All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 41
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NO HAY LUGAR PARA LA CALMA
Leah avanzó por los pasillos silenciosos de la villa. El eco de sus pasos se mezclaba con el leve zumbido del viento que se filtraba por las ventanas, y aquel silencio le resultaba inquietante, casi opresivo. Llegó hasta la cocina y abrió el refrigerador para tomar una botella de agua. Sin embargo, al cerrarlo, un sobresalto la sacudió por completo: estuvo a punto de gritar. Kevin estaba allí, inmóvil, observándola en silencio. Él frunció el ceño ante la reacción exagerada de su esposa. Ambos se quedaron quietos, como si moverse fuera un delito, hasta que Leah exhaló con fuerza, intentando calmar su respiración. —¿Tan horrible soy? —preguntó Kevin, con una voz grave que resonó en la penumbra. Leah lo miró con cautela. —¿Por qué dices eso? —Acabas de asustarte solo con verme. El orgullo masculino de Kevin estaba herido. No le importaba si Leah lo amaba o no, pero su indiferencia lo humillaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. —Me asusté, sí, pero no precisamente por ti
ABRE LA PUERTA
—Leah, la próxima vez que quieras acusarme de algo, ven primero a hablar conmigo antes de juzgarme —la voz de Kevin sonó fría, cortante, cada palabra acompañada de una presión mayor sobre el brazo de Leah—. Para tu información, esposa mía, yo no fui el hombre con quien esa mucama tuvo intimidad. Leah frunció el ceño, soportando el dolor sin emitir un quejido. No iba a darle el gusto de verla suplicar. —¿Me estás entendiendo? —preguntó Kevin, inclinándose hasta que sus narices casi se rozaron. La cercanía era sofocante. Luego, sin previo aviso, la soltó. Leah se masajeó la zona adolorida mientras lo observaba con una mezcla de rabia y desconcierto. —Kevin, no soy sorda. Estabas con ella… incluso en tu despacho. Y después, cuando saliste de la habitación, estabas mojado. Yo te vi. Kevin apretó la mandíbula, exhalando con furia contenida. —No era yo. Alguien del personal cruzó una línea, pero no fui parte de eso. Después del té que preparó mi abuela, me metí a la ducha para sobrel
DUDA ACLARADA
El mayordomo y la mucama quedaron paralizados al ver a Leah. La joven, completamente sonrojada ante la escena frente a sus ojos, apenas respiraba. Pero segundos después, una sombra oscura se proyectó detrás de ella.Era su esposo.El silencio se adueñó de la habitación. Leah sintió cómo la hostilidad emanaba de Kevin; aquel aire frío, denso, que hacía temblar incluso a las paredes. No se atrevía a mirarlo, mientras el mayordomo y la mucama parecían a punto de desmayarse.Allí estaban, sobre un mueble, la mujer con la falda del uniforme subida hasta el abdomen y el hombre... demasiado dentro de lo que debía permanecer oculto.—¿Qué está ocurriendo aquí? —La voz grave y gélida de Kevin cortó el aire.Leah se apartó lentamente, dejando que su esposo avanzara. Los dos infractores estaban pálidos como fantasmas.—Alberto, ¿desde cuándo te permites semejante falta de respeto en la casa de tu patrón? —su tono era bajo, peligroso—. ¿Desde cuándo engañas a tu esposa con esta señorita? Creí que
HECHO SOLO PARA ELLA
—Suéltame, Kevin. El hombre, lejos de atender la súplica de su esposa por contrato, apretó aún más su agarre. Leah no entendía qué estaba ocurriendo. ¿Kevin estaba furioso por haberlo llamado imbécil? Bueno… desde su punto de vista, lo era. —¿Te molesta que te diga imbécil? —se atrevió a desafiarlo. Kevin no respondió. En cambio, giró su cuerpo con brusquedad, haciendo que la espalda de Leah chocara contra la puerta. Él estaba tan cerca que su respiración la rozaba. La mujer se tensó; aquel tipo de cercanía la desconcertaba y la hacía sentir nerviosa. —¿Estás queriendo jugar conmigo, Leah? —preguntó con una voz baja, casi peligrosa. —¿Quieres que juegue contigo como un perrito? O… —no alcanzó a terminar. Kevin la calló de golpe. No con palabras, sino con un beso. Leah se quedó sin aire. Los labios fríos de Kevin se posaron sobre los suyos con una firmeza que la paralizó. Era un beso sin ternura, impulsivo, que la tomó completamente desprevenida. Ella intentó empujarlo, mover el
FIESTA - MOTOCICLETA
Leah avanzó hacia la sala, aunque una inquietud le pesaba en el pecho. Para llegar a la cabaña debía atravesar una zona llena de rocas, algo que ya la incomodaba. Sin embargo, antes de que lograra decir palabra o quejarse, su atención fue capturada por una motocicleta estacionada frente al lugar. Una bestia oscura y reluciente, de aspecto indomable. Su instinto le susurró quién era su dueño, y deseó con todas sus fuerzas estar equivocada. En su vida, Leah jamás había subido a una motocicleta. Se detuvo, inmóvil, hasta que sintió la presencia de Kevin detrás de ella. —¿Te asusta una motocicleta, Leah? —preguntó con voz grave, pero con un deje divertido en el tono. —Relájate, no vas a morirte. Además, no puedes subir una montaña con tacos. Kevin pasó a su lado y, sin esperar respuesta, se subió a la moto. El rugido del motor rompió el silencio del bosque. Leah, aún estática, apenas respiraba. —Vamos, sube, Leah —ordenó él. —Kevin… definitivamente prefiero caminar con tacos por l
Juego de máscaras
Leah comprendió de inmediato lo que todos pensaban: que ella estaba fuera de lugar, intentando ocupar el sitio de Dulce. Nadie sabía que su matrimonio con Kevin también había sido impuesto, un secreto que la mantenía atrapada entre la incomodidad y la culpa. Avanzó hacia su esposo, mientras Gabo lo miraba con una hostilidad apenas contenida. Entre ambos se extendía un silencio peligroso, como un hilo a punto de romperse. —Creo que no fue buena idea que yo viniera —susurró Leah, incómoda. Kevin no respondió. Sus ojos seguían fijos en Gabo, el aire se cargaba de tensión. —Me conoces, Gabo —dijo finalmente con una voz grave y controlada—. Mis asuntos personales los manejo yo. Nadie tiene derecho a juzgar mis decisiones. —¿Así que la llevaste a la cama y luego ella dijo estar embarazada? —bufó Gabo, provocador—. Típico truco de una mujer barata. No entiendo cómo pudiste caer, Kevin. —Cállate, Gabo. —Leonel apareció de pronto, interrumpiendo la discusión. Su tono era firme, pero sab
ESTA EN PELIGRO
Kevin se apartó lentamente de Leah. Los ojos de ella, brillantes y temblorosos, reflejaban una mezcla de confusión y deseo. El ceño del hombre se frunció apenas; más allá de todo, no podía negar que su esposa tenía un encanto particular, uno que ninguna otra mujer había logrado despertar en él. Leah se sintió pequeña bajo la intensidad de esa mirada, y el rubor comenzó a trepar por sus mejillas hasta teñirlas de carmesí. El silencio se adueñó del ambiente, pero la corona la llevaba Kevin: su mirada, abrazadora y delirante, dominaba el aire entre ambos. Leah bajó la cabeza, intentando evitar el fuego que ardía en los ojos de su esposo. Sin embargo, las manos del hombre se posaron con suavidad sobre su rodilla, provocándole un estremecimiento involuntario. —¿Tienes fiebre? —preguntó él, con una sonrisa apenas perceptible, esa que usaba cuando quería provocarla. Leah lo miró incrédula, sintiendo cómo la temperatura de su rostro aumentaba aún más. —Por supuesto que no —respondió, int
Sombras
—Kevin, fue ella la que me sedujo, ella planeó venir y... —Se acabó, Gabo. —La voz de Kevin fue un látigo seco—. Ten por seguro que esto no va a quedar así. Sabes perfectamente que Kevin Hill no deja las cosas a medias, y mucho menos estos actos. La mirada del hombre era feroz, helada, como una sentencia dictada. Gabo comprendió en ese instante que estaba perdido. El hombre que antes llamaba amigo ahora era su juez. Y lo peor: sabía que Kevin cumplía sus palabras. Desesperado, Gabo giró la cabeza hacia Leah, buscando un blanco para su rabia. —Todo esto es culpa de esa maldita oportunista que tienes a tu lado —escupió con veneno—. Las mujeres como ella solo buscan romper tu círculo, aislarte de tus amistades para sacar ventaja. ¡Si Dulce estuviera viva, nada de esto habría pasado! ¡Es tu culpa, maldita zorra! Leah dio un paso atrás, el cuerpo aún temblando, mientras Gabo avanzaba hacia ellos con una mirada enloquecida. —Te juro que en el momento menos esperado te voy a destruir
"DULCE"
Leah y Kevin se encontraban en un ambiente lleno de tensión y deseo palpable en sus miradas y la cercanía temblorosa de ambos lo confirmaba. — Kevin, yo... — No digas nada — Susurra el hombre acercándose a ella. La brisa nocturna susurraba secretos en el aire, entrelazándose con el silencio palpable en aquella cabaña, aunque la noche era suave, había una tensión insostenible en el ambiente, casi eléctrica, como un rayo que espera su momento para caer. Kevin poseía una mirada que ardía con el fuego de los sentimientos reprimidos, pese a estar un poco borracho, su expresión era firme y decidida. Leah sintió que el aire se volvía espeso, cargado de palabras no dichas, de miradas furtivas y de un deseo que había crecido entre ellos como una planta salvaje. —Nunca pensé que terminaríamos aquí —dijo él, su voz rasposa, el eco de sus pensamientos resonando entre ellos — Tan cerca de mi esposa de contrato, piel a piel. Leah giró su cabeza, atrapada en la profundidad de sus ojos, d
CABAÑA
Cuando Kevin abre los ojos, lo primero que ve es el techo de la cabaña. Segundos después, el calor del recuerdo lo sacude: el cuerpo desnudo de Leah bajo el suyo, su respiración entrecortada, los gemidos de su esposa resonando en su mente como un eco ardiente. —Maldición, Kevin… —gruñe entre dientes mientras se incorpora, buscando a Leah con la mirada. La cama está vacía. Levanta la manta y la imagen lo golpea: sobre la sábana blanca, rastros de su amor mezclados con sangre virginal. Los ojos azules de Kevin se tensan, una fiereza desconocida los domina. —Maldita sea… ahora entiendo por qué eras tan estrecha… —su voz se quiebra entre incredulidad y culpa—. Anoche fue tu primera vez, Leah… Se pasa una mano por el rostro y se levanta de golpe. La frustración le recorre el cuerpo como fuego. Entra al baño sin mirar atrás. Mientras tanto, Leah duerme en el sofá, envuelta en una manta. Cuando abre los ojos, un dolor punzante le atraviesa la cabeza. Se lleva las manos a las sien