All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 51
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—Edward, ¿ya terminaste? —quiso saber Miranda.—¡Sí! Estaba delicioso. Gracias, Miranda —emitió el niño, con la boca llena de mermelada.—De nada, pequeño. ¿Qué hacemos ahora? ¿Quieres ver una película?—¡No! ¡Quiero ir afuera! ¡Podemos jugar en el jardín! —pidió el niño, saltando de la silla.Miranda asintió. Era una buena idea. Necesitaba aire fresco y distracción.—Vamos, entonces. Pero primero, ve a lavarte esa cara de mermelada.Minutos después, Miranda y Edward estaban caminando por el extenso jardín trasero de la mansión Radcliffe. El sol era agradable y el aire fresco. Edward corría delante, emocionado, disfrutando del amplio espacio.Fue justo en ese momento cuando la mujer recibió una llamada de parte de su amiga Vera.Miranda respondió. —Te estoy llamando, Miranda, porque quiero saber si estás disponible para ir a comer. Avísame, por favor.—Lo siento mucho, creo que el día de hoy no podría. Pero podemos hacer planes para otro día.Su amiga se preocupó de inmediato. —¿Tod
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—Alec, hay algo que me preocupa —comenzó a decir Miranda con sinceridad. El hombre se detuvo, capturando su atención.—¿Cuál es la inquietud que tienes en este momento, Miranda? Habla de una vez por todas.—Pienso en tu hijo. Tu propio hijo no debería enterarse de estas cosas de golpe. Podría confundirlo. Es un pequeño, así que pienso que antes de exponerlo ante los medios y, peor, en toda esta mentira, creo que deberías hablar con él. Explicarle la situación, al menos ser sutil. Y tampoco recurrir a la mentira; podrías solo decirle que en realidad yo soy tu esposa y que mañana iremos a un evento en el que debe ir porque es tu hijo. No es necesario que le digas que yo estoy fingiendo ante los demás que seré su madre. Creo que podría ser un golpe para él.Alec se quedó curioso. Pensó que Miranda no se preocupaba en absoluto por su hijo, pero en realidad ya había habido ocasiones en las que ella había mostrado preocupación por el niño, lo había curado y se había inquietado. Una vez más,
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Alec se había preparado para dormir. Se metió en la cama junto a su mujer, pero todavía sin conciliar el sueño. Miranda tampoco se había dormido del todo; estaba medio despierta, pero saber que el hombre ya estaba a su lado hizo que su sueño se esfumara abruptamente.—Quiero que el día de mañana vayas con el chofer a una tienda y compres algo adecuado para el evento —le dijo Alec. Su voz era grave—. Ten en cuenta que debe ser un vestido bastante recatado y, si pudiera sugerir un color, elige algún color pastel. Queda bastante bien con tu piel.La mujer estaba agobiada y no tardó en replicar. —Creo que no hace falta que vaya a una boutique lujosa para comprar un vestido cuando tengo muchísimos vestidos en el armario que todavía tienen la etiqueta. ¡Ni siquiera los he usado!El hombre le dedicó una mirada que no daba espacio para reclamos u objeciones. —Ya lo he dicho, Miranda. Quiero que vayas a una boutique y consigas un vestido adecuado. Es cierto que tienes muchísimas opciones en
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Alec no se fue directamente a casa al mediodía, a pesar de haber terminado antes de trabajar por el evento. En su lugar, se dirigió a una joyería. Estaba allí, observando la cantidad de joyas que podía apreciar, indeciso. Inevitablemente, al recorrer las vitrinas, no pudo evitar recordar aquel día cuando escogió los brazaletes, cuando compró aquel juego para dárselo a la persona que pasó de ser una completa desconocida a convertirse en alguien importante en su vida. La persona que lo hizo sentir emociones diferentes, pero también inseguro. Temió que, tras confesar sus sentimientos, ella lo fuera a rechazar, como si no fuera suficiente, o si tal vez ella hubiera confundido su trato con algo más. No quiso averiguar qué se sentía ser rechazado. Por esa razón, se contuvo. Por esa razón no fue capaz de ser sincero y de abrir su corazón a Miranda en aquel momento. No lo hizo. No tuvo el valor.La dependienta de la joyería se presentó de inmediato. —¿Puedo ayudarlo en algo, señor? Lo veo u
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Había sido Alec quien terminó rompiendo el silencio. —Ya tenemos que irnos. Se nos está haciendo tarde.Ella asintió, de acuerdo con lo que estaba diciendo. Una vez afuera, recordó que no solo eran ellos dos, sino que el pequeño Edward ya estaba allí, presente en medio del pasillo. El niño, con su trajecito y su peinado perfectamente hecho, se veía demasiado lindo, tierno. Miranda sonrió al verlo. Los dos se acercaron. Edward volvió a decirle a su padre que estaba emocionado por el lugar donde irían.Se subieron al auto y se dirigieron al lugar del evento. Edward iba en la parte trasera, mirando a través de la ventanilla, mientras Miranda estaba en el puesto de copiloto, sintiéndose demasiado tensa. La ansiedad le atenazaba cada parte del cuerpo.No tardaron demasiado en llegar. Al bajar, ver cómo los flashes de las cámaras caían sobre ella como una lluvia fue demasiado agotador. Era el centro de atención, pero su marido parecía disfrutarlo, como si llevar a cabo todo ese montaje res
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Miranda se recompuso rápidamente y regresó a la mesa, tratando de borrar los ecos de los chismes que había escuchado en el baño. Se obligó a sonreír y se sentó junto a Edward y Alec, aunque su inquietud se mantenía latente. Fue entonces cuando sucedió. Una mujer se acercó a su mesa. Era una rubia despampanante, con un cabello impecable y un vestido que, a ojos de Miranda, resultaba excesivamente exhibicionista: un diseño ajustado en un tono rojo intenso que parecía luchar por contener su figura. La mujer parecía, precisamente, muy interesada en captar la atención de Alec.—Señor Radcliffe, es un gusto conocerlo finalmente —saludó la rubia, con una voz melosa y profunda—. No había tenido la oportunidad de verlo antes en persona, así que ahora es un placer. Alec, aunque cortés, parecía desconcertado. Miranda se puso tensa, sin saber quién era esa mujer, pero su marido tampoco daba señales de reconocerla. La mujer, sin perder su sonrisa deslumbrante, dirigió su atención a Miranda.—Y
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Cuando Miranda sintió que el hombre había descendido por completo aquella cremallera y que su espalda recibía ese frío de golpe, un escalofrío la recorrió. No solo estaba provocado por el aire acondicionado, sino por el efecto poderoso que Alec tenía sobre ella. Estaba allí, sintiendo la intensidad de un calor y un frío simultáneos. Las emociones dentro de su estómago se revolvieron y se hicieron una sola. Sentía que estaba perdiendo la cabeza, que ya no podía con tanto, pero rogaba por encontrar un poco de dominio propio.Finalmente, se dio la vuelta y lo miró con la expresión más seria que pudo reunir, tratando de aparentar control cuando en realidad sentía un torbellino incontrolable. El hombre la miró profundamente.—Creo que yo puedo hacer el resto yo sola —dijo ella, respirando con dificultad—. Te lo agradezco —agregó. Alec dio un paso al frente. Ella quiso retroceder, pero sus pies se sintieron clavados al suelo. No podía moverse. Estaba aturdida por la forma en que él la mira
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Alec finalmente comenzó a desayunar. El ambiente seguía pesado, pero él no tardó en soltar una noticia que cambió la dinámica.—Miranda, quiero avisarte que me iré de viaje mañana y no estaré en casa durante algunos días. Y a ti, Edward, quiero decirte que tu madre vendrá a buscarte. Volverás con ella en cuanto yo regrese. Voy a ir por motivos laborales, pero me acordaré de ti y te traeré lo que tú desees.Edward hizo un puchero. —Me gusta mucho estar aquí con Miranda. Podría quedarme con ella en lugar de volver con mamá a casa.Alec se quedó contrariado. No esperaba que su hijo dijera algo como eso, que eligiera a Miranda sobre Beatrice. Sin embargo, sabía que si permitía eso, la madre de Edward se molestaría.—Me temo que eso no será posible —explicó con dulzura—. Lo siento mucho. Debes volver con tu madre; ella vendrá a buscarte en la tarde. Pero, como te he prometido, no me tardaré demasiado y en cuanto regrese, podrás volver aquí.El niño no dijo nada más, sino que se quedó con
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La adrenalina todavía corría por las venas de Miranda mientras salía de la habitación. Sabía que debía ser cautelosa, pero el shock del descubrimiento la había vuelto imprudente. Su intento de pasar desapercibida, sin embargo, fracasó estrepitosamente.Justo en el pasillo, se topó con Rowena.—Señora —saludó Rowena, con una leve reverencia, pero con una mirada de sorpresa no disimulada—. No sabía que estaba aquí. Iba a empezar la limpieza en esta ala.Miranda se puso instantáneamente nerviosa. Sentía que el pulso acelerado de su cuello podía ser visible.—Bueno... en realidad estaba buscando algo —tartamudeó, intentando sonar casual—. A decir verdad, ya no es nada importante. Así que me iré y te dejaré trabajar.Salió de allí deprisa, casi de volada, con el rostro ardiendo. Estaba segura de que su nerviosismo había sido evidente.Rowena, una vez que se aseguró de que Miranda se había ido por completo, sacó su teléfono con rapidez. Era una de las empleadas leales a la familia que repor
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Miranda no pudo conciliar el sueño. La verdad sobre la salud de Alec la atormentaba. Cada vez que cerraba los ojos, veía el diagnóstico: Epilepsia postraumática. El silencio de la inmensa mansión, era horrible. Alrededor de las tres de la madrugada, decidió que no podía quedarse quieta. La necesidad de encontrar más respuestas, de armar el rompecabezas, era más fuerte que el miedo a ser descubierta. Se levantó de la cama, se puso una bata y, con el corazón latiéndole, se dirigió de nuevo a la oficina de Alec. Esta vez fue más cautelosa, sabiendo que la servidumbre podría estar vigilando. Entró en el despacho y, bajo la tenue luz de la pantalla de su teléfono, comenzó a buscar algo más allá de los informes médicos. Se concentró en los archivos de negocios y las carpetas de proyectos.Tras un rato revisando cajones y carpetas de archivo, encontró una carpeta con el título: "Adquisición R.S. - Confidencial". Al abrirla, encontró documentos que detallaban la compra de un activo importan