentos y estrategias. Su mente es
Solo espero que no te arrepientas de perderme
El silencio en la habitación de Leah era distinto esa mañana. No era el silencio apacible que había aprendido a tolerar durante las últimas semanas, sino uno cargado de decisiones. Sobre la cama, cuidadosamente doblada, reposaba una maleta que no solía estar allí. Leah la observaba de pie, con una mano apoyada en el vientre y la otra descansando sobre el respaldo de una silla, respirando despacio, como si cada inhalación le diera el valor que necesitaba. Había tomado la decisión y no había marcha atrás, lo único que dejaría atrás sería a Kevin Hill y el error de pensar que con él había futuro cuando la realidad era cruda y totalmente opuesto a aquello que ella esperaba. El suave golpeteo en la puerta la hizo girar el rostro. —¿Señora Leah? —la voz de Ana sonó cautelosa—. ¿Puedo pasar? Leah cerró los ojos un segundo antes de responder. —Sí, Ana… pasa. La mujer entró con pasos lentos, y no necesitó más que una mirada para notar lo que estaba fuera de lugar. La maleta. Allí, muda,
SINGAPUR
HORAS DESPUÉS Singapur la recibió con un cielo cubierto, espeso, como si la ciudad intuyera el peso que Leah cargaba en el pecho. El avión privado acababa de aterrizar y, mientras los pasajeros descendían, ella permaneció sentada unos segundos más, con la mano apoyada en su vientre, respirando con lentitud. No era cansancio físico lo que la detenía, sino la certeza de que, al ponerse de pie, ya no habría marcha atrás. Liliana Ferretti aguardaba a su lado, atenta, discreta, pero con una determinación férrea en la mirada. No llevaba el semblante de una asesora legal; era el rostro de una mujer que había decidido proteger a otra, sin condiciones. —Ya está hecho —dijo Liliana en voz baja—. Nadie ha registrado tu nombre en migraciones como figura relevante. Usamos un protocolo alterno. Para el mundo… simplemente desapareciste. Leah asintió despacio. —Eso es lo que necesito ahora —respondió—. Desaparecer sin morir. El trayecto hasta la propiedad privada fue silencioso. Singapur
EMPIEZA A EXTRAÑARLA
Kevin Hill llevaba horas sentado frente al ventanal de su Oficina Presidencial, pero no veía Bella Vista. No veía los edificios. No veía el tráfico constante ni el cielo que comenzaba a tornarse gris con el anuncio de una tarde pesada. Solo sentía. Y lo que sentía era un vacío brutal, profundo, que se le había instalado en el pecho desde la noche anterior. Leah no estaba. No en la Villa La Matilde. No en su habitación. No en su vida. Ese pensamiento lo atravesaba como una herida abierta. Ella había tomado la decisión de abandonar su mundo y lo hizo sin mirar atrás. Había algo distinto en el aire desde la discusión. Algo definitivo. Kevin lo había sentido en la mirada de Leah: no fue rabia, no fue llanto, no fue histeria. Fue decepción. Una decepción tan profunda que dolía más que cualquier grito. —No… —murmuró para sí mismo, apretando la mandíbula—. Ella no puede siquiera pensar que esto es mi culpa, nunca le hubiera quitado sus empresas, no las necesito. Pero su intuición,
PAGANDO EL PRECIO DE SUS DECISIONES
Alguien llego junto a él. Kevin se dio la vuelta. —Señor Hill…Déjeme explicarle como sucedió todo —dijo uno de los guardias, inclinando ligeramente la cabeza—. La señora Leah salió ayer por la tarde. Kevin se detuvo en seco. —¿Cómo que salió? —preguntó, su voz contenida, peligrosa. El jefe de seguridad tragó saliva. —Pidió el coche para ir a un centro comercial. Iba acompañada por Ana. Dijo que ella misma conduciría… como en otras ocasiones. Al ver que estaba con Ana, no hubo inconveniente. Kevin cerró los ojos un segundo. Un segundo demasiado largo. —¿Y el coche? —preguntó. —El coche regresó, señor. Solo… ella no volvió. Ese fue el momento exacto en el que Kevin lo supo. No necesitó más explicaciones. No necesitó escuchar nombres ni hipótesis. Su pecho se contrajo con violencia, como si alguien hubiese apretado su corazón con ambas manos. —¿Cuándo se dieron cuenta? —preguntó finalmente. —Esta mañana, señor. Al no verla bajar para el desayuno. Kevin apretó la mandíbula. A
PENSANDO EN ELLA
Habían pasado setenta y dos horas. Setenta y dos horas en las que Kevin Hill no había dormido más de fragmentos rotos de tiempo. No había probado comida con verdadero apetito, no había sostenido una conversación completa sin que su mente se fugara, inevitablemente, hacia un solo nombre: Leah. La ausencia de ella se había instalado en su pecho como un vacío físico, punzante, casi cruel. No era solo no saber dónde estaba. Era no saber si estaba bien. Si había dormido. Si había comido. Si su vientre —ese vientre que guardaba lo más sagrado de su vida— estaba a salvo. Kevin había movido cielo y tierra, pero con cautela. No con la desesperación visible de un hombre que busca, sino con la precisión fría de un estratega que sabe que cualquier paso en falso podía asustarla, podía hacerla huir más lejos… o peor aún, alterarla. Y él podía soportar perderlo todo, menos eso. Aquella mañana, el despacho estaba en silencio. Las cortinas abiertas dejaban entrar la luz gris de Bella Vista, pero
EL CAMINO CORRECTO
Aquel dia, Singapur amanecía envuelta en una claridad distinta. No era solo la ciudad, no eran los rascacielos reflejando el sol como espejos perfectos ni la armonía exacta entre lo moderno y lo ancestral. Era Leah quien parecía distinta. O quizás, por primera vez en mucho tiempo, estaba exactamente como debía estar. Habían pasado tres días desde su llegada. Tres días en los que el mundo no la había empujado, no la había exigido, no la había roto. Leah despertaba temprano, incluso sin proponérselo. Abría los ojos antes de que la ciudad despertara del todo y permanecía unos minutos en silencio, con una mano descansando de forma instintiva sobre su vientre. Ese gesto ya no le resultaba extraño; era natural, casi sagrado. —Buenos días… —susurraba a veces, sin saber si se dirigía a sí misma o al pequeño latido que crecía dentro de ella. El aire era limpio, distinto al de Bella Vista. No cargaba recuerdos, no pesaba. En aquella propiedad privada —elegante, discreta, rodeada de vegeta
ENCUENTRO DE HERMANAS
BELLA VISTA Kevin aquella mañana se encontraba rodeado de Gerentes, Asesores. Pero los pensamientos del CEO estaban lejos de allí. — Y estos son los proyectos Señor Hill. — No me han convencido — Inclusive Arturo se había sorprendido de las palabras de su jefe, pero entendía sus razones, ahora mismo ninguno de sus proyectos le interesa. Y era raro porque cuando Dulce había muerto supuestamente, Kevin Hill se perdió en el mundo Empresarial, se refugio en sus Negocios en sus proyectos, todo lo opuesto a como era ahora, entonces Leah lo ha marcado más de lo que hizo Dulce. Entre tanto, el ambiente en la Villa Hill se volvió denso entonces Dulce toma la decisión de ir a un Centro Comercial. — Señora Hill ¿Desea ir a Hill Enterprises? — Fue la pregunta del chófer. — Esta vez quiero irme al centro comercial — El chófer asintió abriendo la puerta del vehículo. Cuando Dulce se encontraba recorriendo los pasillos todo su cuerpo se había tensado ante la persona que tenía frente a ella.
AMAR ES A VECES SOLTAR
El día amaneció tibio en Singapur, con una luz dorada filtrándose entre los rascacielos y los árboles que bordeaban las avenidas. Leah caminaba despacio, sin prisa, como si el tiempo por primera vez no la persiguiera. Llevaba un vestido sencillo, de telas suaves que se movían con cada paso, y el cabello suelto le caía por la espalda con naturalidad. No necesitaba joyas ni artificios: había algo distinto en ella, una calma nueva, una paz frágil pero real.Respiró hondo. El aire tenía un aroma distinto al de Bella Vista, menos cargado de recuerdos, menos denso de nombres que dolían. Aquí, nadie la miraba como la esposa de ni como la mujer que perdió. Aquí era solo Leah. Una mujer que caminaba, que sentía, que estaba aprendiendo a sostenerse a sí misma… y a la vida que crecía dentro de ella.Instintivamente, llevó una mano a su vientre aún discreto. Sonrió.—Estamos bien —susurró—. Estamos a salvo.No sabía que, a una distancia prudente, dos hombres observaban cada uno de sus movimientos