All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 121
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El fin de semana se acercaba con la promesa de una tregua definitiva, y en un abrir y cerrar de ojos, el día llegó.Era sábado. El sol se ponía sobre la ciudad, tiñendo el cielo de colores vivos que parecían augurar un nuevo comienzo. Los preparativos estaban listos para celebrar el aniversario de bodas, para conmemorar esos cinco años juntos que, sobre el papel, parecían una vida entera, pero que en la realidad apenas estaban empezando a contar de verdad.La verdad es que Miranda se sentía inusualmente nerviosa, con un cosquilleo en el estómago que hacía años no experimentaba. Anteriormente, las fechas de aniversario eran días de luto silencioso para ella. Siempre habían sido eventos fríos, organizados meticulosamente por Elizabeth, donde todo terminaba siendo solamente una pantalla. Eran cenas rígidas con socios y prensa, en las que ella tenía que fingir, sonreír y estar de acuerdo con ser el "adorno" perfecto del magnate, mientras por dentro se sentía invisible.Pero ahora, todo er
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El chofer de la familia los condujo discretamente hacia el corazón de la ciudad. En la parte trasera, Alec y Miranda iban tomados de la mano, mirándose con amor, cariño y ese respeto que pensaron que se había extinguido para siempre. Cuando llegaron al restaurante, Miranda pensó que se encontrarían con otros comensales, pero se llevó una grata y enorme sorpresa. Las puertas se abrieron para ellos y no había nadie más. El lugar estaba completamente vacío. —Reservé todo para nosotros —susurró Alec, sonriendo ante la expresión de asombro de su esposa. La organización era espectacular: largas velas blancas se elevaban sobre mesas cubiertas con manteles de lino. El ambiente era cálido, íntimo y elegantísimo, una combinación especial que hacía del momento algo único y exclusivo. Alec la guio hacia la mesa principal, tomando su mano con caballerosidad. Le dirigió la silla, y una vez ella estuvo sentada, él se ubicó frente a ella. Pronto, un mesero elegantemente vestido apareció para at
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Alec se quedó atónito, con la mirada clavada en la tableta como si el dispositivo fuera un objeto radiactivo. Su corazón palpitaba con una fuerza desmedida, golpeando contra sus costillas con un ritmo doloroso y errático. —No... esto no puede ser —masculló, negando con la cabeza frenéticamente. No podía creer que algo así se estuviera hablando. No podía ser cierto. La mente humana tiene límites para el horror que puede procesar, y la idea de que su madre, Elizabeth, hubiera robado a su propio nieto para fingir su muerte y dárselo a una amante, superaba cualquier guion de pesadilla. Alec estaba realmente extrañado, lleno de una sorpresa que rápidamente mutó en una ira incandescente. Por supuesto que no lo podía manejar; todo eso que estaba pasando era algo que lo dejaba desconcertado, rompiendo los esquemas de su realidad. Su respiración se estaba volviendo bastante fuerte, pesada y sonora; respiraba como un búfalo herido. Comenzó a caminar de un lado a otro en su oficina, sintiénd
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En la asepsia de la habitación del hospital, Alec intentaba incorporarse, luchando contra el mareo residual. Miró a su amigo, el Doctor Marcus Gray, con una urgencia que rozaba la locura. —Necesito ir con ella, Marcus. Necesito hablar con Miranda —insistió Alec, con la voz ronca pero firme—. Tengo que explicarle las cosas antes de que ella misma se entere por las noticias. Si lee esos titulares... pensará que todo esto es cierto, cuando no es así. Hay cosas que son mentiras, ni siquiera yo estaba al tanto de este supuesto robo. No estoy seguro si es un sabotaje o una verdad retorcida, pero estoy tan confundido que necesito verla a los ojos. Marcus suspiró, frustrado, y le puso una mano en el hombro para detenerlo. —Tienes que calmarte, Alec. Tienes que hacerlo por tu propio bien, amigo. Ahora mismo, mira lo que ha pasado: colapsaste. Entiendo que tu situación es bastante intensa, es muy complicada y es obvio que te preocupas, pero deberías descansar. Tu presión arterial fue una bom
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Elizabeth parecía una hoja seca a punto de quebrarse. Temblaba de los pies a la cabeza, encogida en su propia sala de estar, mientras su hijo la miraba desde arriba con una mirada asesina que jamás le había dirigido. —¿Es verdad todo lo que apareció en los medios? —preguntó Alec, con una voz que azotaba con fuerza—. ¿Cómo demonios es que tú tienes que ver con algo como eso? ¿De verdad Edward es el hijo biológico de Miranda y todo este tiempo hemos estado viviendo engañados? Dio un paso hacia ella, haciendo que la mujer retrocediera. —¡Madre, dime! ¡Explícame toda esta situación y no te quedes callada! —le gritó con fuerza, perdiendo la compostura—. ¡Dime de una vez por todas si esto es cierto! ¡Quiero escucharlo de ti! Elizabeth estaba paralizada. De repente levantó la mirada, pero Alec no vio arrepentimiento en sus ojos, sino pánico puro. Eso era evidente para él, quien la escudriñaba buscando una pizca de humanidad tras aquella acción tan despiadada y cruel que no le encontraba
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Alec iba manejando, pero su mente iba demasiado rápida, tan frenética que ni siquiera podía concentrarse bien en la conducción. Sus ojos azules estaban inyectados de tanta rabia y llenos de un dolor indescriptible. Tenía que enfrentarse a la idea de que Edward, el niño que amaba, era biológicamente su hijo y el de Miranda. Tenía que explicarle la situación a Miranda y hacerle entender que él no sabía nada de esa horrenda realidad. Llegó a una decisión: todavía no se lo contaría. Necesitaba pruebas irrefutables. Él mismo se encargaría de hacer las respectivas pruebas de ADN de Edward y Miranda para comprobar si todo lo que su madre había admitido era cierto. Claramente, sabía que su madre no admitiría algo que la pusiera en desventaja de esa manera; era verdad que Miranda era la madre de Edward. Pero la duda científica era su única arma contra el pánico. Al llegar a casa, frenó bruscamente y entró en la mansión como un huracán. Lo primero que hizo fue buscar al personal de servicio.
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Zamir estaba también en el suelo, arrodillado junto a Alec, dándole ánimo en medio de toda esa situación tan extraña. La impecable oficina se había convertido en un santuario improvisado para el dolor.—Debe ser un golpe tan fuerte para ti que no me imagino cómo debes sentirte —señaló Zamir, con la voz grave—. La verdad, yo también estaría completamente destrozado. Esto es simplemente una locura. Cuando vi la noticia, creí que todo era un invento más para desprestigiarte y afectar tu imagen, pero ahora que entiendo que esto es una verdad... no sé qué decirte. Si esto es devastador para mí, para ti debe ser...Alec levantó la cabeza. Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar, rojos y llenos de una vulnerabilidad que no le importó mostrar a su amigo.—Esto será terrible para nuestra relación, Zamir. Ahora que estábamos intentando hacer las cosas de la forma correcta... Ahora que creí que tenía una oportunidad con ella... —La voz de Alec se quebró—. Esto realmente va a hacer que quede c
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Xiomara, la ama de llaves, al percibir el ambiente peligroso, que inevitablemente seguía allí pero no debía presenciar, se quedó perpleja. Decidió marcharse y dejarlos a solas. Salió de la sala tan rápido como pudo, cerrando la puerta corrediza tras de sí.Miranda se acercó peligrosamente al hombre. Molesta, enfurecida. Estaba temblando, no de miedo, sino de una rabia helada que buscaba quemar algo. Comenzó a golpear su pecho con los puños cerrados, golpes que, aunque no le hacían daño físico, destrozaban algo dentro de Alec. —¡Dime si lo que acabo de leer es cierto! —exigió, mientras seguía golpeándolo—. ¡Por eso estabas actuando extraño anoche! ¡Por eso me quitaste mi teléfono! ¡No querías que yo me enterara de la verdad, no es así! ¡Solamente estabas haciendo tiempo, buscando una coartada, para luego darme excusas y otra vez mentirme! Todo lo dijo con rabia, lágrimas de dolor puro brotando de sus ojos.Alec se quedó callado, sin poder defenderse. No quería hacerlo. Entendía que Mi
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Miranda estaba en el apartamento de Vera, sentada en el sofá, acurrucada bajo una manta y sorbiendo un té caliente que Vera le había preparado.—Hablaste con tu marido —dijo Vera, observándola con cautela—. Sé que estás enojada, sé que todo esto te toma por sorpresa, pero ¿cómo es posible que ni siquiera lo supiera? De verdad, Miranda, ¿crees que no lo sabía? ¿O sí lo sabía y lo estaba ocultando?Miranda dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.—No sé en quién creer. No sé quién me está engañando y quién me miente en la cara. Confiar en él, en Alec... ¡No puedo confiar en él cuando he leído que ha usado todo esto como tapadera!—¿De qué exactamente? —preguntó Vera.—En cuanto a las pruebas de ADN... las he visto, Vera —dijo Miranda, con voz ronca—. He visto que las pruebas de ADN son ciertas. ¡Tenemos esa compatibilidad! No puedo creer que esté pasando.—Ay, amiga. Lo siento mucho, pero tienes que pensar en tu bebé, en ese bebé que llevas dentro de ti. No te puedes alterar —la re
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A la mañana siguiente, Miranda se levantó en la casa de su amiga. Vera ya estaba despierta y se movía por el apartamento, brindándole un apoyo silencioso pero firme. Le había preparado un desayuno y se sentó con ella durante un largo rato, ayudándola a sentirse un poco mejor, aunque el dolor de la traición era una herida abierta.—Los huevos revueltos están deliciosos —la animó Vera, intentando que Miranda se concentrara en algo mundano.—Es cierto, gracias Vera —respondió Miranda, logrando comer un poco más de lo que había podido la noche anterior.—No hay de qué —dijo su amiga, ofreciéndole una taza de café—. ¿Qué dices de salir y dar una vuelta? Necesitas aire fresco, Miranda, no puedes quedarte encerrada.Miranda frunció el ceño, el miedo volviendo a sus ojos verdes.—¿Crees que sea correcto? La prensa podría...—La prensa no sabrá que eres tú con un poco de ingenio —la interrumpió Vera, con una pequeña sonrisa—. Podrías incluso cubrir tu cara, usar un gorro, gafas oscuras. Pero n