All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 111
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Rowena entró a la habitación con una sonrisa forzada y ofreció las bebidas y los aperitivos. Inmediatamente, Miranda y Vera detuvieron su conversación, la tensión flotando en el aire. Miranda miró a la sirvienta con frialdad y desconfianza, un gesto que no pasó desapercibido.Una vez que Rowena se retiró con la bandeja vacía, Vera la cuestionó de inmediato: —¿Qué ha sido todo eso, Miranda? ¿Por qué la has mirado de esa manera?—¿A Rowena? Ella... ella es una vendida —dijo Miranda, con el ceño fruncido—. Es capaz de hacer cualquier cosa si le dan un dinero extra. La otra vez fue ella quien le comentó a mi marido que yo estaba registrando sus cosas en el despacho. La enfrenté, y terminó confesando.—Así que hasta la servidumbre se vende haciendo cosas como esa —dijo Vera, negando con la cabeza—. No lo puedo creer.—Xiomara es la excepción aquí —se apresuró a aclarar Miranda—. Ella no es esa clase de persona; es una buena mujer, consejera y también es demasiado considerada, a diferencia
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Marie se volvió loca. Después de que el teléfono se le deslizara de las manos, lo levantó del suelo y marcó frenéticamente el número de Beatrice. Intentó llamarla un par de veces, pero, por supuesto, Beatrice, que ya había soltado su bomba emocional, cortaba las llamadas sin permitirle decir una palabra más. Marie sabía que no podía perder tiempo. Tenía que contactar de inmediato a Alec para contarle lo poco que sabía, para distanciarse del crimen de su hija y, de alguna forma, mendigar clemencia. Marcó el número de Alec, su mano temblando visiblemente. Alec contestó al tercer tono. —¿Por qué me está llamando, señora? —preguntó Alec, con una voz desprovista de toda paciencia o cordialidad. —Alec... —balbuceó Marie, respirando con dificultad. Alec no la dejó continuar, interrumpiéndola con una seriedad que la hizo temblar. —Si usted sabe dónde ella se encuentra exactamente en este momento, debería decírmelo, a menos que quiera que sea acusada como su cómplice. Las palabras de Al
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Esa mañana, Xiomara observaba a Rowena con una suspicacia que se había agudizado desde el incidente de la llamada telefónica. La joven se movía con una prisa nerviosa, actuaba de un modo que no le gustaba nada a Xiomara.—Saldré temprano hoy —anunció Rowena, intentando sonar casual mientras se anudaba el pañuelo en el cuello—. Un asunto familiar urgente.—¿Asunto familiar? —preguntó Xiomara, aunque sabía que no debía entrometerse. La intuición le gritaba que Rowena estaba mintiendo, que esa prisa no era por una tía enferma, sino por algo turbio—. Espero que todo esté bien.—Sí, lo estará —respondió Rowena con una sonrisa demasiado amplia.Xiomara no insistió, pero la vio salir del área de servicio con el ceño fruncido. La actitud impulsiva y extraña de su compañera últimamente la hacía temer lo peor. Rowena era una bomba de tiempo, y Xiomara temía el momento en que explotara.Rowena tomó un taxi en la entrada principal de la mansión. Mientras el vehículo se alejaba de la opulencia de
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Rowena regresó a la mansión sintiéndose una ganadora, aunque aún faltaba la confirmación final del periodista. —¿Por qué tardaste tanto? —preguntó Xiomara al verla entrar, con los brazos cruzados y la voz cargada de sospecha.Rowena se recompuso rápidamente. —Tuve que ir a dos sitios diferentes, el asunto familiar era más complicado de lo que pensé. Tuvieron que hacerme esperar mucho. Ya estoy aquí, ¿qué tengo que hacer?Xiomara no estaba convencida, pero no podía conseguir pruebas de nada. Suspiró y le dio las instrucciones del día.Más tarde, cuando Rowena estuvo alejada haciendo otros quehaceres, Xiomara aprovechó para acercarse sigilosamente al área de servicio de Rowena y revisó sus pertenencias. Buscó frenéticamente algún rastro de un billete, un teléfono sospechoso, o una nota. No encontró nada. Dejó de lado la búsqueda, creyendo que tal vez su compañera sí había sido sincera y se había tratado de un problema familiar legítimo. No pensó más en eso y se concentró en su trabajo
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Xiomara, todavía con la espina clavada por la actitud evasiva de Rowena, aprovechó un momento de distracción para rebuscar en el bolso de su compañera. Su corazón dio un vuelco al encontrar un fajo considerable de billetes. Era demasiado dinero en efectivo para una empleada del hogar.Cuando Rowena regresó, Xiomara la confrontó en el pasillo, mostrando el fajo.—Rowena, ¿de dónde has sacado tanto dinero?Rowena no se inmutó; había preparado la coartada. —Lo conseguí por un préstamo. Estoy lidiando con una deuda familiar que no te incumbe.—¿Un préstamo? Es una cantidad enorme. ¿Por qué en efectivo?—Son cosas personales, Xiomara. Pagué un viejo favor. ¿Acaso crees que he robado algo? —Rowena le lanzó una mirada desafiante.Xiomara, aunque la lógica no cuadraba y la actitud de Rowena era agresiva, no pudo demostrar lo contrario. No había ninguna prueba de robo en la casa. Creyó que tal vez la historia del préstamo era cierta y decidió dejar de lado la investigación, sin querer meterse
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Rowena caminaba hacia la salida de servicio de la mansión con la cabeza alta, arrastrando su maleta de ruedas sobre la grava. No había ni rastro de vergüenza en su andar; al contrario, había un rebote de victoria en sus pasos. Había sido despedida, sí, pero su cuenta bancaria decía lo contrario.Justo antes de que cruzara el portón, Xiomara salió corriendo de la casa, con el delantal todavía puesto y el rostro encendido por la indignación.—¡Rowena! —gritó Xiomara, deteniéndose a unos metros de ella—. ¡Espera!Rowena se giró lentamente, con una sonrisa burlona en los labios.—¿Qué quieres, Xiomara? ¿Vienes a darme un sermón de despedida? —preguntó, acomodándose el bolso de marca que ahora podía lucir con orgullo.—No puedo creer que fueras capaz de algo así —le reclamó Xiomara, con la voz temblorosa por la decepción—. Traicionaste a la familia que te dio trabajo. Vendiste la privacidad de un niño inocente por unos cuantos billetes. ¿No te da vergüenza? ¡Has destruido la paz de esta ca
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Alec cruzó el umbral de la mansión y cerró la puerta de su despacho tras de sí y soltó un suspiro profundo, mientras sus dedos trabajaban torpemente para aflojar el nudo de la corbata que lo había estado asfixiando durante toda la rueda de prensa.Levantó la vista y la vio. Miranda estaba allí, de pie en el vestíbulo, esperándolo. Su postura era rígida, sus brazos cruzados sobre el pecho en un gesto de autoprotección, pero sus ojos lo buscaban con ansiedad.—¿Cómo fueron las cosas? —preguntó ella, rompiendo el silencio sepulcral de la casa.Alec caminó hacia ella, arrastrando los pies.—Hice lo que tenía que hacer —explicó, con la voz ronca—. Di la cara. Negué todo. Tuve que recurrir a la mentira para sostener toda esta farsa, Miranda. Le dije al mundo que esas pruebas eran falsas y que Edward es nuestro hijo legítimo. Me siento sucio por mentir así, pero no había otra opción para protegerlo.Miranda lo escuchó, asintiendo levemente. No dijo nada. No había reproche en su mirada, solo
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Esa noche, el muro invisible que se había erigido entre ellos durante años, y que se había fortificado con hielo durante las últimas semanas, finalmente cayó. No hubo un estruendo, sino un silencio compartido y cálido.Estaban allí, en la cama matrimonial que por tanto tiempo había sido un campo de batalla frío. Miranda yacía acurrucada al lado de Alec, con la cabeza descansando sobre su pecho desnudo. Escuchaba el latido rítmico y fuerte de su corazón, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que ese era su lugar seguro. No había tensión en sus hombros, ni miedo en su vientre.Ansiaba poder hacer eso todos los días. Ansiaba que esa paz no fuera una tregua temporal, sino su nueva realidad.Alec acariciaba su brazo con suavidad, trazando líneas imaginarias sobre su piel, hasta que sus dedos se detuvieron en su muñeca.—Miranda... —susurró él, rompiendo la quietud de la penumbra—. ¿Aún lo tienes puesto?Ella supo de inmediato a qué se refería. Levantó la mano y le mostró el brazalete s
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Miranda se golpeó la frente con la palma de la mano. En medio del torrente de emociones de la noche anterior y la mañana de calma, se había olvidado por completo de lo más importante; la evidencia visual. Ni siquiera le había mostrado la ecografía a su esposo.Tenía tantas cosas en la cabeza que el papel había quedado guardado en su bolso como un secreto olvidado.—Qué desastre soy —murmuró, corriendo a buscar el sobre.Sacó la imagen granulada en blanco y negro, esa primera fotografía de la vida que crecía en su interior. Decidió no esperar a la noche. Tomó su teléfono, encuadró la ecografía y le tomó una foto. Con los dedos temblorosos, presionó "enviar" al contacto de Alec.Mientras esperaba ansiosamente la respuesta —viendo los puntos suspensivos que indicaban que él estaba escribiendo o en línea—, decidió llamar a su amiga.Vera atendió de inmediato, aprovechando un momento libre en la joyería.—¡Amiga! Qué bueno que me estás llamando, estaba yo a punto de hacerlo —comenzó Vera,
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—El bebé fue robado por su propia abuela, Elizabeth, y ella misma me lo entregó a mí. Así que a ese niño lo llamé Edward. Le mentí a Alec sobre habernos acostado. ¡Ni siquiera estuvimos juntos! Él no lo puede recordar porque estaba drogado; yo puse algo en su bebida ese día que hizo que se confundiera y perdiera la memoria de esa noche hasta el sol de hoy.El periodista estaba anotando frenéticamente, sorprendido por el relato de la mujer. Parecía sacado de una película de terror, pero los detalles eran tan precisos que el dramatismo cobraba vida.—Espera un momento... —interrumpió Abdelaziz—. ¿Usted me está diciendo que la madre del señor Radcliffe, la respetada Elizabeth, ha sido la cabeza de esto? ¿Robó a su propio nieto para dárselo a la amante?—Digamos que sí. Yo estaba interesada en ganarme el cariño —y la fortuna— de su hijo, y no encontré otra manera que fingir que tendría un hijo suyo. Así que aproveché la oportunidad del parto prematuro de Miranda. Tomé al bebé gracias a El