All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 31
- Chapter 40
162 chapters
31
Alec se acercó a Edward y le revolvió el cabello con una sonrisa forzada. —No, no pasa nada, hijo. —Luego miró a Miranda con una expresión que mezclaba desdén y una sutil molestia por el reclamo que acababa de recibir.Sin decir una palabra más, tomó a Edward de la mano. —Vamos, Edward. Vamos a ver la piscina. ¿Te parece?—¡Sí, papá! —exclamó el niño, feliz de la distracción.Alec salió de allí con el niño, dejando a Miranda sola.Ella se quedó allí, parada en medio de la suntuosa sala de estar, observando la puerta por donde acababan de salir. La rabia y la frustración la alcanzaron de nuevo. Se dejó caer sobre el inmenso y suave colchón de la cama principal, resoplando sonoramente.El silencio de la villa era opresivo, a pesar del hermoso sonido del mar que se filtraba por la ventana. Estaba atrapada: atrapada en el lujo, atrapada con el hombre al que detestaba, y atrapada en una farsa para un niño que, irónicamente, la hacía dudar de su propia resolución.Estaba molesta. Él se h
32
Las palabras de Vera aún en la cabeza de Miranda "intenta disfrutar". Al despertar esa mañana, Miranda sintió que los rayos solares eran diferentes. Abrió las cortinas y se asomó al balcón, encontrándose con una vista hermosa.El mar se extendía a lo lejos; la costa era paradisíaca. La brisa marina le golpeó el rostro y, por un instante, se sintió agradecida por un día más de vida. Sonrió, permitiendo que la vitamina D del astro dorado la inundara. Quería realmente relajarse y sentirse mejor.De pronto, se sobresaltó cuando alguien a su lado carraspeó, aclarando la garganta. Era Alec, junto a ella. Miranda dio un respingo por la sorpresa, se giró de inmediato y se cruzó de brazos. La efímera felicidad de su rostro se borró, reemplazada por la frialdad. —¿Hace cuánto tiempo que estás aquí? —quiso saber ella.Alec se mantuvo tranquilo, relajado, sosteniendo una taza de café en su mano. —¿No te parece que esta vista es maravillosa, Miranda? Ahora me darás la razón. Por supuesto que nec
33
Miranda se cambió de ropa a regañadientes. No tenía intención de seguir sus órdenes, pero sabía que un escándalo en el resort solo complicaría su situación. Bajó al restaurante con la intención de mantener la distancia emocional. Encontró a Alec y Edward sentados en una mesa con vistas al mar. Edward estaba devorando con entusiasmo su desayuno.—¡Miranda! —la saludó el niño con una sonrisa. —Buenos días, Edward —saludó Miranda, devolviéndole el saludo con una calidez inesperada, la única que se permitía mostrar. Se sentó frente a ellos. Alec la observó de reojo, notando la interacción genuina entre ellos. Comieron en un silencio tenso, roto solo por los comentarios y las risas de Edward. Al terminar, el niño no tardó en sacar el tema que más lo emocionaba. —Papá, ¿podemos ir a la piscina ahora? ¡Dijiste que temprano! —Claro que sí, hijo. Vamos a ponernos los trajes de baño —dijo Alec, levantándose. Luego se dirigió a Miranda—. Vamos, Miranda. —No, no voy a ir. Vayan ustedes —s
34
Miranda se levantó con sumo cuidado de la silla, asegurándose de no despertar a Edward. Se acercó a Alec para hablar en un susurro. Le explicó todo tal cual había sucedido; cómo Edward se había caído cerca de las rocas mientras jugaba, que se había lastimado la rodilla y cómo ella lo había llevado a la enfermería del resort para que lo atendieran.Alec la escuchó, pero su expresión no era de alivio. De repente, su preocupación se transformó en recriminación.—¿Y lo perdiste de vista? ¡Te dije que te quedaras con él! ¿Por qué no fuiste más cuidadosa? ¡Esto no habría pasado si hubieras estado vigilándolo apropiadamente! —le recriminó Alec, su voz baja pero cargada de culpa, como si el accidente fuera enteramente responsabilidad de ella.Miranda se quedó verdaderamente impactada por la injusticia de sus palabras. ¿Después de todo lo que había hecho, él la culpaba?—O sea, ¿te estás fijando en eso? —le espetó ella, señalando la lógica defectuosa de su reclamo—. Por supuesto que yo sí estu
35
—Otra vez ese mareo.—¿Y por qué no quieres ir al doctor?¡Deberías ir y revisarte! No me digas que estás pensando otra vez en el trabajo en primer lugar —lo reprendió Elizabeth, la preocupación dominaba su tono de voz. —Así es, mamá —admitió Alec, enderezándose a pesar del dolor—. Tengo muchos proyectos importantes, y más ahora, este hotel. Es un proyecto demasiado fuerte, es demasiado importante para mí. No puedo darme el lujo de ir al doctor. Estoy seguro de que si tengo algo, entonces me voy a enfocar en eso y voy a perder el tiempo.Elizabeth resopló. —No puedes estar hablando así cuando se trata de tu salud. ¡La salud debería ir primero que el trabajo, hijo! Te he inculcado valores fuertes y una educación que va más allá de solo acumular proyectos. ¿Por eso llamaste? ¿Para decirme que no puedes perder el tiempo yendo al doctor?Alec sintió un nudo de irritación. Su madre, incluso preocupada, siempre encontraba la manera de sermonearlo.—Mamá...—Entonces, ¿cuál es la razón por
36
Miranda se encontraba allí, en el silencio de la habitación del hospital, hablándole a solas a Alec, incluso sabiendo que probablemente él no la estaba escuchando.—¿De verdad es solo estrés? —cuestionó en voz baja—. Deberías tener más cuidado. Deberías ser más consciente de que el trabajo no lo es todo. Eres alguien demasiado terco.Suspiró, acariciando tiernamente su mano. Luego la soltó, recordando al imbécil que él había sido con ella, y cómo ahora ella, como una tonta, estaba allí preocupada por él. Él no se merecía su preocupación, ni sus lágrimas, ni sus ruegos. Pero no podía llevar la cuenta del daño en ese momento, no cuando el hombre tendido en esa cama seguía preocupándola.Sin darse cuenta, poco a poco, empezó a sentir sueño. Se esforzó por mantener los ojos abiertos, pero sus párpados estaban demasiado pesados. Sentía una somnolencia terrible y terminó durmiéndose.Cuando despertó, la posición incómoda en la que había estado durante toda la madrugada había repercutido en
37
No volvieron a hablar durante el resto del trayecto. El silencio se mantuvo hasta que llegaron a la casa. Alec se dirigió directamente a su despacho, en lugar de a la habitación para descansar. Miranda sintió un nuevo arrebato de irritación por su acción. No estaba poniendo en práctica ni en primer lugar lo que le habían recomendado. Era obstinado y terco hasta el límite.Finalmente, ella se fue a su habitación para tomar una ducha. Bajo la cascada de agua caliente, empezó a reflexionar. Cuando volvió a la habitación, la inquietud regresó. Su marido había estado muy raro. Se cuestionaba en ese momento: ¿De verdad le había pasado todo eso solo por estrés, como dijo el doctor? ¿O estaba pasando algo más que no le querían decir? Sacudió la cabeza, no queriendo ser paranoica. No quería poner en tela de juicio las palabras de un profesional y menos las de su marido. Pero luego recordó la cercanía entre el doctor Marcus y Alec. Conociendo que el doctor era bastante cercano a su marido...
38
La expresión de Miranda lo decía todo. Vera, al verla, se dio cuenta de que su amiga se notaba enojada y sombría, como si estuviera tratando de controlar y negar algo evidente, pero no estaba decidida a contarlo. Vera respetó su silencio inicial. —¿Te pasa algo? —averiguó observando la nebulosa inquietud en sus ojos verdes. —No. —Sí, te está pasando algo, pero no me lo digas si no quieres. — aseguró. Ella tomó aire profundamente y luego dio un sorbo a su bebida. —Bueno, debo admitir que me pasa de todo últimamente. Ya estás al corriente de que mi vida es un desastre y está llena de complejidades. Pero lo que está sucediendo ahora me preocupa bastante. Alec hace dos días terminó desplomándose. Lo llevaron a emergencias y el doctor me explicó que se debe a que se ha saturado demasiado y que tiene estrés extremo. Ya sabes, él trabaja mucho, se exige mucho, y todo eso llevó a ese desenlace. Sin embargo, por más que lo intento, sigo pensando que hay algo más que no me ha contado. —Es
39
Miranda despertó esa mañana con una resolución inquebrantable. Ya no quería depender por completo de su marido; quería forjar algo propio, incluso si eso significaba desafiarlo. La reciente crisis de salud de Alec, lejos de amedrentarla, había servido como catalizador. Decidió que no seguiría agotándose en la preocupación por los secretos o las dolencias de un hombre que rara vez mostraba gratitud o reciprocidad. Era hora de concentrarse en sí misma y forjar su independencia económica.Recordó entonces la conversación con Vera sobre las oportunidades laborales. Por eso, se reunieron. —Me he reunido contigo, Vera, porque ahora sí estoy animada a hacerlo... Creo que puedo conseguir un trabajo. Vera se mostró exultante. —¡Esa es la actitud, Miranda! Tienes la elegancia y sabes de lujo, así que es un ambiente que sabrás manejar sin problema. Justo en la joyería donde trabajaba han abierto una vacante. ¡Te voy a recomendar! Aquella noticia fue excelente para Miranda. Una sonrisa enorme
40
A pesar de la incomodidad, Miranda se irguió profesionalmente, enfrentando la mirada de Elizabeth.No iba a permitir que esa mujer la sometiera o la hiciera dudar con sus palabras. Incluso cuando se volvía un desafío aquel enfrentamiento. —Señora Radcliffe —se presentó de nuevo Miranda, aunque seguía profundamente molesta por la intrusión y la evidente crítica de su suegra.Elizabeth la observó de nuevo, deteniéndose en el uniforme, de los pies a la cabeza. La mueca de desdén era tan evidente que Miranda sintió cómo le ardían las mejillas. Elizabeth resopló, y le hizo una seña a su asistente para que esperara. Luego, con un gesto autoritario y condescendiente, señaló una mesa vacía en el lujoso Café Buck, que se encontraba anexo a la joyería, indicándole a Miranda que se sentara.Miranda se acercó, pero se mantuvo de pie. No iba a acatar esa orden.—No es necesario sentarse, señora Radcliffe —pronunció un poco seria, enderezándose—. Estoy trabajando. Pero si necesita algo, puedo ate