All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 191
- Chapter 200
258 chapters
HABLEMOS DE TU CAUTIVERIO
La noche había caído sobre Bella Vista con un silencio espeso, casi solemne. Kevin Hill abandonó Hill Enterprises cuando las luces de la ciudad comenzaban a encenderse una a una, como si marcaran el pulso de una vida que continuaba sin preguntarle si estaba listo. Subió al vehículo sin decir palabra. Arturo, sentado adelante, comprendió que aquella no era una noche para conversaciones innecesarias. La invitación había llegado horas antes: un juego privado de póker, reservado, discreto. Viejos nombres. Viejas caras. Hombres que conocían a Kevin desde antes de que el peso de las decisiones lo volviera más silencioso, más duro… más solo. El salón estaba envuelto en madera oscura, lámparas bajas y humo tenue. El sonido de las fichas chocando unas contra otras marcaba un ritmo constante, hipnótico. Kevin tomó asiento sin esfuerzo, con la naturalidad de quien domina cualquier espacio que pisa, pero había algo distinto en él. No era la arrogancia fría del CEO. Era una quietud peligrosa, un
UNA CONVERSACIÓN
La puerta del vestíbulo se cerró con un sonido seco. Kevin no levantó la voz. No lo necesitaba. Su sola presencia bastaba para imponer silencio. —Siéntate —ordenó Kevin, señalando el sofá sin mirarla siquiera. Dulce tardó apenas un segundo en reaccionar. Un segundo demasiado largo para alguien que decía no tener nada que ocultar. Obedeció. Sus manos se entrelazaron sobre el regazo, los nudillos blancos por la presión. Kevin permaneció de pie frente a ella, con las manos en los bolsillos del pantalón. La camisa oscura, ligeramente desabotonada, dejaba ver la tensión de su cuello. Sus ojos azules no parpadeaban. —Vamos a hablar —dijo con calma—. Y esta vez, vas a decirme la verdad. Dulce levantó la mirada, intentando sostener la suya. —Kevin, yo… —¿Quién te secuestró? —la interrumpió—. —¿Por qué? — Ella flaquea ante esa pregunta. —¿Cuánto tiempo estuviste realmente desaparecida? ¿Y qué parte de esa historia no me has contado todavía? Cada pregunta cayó como una losa. D
ÓRDENES CLARAS Y PRECISAS.
El amanecer en Bella Vista llegó envuelto en una quietud engañosa. La luz del sol se filtraba lentamente entre los árboles, pintando de tonos dorados la fachada impecable de la Villa Hill. Desde la ventana del dormitorio principal, Dulce observaba el exterior con atención excesiva, como si aquel paisaje apacible ocultara una amenaza invisible. Kevin ya se había ido. Lo vio salir sin hacer ruido, con la misma sobriedad que lo caracterizaba últimamente. No hubo despedidas. No hubo miradas prolongadas. Solo pasos firmes, precisos, que se alejaron por el corredor hasta desaparecer. Dulce entrecerró los ojos cuando distinguió el movimiento en el exterior. Uno… dos… tres vehículos. Negros. Discretos. Coordinados. No era un traslado común. Se mordió los labios con fuerza, un gesto involuntario que revelaba más de lo que ella quisiera admitir. Su mano se apoyó contra el cristal frío de la ventana mientras observaba cómo los vehículos abandonaban la propiedad uno tras otro, sin p
LA VILLANA
La Mansión la recibió con un silencio espeso. No era la calma elegante que Dulce recordaba, aquella que olía a poder absoluto y control. Esta vez, el aire estaba cargado, denso, como si las paredes mismas supieran que algo estaba a punto de estallar. El vehículo se detuvo frente a la entrada principal. Dulce bajó sin ayuda, erguida, con pasos firmes, aunque por dentro cada latido marcaba un compás distinto. No había venido a improvisar. Había venido porque la habían llamado… y porque cuando la llamaban desde allí, no era por trivialidades. Al cruzar el umbral, los vio. Alana estaba de pie, junto a la mesa central del salón. Impecable como siempre, pero con una rigidez que delataba nervios. A su lado, ligeramente recostado contra una columna, estaba Gabo. Dulce sintió un ligero estremecimiento al verlo. No por miedo. Por asco. —Vaya… —dijo Dulce, rompiendo el silencio—. Esto sí que es una reunión inesperada. Alana fue la primera en reaccionar. —Señora Dulce —saludó, con una l
UN AMOR QUE ARDE
Singapur guardaba una belleza peculiar en la madrugada.Una mezcla de luces cálidas, aromas frescos y un murmullo constante que nunca desaparecía. Leah lo había notado desde el primer día, pero ahora, al cumplirse casi una semana desde su llegada, esa misma ciudad que la había recibido como un refugio empezaba a sentirse… demasiado grande.Demasiado vacía.Aquella mañana, despertó con un suspiro. Pasó una mano por su vientre, aún pequeño, pero para ella lleno de vida.—Buenos días, mi amor… —susurró—. Hoy mamá se siente un poco más fuerte.Era extraño, pensó, cómo un sentimiento podía dividirla por dentro.Por un lado, estaba la paz de haber escapado del tormento, de las intrigas, del dolor.Por otro, una añoranza que se clavaba cada día más profundo.Kevin.Ella esperaba que la distancia la liberara, pero cada amanecer era una punzada nueva.Lo recordaba en todo: sus manos grandes, su voz baja y firme, sus ojos azules que la consumían, la manera en que pronunciaba su nombre cuando cr
UNA PREGUNTA
— Vamos conmigo, necestamos hablar — Ella acepto y salieron del centro Comercial.Kevin condujo sin decir una palabra, una mano firme en el volante y la otra sosteniendo suavemente la de Leah, como si temiera que ella se desvaneciera si la soltaba.Leah observaba por la ventana del auto, con el corazón desbocado. No sabía qué pensar. No sabía si debía sentirse tranquila… o aún más confundida.Momentos atrás, Kevin había irrumpido en su mundo como una tormenta. La había besado como si se estuviera ahogando y ella fuera su único oxígeno. La había abrazado como si quisiera sellarla dentro de su pecho. Y ahora, estaba llevándola a un lugar desconocido.—Kevin… —murmuró ella, rompiendo el silencio—. ¿A dónde vamos?Kevin apretó ligeramente su mano sin apartar la mirada del camino.—A casa —respondió él con voz baja, firme—. A mi villa aquí en Singapur. Leah sintió una mezcla de alivio y nerviosismo. Sabía que resistirse a él era inútil. No después de cómo la había encontrado. No después d
LA MÁSCARA A CAÍDO
Bella VistaDulce Navarro caminaba de un lado a otro en la amplia sala de estar como un animal enjaulado. La mansión estaba silenciosa, demasiado silenciosa para su gusto. Cada taconeo parecía un golpe de martillo en la oscuridad. Kevin no regresaba a la Villa y eso era un tormento para ella.Las luces de la casa estaban encendidas, todas, porque a Dulce le irritaba la oscuridad. Sus manos estaban heladas y sin embargo transpiraban. Trató de sentarse en el borde del sofá, pero apenas lo hizo se levantó de inmediato. No podía estar quieta. No hoy. No con ese silencio que le arañaba la mente.—Debe estar por llegar —murmuró para sí, apretando las uñas contra sus palmas—. Claro que vendrá. Siempre vuelve. Siempre…Pero su propia voz sonó hueca, como si se burlara de ella.Se acercó a la ventana enorme que daba al jardín principal. Desde allí veía la entrada y el portón automático. Tenía la esperanza absurda de que, quizá, en ese instante, las luces de un auto aparecieran. Nada.El reloj
UN NUEVO ENCUENTRO DE SUS ALMAS
La villa en Singapur estaba sumida en una quietud suave, casi reverencial, como si el aire mismo entendiera que aquella noche no era como las demás. Kevin había encendido apenas un par de lámparas cálidas, creando un ambiente donde las sombras se mezclaban con la luz en una danza íntima.Leah se encontraba frente a la ventana, mirando el jardín iluminado por pequeñas luces incrustadas en el suelo. Su mano acariciaba su vientre de manera inconsciente, un gesto que Kevin observó desde la puerta con un nudo en la garganta.Ella no se había percatado de que él la miraba. Su silueta, iluminada por la tenue luz exterior, lo dejó sin aire.Había pasado días, semanas enteras con la sensación de que la vida se le escapaba entre los dedos sin ella. Y ahora, teniéndola a pocos pasos, el corazón le temblaba.—Leah… —susurró con una voz baja, casi rota.Ella giró lentamente. Sus ojos celestes lo observaron, y algo en esa mirada derritió la última muralla que Kevin todavía tenía en pie.No era una
LA ORDEN DE LA DESTRUCCIÓN
La noche había caído sobre Bella Vista con un silencio espeso, el tipo de silencio que presagiaba ruptura, caos, destrucción. La Mansión se sentía fría, como las emociones de la mujer que habitaba en ella. Dulce caminaba de un extremo a otro en su habitación, con el teléfono aún tirado en el suelo donde lo había lanzado minutos antes. Sus pasos eran rápidos, inquietos, casi frenéticos. Su respiración era irregular, como si cada bocanada de aire le costara esfuerzo.El rostro de Dulce era un retrato de descomposición emocional: sus ojos vidriosos, su mandíbula tensa, una media sonrisa que no llegaba a ser tal, más bien un tic nervioso. Sus dedos se arqueaban y deslizaban por su propio brazo, como si buscara sostenerse a sí misma. —Kevin… ¿por qué? —susurró, con la voz rota, mientras hundía los dedos en su cabello. —¿Por qué me haces esto? Tú y yo seríamos muy felices juntos, pero estas tomando otro rumbo y déjame decirte que no te conviene Kevin Hill. La confirmación ya no era nece
Ataque
Arturo llevaba horas revisando los reportes internos de Hill Enterprises, documentos que normalmente se mantendrían estables, predecibles, ordenados como la estructura sólida que la compañía había mantenido durante décadas. Pero esa tarde algo no encajaba. Desde su piso ejecutivo, rodeado de pantallas internas que monitoreaban movimientos financieros, transferencias y operaciones globales, Arturo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —Esto no es normal… —murmuró con el ceño fruncido. Activó el protocolo de análisis profundo. Las luces de la sala se atenuaron automáticamente y los hologramas comenzaron a reorganizarse. Los números giraban, se expandían, se contraían, y finalmente se estabilizaron en un patrón claro y perturbador. Ataques. Pero no ataques comunes. No eran intentos impulsivos, no eran errores de principiantes. Eran golpes limpios, precisos, como si alguien hubiese estudiado por años los puntos débiles del sistema. Ataques quirúrgicos, diseñados para colapsar to