All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 31
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DISCUSIÓN
Después de la conversación con su madre, Leah se dirigió hacia otro sector de la villa. —¿Puedo sentarme con usted? —preguntó con suavidad, acomodándose en el asiento junto a la abuela, que aún no había respondido. El día estaba agradable; Isabel leía un libro bajo la sombra de un árbol. —Claro que sí, hija, no necesitas ni preguntar —dijo la anciana, dejando el libro a un lado y sonriendo con ternura—. ¿Cómo la estás pasando? —Muy bien, abuela. Gracias por preguntar. —Me lo imagino. Amanecer con Kevin es un honor para algunas y un sueño para todas —replicó Isabel con picardía. Leah sonrió levemente. —Y no lo digo solo porque sea mi nieto —añadió la anciana, arqueando una ceja. —Yo pensaba que precisamente por eso lo decía —respondió Leah, divertida. Siempre le resultaba fácil hablar con Isabel; la anciana irradiaba cariño genuino. —Pues pensaste muy mal, querida —Isabel soltó una risa suave—. Esta misma tarde tus padres y yo nos iremos a las Islas del Caribe. Así que espero q
QUITA TUS MANOS DE MI ESPOSA
—Cuida tus palabras y tus actos, Leah, cuando hables ante mí —la voz de Kevin se tiñó de una autoridad helada, cada sílaba cargada de amenaza—. Estás advertida. Ningún contrato matrimonial puede salvarte de mí si cruzas mis límites. Y lo sabes. No me conoces, y no te recomiendo descubrir lo cruel que puedo llegar a ser. Sus ojos la taladraban con un fuego contenido, pero Leah, lejos de retroceder, sostuvo la mirada. —Ya he conocido tu lado cruel —replicó con voz firme—. ¿O acaso ya olvidaste que me golpeaste? El aire se volvió denso. Kevin apretó la mandíbula, su rostro se endureció, pero no pronunció palabra alguna. Para sorpresa de Leah, el hombre simplemente guardó silencio, sujetó su chaqueta y se apartó. —Estás advertida —repitió con voz grave antes de salir del despacho, dejando a Leah sola en medio del silencio que dejó su ira. Ella soltó un suspiro profundo, su cuerpo aún temblaba, pero más por la tensión que por miedo. No entendía por qué Kevin no le había reclamado la
LA ABUELA ENVIA TÉ
Leah aprovechó la distracción del hombre y le propinó un golpe certero con la rodilla. El agresor soltó un gemido ahogado antes de desplomarse al suelo. Ella corrió hacia Kevin, quien la tomó del brazo y la colocó detrás de él, protegiéndola con su propio cuerpo.Kevin Hill ajustó su auricular con calma controlada mientras el atacante se reincorporaba tambaleante.—Entréguenlo a las autoridades. Díganles que es un enviado especial de Kevin Hill —ordenó con voz gélida.Los guardaespaldas no necesitaron más. En segundos, tres de ellos aparecieron, reduciendo al hombre con una fuerza impecable. El sujeto quedó inmovilizado en el suelo, jadeando de dolor.Leah soltó el aire que había estado conteniendo y se colocó frente a su marido.—Gracias —susurró, aún con el corazón desbocado.—¿Y si no hubiera aparecido a tiempo? —Kevin la observó con un ceño severo, su voz cargada de molestia.—Yo... —Leah bajó la cabeza, mordiéndose los labios. La pregunta la golpeó con fuerza. ¿Qué habría sido de
LOS TRUCOS DE LA ABUELA
—Voy en un momento —respondió Kevin, posando su intensa mirada azul sobre su esposa. Leah prefirió agachar la cabeza mientras preparaba el té, pero en cuanto el hombre dio el primer sorbo, su expresión cambió. Frunció el ceño, analizó el sabor con desconfianza y luego habló con voz grave. —Leah, no lo bebas. La abuela ha hecho de las suyas otra vez. Ese té tiene un estimulante. Apenas escuchó aquellas palabras, Leah soltó la taza que sostenía. El golpe seco del cerámico al romperse hizo eco en la habitación. Su rostro se tornó pálido y el temblor en su labio inferior la delataba. —Perdón… ahora mismo lo limpio —murmuró con nerviosismo, buscando algo para recoger los pedazos. Kevin, sin embargo, fue más rápido. En unos pasos estuvo frente a ella, su sombra cubriéndola por completo. —¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó con voz dura, la mandíbula tensa. —Voy a limpiar… no quise romperla, solo me sorprendió lo que dijo de la abuela —respondió con un hilo de voz, sin atreverse
GEMIDOS
—Nos veremos cuando estén de regreso en la ciudad —dijo el padre de Leah con una sonrisa diplomática—. Tenemos algunos tratos pendientes, Kevin. —Por supuesto —respondió el hombre, aunque su tono revelaba que lo último que deseaba era prolongar la conversación. Solo quería que sus suegros y su abuela abandonaran la villa cuanto antes. —Mi niño… —Isabel se acercó a su nieto con afecto, mientras Leah despedía a sus padres. —Abuela, ni siquiera pienses que voy a pasar por alto lo que acabas de hacer —advirtió Kevin, cruzando los brazos mostrando un poco de molestia. —¿Perdón? —Isabel fingió inocencia, con esa sonrisa que lo sacaba de quicio. —No te hagas la tonta. ¿Qué tenía el té que me ofreciste? —Absolutamente nada —replicó ella, bajando la mirada con fingida humildad. Kevin suspiró y decidió dejarlo pasar. —Te veré a mi regreso, abuela. Y, por favor, no hagas nada estúpido. —No soy tan estúpida como tú —contestó la anciana con sorna. Aquello arrancó una leve sonrisa a Kevin,
BESO
Cuando Leah abrió los ojos, los primeros rayos del sol se filtraban entre las cortinas de la habitación. Se incorporó lentamente, y tras darse un baño, salió al balcón para contemplar la calma del día. El aire era fresco, el cielo, de un azul perfecto. Permaneció allí unos minutos, intentando despejar su mente, hasta que decidió bajar a desayunar.No esperaba encontrarse con Kevin en el comedor. Apenas lo vio, su mente recordó los sonidos de la noche anterior: los gemidos, la voz de la mucama, el silencio posterior. Sacudió la cabeza enseguida, intentando borrar la escena. No era asunto suyo, se dijo.Caminó hacia la mesa con paso firme. Kevin, al escuchar sus pasos, giró apenas la cabeza.—Buenos días —saludó Leah con cortesía.—Pensé que para ti ya sería buenas tardes —replicó él con tono seco. Era evidente que estaba dispuesto a discutir desde temprano. Leah se limitó a esbozar una mueca.La ama de llaves entró al comedor, rompiendo la tensión.—¿Café, señora?—Sí, gracias —respond
DESPACHO
Leah decidió entrar nuevamente a la casa, pero para su desgracia, Kevin bajaba por las escaleras. —Esta noche tengo una gala —dijo con tono seco—. Y, para mi mala suerte, los socios asistirán con sus esposas. Así que deberás acompañarme. Vestido azul, y escoge un obsequio; lo recaudado será para los niños del orfanato. Solo tienes que hacer una cosa, y espero que lo hagas bien. Su voz carecía de amabilidad. Leah detestaba esos eventos, pero sabía que no podía negarse. Tendría que soportarlo. —¿Alguna otra solicitud? —preguntó con ironía. Kevin la fulminó con la mirada. —Sí. Desaparece de mi vista hasta las ocho de la noche. Sin más, se marchó. Leah soltó un suspiro cansado; lidiar con él era cada vez más difícil. Subió lentamente las escaleras hasta su habitación. Abrió sus maletas buscando algo azul, y para su suerte, encontró un vestido elegante adornado con perlas. La tela era fina, y el corte realzaba su cintura. Sus dedos recorrieron la prenda con cuidado antes de dejarse
GALA DE AZUL
Por supuesto que aquel comentario de Leah encendió el mal humor de Kevin. El hombre la tomó del brazo con fuerza. —¿Puedes explicarme a qué se debe ese comentario? —preguntó con una mirada que ardía de furia—. Te hice una pregunta, Leah, y estoy esperando una respuesta. —Kevin, no te hagas el estúpido. Tú y yo sabemos perfectamente de qué estoy hablando. Pero déjame dejarte algo en claro: no me importa lo que hagas ni con quién lo hagas. Solo te aconsejo tener más cuidado, porque otra persona podría escucharte. Y ya, vámonos; se está haciendo tarde y estás perdiendo tu tiempo... igual que me haces perder el mío. Kevin apretó aún más su brazo, obligándola a contener un gesto de dolor. No obstante, no se quejó. Segundos después, la soltó con brusquedad y ambos avanzaron en silencio hasta la camioneta. Una hora más tarde, el vehículo se detenía frente a la costa. Un lujoso yate los esperaba, rodeado de luces y murmullos. Varios invitados ya se encontraban allí, todos esperando la ll
LÁGRIMAS DE DIAMANTES
—Es injusto que usted llame esposa a otra mujer —dijo Alana con voz temblorosa, aunque su mirada se mantenía desafiante—. Mi señora debía ser la única en su vida. Nadie más debería llevar el apellido Hill, y mucho menos esa mujer… está muy lejos de ser una Hill. Entre ella y la señora Dulce Hill hay una diferencia inalcanzable. Usted la está traicionando, y mi señora no merece eso. Kevin la observó con el ceño fruncido, pero ella continuó: —Por esa razón empujé al camarero. Quería que toda la bebida cayera sobre ella, para que entendiera que no pertenece aquí. Apenas escuchó aquellas palabras, Kevin la sujetó del cuello con una fuerza que le robó el aliento. —No estás calificada para decidir eso, Alana —espetó con la voz cargada de ira—. No tenías, ni tendrás jamás, el más mínimo derecho de hacerlo. — Ya lo hice Señor, y permitame decirle que no hay arrepentimiento. El agarre se volvió más intenso por un segundo antes de soltarla con brusquedad. —Estás despedida. No quiero vol
DORMIR EN LA MISMA CAMA
Cinco minutos después, Kevin recibe el collar. Sin decir palabra, se coloca frente a Leah, su presencia imponente llenando el espacio. —Ya es hora de irnos —dijo con voz grave. Leah asintió y lo siguió. Arturo caminaba tras ellos, en silencio. Durante el trayecto, Leah no pudo evitar pensar que el collar debía ser para Verónica. Kevin no había dudado ni un segundo en pagar treinta y cinco millones de dólares, una cifra que a ella le resultaba inconcebible. Al llegar a la villa, Leah se disponía a subir las escaleras cuando la voz de su marido la detuvo, firme, autoritaria. —Quieta. Ven aquí, Leah. Ella frunció el ceño, agotada de discutir, pero no quería arruinar la noche. Se giró lentamente hacia él. Kevin la observaba con esa mezcla de dureza y control que la intimidaba, aunque sus facciones parecían más suaves de lo habitual. —El collar es tuyo —dijo extendiendo la caja hacia ella. Los ojos celestes de Leah se abrieron de par en par. —Yo… no puedo aceptar algo así —susurró.