All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 211
- Chapter 220
258 chapters
ELLA LLEGA
El pasillo del sanatorio estaba sumido en un silencio espeso, apenas interrumpido por el pitido constante de las máquinas dentro de la sala donde Kevin yacía conectado, inmóvil, luchando por mantenerse con vida. El aroma a desinfectante impregnaba cada rincón, y las luces frías del techo parecían intensificar el ambiente tenso que envolvía el corredor.Leah permanecía sentada en la estrecha banca metálica frente a la puerta, con los dedos entrelazados tan fuerte que los nudillos se le habían puesto blancos. Desde que recibió la información de que el hombre que ama había sido ingresado no había podido descansar ni un solo minuto y aunque sabe que tiene que descansar por el bebé, Leah no podia y la única manera de estar tranquila era estando por lo menos en la misma Clínica que él.Cada sonido, cada paso, cada apertura de puerta hacía que su corazón se agitara con el temor de recibir malas noticias. Arturo, de pie junto a ella, cruzado de brazos, trataba de mantener la compostura, aunqu
NO ME VOY A IR
El pasillo del sanatorio pareció volverse más estrecho cuando Dulce Navarro atravesó las puertas automáticas. Era como si el aire mismo se tensara a su paso. Su figura alta, envuelta en un abrigo beige perfectamente ajustado a su cuerpo, contrastaba con la palidez del ambiente hospitalario. Su caminar era elegante, calculado, casi demasiado preciso para alguien que afirmaba haber pasado dos años encerrada. Su cabello caía en ondas suaves y brillantes sobre sus hombros, y sus labios pintados de rojo se curvaron en una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Era como si hace unas horas ella no hubiera cometido un crimen.—¿Cómo están? —saludó con voz clara y melodiosa mientras se acercaba hacia ellos.El inspector Méndez ladeó la cabeza, como evaluándola. Arturo endureció la expresión, claramente incómodo. Pero fue Leah quien la observó con un escalofrío recorriéndole el cuerpo. Algo en Dulce parecía fuera de lugar, demasiado perfecto… demasiado estudiado.—Dulce… —murmuró Arturo, sin poder
A PUNTO DE COLISIONAR
El amanecer llegó sin belleza alguna. El cielo de Bella Vista amaneció cubierto por nubes de un gris pesado, como si la tormenta hubiera decidido quedarse habitando para siempre en la ciudad. Los ventanales del sanatorio repelían las gotas insistentes que comenzaban a caer otra vez, y en los pasillos todavía se percibía el eco de la noche de caos y de sirenas.Leah llevaba horas sentada en la misma silla, sin moverse más que para levantarse a pedir informes o caminar de un lado a otro cuando la ansiedad la superaba. No había dormido. Casi no había parpadeado. Cada sonido del monitor de Kevin la mantenía en vilo. Arturo, sentado a su lado, mantenía su postura rígida, intentando proyectar control, pero los hombros tensos lo delataban.Dulce, en cambio, había logrado dormir una hora ya que según ella el médico del turno nocturno le facilitó una dosis mínima de un relajante. Había despertado con el rostro impecable, como si la noche no la hubiera rozado en lo absoluto. Estaba sentada a u
ELLA ES LA DUEÑA DE TODO
Dulce se quedó inmóvil frente a la puerta secundaria de la habitación donde Kevin Hill estaba conectado a máquinas. Su mano tembló ligeramente sobre el picaporte. No la usual vibración de alguien nervioso… sino un temblor profundo, involuntario. Un temblor que nacía en el estómago, subía por el pecho y se le alojaba en la garganta.Por primera vez en mucho tiempo, tenía miedo. Miedo de que alguien la amenazara de la manera en la que Leah lo hace, incluso el silencio de ella, pesa para Dulce. El murmullo distante de los enfermeros, el eco de las ruedas de una camilla moviéndose en otra área… nada lograba opacar la sensación de que algo se desmoronaba dentro de ella. Intentó respirar hondo, pero el aire parecía no querer entrar.—Contrólate —susurró en voz apenas audible. — Ya llegaste hasta quí Dulce.Pero su propio tono la traicionó: no sonaba firme, ni segura, ni mucho menos poderosa.Sonaba…temerosa.Dulce cerró los ojos con fuerza, tratando de recomponer su máscara. Imaginó su ros
SEGUIR SUS ÓRDENES
La mañana avanzaba lenta, tensa, como si el aire dentro de la clínica privada estuviera aprisionado entre paredes que ya habían presenciado demasiados secretos. Leah Presley llevaba más de diez horas sin dormir, con la ansiedad punzándole los nervios como agujas ardientes. Se había quedado sentada al borde del pasillo, con la vista fija en la puerta donde Kevin permanecía conectado a máquinas que mantenían la vida latiendo dentro de él. Pero algo la alertó de inmediato. Había un silencio extraño. Una ausencia. Dulce. Leah se enderezó en la silla con una intuición visceral. No la veía desde hacía más de veinte minutos en los que dijo que vería a Kevin. —¿Dónde está? —susurró para sí misma, sintiendo un frío que comenzó en la nuca y bajó por la columna — Creo que ni siquiera has entrado a verlo. Antes de que pudiera levantarse por completo, el teléfono de Arturo sonó. Pero no con el tono habitual que él usaba para llamadas de rutina. Esta vez era un sonido breve, cortante, q
UNA BATALLA
Leah había pasado los últimos minutos de pie frente a la ventana del piso reservado de la clínica, mirando sin ver el cielo nublado que anunciaba otra tormenta. Kevin estaba estable dentro de su gravedad, y ese pequeño rayo de esperanza era lo único que mantenía su respiración bajo control. Pero desde que Dulce desapareció, desde que los abogados confirmaron la devastadora verdad financiera, la atmósfera había cambiado. Ya no era solo preocupación. Era estrategia. Era guerra. Y era hora de moverse. Sacó su teléfono y marcó un número que prácticamente ya tenía memorizado desde su adolescencia. —Liliana —susurró cuando la llamada conectó. La voz de la asesora de los Presley respondió con su tono pulido y seguro: — Leah ¿Estás bien? Ana y yo estamos muy preocupadas por ti.— Hay sucesos graves Liliana. Leah cerró los ojos.— ¿Muy graves Leah? —Necesito que vengas a la clínica. Ahora. —Deme quince minutos — La llamada termina. La asesora de los Presley llegó en once. La mujer
EL SILENCIO EN EL ENTORNO DEL CEO
La notificación llegó antes de que el sol terminara de descender: los abogados de Kevin recibieron oficialmente la demanda de divorcio. El sobre lacrado, el sello de la jueza y el nombre de Dulce Navarro de Hill encabezando el documento confirmaban que ella ya había movido su primera gran pieza. Había dejado en quiebre a Kevin y ahora el hombre era lo menos que le importaba.Pero, por otra parte, Dulce esperaba un estallido inmediato; esperaba llamadas, discusiones, amenazas. Esperaba ver a los abogados de Kevin desesperados, alterados, dispuestos a suplicarle un acuerdo o a enfrentarla con argumentos, cuestionamientos o advertencias. No obstante no hubo nada de eso. El silencio se volvió su enemigo.La mujer tamborileó los dedos sobre la mesa de mármol de la villa que había ocupado, esa que se aseguraba de mantener en penumbra. El móvil reposaba encendido enfrente suyo, mudo, sin un solo mensaje que la mencionara. Su expresión tensa se marcó más cuando exhaló. —¿Por qué no reaccion
SERE FUERTE
Leah regresó a la clínica. A pesar del movimiento constante en los pasillos, todo parecía envuelto en una calma extraña, como si el tiempo dentro del edificio estuviera suspendido. Afuera de la habitación de Kevin, dos guardias uniformados permanecían de pie, firmes, como columnas inamovibles. Eran hombres de confianza de Kevin Hill, y aunque su empleador estaba inconsciente, su lealtad seguía intacta. Cuando vieron a Leah acercarse, enderezaron su postura aún más, inclinando la cabeza con un respeto inmediato. Leah asintió suavemente, manteniendo su rostro impasible. Las cosas habían cambiado y, sin embargo, ellos actuaban como si Kevin siguiera al mando. Aquello solo aumentaba el peso que sentía en el pecho. La doctora salió de la habitación justo cuando Leah estaba por tocar la puerta. —Señora Presley —la saludó la doctora con un tono más cálido del que usualmente usaba—. Me alegra verla aquí. Hay algunas actualizaciones. Leah respiró hondo. —Dígame —pidió sin rodeos. —Kevin
UN ENCUENTRO
La noche había caído sobre la ciudad con una pesadez húmeda y sofocante. Los neones del bar “Black Velvet” parpadeaban en tonos rojos y violetas, anunciando un refugio para almas perdidas, para quienes buscaban algo rápido, fugaz y sin consecuencias. Un lugar perfecto para ella. Dulce cruzó la entrada con tacones que resonaban mientras movía las caderas con una seguridad excesiva, casi violenta. Su vestido ceñido, corto y brillante, no dejaba nada a la imaginación. Nadie podría sospechar que horas antes había firmado documentos que dejaban a un hombre al borde de la ruina. Algunos hombres ya la miraban incluso antes de que llegara a la barra. Y ella lo sabía. Siempre lo había sabido. Pidió un tequila doble. Ni siquiera esperó. Lo tomó de un trago y chasqueó la lengua, como si aún necesitara más fuego para encenderse. —Otro —ordenó. El barman obedeció sin preguntas. Mientras esperaba, Dulce se giró, apoyándose en la barra con un aire descarado, dejando que su mirada ev
DESPERTÓ
El silencio de la habitación era tan profundo que Leah escuchaba con claridad cada latido en su pecho. La madrugada había sido larga, llena de incertidumbres y respiraciones contenidas. El monitor cardiaco de Kevin emitía un ritmo estable, constante, casi como un susurro mecánico que ella agradecía escuchar. Había pasado horas allí, sentada en la silla a su lado, con los dedos entrelazados a los de él, como si ese contacto fuera lo único capaz de anclarlo al mundo. La luz tenue que entraba desde la ventana iluminaba el rostro de Kevin. Su piel se veía pálida, pero no tanto como días atrás. Sus labios tenían más color. Leah lo observó en silencio, estudiando cada detalle como si temiera que el más mínimo parpadeo rompiera el encanto de que él estuviera vivo. Pasó su mano suavemente por su frente, sintiendo el calor tranquilo que indicaba que su cuerpo ya no luchaba en agonía. Con cuidado acomodó la manta sobre su pecho y dejó un suspiro largo, profundo, que parecía llevar semanas atr