All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 11
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En la fastuosa sala de estar de los Radcliffe, la tensión era tan densa. Catherine, con sus enormes ojos verdes resaltados por una exagerada máscara de pestañas, observaba a su consuegra, Elizabeth. Esta última, de postura elegantemente rígida y mirada azul tan intensa como la de su hijo, recibía a su invitada con una ceja arqueada.—Y bien, Catherine —comenzó Elizabeth, con la voz pulcra y fría como el hielo—, si estás aquí es porque también quieres saber un poco más sobre mi nieto, Edward, ¿no es así?Catherine no pudo evitar dejar ver su curiosidad, asintiendo con un movimiento apenas perceptible. —No te equivocaste, Elizabeth. Desde que supe sobre ese pequeño, me llena de mucha curiosidad. Y más porque no se trata de cualquier persona, sino del hijo del marido de mi hija.Elizabeth dejó escapar un suspiro de impaciencia. —Si al menos Miranda quisiera conservar un poco su posición y cumplir su papel como esposa, debería darle un hijo a Alec. No lo intenta lo suficiente. Tiene ter
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En la mañana, en su despacho ejecutivo, Alec Radcliffe se encontraba detrás de su escritorio de caoba pulida. Estaba absorto en documentos, pero su mente era un campo de batalla. De nuevo, las palabras de Miranda lo asaltaban, ese atrevimiento descarado en la noche. La idea de solo imaginar a Miranda con alguien más le provocaba una rabia tan cruda que no podía concebirla. No era celos, se dijo, sino la violación de su control.Resopló sonoramente, sacudiendo la cabeza para expulsar esa imagen, pero el rostro desafiante de su esposa persistía. —¡Maldita sea! —maldijo en voz alta. No podía concentrarse, y por supuesto, le echó la culpa a ella. "¿Quién se cree que es para decirme esas cosas? ¿Acaso no sabe que es mi esposa?" Soltó, hablando a solas. Le parecía una falta de respeto suprema que ella pudiera atreverse siquiera a insinuar que buscaría afecto fuera del matrimonio. El hecho de que él le hubiera fallado era irrelevante en su retorcida lógica; ella no tenía el derecho de hace
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Vera había escogido un restaurante de cocina fusión, con opciones deliciosas y un ambiente discreto. Miranda tomó el menú entre sus manos, pensativa, antes de decidirse.—Risotto de hongos silvestres —declaró Miranda, con un atisbo de antojo.—¡Oh, Risotto! Estoy totalmente de acuerdo. Y yo pediré las vieiras gratinadas.Hicieron la elección de la comida; además de los platos principales, pidieron de entrada una Burrata con tomates confitados y, para el postre, un Tartufo de chocolate para compartir. El mesero se acercó, tomó la orden con eficiencia y se retiró.—Gracias —dijeron ambas al unísono.Se quedaron allí, en un cómodo silencio de amistad. Miranda rompió el hielo.—¿Necesitas dinero, o sigues siendo el tipo de persona que no se puede quedar de brazos cruzados ni siquiera por unos días?Vera hizo un gesto despreocupado. —No te preocupes por mí. No es que necesite el dinero, aunque, por supuesto, ¿quién no necesita dinero? Pero tengo suficientes ahorros. Quiero mantenerme ocup
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Alec tardó unos minutos en recuperar el aliento. El whisky ardía en su estómago y el alcohol nublaba ligeramente su juicio, pero el estallido emocional lo había vaciado. Lentamente, se puso en pie, sintiendo el peso de la ecografía descartada y el sonajero en sus manos.Recogió el pequeño sonajero plateado. Era ligero, pero el peso del recuerdo era abrumador. Con una resolución sombría, abandonó su despacho, dirigiéndose a la habitación principal.La habitación de Miranda estaba inmaculada, ordenada, fría. Un reflejo del estado actual de su matrimonio. Se acercó a la mesita de noche, que estaba despejada salvo por una lámpara. Con un gesto que combinaba la culpa y la urgencia, depositó el sonajero con cuidado. No era una disculpa, pero era una admisión silenciosa de que la pérdida había existido, de que él también la recordaba. Era la única manera en que su orgullo le permitía confesar su dolor.Dejó el objeto allí y salió. Horas más tarde, el sonido de la puerta al cerrarse anunció
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Toda la cena transcurrió en un silencio profundo. No un silencio de paz, sino uno cargado que obligaba a cada uno a escuchar su propia respiración. No había tema de conversación. Miranda solo quería terminar, huir de la mesa. Comió con una celeridad inusual, siendo la primera en terminar su plato.En cuanto el último bocado fue ingerido, se levantó de golpe. Sin mirar a Alec ni a Edward, se retiró directamente a la habitación. Una vez dentro, cerró la puerta y se permitió recuperar el aliento. Fue un jadeo audible, como si sus pulmones atrofiados por la tensión finalmente agradecieran el oxígeno limpio. Se sintió descolocada, desarmada.Volvió a clavar la mirada en el sonajero plateado que ahora reposaba sobre su almohada. Se acercó y lo tomó entre sus manos, sintiendo que ya no podía manejar la situación. La angustia era un nudo, el deseo de huir era un fuego, pero la supervivencia y la duda la paralizaban.En el comedor, Alec se quedó junto a su hijo, vigilando mientras Edward ter
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La frustración de Miranda se desbordaba en su mirada. Estaba agotada de la táctica de su marido, de esa pared de silencio que él usaba para manipular y evadir.—No me vas a responder, ¿verdad? —le espetó, la voz cargada de ira—. ¿Te quedas sin palabras ante la verdad?Alec resopló sonoramente. Para él, el sonajero había sido un momento de debilidad impulsiva, algo que lamentaba haber hecho porque le daba a Miranda munición. En lugar de ceder a su pregunta, decidió cambiar el blanco del ataque.—Miranda, debes esforzarte un poco más con Edward —replicó, ignorando por completo el objeto en la mano de ella—. El niño se ha atrevido a decirme que parece que no estás cómoda con la idea de verlo aquí. Me ha dicho que él es un desagrado para ti.La frialdad en la voz de Alec, se presentó. —¿Qué dices? —Si un niño ha llegado a esa conclusión, es porque no has estado actuando correctamente. Debes entenderlo, es mi hijo. Es un pequeño y no tienes por qué ser una persona fría con él.Miranda se
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Zamir Bonneville hizo su entrada esporádica en la oficina de su mejor amigo. El pelinegro, de atractivos ojos grises y siempre luciendo impecable y elegante, ni siquiera se molestaba en pedir cita. Entrar sin aviso era un privilegio que Zamir se tomaba, aunque casi siempre terminaba por irritar a Alec Radcliffe, quien estaba perpetuamente anclado a su trabajo.Zamir encontró a su amigo sentado en su cómoda silla giratoria, que más parecía un trono de poder. Se acercó y se ubicó frente al escritorio.—Amigo mío, me imagino que tienes un poco de tiempo para mí —emitió con una sonrisa fácil.Alec levantó la cabeza, sus ojos grises llenos de la tensión del trabajo. —Tú como siempre te apareces aquí sin avisar. Sabes que estoy saturado. Ahora, dime qué se te ofrece, a ver si puedo ayudarte.Zamir se encogió de hombros. —No es que necesite algo, realmente. Ando un poco aburrido. Tuve la semana pasada y la anterior cargadísimas, yendo de un lado a otro para ubicar un terreno y hacer una co
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Al caer la tarde, Alec cambió de opinión. La necesidad de acallar el enredo mental era más fuerte que su disciplina. Le marcó a su amigo, su tono brusco como siempre.—Veámonos en ese bar que mencionaste. No sé la dirección, así que pásamela.Zamir respondió con una alegría inmediata. —¡En serio te has decidido a ir! Ya te pasaré la dirección, nos vemos allí.Alec necesitaba desahogarse. Aunque sabía que el alcohol casi nunca lograba calmarlo, sino avivar la llama, era el único escape que se permitía. Condujo su deportivo de lujo y, gracias a su prisa, llegó más rápido de lo esperado.El sitio era enorme. La música fuerte retumbaba en sus oídos. El olor del cigarrillo estaba por todos lados, al igual que el fuerte alcohol; los perfumes caros, causando un revuelto desagradable en su estómago. Localizó a Zamir, quien le hacía señas con la mano.Se sentaron en una mesa redonda. Zamir levantó la mano para indicarle al barman que se acercara.—Tú pareces demasiado experto en esto —comentó
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El esfuerzo de mover a Alec era extenuante. Incluso cuando él se le escurría de los brazos, Miranda no pudo dejarlo abandonado. Aunque en su fuero interno sabía que debió haberlo hecho, la compasión era un defecto del que no podía deshacerse.—Miranda, realmente creo que tú y yo deberíamos divertirnos esta noche —declaró él de repente, arrastrando las palabras.Ella se tensó de inmediato, el rostro ardiendo. —¡Deja de decir tonterías! Solo estás borracho. Si tuvieras la cabeza fría, ni siquiera dirías esas cosas —replicó, molesta.Alec se frenó en seco en el pasillo, obligándola a detenerse también. La miró directamente, sus ojos vidriosos fijos en ella. —No estoy bromeando cuando te digo eso. Vamos a pasar la noche juntos. Creo que necesito un poco de acción.Miranda puso los ojos en blanco, el sonrojo se debía tanto a la indignación como a la tonta punzada de la atracción que su ebrio atrevimiento encendía. —En serio, te pediré que te detengas. No haces más que decir idioteces.E
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La vida de Miranda pendía de la velocidad. Alec no llamó a una ambulancia, sabiendo que el tiempo de espera podía ser fatal; él mismo la llevaría al hospital más cercano en su auto. Estaba demasiado molesto, asustado y con tantas emociones mezcladas que el pánico lo asfixiaba. La creencia de que ella había atentado contra su propia vida y que ahora se encontraban en una situación de vida o muerte hacía que su corazón latiera despiadado.Necesitaba que ella no muriera. Miraba cada cierto tiempo por el retrovisor, pero se obligaba a concentrarse en la carretera. Era difícil centrarse en la conducción cuando su mente era una bomba de tiempo.—¡Resiste, Miranda! ¿Pero qué has hecho? —gritaba, golpeando con fuerza el volante, una explosión de impotencia.Cuando menos lo esperó, sintió el frío de las lágrimas en su rostro. Solo allí se dio cuenta de algo: preocuparse por ella, sentir miedo e impotencia, era la prueba de que ella era realmente importante para él, aunque su orgullo jamás lo a