All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 81
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—Lo admito —lo miró, alzando la barbilla con un resto de orgullo—. Inventé la profundidad de ese romance. Exageré la historia porque quería que el compromiso se llevara a cabo sin ningún problema. Beatrice parecía adecuada en ese momento, de buena familia... Ahora bien, lo que pasó después con la quiebra de los Collins y la locura de esa mujer... ¡eso ya no es mi problema! Yo no le dije que empujara a nadie. Alec la soltó como si le quemara, retrocediendo con asco. —¡Ah! ¿No te das cuenta, madre? ¡Lo dices con tanta tranquilidad! —rugió—. Cuando en realidad, ¡todo esto lo cambia todo! Si tan solo no hubieras inventado nada de eso, no estaría viviendo esta pesadilla. Miranda no estaría en un hospital. Alec empezó a caminar en círculos, atando cabos sueltos en su mente febril. —¿De qué más me tengo que enterar, madre? —preguntó, deteniéndose y mirándola con sospecha letal—. Ahora lo único que falta es que me digas que Edward no es mi hijo. Que esa mujer estuvo con alguien más, per
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Los párpados de Miranda pesaban como si fueran de plomo. Abrirlos fue una batalla contra la gravedad y el agotamiento extremo que sentía en cada fibra de su cuerpo. La luz blanca de la habitación se filtraba a través de sus pestañas, obligándola a parpadear varias veces para enfocar la realidad.No estaba en su cama. El olor inconfundible a desinfectante y el pitido rítmico de una máquina a su lado le confirmaron dónde se encontraba: el hospital. Intentó moverse, pero una punzada aguda en el costado y el peso de un yeso en su brazo derecho la detuvieron en seco, arrancándole un gemido ahogado.La puerta se abrió suavemente y el doctor Julián Jones entró, sosteniendo una tabla con su historial médico. Al verla despierta, suavizó su expresión profesional.—Buenos días, señora Radcliffe. Me alegra ver que ha despertado —anunció con voz calmada, acercándose a la camilla para revisar los monitores—. Ha estado dormida un par de días. Su cuerpo necesitaba ese descanso para empezar a sanar.M
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Alec se despidió de Miranda con un beso en la frente y salió de la habitación, dejando atrás el sonido rítmico de los monitores para enfrentarse a la realidad clínica. Se dirigió directamente al consultorio del doctor Julián Jones, quien lo recibió revisando unas radiografías en la pantalla iluminada.—Doctor —dijo Alec, sin rodeos—, necesito tener una estimación clara. ¿Cuándo podrá mi esposa irse a casa?El doctor Jones se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz, sopesando la respuesta. —Es una duda comprensible, señor Radcliffe. Pero no se preocupe, ella podrá irse a casa tan pronto sea apta para recibir el alta sin riesgos. Dadas las fracturas y la necesidad de monitorear la conmoción cerebral, creo que podría ser alrededor de un mes, más o menos.Alec asintió, procesando la información. Un mes. —Preferimos que se quede aquí —continuó el médico—. Dependiendo de cómo evolucione su estado neurológico y la movilidad de su brazo, podremos reevaluar. Pero la recuperación en
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Vera medía el salón de su casa con pasos inquietos, incapaz de quedarse quieta. La preocupación, que había comenzado como un leve susurro, ahora era un grito ensordecedor en su mente. Había intentado comunicarse con Miranda por todos los medios: llamadas, mensajes de texto, correos de voz. Pero no había obtenido respuesta alguna. El silencio de su amiga era absoluto y aterrador.—¿Y si voy a su casa? —se preguntó en voz alta, mordiéndose una uña. Pero dudó. ¿Y si estaba metiendo sus narices donde no la llamaban? ¿Y si Miranda simplemente estaba ocupada con el drama de los Radcliffe y necesitaba espacio? Sin embargo, su instinto le decía que no. Ya habían pasado un par de días. No podía quedarse de brazos cruzados. Se imaginaba lo peor; el corazón le dolía físicamente ante la idea de que algo malo le hubiera ocurrido a su mejor amiga.Estaba a punto de tomar las llaves del coche para ir a la mansión, invitada o no, cuando su teléfono rompió el silencio de la tarde. La pantalla mostraba
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Miranda asintió lentamente, con los ojos vidriosos al recordar el momento. —No puedo creer lo que me estás diciendo... —murmuró Vera, llevándose una mano a la boca, horrorizada—. ¿En serio esa mujer tuvo el atrevimiento de hacer algo así? ¿Cómo es posible que terminara empujándote por las escaleras? ¡Es un intento de asesinato!—No te sorprendas tanto, Vera. Aunque parezca una locura, todo se salió de control —explicó Miranda con voz débil—. Ella fue a la casa a despedirse del pequeño Edward. Como ya te había comentado, Alec obtuvo la custodia completa y ella... bueno, al parecer ya tenía planes de marcharse. Esa mujer es capaz de hacer de todo. La verdad, ya ni siquiera sé quién es ella realmente o si alguna vez le importó su hijo.Miranda hizo una pausa, tomando aire, sintiendo el dolor en sus costillas.—Estaba allí, despidiéndose del niño. Ya lo había hecho una vez, pero insistía en subir a su habitación para hacerlo de nuevo. Yo se lo impedí. No quería que le hiciera más daño a
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Beatrice apenas podía mantenerse en pie. En su lujosa pero solitaria habitación de hotel en París, la botella de vino vacía rodaba por la alfombra mientras ella sostenía otra a medio terminar. El alcohol nublaba su vista y arrastraba sus palabras, pero su mente, retorcida y paranoica, seguía maquinando.Marcó el número. Era una llamada internacional que cruzaría el océano para detonar una bomba.Elizabeth Radcliffe vio la pantalla de su celular iluminarse con un número desconocido. Frunció el ceño, extrañada, pero algo en su instinto le dijo que debía contestar.—¿Diga?—¿Acaso... eres estúpida, Elizabeth? —La voz al otro lado sonó pastosa, arrastrada, pero inconfundiblemente maliciosa.Elizabeth se quedó perpleja. Un escalofrío le recorrió la espalda al reconocer ese tono que se había convertido en su pesadilla personal.—¿Beatrice? —susurró con incredulidad.Una risa estridente y desequilibrada resonó al otro lado de la línea.—¡Por supuesto que soy yo, querida suegra! ¿Qué otra per
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Vera había aparecido en el hospital temprano esa mañana, habiendo pedido un permiso especial en su trabajo para poder dedicarle unas horas a su amiga.—¡Me alegra tanto verte! —exclamó Miranda, aunque su sonrisa estaba teñida de preocupación—. Pero deberías estar en el trabajo, no aquí cuidándome. No me digas que tú...Vera la interrumpió con un gesto suave de la mano.—Ay, Miranda, no te preocupes por esas cosas. El trabajo es importante, sí, pero estar cerca de una amiga cuando más lo necesita no tiene comparación. Así que guarda silencio y déjate mimar, porque para eso estoy aquí.Vera sacó un termo de su bolso y lo abrió, dejando escapar un aroma reconfortante.—He traído comida casera. Pero antes me aseguré de que sea algo que puedes comer con tu dieta blanda, así que no te preocupes —se apresuró a explicar, mientras servía una sopa humeante en un tazón.Miranda la observó con ternura. No veía solo a una amiga, sino a una hermana. Vera era minuciosa, atenta y cariñosa hasta en el
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Una vez dentro del auto, Alec sacudió la cabeza para despejar los pensamientos oscuros. No quería llevar esa energía a casa. Recordó lo mucho que le encantaba la pizza a Edward.Se detuvo en una pizzería reconocida y compró dos cajas grandes. Quería quedar bien con su hijo y compartir un momento normal.Al llegar a casa, Xiomara lo recibió.—Buenas noches, señor. El día de hoy también estuve pendiente del pequeño Edward. Se ha portado muy bien y ha comido un poco más, aunque todavía no cena.—Gracias, Xiomara, por mantenerme informado. Me alegra que todavía no haya comido, porque he traído pizza para compartir con él. Toma —le extendió una de las cajas—, esta es para ustedes. Coman un poco también.La empleada se sorprendió gratamente. —Señor, no tenía que hacer esto. Muchas gracias.Alec subió directamente a la habitación de Edward y tocó la puerta. El niño abrió al instante.—¡Papá! ¡Has llegado! —cantó con su vocecita alegre, feliz de ver a su padre.—Así es. Y adivina qué traje —
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Aquel mes se había convertido en una eternidad para Miranda. Las horas se estiraban en el silencio de la habitación y la rutina hospitalaria amenazaba con mermar su paciencia. Pero, aferrada a la idea de que todo ese sacrificio era por su bien y por su futuro, se mantuvo firme, fuerte y decidida a recuperarse por completo. Su meta era clara; regresar a casa, con Alec y con Edward.Su determinación dio frutos. En un par de semanas, su avance estaba sorprendiendo hasta a las enfermeras más experimentadas y al mismo doctor que llevaba su caso.Esa mañana, la puerta se abrió y el doctor Julián Jones entró con una sonrisa satisfecha, revisando los últimos resultados en su tableta.—Buenos días, señora Radcliffe. Traigo noticias interesantes —dijo, acercándose a la cama.—Buenos días, doctor. Por su cara, asumo que no son malas noticias —respondió Miranda, acomodándose mejor en las almohadas. Ya tenía mucha más movilidad en el brazo.—Al contrario. He estado revisando sus últimas tomografía
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Esa mañana, todo se sentía distinto en esa habitación del hospital, en realidad Alec había llegado temprano para visitarla antes de irse a la oficina, trayendo consigo ese aroma a perfume caro y café recién hecho que a Miranda solía gustarle, pero que hoy le revolvía el estómago.Ella estaba sentada en la cama, con las manos entrelazadas sobre su regazo, apretando los dedos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Cuando Alec se acercó para darle un beso en la mejilla, ella se tensó visiblemente, dando un pequeño respingo.El hombre, que conocía cada gesto de ella, se detuvo y la miró con el ceño fruncido. La notaba un poco rara, esquiva.—Miranda... —dijo Alec, buscando sus ojos—. ¿Te pasa algo? Estás temblando. ¿Te duele algo? ¿Debo llamar a la enfermera?Miranda negó rápidamente con la cabeza, desviando la mirada hacia la ventana. Su corazón latía desbocado, martilleando contra sus costillas sanadas. Tenía un secreto, una sospecha que le quemaba por dentro, pero no