All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 41
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Miranda salió del Café Buck con la furia aún palpitando, pero completamente superada por la amenaza de Elizabeth. Regresó a la joyería, pero su ánimo estaba por los suelos. No podía seguir trabajando con esa bomba latente en su cabeza: la exigencia de fingir ser la madre de Edward. La idea era grotesca y humillante, pero se sentía atada a obedecer para proteger a su familia.Vera fue la primera en verla y, al observar su expresión pálida y desencajada, supo que las cosas habían empeorado con su suegra. —Amiga, ¿te encuentras bien? Te noto tan pálida, deberías sentarte. No creo que puedas continuar laborando así —murmuró Vera, acercándose. Miranda levantó la cabeza. —No creo que pueda seguir trabajando en este lugar. Vino con amenazas... y me ha solicitado algo que todavía no puedo creer. Al darse cuenta de que estaban en un área abierta, Vera la tomó del brazo y la llevó a un lugar apartado del almacén, donde podían conversar sin ser escuchadas. Allí, Miranda comenzó a desahogarse
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La sirvienta soltó a Miranda y se retiró con un suspiro audible, consciente de que se avecinaba una confrontación intensa. Alec se acercó, su expresión dura, con la desaprobación brillando en sus ojos. La tomó firmemente del brazo y la obligó a sentarse en el sofá del Gran Salón.—Explícame por qué apareces con ese uniforme y apestando a alcohol —exigió, sin elevar la voz, lo cual hacía su rabia más palpable—. Hueles a demasiado alcohol. Recuerdo claramente que me sermonearte por lo mismo hace unos días. ¿Ahora debo sermonearte yo a ti?Miranda resopló, luchando contra el vértigo. —Supongo que es lo justo, ¿no crees? Aún así, lo que acabo de hacer no se compara con lo que tú me has hecho. Eres un imbécil. ¡Eres un imbécil! —repitió, elevando la voz. El aliento alcoholizado golpeó el rostro de Alec.Frustrado, él se levantó y la miró con furia. —¿A dónde quieres llegar con todo esto? Has estado trabajando a escondidas en un lugar como ese. ¿No piensas en lo que puede ocurrir si algui
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Miranda observó su reflejo en el espejo del lavabo. Su apariencia era terrible: pálida, despeinada, y el olor a alcohol aún se percibía. Sabía que debía ducharse y cepillar sus dientes para recuperar la compostura, y lo hizo, aunque con movimientos lentos debido a la pesadez que el alcohol todavía dejaba en su sistema.Bajo la enorme cascada de agua caliente, recordaba la expresión de Alec: la incredulidad, la molestia y la ira. Pero al mismo tiempo, no se arrepentía de nada. No le debía disculpas; sus acciones no eran nada en comparación con la crueldad que él y su familia ejercían.Sin embargo, se preparó para tener una conversación seria con él, admitir lo del empleo y lo demás, antes de que Elizabeth le contara la historia a su manera. Lo hizo cuando estaban los dos en la habitación, él ya recostado a su lado en la cama, sin dirigirle la palabra, optando por el silencio y la ignorancia en lugar de un sermón.—Lo que acaba de suceder hace rato... —empezó ella. —Así que por fin te
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Al amanecer, Miranda se despertó con una fuerte resolución. No podía permitir que la madre de su marido se saliera con la suya. ¿Qué era lo más conveniente? Fingir. Fingir no solo ser la madre de Edward y la esposa de una "familia feliz", sino fingir que estaba completamente doblegada, que lo obedecía en todo y que por fin había entrado en el "carril correcto". Tal vez, si se ponía del lado que estaba en su contra, podría usarlo a su favor en algún momento.Recordó el texto de Elías. Había asuntos más profundos en juego. Alcanzó el teléfono en la mesita de noche. Sabía que Alec ya se había ido a trabajar. Marcó el número de Elizabeth.—¿Ahora qué otro reclamo vas a hacer, Miranda? —fue lo primero que le cuestionó su suegra, con su postura habitual.Miranda suavizó su tono. —No es una exigencia ni un reclamo, señora Elizabeth. De hecho, le llamo para contarle que estoy de acuerdo. Creo que no es la gran cosa fingir ser la madre de Edward y fingir que tengo una familia feliz. Me parec
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Beatrice ladeó la cabeza. Su hijo, Edward, estaba allí corriendo y divirtiéndose mientras veía una película. Ella preparaba una merienda en la cocina, poniendo los ojos en blanco con fastidio. No sabía hasta cuándo tendría que soportar a ese "mocoso", ni hasta cuándo tendría que seguir actuando como la madre perfecta después de que todo había salido según sus planes.Edward levantó la mirada y la puso sobre su madre. —¡Mamá! ¿La merienda está lista? ¡Muero de hambre! Ella forzó la voz en un tono dulce y agradable. —No te preocupes, mi pequeño príncipe. Ya estará lista, así que no te impacientes. —Agregó con una ternura fingida. El niño asintió. —¡Mamá, te amo mucho! —Yo también te amo demasiado, tesoro. Eres mi príncipe azul, ¿lo sabías? —continuó con más mentiras. —¡Lo sé, mamá! Así que soy tu príncipe azul —dijo él, orgulloso. Beatrice se dio la vuelta y, fuera de la vista del niño, volvió a poner los ojos en blanco, para luego emplatar la merienda. Se acercó dándosela.
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Alec finalmente llegó del trabajo. Lo primero que hizo fue dirigirse directamente a la habitación. —¿Realmente has decidido aceptar lo que ha dicho mi madre? —le inquirió, sin preámbulos. —Supuse que también te lo diría —respondió Miranda, manteniendo la calma a pesar de la presión. —Ciertamente, mi madre siempre me pone al corriente de todo, así que me lo ha dicho. Pero todavía sigue bastante extrañado. No entiendo cómo es que, repentinamente, estás de nuestro lado y estás de acuerdo con fingir ser la madre de Edward. Anoche parecías bastante molesta. ¿Debería preocuparme? ¿Estás ocultando algo? El hombre se le acercaba cada vez más de forma peligrosa. Miranda tragó saliva con dificultad, disimulando su nerviosismo, pero sintiéndose sometida por la intensidad de su mirada. —Alec, me tienen acorralada. Tu madre y tú me tienen atrapada de alguna manera, así que no sé qué te sorprende —desvió la mirada, intentando que él no descubriera su juego. Antes de que pudiera retirars
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A Alec le pareció extraño que la madre de Beatrice, Marie Collins, lo estuviera llamando. Considerando cómo era esa familia, probablemente lo hacía para pedirle dinero. No sería de extrañar. Atendió la llamada. —Dígame, señora Collins, ¿qué necesita? Me está llamando por alguna razón urgente. Marie adoptó un tono de voz lastimero.—¡Ay, Alec! No quise llamarte. Siento que soy una molestia, que llamarte no es apropiado, pero en estos momentos, ¿a quién más podría recurrir? Mi hija Beatrice nos ha abandonado, así lo siento. Dice que tiene problemas. Alec se mostró curioso. —¿Qué tipo de problemas tiene Beatrice? Ella no me ha dicho nada sobre algún embrollo que no pueda resolver. Si estuviera a mi alcance, lo habría resuelto. No sé qué está diciendo exactamente, señora Collins. —Oh, no me ha dado detalles —explicó Marie, nerviosa—. En realidad, mi hija siempre ha tenido inconvenientes con la crianza del pequeño Edward. Ya sabes que no es algo sencillo sacar adelante a un niño, y
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El abrazo, tan repentino y genuino, pronto comenzó a sentirse extraño, casi ardiente, para Miranda. Se separó del cuerpo de Alec y se alejó lo más rápido posible. Él se quedó paralizado, reflexionando sobre lo que acababa de hacer. Fue un acto impulsivo, sí, pero no podía negar lo genuino. Lo había hecho al verla sufrir de ese modo, y también porque, casi una hora antes, una verdad impactante había sido revelada. Aquello que había estado oculto en lo más profundo de su mente había regresado de golpe, confundiéndolo, pero sintiéndose más real que nunca. Sintió la magnitud del engaño. Dos horas antes... Alec se despidió de su amigo Zamir. —Lo mejor será que me vaya ya. Se está haciendo un poco tarde y no voy a beber más, no quiero embriagarme a raudales. —Por fin estás siendo razonable —sonrió Zamir—. Yo también me iré a casa. —¿De verdad te irás a casa tan rápido? Conociéndote, si te cruzas a una mujer al salir cambiarás de opinión y terminarás yéndote con ella a algún otro siti
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Cuando amaneció, Miranda se quedó sentada sobre la cama. Había descansado plenamente, pero el recuerdo de lo ocurrido la noche anterior seguía fresco. El abrazo inesperado de su marido todavía lo sentía impregnado en su piel, un recuerdo tan extraño y sin un significado claro que la hacía divagar. No tenía idea de por qué Alec le había abrazado.Bostezó y flexionó sus extremidades. Por más que lo intentaba, no encontraba un significado a aquel impulso. Luego, vinieron a su mente las palabras todavía frescas de Alec, quien le había dicho que continuaría actuando como antes, pues de otro modo sería hipócrita. Ella resopló, se levantó de la cama y se dirigió al baño para comenzar su rutina de aseo matutino.No tardó demasiado y se dirigió al comedor. Extrañamente, Alec todavía no se había ido a trabajar. Últimamente había estado saliendo muy temprano, pero allí estaba, cerca de ella. Miranda lo saludó con un simple "Buenos días" y se ubicó en la mesa.Estaba decidida a no tocar el tema d
Capítulo Especial
Miranda y Edward estaban en el comedor. Ella se encargó personalmente de untar la tostada con la deliciosa mermelada.—¿Te va a gustar, Edward? —preguntó ella.El niño asintió emocionado, tomó la tostada, le dio un mordisco y luego levantó el dedo pulgar a modo de aprobación. —¡Está deliciosa, Miranda! Me encanta la tostada con mermelada.—Me agrada que te guste mucho. A mí también me encanta —respondió Miranda con una sonrisa—. Sin embargo, también deberías probar la crema de maní. Apuesto a que te va a encantar más.El niño hizo una mueca. —En realidad, no me gusta la crema de maní. La detesto.Miranda sonrió. —Lo entiendo. No te preocupes, no a todos nos tiene que gustar lo mismo.Miranda observaba al niño, que comía con ganas. Al mismo tiempo, sus pensamientos volvieron a ser intrusivos. La madre de ese niño había sido la primera en la vida de su marido, en algún momento casi la esposa de Alec. Miranda no solo se sentía desplazada, sino también como el segundo plato, sintiendo