All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 91
- Chapter 100
162 chapters
90
Presionó el botón de llamada y solicitó hablar con el doctor Julián Jones. Cuando el médico entró, notó la ansiedad en el rostro de su paciente.—¿Quería verme, Miranda? —preguntó él, amable.—Sí, doctor... —Miranda bajó la voz, como si las paredes pudieran oírla—. Tengo que hacerle una pregunta. Es algo... algo que me da mucho miedo.—Dígame. Soy todo oídos.Ella apretó las sábanas con sus puños.—Doctor, cuando me trajeron aquí, después de la caída... antes de operarme... —tomó aire, temblando—. ¿Ustedes revisaron si yo estaba embarazada?El silencio se hizo pesado por unos segundos. Miranda sintió que el corazón se le salía del pecho.—Es que... tengo un retraso. Y tengo mucho miedo de que, si estoy embarazada, la cirugía o los medicamentos le hayan hecho daño al bebé. O peor, que lo haya perdido con el golpe. Necesito saberlo.El doctor Jones mantuvo su expresión profesional, revisó rápidamente el historial en la tableta y luego la miró a los ojos con seriedad.—Miranda, es un pro
91
Alec sabía que estaba caminando sobre la cuerda floja. Entre las reuniones interminables en Radcliffe Enterprises, las visitas nocturnas al hospital para sostener la mano de una Miranda convaleciente y la gestión legal de la cacería de Beatrice, había descuidado lo más sagrado que tenía; a su hijo.El pequeño Edward había estado inusualmente callado esa mañana. No se quejaba, pero sus ojos grandes seguían cada movimiento de su padre con esperanza y al mismo tiempo miedo al abandono. Alec sintió que el corazón se le estrujaba. Necesitaba sacar al niño de esa mansión que, sin la presencia de Miranda, se sentía demasiado grande y vacía. Necesitaba que Edward dejara de pensar en hospitales y despedidas.—¿Sabes qué, hijo? —comenzó Alec, rompiendo el silencio del desayuno—. Hoy me voy a tomar la tarde libre. Solo tú y yo.Los ojos de Edward se iluminaron. —¿De verdad, papá?—De verdad. Vamos a ir a ese lugar de hamburguesas que tanto te gusta. El que tiene los batidos gigantes. ¿Qué dice
92
El camino de regreso a casa fue una prueba para Alec. Sus manos aferraban el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos, y la mandíbula le dolía de tanto apretarla. La furia por la propuesta indecente de su madre le quemaba la sangre, pero tuvo que obligarse a respirar hondo y tragar su rabia.A su lado, en el asiento del copiloto, iba Edward. No podía permitir que el niño notara la tormenta que se desataba en su interior.—Papá... —murmuró el pequeño, frotándose los ojos con los puños cerrados—. Tengo mucho sueño.Alec suavizó su expresión al instante, lanzándole una mirada rápida y tierna.—Está bien, tranquilo, hijo mío. Ya casi llegamos a casa. Cierra los ojos.El niño, confiando ciegamente en su padre, se acomodó en el asiento y se quedó tranquilo. El suave zumbido del motor y el movimiento del auto hicieron el resto. Para cuando Alec estacionó frente a la mansión, Edward ya había caído en un sueño profundo.Alec apagó el motor y suspiró, dejando que el silencio d
93
La mañana siguiente llegó con una pesadez inusual. A Alec, quien siempre acostumbraba levantarse temprano, esa mañana le costó un esfuerzo casi sobrehumano abrir los ojos. Sentía el cuerpo entumecido, como si el estrés de las últimas semanas se hubiera materializado en un peso físico sobre sus hombros.Se levantó, flexionando las extremidades y bostezando un par de veces para espabilarse. Se dirigió al baño para tomar una ducha rápida, dejando que el agua fría despejara la bruma de su mente. Siguió su ritual matutino mecánicamente: vestirse con un traje impecable, ponerse su perfume característico, peinarse prolijo. Se dio los últimos retoques frente al espejo, observando su reflejo. Todo estaba en orden por fuera, aunque por dentro se sentía al borde del colapso.Salió de su habitación y se encontró con el pequeño Edward, quien ya estaba levantado y vestido, esperándolo en el pasillo.—¿Cómo has dormido, hijo? —preguntó Alec, suavizando su expresión.Edward sonrió, mostrando sus peq
94
Algunos días después, el momento que Miranda tanto había anhelado finalmente llegó. El doctor firmó su alta. Había estado verdaderamente ansiosa por regresar a su entorno, lejos de los pitidos de las máquinas y el olor a antiséptico. Por fin iba a cumplir ese deseo. Sabía que en casa podría continuar con su recuperación mucho más tranquila, rodeada de sus cosas y, sobre todo, cerca de Edward.Esa mañana, ya estaba lista. Se había vestido con ropa cómoda pero presentable, dejando atrás la bata de hospital. Alec había llegado temprano para recogerla. Él se encargó de los bolsos con sus pertenencias, cargando todo con una eficiencia silenciosa, mientras una enfermera llevaba a Miranda en una silla de ruedas hasta la salida, cumpliendo con el protocolo del hospital.Al llegar al auto, Alec le abrió la puerta y la ayudó a subir al asiento del copiloto con una delicadeza extrema, cuidando su brazo aún en recuperación.Durante todo ese tiempo en el hospital, él había estado allí, presente.
95
Alec se quedó allí, con los brazos vacíos y el pecho agitado, viendo cómo Miranda se deshacía en llanto frente a él. Se sentía agotado, drenado hasta la última gota de energía vital. No sabía qué decirle. Ninguna palabra parecía suficiente para llenar el abismo de años de silencio, malentendidos y dolor que él mismo, con su amnesia y luego con su cobardía, había cavado entre los dos.La verdad es que su corazón estaba destrozado. Al escucharla confesar que ella se había enamorado de él desde el primer día, que había sufrido en silencio su indiferencia, se sintió como el mayor idiota sobre la faz de la tierra. Había tenido el amor de su vida frente a sus ojos, durmiendo en su cama, y la había tratado como a una extraña.—Miranda... —intentó acercarse de nuevo, con la voz rota—. Perdóname. Soy un estúpido, un maldito cobarde. Tienes razón en todo. No tengo excusas, pero por favor...Ella negó con la cabeza frenéticamente, soltándose de su agarre con un movimiento brusco, a pesar de que
96
Miranda sentía ya no podía más. Estaba hecha un ovillo en la cama, mientras su cuerpo se sacudía por sollozos silenciosos pero desgarradores. Estaba molesta con todo: con Alec por su cobardía, con Elizabeth por sus manipulaciones, y consigo misma por haber amado en silencio a un hombre que la había ignorado durante años. Se sentía estúpida por haber guardado esa esperanza, y ahora que la verdad había salido a la luz, en lugar de sentirse liberada, se sentía traicionada.Intentó levantarse, impulsada por un deseo irracional de hacer las maletas e irse, de huir a casa de Vera o a cualquier lugar donde no tuviera que ver esos ojos azules que le habían mentido. Pero apenas puso un pie fuera de la cama, el mareo la golpeó. Sus piernas, débiles por el mes de inactividad, temblaron, y el dolor en las costillas le recordó cruelmente su realidad.—Maldita sea... —susurró, dejándose caer de nuevo en el colchón, derrotada.Estaba atrapada. Demasiado débil para irse, demasiado herida para qued
97
Apenas Edward salió de la habitación, dejando tras de sí un rastro de inocencia que se disipó rápido en el aire viciado de tristeza, el teléfono de Miranda comenzó a vibrar sobre la mesita de noche.Era Vera. Su amiga, siempre con un sexto sentido para los momentos de crisis, no había tardado en enterarse de su regreso.—¡Miranda! —exclamó Vera al otro lado de la línea, con la voz llena de alivio y energía—. Por fin te han dado el alta. ¡Quiero saberlo todo! Dime que ya estás instalada y que te sientes mejor.Miranda se acomodó en las almohadas, sintiendo cómo el cansancio emocional pesaba más que el yeso en su brazo.—Sí, Vera... desafortunadamente ya estoy en casa —admitió con un susurro ronco, incapaz de fingir entusiasmo—. Pero si te soy sincera... realmente no me siento bien. Personalmente, la verdad es que estoy destrozada.El silencio al otro lado de la línea fue breve pero cargado. La alegría de Vera se transformó en preocupación instantánea.—¿A qué te refieres exactamente, a
98
Miranda estaba a punto de apagar la lámpara de la mesita de noche, intentando encontrar algo de paz en el sueño, cuando la puerta de su habitación se abrió de golpe. El sonido la hizo saltar en la cama, protegiéndose el brazo herido por instinto. Allí, en el umbral, recortado por la luz del pasillo, estaba Alec. Se veía terrible. La camisa blanca estaba desabotonada y manchada de licor, el cabello revuelto como si se hubiera pasado las manos por él mil veces, y sus ojos azules estaban inyectados en sangre, vidriosos y desenfocados. El olor a alcohol inundó la habitación antes de que él diera el primer paso. —Miranda... —balbuceó, su voz pastosa y quebrada. Ella se tensó, sentándose con dificultad. —Alec, estás borracho. Sal de aquí. Él ignoró su orden. Se tambaleó hacia la cama, pero no con agresividad, sino con una desesperación patética. Al llegar al borde, sus piernas fallaron y cayó de rodillas sobre la alfombra, aferrándose a las sábanas como un náufrago a una tabla. —Por
99
Alec salió de la habitación trastabillando, sintiéndose la criatura más estúpida sobre la faz de la tierra. Se había preparado mentalmente para darle espacio, para respetar su dolor, pero el alcohol y la desesperación habían tomado el volante, arruinándolo todo otra vez. Aparecer borracho solo había servido para recordarle a Miranda la versión de él que ella más despreciaba: el hombre ausente, el hombre que no escuchaba.Caminó por los pasillos oscuros de la enorme mansión como un fantasma en su propia casa. Sentía que ya nada valía la pena, que todo le daba igual. Pero, al mismo tiempo, una rabia sorda le quemaba las entrañas.—¿De qué sirve todo esto? —masculló, golpeando una pared con el puño—. El dinero, la empresa, el poder...Si no tenía el amor de ella, si no tenía ni siquiera su atención o una mínima oportunidad de redención, entonces vivir no tenía sentido. Era como respirar, pero estar muerto en vida. Se arrastró hasta una de las habitaciones de huéspedes, lejos de todo, y