All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 101
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Miranda yacía en la camilla, con los ojos clavados en el techo en penumbras, sintiéndose aturdida por el zumbido de la máquina de ultrasonido. Su mente repetía un mantra desesperado: “Por favor, di que no. Por favor, que sea estrés. Que sea cualquier cosa menos eso”.Había soñado, había anhelado con todas sus fuerzas que el doctor le dijera: "No, usted no se encuentra embarazada, es solo un desajuste hormonal". Pero el silencio del doctor Evans se alargó demasiado. Miranda giró la cabeza y vio su rostro iluminado por la luz azul del monitor. No había duda en sus ojos, pero sí una expresión de seriedad profesional que a ella no le gustó en absoluto.—Doctor... —susurró, con la voz temblorosa—. ¿Qué está pasando? Dígame realmente qué es lo que tengo. Espero... espero que realmente no esté embarazada. Estoy segura de que no es un embarazo, ¿verdad?El doctor Evans soltó un suspiro hondo, detuvo el transductor sobre su vientre y la miró por encima de sus gafas.—No sé cuáles han sido sus
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Vera atravesó las imponentes puertas de hierro forjado de la mansión Radcliffe. Aunque ya había visitado la propiedad un par de veces, la magnitud del lugar nunca dejaba de intimidarla. Los techos altos, las columnas de mármol y ese aire de realeza antigua la hacían sentir pequeña, una intrusa en un mundo de opulencia fría. Sin embargo, hoy su preocupación por Miranda eclipsaba cualquier inseguridad.Encontró a su amiga; Miranda se veía pálida, envuelta en un cárdigan de lana grueso que parecía tragar su figura, haciéndola ver aún más frágil de lo que ya estaba por su recuperación física.—Miranda —llamó Vera, acercándose.Miranda giró la cabeza lentamente. Sus ojos estaban rojos, delatando horas de insomnio y llanto silencioso. Al ver a su amiga, intentó esbozar una sonrisa, pero fue una mueca dolorosa.—Vera... gracias por venir.Vera se sentó frente a ella y tomó sus manos frías, mirándola con intensidad.—No tienes que agradecerme. Me dejaste muy preocupada por teléfono. Dijiste q
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Miranda sacudió la cabeza, obligándose a desalojar los pensamientos tontos que la asaltaban. No podía seguir rumiando en esa idea absurda de que su vida se había convertido en una historia de amor falsa, sin un final feliz. No quería sentirse agobiada por el torbellino emocional. En cambio, decidió concentrarse en el placer simple de un café cálido en la compañía de su amiga Vera, quien la había invitado a una cafetería tranquila y luminosa esa mañana.—Miranda —dijo Vera, sonriéndole mientras tomaba un sorbo de su taza—, estoy tan alegre de ver que has mejorado cada día más. Ya estás casi recuperada por completo de las lesiones. Pero supongo que todavía te sientes agotada, ¿no es así?Miranda se apoyó en el respaldo de la silla.—Debo admitir que ha sido difícil. Me siento cansada algunas veces y me duele parte del cuerpo, pero supongo que es normal. Ahora también debo recordar que estoy embarazada y eso también tiene mucho que ver con el cansancio que tengo —admitió con una sonrisa
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Alec y Zamir habían dejado de hablar de las amenazas anónimas, el tema era demasiado pesado para ser digerido a media mañana. De repente, la pantalla del portátil de Alec se iluminó con una notificación de correo electrónico.El hombre levantó la cabeza y frunció el ceño mientras leía el contenido.—¿Qué has recibido? —cuestionó Zamir, curioso, al ver la expresión de Alec.Alec resopló y cerró la tapa del portátil con un golpe seco.—Es una invitación. Un evento importante, una gala de beneficencia organizada por un grupo influyente. Se trata de una de esas cenas a las que "debo" asistir por imagen —explicó, desinteresado—. Probablemente deba ir, no puedo dar la espalda a estas cosas... pero no me siento en condiciones.—¿Y por qué no podrías ir? —lo presionó Zamir—. Además, creo que sería bueno que respires otros aires, Alec. El trabajo es bueno, pero si solo te encierras, esta culpa te va a consumir.Alec se debatía internamente, sin querer salir de la burbuja de la mansión que, a p
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Alec estaba de pie en su inmensa oficina, la corbata aflojada y el rostro encendido por la rabia contenida. Frente a él, Elizabeth Radcliffe, permanecía de pie, elegante e imperturbable, pero visiblemente tensa. La discusión giraba en torno a la conveniencia de pasar página y no buscar culpables, ni siquiera por el accidente de Miranda.—Si te preocupaba demasiado que yo pensara de esa manera —espetó Alec, con una voz peligrosa—, ¿no crees que nunca debió pasar por tu cabeza siquiera la idea de que yo dejaría de buscar justicia por lo que ella hizo?Elizabeth suspiró, su postura rígida. —Alec, por favor. No estás entendiendo. Hago esto para que no afecte nuestra imagen, porque no quiero que nos veamos enredados en toda una polémica. Pero esto no puede quedarse así.La mujer asintió con la cabeza y, con una audacia que solo ella poseía, se acercó y se atrevió a sentarse en la silla de visita frente al escritorio, a pesar de que su hijo no le había ofrecido permiso para hacerlo. Justo
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Miranda se observaba frente al espejo con una dulzura inusual. Su reflejo le devolvía la imagen de una mujer marcada por el dolor, pero que ahora acunaba un secreto. Sus ojos se fijaron en su barriga incipiente, esa curvatura apenas perceptible que en cuestión de meses se convertiría en un enorme vientre. Tenía una mano apoyada sobre su abdomen y acariciaba la zona con una ternura infinita, como si supiera que el pequeño ser dentro de ella podía sentir ese contacto y su amor. Aunque el miedo era un compañero constante, eso no anulaba el hecho de que ya amaba a esa vida que se aferraba a ella, a esa criatura que dependía enteramente de su ser. ¿Quién era ella para acabar con eso? No tenía derecho alguno. Una sonrisa sutil apareció en sus labios, no pudiendo evitar pensar en la llegada de su bebé al mundo. Pero de pronto, la luz de la esperanza y la idea de que todo saliera bien se disipó. El recuerdo de su experiencia pasada, la pérdida de su primer bebé, asomó como un fantasma sombr
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—¿Por qué haces esa pregunta, Edward? —preguntó Miranda, tratando de mantener la compostura mientras la pregunta del niño la desarmaba por completo. Edward cambió el gesto. El puchero en sus labios se acentuó, y sus ojos se entristecieron. —Es que creo que están molestos. Ya no hablan delante de mí, y papá siempre se va rápido al trabajo y tú casi no lo miras —explicó, describiendo con exactitud la dolorosa escena que se repetía cada mañana. El niño era demasiado inteligente, y su observación era más que evidente. —Bueno, Edward, quiero que sepas que muchas veces los adultos podemos tener diferencias. Hay inconvenientes y surgen problemas que, después de todo, pueden solucionarse, y todo vuelve a la normalidad —le explicó Miranda con suavidad, aunque sentía que sus palabras sonaban huecas—. Lo siento si te hemos hecho sentir incómodo o triste, pero esto es algo que pasa. —Pero yo no quiero que ustedes estén molestos —agregó el niño, como si sus palabras fueran un deseo que debía c
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Miranda estaba sentada en el tocador, peinando su cabello con movimientos lentos y meditativos. Su rostro reflejaba la seriedad que había adoptado desde hacía semanas; la misma rigidez que había usado para soportar la "ley del hielo" autoimpuesta por Alec. Seguía molesta por las palabras duras que él le había dicho en el pasillo, sintiéndose no solo despreciada, sino también juzgada por su preocupación maternal. De repente, la puerta de la habitación principal se abrió. Miranda levantó la vista y se quedó petrificada. Alec no había entrado en esa habitación para dormir desde el día de su gran enfrentamiento. Él había preferido el sofá de su estudio, eludiendo la intimidad y la inevitable conversación. Alec entró sin decir una palabra. Cerró la puerta con suavidad y comenzó a desabrocharse la camisa, como si su presencia allí fuera la cosa más natural del mundo. —¿Qué haces? —cuestionó Miranda, su voz apenas un susurro de sorpresa. Alec se detuvo, sin mirarla directamente, pero su
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A la mañana siguiente, el médico privado de la familia Radcliffe, el Doctor Miller, llegó a la mansión para examinar a Miranda. Alec, siguiendo su palabra, se había asegurado de que fuera atendida inmediatamente. Miranda ya estaba vestida cuando el médico entró en la habitación. Apenas Alec salió a recibir una llamada urgente en su despacho, ella aprovechó el breve momento a solas para abordar al doctor. —Doctor Miller, necesito rogarle algo —expresó Miranda, con la voz temblorosa y una súplica desesperada en sus ojos—. Sé que ha venido por lo de anoche... y no quiero mentirle, pero...Ella se inclinó hacia adelante y bajó la voz a un susurro urgente: —Lo que me está pasando es que estoy embarazada. El doctor Miller, un hombre de mediana edad y de modales prudentes, se quedó inexpresivo. No era la primera vez que un paciente le pedía confidencialidad, pero dada la seriedad de la situación matrimonial de los Radcliffe, la solicitud era delicada. —Señora Radcliffe, su salud es mi p
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Alec se acercó a la cama de Miranda, con su rostro aún marcado por la preocupación, a pesar de la explicación médica. —Te estoy diciendo que deberías tener más cuidado —emitió, sin rastro de la ira de la noche anterior—. Deberías cuidarte un poco más. Miranda asintió. —No te preocupes por mí, Alec. Ya escuchaste al doctor, estaré bien. No hay necesidad de preocuparse demasiado. Él asintió con lentitud, todavía escéptico. Luego, recordó el momento fugaz en el baño, justo antes de la crisis. —¿Qué era lo que estabas a punto de decirme anoche? —preguntó de repente, tomándola por sorpresa. Miranda sintió el corazón latir con fuerza contra su pecho. Pensó que el hombre lo había olvidado en la prisa del diagnóstico. —En realidad no se trata de nada, Alec. Te lo prometo. Es solo el estrés. No hay que preocuparse —insistió ella, forzando una sonrisa. Alec la miró con ojos penetrantes. Sabía que su esposa le estaba ocultando algo, pero no sabía cómo obligarla a confesar. Finalmente, ce