All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 131
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Miranda había estado pensando detenidamente en lo que su amiga le había propuesto. Vera tenía razón: no podía quedarse sola, encerrada en esas cuatro paredes. Si lo hacía, lo único que iba a lograr era volverse prisionera de su propia mente, de los problemas, de los inconvenientes y de todo el desastre mediático y emocional que estaba sucediendo en su vida. La inacción era el alimento de la depresión, y ella tenía una razón poderosa creciendo en su vientre para no dejarse vencer. —Tengo que hacerlo —se dijo a sí misma. Qué mejor manera de combatir la angustia que salir a respirar aire fresco, hacer algo diferente ese día para poder ocupar su mente en lo que verdaderamente era importante: su salud y su futuro. Por esa razón, la mujer sabía que tendría que poner de su parte. Se levantó del sofá y fue a la habitación de huéspedes donde Vera había dejado su maleta. Sacó algo de ropa cómoda, tratando de no pensar demasiado. Se acomodó, se arregló un poco el cabello y se miró al espejo.
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Miranda decidió contestar la llamada. Hizo una señal a Vera, quien entendió de inmediato que necesitaba espacio y se quedó sentada en una banca cercana, observándola con preocupación. Miranda se alejó unos pasos, buscando un rincón bajo la sombra de un árbol para tener un mínimo de privacidad. —¿Mamá? —dijo al descolgar, tratando de mantener la voz neutral—. Ahora que me estás llamando, ¿qué es lo que necesitas? ¿Está pasando algo? Intentaba mantener la calma, pero la respuesta al otro lado fue una explosión. Catherine no estaba hablando; estaba gritando. —¡Dime que no es cierto! —aulló Catherine con tal fuerza que Miranda tuvo que alejarse el teléfono de la oreja para no quedar sorda—. ¡Dime que todo eso que acabo de leer en las noticias es mentira! ¡La verdad es una locura, no puede ser cierto! ¿Cómo demonios es que ese niño es el pequeño que tú has perdido? ¡No entiendo nada! Miranda cerró los ojos, sintiendo que le palpitaba la sien. —Mamá... —¡Acabo de verlo todo ahora mism
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—Lo entiendo, papá. Aún así, las extraño demasiado —continuó diciendo el niño, con esa vocecita que se clavaba en el alma de Alec.Alec tragó el nudo en su garganta y forzó una sonrisa reconfortante. —Creo que es mejor que te vayas a la cama. Ven, yo te voy a leer un cuento esta noche. —¿Está bien? —El niño sonrió un poco, ligeramente más animado. El hombre se sintió un poco más tranquilo al ver ese cambio. Se dirigieron a la habitación de Edward. El niño se lavó los dientes, se secó la cara con su toalla de dinosaurios y, minutos después, ya estaba listo y preparado para dormir bajo las sábanas. Alec arrastró una silla para sentarse a su lado y comenzó a leer el cuento. Su voz grave y monótona llenó la habitación, creando un ambiente seguro. Mientras leía, los párpados de Edward comenzaron a pesarle, y el niño se fue quedando lentamente dormido. Cuando por fin Edward cayó en un sueño profundo y su respiración se volvió rítmica y pacífica, Alec dejó el libro sobre la mesa. Se inc
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Esa misma mañana, poco después de la reunión con Elian Freeman, Alec llamó a Miranda. Ella contestó, la tensión de la conversación anterior aún flotando en el aire. —Miranda, te llamo para informarte de mis siguientes pasos —dijo Alec, su voz carecía de emoción, profesional y fría, como si estuviera hablando de un negocio y no de su propia madre—. Acabo de reunirme con mi abogado. Vamos a proceder con cargos criminales contra Elizabeth. Se hizo un silencio espeso en la línea. Miranda, al otro lado, se quedó petrificada. Sabía que eso era lo correcto, pero la noticia de la sentencia final la golpeó con una fuerza inesperada. —Vas a... vas a enviarla a prisión —articuló Miranda, la voz apenas audible. —Voy a hacer justicia por ti, por mí, por Edward y por los años de dolor que nos robó —replicó Alec, sin suavizar su tono—. Es lo que debe hacerse. Miranda sintió un nudo en el estómago. Sabía que Elizabeth se merecía cada consecuencia, pues no tuvo compasión al robar a su hijo. Pero,
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Alec condujo hasta la imponente mansión de su madre, Elizabeth, con una determinación fría grabada en el rostro. Cuando llegó, se le permitió la entrada al salón, donde encontró a Elizabeth sentada, visiblemente demacrada pero intentando mantener la compostura. Ella se quedó un poco sorprendida de verlo. —No esperaba que vinieras —admitió, la voz tensa. —No he venido a reconciliarme, ni a buscar explicaciones —emitió Alec, manteniéndose de pie frente a ella—. Ya sé suficiente. He venido a informarte que he tomado una decisión con mi abogado. Elizabeth frunció el ceño, pero antes de que pudiera protestar, Alec la golpeó con la verdad. —Voy a emprender acciones legales contra ti. Cargos criminales, Elizabeth. Por secuestro y fraude. La compostura de Elizabeth se rompió por completo. La realidad de la prisión, la vergüenza pública y la traición de su propio hijo la inundaron. Se levantó de golpe y se acercó a él, suplicando. —¡Hijo, por favor! ¡Te lo ruego! No lo hagas. Piensa en..
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Alec levantó la cabeza después de un rato. Tenía la mirada perdida y los ojos hinchados por el llanto. Hizo una seña al barman, quien se acercó y le dejó una bebida fuerte. Le dio otro sorbo, el ardor del alcohol apenas un cosquilleo comparado con el dolor en su alma. Su amigo Zamir lo miraba, esperando la continuación de su confesión. —Si me preguntas qué siento... no lo sé —soltó Alec, su voz era un áspero susurro—. Siento que una parte de mí está extasiada con la idea de hacer justicia, y la otra... la otra realmente se siente culpable. Como si yo mismo hubiera sido partícipe de todo esto, cuando no es así. Tomó otro trago, la rabia regresando. —Oh amigo...—Por otra parte, está Beatrice. No solamente es mi madre. También Beatrice está implicada en esto. Acusada de casi matar a mi esposa, y ahora de esto junto con mi madre. Me voy a volver loco, Zamir. Todo esto me está volviendo demasiado loco. Estoy perdiendo la cabeza. Zamir le dio una palmadita de apoyo en la espalda. —Te
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El sol aún no alcanzaba su punto más alto cuando varios vehículos sin distintivos, pero llenos de oficiales de la Policía Judicial, se detuvieron ante las imponentes rejas de la mansión Radcliffe. El abogado de Elizabeth ya había advertido que se abstuvieran de abrir, pero el tiempo para las cortesías había terminado. El jefe de la operación, un hombre corpulento y de mirada severa, tocó el intercomunicador. —¡Abra la puerta! Tenemos una orden judicial. Cooperen o entraremos por la fuerza. El silencio fue la única respuesta. Tras esperar apenas un minuto —un tiempo que a los oficiales les pareció eternamente tedioso dadas las circunstancias—, el comandante dio la orden. Dos oficiales procedieron a forzar la entrada del perímetro con herramientas especializadas. El sonido chirriante del metal cediendo bajo la presión resonó en el vecindario de élite. Una vez dentro de la propiedad, no tardaron en llegar a la enorme casa. Varios golpes cont
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La noticia llegó a través de una alerta en el teléfono de Miranda esa misma tarde. No fue un grito de victoria, sino un silencio profundo que se instaló en la habitación. Elizabeth Radcliffe había sido arrestada.Miranda dejó el teléfono sobre la mesa de centro con una lentitud deliberada y se quedó mirando al vacío, sentada en el borde del sofá. Vera, al notar el cambio repentino en la atmósfera y el silencio de su amiga, se preocupó de inmediato. Dejó la revista que estaba hojeando y se acercó, sentándose a su lado.—¿Está pasando algo más? —preguntó Vera, con la curiosidad teñida de cautela—. ¿Tienes alguna novedad, amiga?Miranda levantó la cabeza lentamente. Sus ojos no brillaban con triunfo; estaban opacos, cansados. No es que estuviera arrepentida, ni mucho menos sentía culpa por lo que le ocurría a Elizabeth; sabía perfectamente que la matriarca se lo había buscado con cada mentira y cada manipulación cruel. Pero, de alguna manera, no había satisfacción en ella. La venganza no
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—Lo siento mucho. ¿Te he lastimado? —preguntó él, con esa voz profunda y gruesa que hizo que a Vera se le erizara toda la piel de los brazos.Ella casi ni siquiera podía hablar; su cerebro había hecho un cortocircuito momentáneo.—En... en realidad me encuentro bien. No se preocupe —fue lo único que pudo decirle, todavía con la voz entrecortada y las mejillas encendidas.Zamir, que era un experto en leer a las mujeres, no la soltó de inmediato. Parecía estar usando su arma de seducción con ella, con aquella desconocida que tenía una chispa interesante en la mirada.—¿Estás segura de que te encuentras bien? —insistió el hombre, buscando su mirada con intensidad, sin dejar de sonreír—. Fue un golpe fuerte.Vera comenzó a sentirse nerviosa bajo ese escrutinio. Se soltó suavemente de su agarre y se alisó el abrigo.—Así es, me encuentro bien. Ya se lo he dicho. Con su permiso.Intentó rodearlo para seguir su camino, pero el hombre ni siquiera tardó en detenerla de nuevo, girándose con agi
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Catherine caminaba de un lado a otro en la sala de su casa, con los nervios a flor de piel. Sentía que algo grande estaba sucediendo, pero el silencio de su hija la mantenía en la oscuridad.Buscando respuestas, tomó el control remoto y encendió la televisión. No tuvo que buscar mucho. Todos los canales de noticias habían interrumpido su programación habitual.Catherine se quedó perpleja, con el control remoto aún apuntando a la pantalla, mientras los titulares en rojo parpadeaban ante sus ojos: "ELIZABETH RADCLIFFE DETENIDA.Las imágenes mostraban a su consuegra, siempre tan impecable y altiva, siendo escoltada por policías hacia una patrulla, con las manos esposadas y el cabello desaliñado.—¡No puede ser! —exclamó Catherine, llevándose una mano a la boca por la sorpresa inicial.Pero la sorpresa duró apenas un segundo. Rápidamente, una sonrisa de alegría maliciosa se dibujó en su rostro, transformando sus facciones.—¡Se lo merece! —gritó a la pantalla, sintiendo una satisfacción o