All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 61
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IMBÉCIL
El reloj marcaba las doce y media cuando Leah levantó la vista de los planos que tenía frente a ella. Había estado tan concentrada que no había notado cómo el sol se filtraba suavemente por los ventanales de su oficina, tiñendo el escritorio de un tono dorado. Un suspiro escapó de sus labios, cansados por las horas que llevaba intentando entender los proyectos que Kevin, con evidente malicia, le había enviado aquella mañana. Se masajeó las sienes, apartando un mechón rebelde que caía sobre su frente. El silencio en la oficina era absoluto… hasta que el sonido seco de la puerta abriéndose la hizo sobresaltarse. Leah giró bruscamente la cabeza. Kevin estaba allí. Apoyado en el marco de la puerta, con el rostro sereno y la mirada tan fría como el acero. Tenía el chaleco ajustado resaltando la firmeza de su cuerpo. Su presencia llenaba el espacio como si el aire mismo se tensara con su llegada. —Prepárate —ordenó con voz grave, profunda, casi peligrosa—. Vamos a almorzar. Leah se end
RESTAURANTE
Leah baja hasta el estacionamiento, Kevin ya estaba sentado detrás del volante lo que indicaba que estaría sola con su desagradable esposo y muy a su pesar la mujer también aborda el vehículo. — Pensé que vendrías mañana — Expuso el hombre, aquello molesta a Leah y sin decir nada iba a abrir la puerta del vehículo solo para darse cuenta de quenya estaba bloqueado— ¿Estás pensando en huir? — Kevin se escuchaba ya irritado. — No molestes por favor — Ella ya le había dirigido la mirada a su esposo, el magnate tenía las facciones endurecidas sin ocultar su fastidio por el comportamiento de su esposa. — Leah, te he dicho que iríamos a almorzar ¿Piensas que podrás huir de mi? — No estoy tratando de huir, pero entonces podrías conducir e irnos a almorzar porque tengo muchos asuntos que resolver el día de hoy y claramente estando aquí contigo me hace perder el tiempo. — ¿Te estoy haciendo perder el tiempo? — La voz de su esposo se escuchaba más baja, pero más peligrosa, la mujer sabía q
SARCASMO
El silencio reinaba aún en el área privada del restaurante. El murmullo lejano del resto de los comensales era apenas un eco suave tras los cristales esmerilados. Kevin y Leah permanecían frente a frente, el aire entre ellos vibrando con esa tensión que parecía ya habitual desde que habían llegado a Madrid. El camarero había servido la comida con extrema cautela y se había retirado en silencio, sabiendo —como cualquiera que tuviera ojos— que aquella mesa era un campo minado. Leah cortó un pequeño trozo de su plato, sin mucho apetito, mientras Kevin observaba sus movimientos con una atención disimulada. —No te ves muy entusiasmada —dijo finalmente él, rompiendo el silencio con esa voz grave que podía resultar tan perturbadoramente calmada. Leah levantó la vista, arqueando una ceja. —¿Y cómo se supone que deba verme, señor Hill? ¿Radiante? ¿Deslumbrada? —Su tono rezumaba ironía. Kevin dejó los cubiertos sobre la mesa con un leve clink. —Podrías al menos intentar disfrutar un almu
UNA NUEVA SOCIA
El reloj marcaba las dos y media de la tarde cuando el auto negro se detuvo frente al edificio de Hill Enterprises. Kevin descendió primero, con ese porte que imponía respeto sin necesidad de palabras. Leah, en cambio, bajó con paso más pausado, intentando mantener la compostura a pesar del ambiente denso que se había instalado entre ambos desde el almuerzo. Apenas cruzaron el vestíbulo, varios empleados se inclinaron en un saludo respetuoso, y otros fingieron concentrarse en sus pantallas, conscientes de la tensión palpable. Kevin caminaba con su paso largo y firme; Leah lo seguía, ajustando la chaqueta blanca que contrastaba con la mirada fría de su esposo. —En quince minutos empieza la reunión con la representante del grupo inversor —informó Arturo, acercándose con una carpeta en mano—. Señora Hill, el señor Hill pidió que revise los documentos antes de entrar. Leah lo miró con seriedad y asintió. —Por supuesto, Arturo. El asistente los condujo hasta la oficina contigua, donde
MOLESTIAS AL VERLO
Alexia caminaba con paso elegante, su porte impecable atraía miradas incluso de quienes fingían estar ocupados en sus escritorios. Su perfume, una mezcla de jazmín y vainilla, dejaba una estela sutil pero inconfundible. A unos metros, Kevin Hill salía de la sala de juntas revisando unos documentos, el gris oscuro de su traje contrastaba con la luz cálida que se filtraba por los amplios ventanales. Sus hombros anchos, la expresión concentrada, el poder que irradiaba incluso en su silencio, lo hacían imposible de ignorar. —Kevin —la voz melódica de Alexia resonó con familiaridad y una chispa de coquetería que no pasó desapercibida. Para la mujer era como tocar el cielo y las puertas de la misma se abren al ver que el hombre venía por detrás de ella. Él levantó la vista, y por un momento habia pensado que Alexia ya había dejado la Empresa, sin embargo; aquello no era asi. Una ligera sonrisa curvó sus labios —. Alexia ¿Necesitas algo? —Tu asistente me dijo que pasara los informes di
LA LLAMADA
El corazón de Leah comenzó a latir con fuerza. El aroma de su colonia, la cercanía de su cuerpo, el calor que emanaba de su piel desnuda bajo la camisa… todo la desarmaba por dentro. Pero su orgullo era más fuerte. —¿Yo buscándote? —repitió, dejando escapar una risa nerviosa, amarga—. No te creas tanto, Kevin. No todas las mujeres se derriten con tus encantos de empresario arrogante. Kevin arqueó una ceja. —No parece que lo odies tanto, considerando que no puedes ni moverte. —Te estoy pidiendo que me sueltes —replicó ella, aunque su voz tembló ligeramente. —No hasta que me digas por qué me miras así. —¿Así cómo? —Como si quisieras destrozarme —susurró él, con una media sonrisa. Leah respiró profundo, tratando de controlar el temblor en sus manos. —Quizás no te equivoques tanto —murmuró ella, con una frialdad que ocultaba perfectamente la tormenta que le rugía por dentro. Por un instante, nadie habló. Los dos permanecieron así, atrapados en esa burbuja de tensión donde las
ADVERTENCIAS
Kevin apretó los dientes. —Abuela, no empieces a sacar conclusiones apresuradas. Fue un asunto netamente empresarial. —Oh, por favor —interrumpió ella con sarcasmo—. “Empresarial”. Es lo que siempre dices cuando no quieres admitir que estás metido en un lío sentimental. Hubo una breve pausa, y luego su voz se suavizó apenas—. Dime algo, Kevin… ¿estás tratando bien a Leah? Kevin respiró hondo antes de responder. —Sí. La trato bien. —¿Y no me estás engañando, Kevin Hill? El silencio que siguió pesó como plomo. Kevin apoyó el codo sobre el escritorio y se frotó la frente, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo cuestionado como si volviera a ser aquel joven impulsivo al que su abuela había tenido que enderezar. —Abuela… no tengo tiempo para este tipo de— —Oh, lo tendrás, Kevin —lo cortó Isabel con frialdad—. Porque si llego a enterarme que estás descuidando a esa muchacha, me tendrás frente a ti antes de que puedas decir “Hill Enterprises”. El tono de su voz lo hizo cerrar
TENSIONES Y SILENCIOS
La jornada laboral llega a su fin en Hill Enterprises, y las luces de la empresa comienzan a apagarse poco a poco. Leah cierra con cuidado la puerta de su oficina, sosteniendo su bolso con una mano y un leve suspiro en los labios. La tarde-noche se anuncia templada, con un cielo que mezcla tonos azulados y un aire ligeramente húmedo. Camina por el pasillo principal mientras el sonido de sus tacones resuena en el suelo de mármol. A cada paso, siente cómo las emociones acumuladas durante el día se mezclan con algo más profundo: una inquietud que no puede explicar. Ha decidido ir directamente a casa. No quiere esperas, ni conversaciones innecesarias, mucho menos un encuentro con su desagradable esposo. Porque efectivamente aquel es el calificativo que ella le da a su esposo Kevin Hill. Su nombre retumba en su mente con una fuerza que la descoloca. Desde aquellos días en los que el límite entre la distancia y la cercanía se había desvanecido por completo, la tensión entre ambos s
INVITACIÓN A CENAR
El reloj marca las 19:30 de la noche cuando Kevin cierra la puerta de su habitación. El silencio de Villa La Matilde se extiende como un manto sobre cada rincón. Solo el murmullo del viento que se filtra por las ventanas acompaña el sonido de sus pasos. Se quita la chaqueta gris, la deja caer sobre el respaldo del sillón y se desabrocha los primeros botones de la camisa. El día ha sido largo, tenso… y la fatiga se nota en cada movimiento. Camina hacia el baño, dejando un rastro de prendas en el camino, hasta quedar frente al amplio espejo. El reflejo que lo observa parece ajeno, más frío de lo que recordaba. Kevin se pasa una mano por el cabello, luego abre el grifo de la ducha. El vapor empieza a llenar el ambiente con una calidez agradable, difuminando los bordes del espejo. Se mete bajo el agua y cierra los ojos. Las gotas descienden por su piel, chocando con los músculos tensos de su espalda y cuello. Por un instante, permite que el agua borre los rastros del día… pero
DIFERENTES COMOÑIAS
El reloj del pasillo marca las ocho en punto de la noche cuando Kevin Hill desciende las escaleras de Villa La Matilde.Su andar es firme, impecable, como si cada paso respondiera a una coreografía ensayada.El eco de sus zapatos contra el mármol resuena por toda la casa, mezclándose con el suave murmullo del viento que entra por los ventanales abiertos.Viste un traje oscuro, sin corbata, y lleva el cabello ligeramente húmedo.El aire perfumado con notas de cedro y menta anuncia su paso, imponiendo presencia incluso cuando no dice una palabra.Cruza el recibidor sin mirar atrás, aunque sabe —porque lo siente— que los ojos de Ana, lo siguen con un silencio lleno de curiosidad.Kevin abre la puerta principal, y el aire nocturno de Madrid lo recibe con un soplo fresco.La luna empieza a elevarse sobre el horizonte, redonda y blanca, iluminando el camino de piedra que conduce al garaje.El sonido del motor rompe la quietud de la noche.Su vehículo —negro, elegante, imponente— se pone en