All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 21
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21
El llanto de Miranda no cesó. Era un sonido crudo, sin defensa, que se escuchaba en la pulcra habitación de hospital. Alec, paralizado y sintiéndose invadido por la vergüenza y una culpa corrosiva, se quedó quieto. No podía marcharse, pero tampoco podía consolarla, ya que él era la raíz de ese dolor.Se quedó allí hasta que el sollozo se convirtió en un jadeo cansado, y Miranda se hundió de nuevo en el colchón, exhausta. Ella cerró los ojos, y el silencio regresó, solo interrumpido por el leve sonido de las máquinas que monitorizaban su pulso.Alec, con la mandíbula tensa, se levantó de la silla. Sabía que no podía dejar las cosas así. No podía permitirse un escándalo público ni otra emergencia.—Escúchame bien, Miranda —empezó, su voz baja y grave, llena de una amenaza apenas disimulada—. Tienes dos días aquí para recuperarte. Cuando salgas, hablaremos con un terapeuta. Y te advierto: no volverás a acercarte a esas pastillas, ni intentarás ninguna estupidez más. Esta es tu última opo
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Durante los dos días que llevaba internada, Alec ni siquiera se molestó en llamarla. Miranda había esperado ese gesto, pero la verdad era que ya sabía que no lo haría. Su único medio de comunicación era el teléfono móvil que su marido se había encargado de enviarle con un asistente. Con el aparato en la palma de su mano, ella dudó. Se puso pensativa. ¿Era justo llamar a Vera y llenarla de sus problemas, convertir su situación en una carga para su amiga? No quería ser un obstáculo en la vida de Vera, sino que se sentía como una carga para los demás. De pronto, como si estuvieran conectadas por un hilo invisible, el teléfono vibró. Era Vera. Miranda atendió de inmediato, la voz apenas un susurro. —Hola, Vera...La voz de su amiga sonó urgente y marcada por la preocupación. —¡Miranda! ¿Cómo estás el día de hoy? Te estuve llamando el día de ayer, pero no tomaste las llamadas —explicó Vera. Miranda recordó en silencio que el teléfono apenas lo había recibido la noche anterior y no hab
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Alec había sido notificado por el doctor. Miranda recibiría el alta ese mismo día. Los dos días de ausencia no fueron por desinterés, sino por la vergüenza de encarar su propia culpa. Sin embargo, allí estaba, yendo a buscarla. Entró en la habitación y la encontró sentada al borde de la cama, terminando de vestirse. Ella levantó la mirada. —Ahí estás. Has venido por fin a buscarme —expresó Miranda con una frialdad cortante, manteniendo el contacto visual el menor tiempo posible. Alec se rascó la nuca, incómodo. —Salgamos. El auto está afuera —informó, sin poder generar más conversación. Ella se levantó y salió con él. No hubo manos entrelazadas, ni una mano de apoyo en su espalda; nada de la fachada de un matrimonio normal. Se dirigieron a la salida. Alec le abrió la puerta del lado del copiloto de su auto y ella subió sin siquiera un gesto de agradecimiento. Era lo mínimo que podía hacer él. Alec condujo en silencio. Miranda se quedó con la mirada fija en sus manos entrelazada
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Elizabeth abrió los ojos de golpe después de haber tomado una siesta que terminó convertida en una pesadilla. Sentía que el corazón latía demasiado rápido y el sudor perlaba su frente. Había soñado otra vez con ese pequeño niño, Edward. El niño, inevitablemente presente en su mente, hacía que su cabeza diera vueltas. Se sentía paranoica y volvía a tener ese tipo de pensamientos que la llevaban a un dilema mental peligroso.Una vez más, era arrastrada por la misma sensación. Volvió a pensar en ella, en Miranda, en su llanto... y en ese día que Miranda había perdido al bebé.El aire del hospital era frío, más frío que el de cualquier invierno, y olía a antiséptico y a desesperación. Elizabeth estaba allí, de pie junto a la cama de hospital. Miranda yacía pálida, con la mirada perdida y el dolor grabado en sus facciones. Estaba sollozando en silencio, destrozada, después de que el doctor confirmara la pérdida.Elizabeth la miró con una frialdad cortante, sin ofrecer consuelo alguno. Se
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A la mañana siguiente, Miranda y Alec desayunaban solos; el pequeño Edward aún no se había levantado. Miranda no pudo evitar soltar la pregunta que la carcomía.—Quisiera saber si por casualidad le has dicho a mi madre sobre lo que me ha pasado estos días.Alec dejó de comer y observó a Miranda, quien parecía ansiosa por saber si le había revelado a Catherine su intento de suicidio.—¿Se supone que debería decirle para que se preocupe? —replicó él, con un tono sardónico—. Por supuesto que no le dije nada. Si eso te hace sentir tranquila, créeme que ella no lo sabe. No sé si tú se lo dirás en algún momento —agregó, estudiándola.Ella se aclaró la garganta y continuó comiendo sin responder. Alec hizo lo mismo, pero ya se le estaba haciendo tarde para ir al trabajo. Miró la hora en su lujoso Rolex y se levantó alarmado, sabiendo que llegaría tarde si no se daba prisa.—Me voy —anunció, y se marchó.Miranda se quedó allí, permaneciendo en la mesa. Devoró a duras penas lo poco que quedaba
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Alec se quedó en el salón, quieto. El silencio que siguió a la explosión de Miranda decía más que cualquier cosa; decía control, frustración y la clara advertencia de que él no había ganado, sino que simplemente la había pospuesto. Miranda, con los puños aún apretados de furia, pasó de largo a su marido, se dirigió a la habitación y cerró la puerta con un fuerte portazo. Una vez dentro, se obligó a regular su respiración. Estaba demasiado alterada.Supuso que debía llamar a Vera e informarle que el plan del resort, quedaba cancelado. Marcó el número de su amiga. —Vera, te estoy llamando para decirte que lo de la salida al resort se cancela ahora mismo. No será posible.—¿Por qué? —preguntó , confundida—. ¿Por qué estás cambiando repentinamente? Estabas muy emocionada. ¿Está sucediendo algo más? No me digas que es tu marido quien te lo prohibió...Miranda se sintió demasiado avergonzada. Contar esa intimidad, quedar como la esposa patética que se dejaba pisotear, era más humillante qu
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Miranda estaba en el comedor, esperando el regreso de su marido. La idea de ir a unas vacaciones forzadas con él, después de que le prohibiera ir con Vera, la llenaba de rabia. Sabía que si se negaba, Alec simplemente usaría su autoridad, recordándole que él decidía y que irían de todos modos. La frustración la consumía.Estuvo en el almuerzo con la mirada fija en el plato frente a ella, pero su mente estaba completamente ausente.Una de las sirvientas se le acercó. —¿En qué puedo ayudarla, señora Radcliffe? ¿Necesita algo más? —No, no necesito nada más. Muchas gracias por la comida —emitió Miranda, con cortesía forzada. La mujer asintió y se retiró.Pero no tardó en llegar otra de las empleadas. Esta vez era Rowena, la mucama. Se acercó a Miranda con el rostro ligeramente pálido y una expresión preocupada. —Señora... el jovencito Edward no se encuentra en su habitación —informó, haciendo que todas las alarmas internas de Miranda saltaran. Miranda se levantó, completamente im
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Alec estaba en medio de una reunión crucial sobre el nuevo proyecto de la compañía cuando su teléfono comenzó a sonar incesantemente. Sintió una punzada de molestia, reconociendo el número; era Beatrice, la madre de Edward. Se negaba a contestar; la reunión no podía ser interrumpida solo para atender una llamada personal. Colgó la llamada y puso el teléfono en silencio.Continuó con la reunión—¿Tiene alguien alguna objeción a lo que acabamos de discutir?Todos lo miraron, negando con la cabeza. Sin embargo, uno de los arquitectos levantó la mano de pronto. —Señor Radcliffe, respecto al diseño del nuevo hotel, tengo una pregunta sobre la integración de la cimentación. El plano indica una estructura de soporte flotante para la sección del spa, ¿pero eso no incrementaría los costos en un 15% por el tipo de terreno que tenemos en la costa? Alec, a pesar de la turbulencia emocional que lo asolaba, respondió con una claridad impecable, demostrando su genio en el negocio. —No. Si revisan
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Elizabeth frunció el ceño ante la pregunta. El tono de Beatrice se estaba volviendo demasiado exigente.—No te voy a responder a eso. Y tú deberías quedarte tranquila, creo que te estás presionando demasiado, así que...—¡Usted sabe perfectamente por qué he prometido que el niño conviva con él! ¡Quiero recuperarlo! ¡Quiero que vuelva a ser mío! —interrumpió Beatrice.Elizabeth se llevó ambas manos a la cabeza, frustrada. —Sabes muy bien que las cosas no tienen que ser de ese modo. No puedes forzarlo a que todo salga como quieras. A lo mejor, en su momento, se indique un "no".—¡Pero usted sí puede hacer que las cosas salgan como usted lo desea! —replicó Beatrice, levantándose—. ¡Creo que eso es un poco contradictorio, porque justo lo que hace es lo que me dice que no puedo hacer! ¡Creo que yo también tengo derecho a ser feliz!Elizabeth asintió con la cabeza, su rostro inexpresivo. —Estoy de acuerdo. Tienes derecho a ser feliz. Pero piensa un poco en la situación: ¿Serás feliz con m
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Cuando abrió los ojos por la mañana, Beatrice se sintió invadida por la rabia. Gruñó al escuchar su teléfono celular sonando sin parar, y al ver quién la llamaba, su furia se incrementó. Se preguntó qué demonios querría Elizabeth ahora. Contestó de mala gana. —¿Qué es lo que quiere ahora, señora?Elizabeth, al otro lado de la línea, mantenía una calma irritante. —Beatrice, cómo te fuiste de mi casa el día de ayer, quise llamarte para asegurarme de saber cómo estás. ¿Todavía sigues creyendo que tienes razón?Beatrice se sentó sobre la cama, resoplando, con el teléfono pegado a la oreja. —Me está llamando para arreglarme el día. La verdad, no tengo intenciones de seguir discutiendo con usted. Y si lo que le preocupa es su secreto, entonces puede estar segura de que...Hizo una pausa dramática. Fue la señal perfecta para Elizabeth, quien la interrumpió.—Por supuesto que seguiré enviándote el dinero que necesites. Me aseguraré de que el dinero sea algo que nunca te falte en tu vida.