All Chapters of No te arrepientas de perderme, mi Esposo CEO : Chapter 71
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SU FALSEDAD
La Mansión Hill estaba silenciosa aquella noche, iluminada apenas por la cálida luz de las lámparas antiguas que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes de mármol. El reloj marcaba las ocho con treinta minutos cuando el Mayordomo saluda a Kevin. —Señor Hill, sea bienvenido — Kevin asintió sin una palabra. Sus pasos resonaron sobre el piso de mármol mientras avanzaba por el pasillo, Verónica lo sigue en silencio. La Mansión se sentía distinta desde el último escándalo: los ecos de la desesperación de Verónica aún parecían flotar en el aire. Cuando llegaron a la sala Dante pudo distinguir con claridad qué aquella villa se sentía fría, vacía, muy distinto a lo que ahora es la Villa La Matilde, aquello genera una pequeña incomodidad en él porque allí prácticamente vivió toda su vida, no obstante ahora era ajeno a ella, en cambio, la Matilde parecía su hogar, pero la voz de Verónica saca al hombre de sus pensamientos. —Kevin —dijo ella en un susurro apenas audible, levantándose
EL PASADO
El hombre se mantuvo en silencio, pero Verónica vuelve a hablar. —Solo una cosa más —susurró, con una dulzura estudiada—. Gracias por venir. Porque aunque no me lo digas yo se que soy importante para ti Kevin, y no solo por ser la hermana de Dulce, lo puedo sentir y entiendo que eres una persona muy recta razón por la cual no vas a dar ningún paso, pero como te dije, no importa, yo... Kevin apartó la mirada. —Te equivocas —murmuró, pero no retiró su mano de inmediato. El silencio se extendió, interrumpido únicamente por el sonido de los relojes de la mansión marcando las nueve. Entonces, el teléfono de Kevin suena en su bolsillo. Él lo saca, agradecido por la interrupción. —Habla Kevin Hill, buenas noches —dijo al contestar, poniéndose de pie. Verónica fingió volver a su copa de vino, pero su oído agudo captó algunas palabras. —Sí, comuníqueme con la Vicepresidenta Hill mañana, hoy es imposible que obtenga una contestación — fue la respuesta dada por el hombre, pero entonces
Un juego
Ella sonrió con un gesto triste, y con voz apenas audible, murmuró:—Tal vez no, pero al menos me hace sentir viva.El silencio volvió a colarse entre ellos, solo interrumpido por el sonido de los cubiertos y el leve crepitar de las velas. Kevin bebió un sorbo de vino, intentando apartar los pensamientos que se agolpaban en su mente. Dulce. Leah. Verónica. Tres nombres que parecían entrelazarse de formas que no comprendía del todo.Verónica, mientras tanto, lo observaba con atención. En su mirada no había ni rastro de fragilidad ahora; solo cálculo. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Cada palabra sobre Dulce era un hilo que lanzaba con precisión, midiendo las reacciones de Kevin.Necesito estar en Hill Enterprises, pensó mientras sonreía con sutileza. Allí, podré observarlos. Sabré cómo destruye Leah cada una de sus defensas… y sabré cómo destruirla a ella antes de que lo consiga.—¿Todo bien? —preguntó Kevin al notar su sonrisa distante.—Sí, claro —respondió ella con dulzur
MIS LÍMITES
El silencio se hizo tan denso que podía escucharse el ritmo del corazón de Leah. El aire, tibio por la calefacción, parecía pesar sobre su pecho. Henry seguía allí, frente a ella, con el brillo en los ojos de quien está a punto de cruzar una línea que no debería.Por un segundo, los recuerdos de su juventud se mezclaron con el presente, las ilusiones que alguna vez ella tuvo con Henry. Pero esa Leah ya no existía. Ahora era una mujer que había aprendido a erguirse entre tormentas y a construir muros donde antes solo había ingenuidad.Dio un paso atrás, y con voz firme, clara y sin un solo temblor, dijo:—Henry… no hagas esto. Estoy casada.Las palabras resonaron entre ellos como una sentencia. Henry parpadeó, sorprendido, como si no esperara escuchar una negativa tan cortante.—Leah… —intentó acercarse, pero ella alzó la mano, deteniéndolo.—No. No hay nada más que decir. —Su mirada era severa, aunque su interior temblaba.Henry tragó saliva y se armó de valor. Dio un paso más, acorta
FURIOSO
La Villa La Matilde se hallaba sumida en un silencio profundo. Solo el sonido tenue del viento moviendo las ramas del jardín rompía la quietud de la noche. Las luces del vestíbulo titilaban suavemente, y Ana, la ama de llaves, se encontraba apagando los últimos focos cuando el ruido de un motor se escuchó acercarse por el camino principal.El reloj marcaba las diez de la noche.La puerta principal se abrió con un sonido seco. Kevin Hill apareció, alto, imponente, con el ceño fruncido y el rostro endurecido por el cansancio. Llevaba aún el abrigo negro sobre los hombros, y su mirada helada bastaba para hacer que el aire se volviera más denso.Ana, que ya se disponía a retirarse, se apresuró a saludarlo con respeto.—Buenas noches, señor Hill —dijo con una leve inclinación de cabeza.Kevin asintió apenas, sin cambiar la expresión. Su voz fue baja, pero cargada de autoridad.—Buenas noches, Ana.El silencio volvió a imponerse entre ambos, hasta que Kevin, mientras se quitaba los guantes
LÍMITES
La noche caía sobre Madrid con un aire denso, como si el cielo presintiera la tormenta que estaba por desatarse. Kevin apretaba con fuerza el teléfono en su mano, mientras el investigador del otro lado de la línea le confirmaba la dirección exacta del departamento de Henry Morgan. —Repítelo —ordenó con voz fría, casi susurrada. El hombre al otro lado repitió los datos con cautela, temeroso del tono de Kevin. Cuando la llamada finalizó, Kevin se quedó inmóvil por un instante, la mandíbula apretada, las venas marcadas en su cuello. Un fuego oscuro ardía detrás de sus ojos azules. Tomó las llaves de su vehículo y salió de la mansión sin mirar atrás. Las puertas se cerraron de un golpe, haciendo eco por toda la Villa La Matilde. El motor rugió con furia, y las ruedas del coche chirriaron contra el empedrado. La noche se quebró con el sonido del motor acelerando, mientras Kevin desaparecía entre las sombras, con un solo pensamiento repitiéndose en su cabeza: Leah. Henry. Dos nombres qu
ERES MÍA
El vehículo se detuvo bruscamente en medio de una carretera oscura, apenas iluminada por la luna que se filtraba entre las ramas de los árboles. El silencio era denso, casi sofocante. Kevin apoyó ambas manos en el volante, su respiración era profunda, entrecortada, y el sonido del motor apagándose fue lo único que rompió la quietud del lugar. Leah permanecía en su asiento, rígida, con los dedos entrelazados sobre su regazo. Sentía el pulso acelerado en su garganta. Sabía que Kevin estaba furioso, lo veía en el temblor de sus manos, en la tensión de su mandíbula, en el fuego helado que ardía en sus ojos. De pronto, él giró la cabeza hacia ella. —¿Qué demonios crees que estabas haciendo allí? —preguntó con una voz tan grave que hizo vibrar el aire dentro del vehículo. Leah lo miró sin ceder terreno. —Ya te lo dije. Fue una cena, nada más. —¿Nada más? —repitió él con una sonrisa amarga—. ¿Y con quién, Leah? ¿Con quién cenabas a escondidas de tu esposo? Con Henry Morgan, y me pareció
ACLARANDO DE MANERA SALVAJE
Ella siente escalofríos al escuchar las palabras de su esposo y antes de que pueda reaccionar, Kevin vuelve a abalanzarse hacia ella está vez de manera más despiadada, el hombre la besa con ferocidad, como si de aquel beso dependiera su vida, las manos del hombre se posan en su cintura, sus lenguas se entrelazan, ella solo emite un suspiro rendida ante la acción dominante de su marido. — No puedes decir que tenemos límites Leah, no cuando estamos casados — Sus miradas eran fuego puro, el vehículo parece encogerse, ella traga saliva. — Kevin ¿Qué estás tratando de hacer? Recuerda que estamos en la carretera — la voz de la mujer se escucha temblorosa. — Claro que recuerdo que estamos en la carretera Leah, pero también tu debes de recordar que somos esposos. — No olvido que somos esposos, pero no puedes tocarme en la carretera, piden multarte — Ella no sabía cómo detener las acciones de su esposo. — ¿Crees que no tengo suficiente dinero Leah? — Su esposa se había sonrojado. — Detent
UN JUEGO PELIGROSO E IMPERDONABLE
El rostro encantador del hombre se volvió hacia su esposa, y el brillo glacial de sus ojos azules pareció cortar el aire. Leah tragó saliva, sin saber si el frío que se filtraba en el vehículo provenía de la noche que los envolvía o de la mirada de Kevin, que la examinaba con una calma tan peligrosa que dolía. Afuera, la carretera se extendía muda y vacía; la luna apenas se asomaba entre nubes densas, derramando una luz pálida sobre el parabrisas empañado. Dentro, el aire olía a deseo extinguido, a algo que se había consumido demasiado rápido.Kevin rompió el silencio, con la voz tan firme como una orden militar. —No, Leah. Con Henry Morgan y con otro hombre solo puedes hablar estando en mi presencia.Leah lo miró, incrédula. Por un instante, su expresión se quebró entre la rabia y la desolación. En su garganta, las palabras se agolparon buscando salir, pero él la observaba como si esperara su obediencia inmediata, como si aquella frase hubiera sellado el destino de ambos.—¿Es injus
IMPOSIBLE DE BORRAR
El sonido del cierre de la puerta fue lo único que acompañó a Leah cuando entró en su habitación. Sus pasos eran lentos, casi inseguros, como si cada uno la acercara a una realidad que no quería enfrentar.No encendió las luces. Dejó que la penumbra la envolviera, que el silencio hablara por ella. El reflejo pálido de la luna, filtrado por las cortinas, era suficiente para guiarla hasta el baño. El aire estaba denso, tibio, y en cuanto abrió la ducha, el vapor comenzó a llenar el espacio. Leah se quedó unos segundos frente al espejo, contemplando su propio reflejo empañado. Sus mejillas aún conservaban rastros del rubor, sus labios… la marca invisible de los besos que no podía borrar ni con mil excusas. Se quitó lentamente la ropa, cada prenda cayendo con un susurro en el suelo. Al entrar en la ducha, las gotas de agua la recibieron con un escalofrío. Cerró los ojos y dejó que el agua corriera por su rostro, por su cuello, por su cuerpo.Quería borrar todo.El temblor de sus manos.