All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 51
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VOLANDO A BELLA VISTA
El avión privado ya los espera. Kevin avanza sin mirar atrás, del mismo modo que Leah. Ninguno dice una palabra más. Él toma asiento, abre su laptop y comienza a revisar documentos con aparente calma. La luz entra con fuerza por la ventanilla, bañando su rostro. Los ojos de Kevin recorren las cifras y gráficos en la pantalla, pero su mente no logra concentrarse. En lugar de hundirse en los números, se pierde en el mar de recuerdos turbulentos de la noche anterior. La imagen de Leah reaparece, tan vívida que el aire parece arder. Recuerda sus gemidos, el temblor de su respiración, la suavidad de su piel bajo sus manos. Aquella entrega lo desarma. Los labios de ella, el roce eléctrico del primer beso, el fuego que pensó extinguido renaciendo sin permiso. Todo vuelve con la fuerza de una tormenta. Pero entre esas olas de deseo, el frío lo atraviesa. La sombra de Dulce, su difunta esposa, se interpone entre él y el calor de Leah. Su sonrisa, su ternura… todo lo que una vez iluminó su
PASIÓN EN LAS NUBES
— ¿Que es lo que quieres Kevin? — Pregunta ella. — No digas nada — Fue lo único que expuso su esposo. El avión vibraba suavemente, un murmullo constante de turbinas que parecía marcar un ritmo secreto. La penumbra de la cabina los envolvía, luces tenues suspendidas como estrellas artificiales, la respiración de Leah se rozó con la suya, tan cerca que el aire entre ellos ardía. Ya no hubo palabras, no hicieron falta. Fue el instinto, la urgencia, la chispa que se enciende cuando dos cuerpos reclaman lo mismo. Sus labios se encontraron como dos llamas que al tocarse no hacen más que crecer. Era un roce primero, apenas un temblor, luego un incendio desatado que consumía todo alrededor. Leah entreabrió los labios y lo dejó entrar, lo invitó con la suavidad de un suspiro que se convirtió en un gemido ahogado. Kevin respondió con fuerza, como si quisiera devorar el aliento que compartían, como si la altura misma los obligara a buscar más oxígeno el uno en el otro. La lengua de Kevin r
SANATORIO
—Señora, qué gusto volver a tenerla de regreso —dice Ana con una sonrisa llena de dulzura, cargada de afecto. —Ana, el gusto también es mío —responde Leah, devolviéndole la sonrisa con un ligero brillo en los ojos. —Permítame ayudarle con esas maletas, mi Señora —Ana no duda en tomar el equipaje. Leah arrastra el cansancio físico y emocional en cada paso. —Gracias, Ana. Iré a descansar un momento —susurra Leah, su voz apenas audible, cargada de fatiga. —Por supuesto, Señora. El viaje siempre resulta agotador —responde Ana con amabilidad. Leah asiente, aunque sabe que no solo es el viaje lo que la ha dejado exhausta; la entrega a Kevin también ha drenado su energía. Leah Presley sube lentamente a su habitación. La Villa La Matilde está en total calma, un silencio que pesa más que cualquier ruido. Cada paso de la mujer se siente pesado, un recordatorio constante de la fuerza de Kevin en su cuerpo, de la intensidad de la noche anterior. Al entrar y dejarse caer sobre la cama, cierr
QUIERO UNA MUJER, NO UNA NIÑA.
Los ojos azules de Kevin eran una tormenta anunciada, sus perfectas facciones masculinas se endurecen, mientras, el rostro de Verónica descansaba sobre la almohada blanca, pero no había paz en aquella quietud. Su piel, pálida como la luna que se filtra entre cortinas, parecía absorber la frialdad de la habitación. Los labios, entreabiertos, temblaban como si aún pronunciaran una súplica muda. Había dolor en sus facciones, un rastro de vulnerabilidad que cualquiera habría confundido con la pureza del sufrimiento. Cualquiera… menos ella. Porque detrás de cada lágrima había un cálculo, y detrás de cada suspiro, un propósito que solo su corazón conocía. Kevin permanecía de pie junto a la cama, mirándola con esos ojos azules que parecían atravesar el alma. Su mirada era tan intensa que Verónica sentía que la piel se le erizaba. Aun así, no apartó el rostro. Lo dejó observarla, lo dejó creer. Fingió debilidad, bajó la mirada, permitió que la fragilidad se convirtiera en su disfraz más per
DUDAS QUE DESBARATAN
Kevin se fue sin mirar atrás dejando a Verónica con la ilusión por las nubes, ella sonríe cuando Kevin sale teniendo la certeza y la seguridad que había salido victoriosa, Kevin Hill si le prestaba bastante atención, mientras el hombre avanza por los pasillos del Sanatorio, al llegar al estacionamiento el chófer abre la puerta de inmediato y Kevin sube a la camioneta. — ¿A dónde lo llevo Señor? ¿A la Mansión Hill o a la Villa la Matilde?— Le pregunta el chófer, Kevin observa el cielo con estrellas de Madrid. — Villa La Matilde — El chofer sin dudar puso en marcha el vehículo, mientras el CEO permanece en silencio, de vez en cuando el chófer le dedica algunas miradas a su Jefe, pero esta vez Kevin Hill parecía diferente, parecía no tener el control absoluto de todo lo que estaba ocurriendo. 30 minutos después el vehículo se adentra en los Terrenos de la Villa La Matilde, cuando entra en la sala, Ana lo recibe. — Buenas noches Señor — Expuso la mujer — ¿Quiere algo de cenar? — No A
MADRUGADA
Madrid dormía bajo un manto de plata. Las luces de la ciudad parecían estrellas caídas sobre las avenidas, y el silencio reinaba en Villa La Matilde, roto solo por el murmullo lejano del viento entre los árboles del jardín. La casa, majestuosa y quieta, respiraba calma tras el regreso de sus dueños, pero no había paz en el alma de Leah Presley. La madrugada la encontró inquieta. Su cuerpo, rendido por el cansancio, había caído sobre la cama apenas llegó, pero el sueño fue ligero y breve. Un ligero malestar en la garganta la despertó, seguido de una sed insoportable. La habitación estaba envuelta en penumbra, y el reloj marcaba las tres de la mañana. Leah se sentó despacio, apartando el cabello que caía sobre su rostro, y soltó un pequeño suspiro. El silencio era tan profundo que podía escuchar el leve tic-tac del reloj sobre la cómoda. Descalza, bajó las escaleras. Cada paso resonaba suavemente sobre el mármol, como si la casa misma la observara con atención. La luz pálida de la lu
TORMENTOSA PARA AMBOS
La tensión era palpable, vibrante. Kevin la observó unos segundos que parecieron eternos. La respiración de ambos se entremezclaba en el aire. Podía sentir el pulso acelerado de Leah bajo su mano, la fragancia suave de su cabello, el temblor casi imperceptible que la recorría. —Tienes un talento especial para desafiarme, Leah —murmuró él, sin apartar la mirada. —Y tú uno para provocarme —replicó ella, conteniendo el impulso de zafarse. —¿Te provoco? —La pregunta, cargada de ironía, flotó entre ambos. Ella desvió la mirada, respirando hondo. —Me molestas. Y no quiero hablar contigo, Kevin. Ni ahora ni después, recuerda que ya estamos nuevamente en nuestra realidad, muy diferente a la farsa en Finlandia. Kevin apretó ligeramente su brazo antes de soltarla, y Leah retrocedió un paso, sintiendo que el aire volvía a llenar sus pulmones. Sin embargo, su cuerpo seguía temblando. No de miedo, sino de esa mezcla peligrosa de rabia y deseo que solo él lograba despertar en ella. Él se ac
UN MENSAJE DE TEXTO
El amanecer se filtra suavemente por los ventanales de la mansión Hill, tiñendo el comedor de un dorado tenue que se mezcla con el aroma del café recién hecho. Todo parece en calma, pero bajo esa serenidad flota una corriente invisible, una tensión apenas contenida que amenaza con romperse ante el más mínimo roce. Kevin ya se encuentra allí, impecablemente vestido con un traje gris que resalta la firmeza de sus hombros y la elegancia natural con la que carga su autoridad. La luz matinal se refleja en sus ojos azul oscuro, tan profundos y serios como siempre, mientras pasa lentamente las páginas del periódico. Apenas levanta la mirada cuando Leah desciende las escaleras. Ella baja con paso suave, pero cada movimiento suyo emana una mezcla de inseguridad y desafío. Viste un traje blanco, sencillo pero elegante, que contrasta con su piel clara y el rubio pálido de su cabello suelto. Su rostro conserva aún la calma de quien intenta olvidar los sobresaltos de la madrugada anterior, aunq
UN TORBELLINO DE EMOCIONES
—Dije que no quiero desayunar —repite Leah, esforzándose por mantener el tono firme. Él da un paso adelante, y el sonido de sus zapatos contra el mármol resuena como un eco de advertencia. —Te pedí que desayunaras correctamente —dice con una calma tensa, la clase de calma que precede a una tormenta. Leah lo observa, los labios entreabiertos, el pulso acelerado. Hay algo en la mirada de Kevin que le eriza la piel. No es solo autoridad; hay un matiz de preocupación disfrazada, una sombra en su expresión que ella no logra descifrar. —No sabía que ahora también necesitaba tu permiso para tener apetito —responde con sarcasmo, aunque la voz le tiembla apenas. Él no contesta. Se limita a acercarse unos pasos más, acortando la distancia entre ambos. Leah siente el perfume masculino de su traje, ese aroma que, aunque no quiera admitirlo, le resulta imposible ignorar. —A veces —dice él, sin apartar los ojos de los suyos— te comportas como si quisieras provocarme. Leah contiene la respira
USTED NO LO CONOCE SEÑORA HILL
El edificio de Hill Enterprises se alzaba majestuoso bajo el cielo grisáceo de Madrid. Desde la entrada principal, el movimiento era constante: secretarias con carpetas, ejecutivos hablando por teléfono, asistentes que corrían entre reuniones. El aire olía a café y a poder, y entre todo aquel dinamismo, Leah Hill cruzaba el vestíbulo con paso firme, intentando ignorar la sensación de estar entrando en territorio enemigo. La jornada apenas comenzaba y, sin embargo, el ambiente ya le parecía pesado. Al llegar a su oficina, se encontró con una pila de documentos sobre su escritorio: carpetas selladas, planos de diseño y correos impresos. En la parte superior, una nota con la caligrafía elegante y precisa de Kevin. "Quiero avances antes del mediodía. —K.H." Leah suspiró, conteniendo la irritación que empezaba a subirle por la garganta. Aún no eran las nueve, y su esposo —o mejor dicho, su jefe— ya había encontrado una nueva manera de poner a prueba su paciencia. —Perfecto… —murmuró e