All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 61
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Alec no permitió que la discusión terminara allí. Volvió al ataque, señalando a Miranda con el índice, con la autoridad de un amo sobre su sierva.—No quiero que vuelvas a entrar a mi oficina y revises mis cosas —espetó, con su voz cargada de advertencia—. Es una falta de respeto. No tienes que buscar nada. Hay cosas que deben quedarse solo para mí, y tú estás incómodamente inmiscuyéndote en asuntos que no te convienen, que no te importan.—¿Cómo puedes hablar de esa manera? —replicó Miranda, con la voz ahogada por la rabia—. ¡Soy tu esposa! Incluso cuando estamos mal, ¿cómo pudiste ocultarme algo sobre tu salud? ¡Es absurdo!Alec no le dijo nada más. Finalmente, giró sobre sus talones y se marchó, declarando que tenía que terminar de hacer algunas cosas pendientes.—Creo que deberías dejar de tratarme así —expresó Miranda en voz baja, con los dientes apretados, rugiendo impotente mientras veía cómo se marchaba.El sonido de la puerta al cerrarse resonó en la habitación, dejándola sol
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Alec se acercó a la cama, con la preocupación grabada en cada rasgo de su rostro. Era obvio que lo estaba pasando mal al ver a su hijo enfermo.—¿Cómo es que se ha puesto así? ¿Qué le ha pasado? —preguntó, mirando a Miranda con reproche apenas disimulado.Miranda lo miró fijamente. —Se ha puesto enfermo de un momento a otro, así de simple. Pensé en llamarte, y lo hice. Te llamé repetidamente, pero nunca tomaste las llamadas hasta después. Ir a un hospital podría ser complicado, ya que no soy la madre del niño, pero llamé al doctor y vino hasta acá. Le ha recetado algunas medicinas y dijo que se va a mejorar. Así que no hay nada de qué preocuparse, la fiebre también ya está desapareciendo lentamente —explicó, con una calma profesional que logró tranquilizar un poco a Alec.El hombre se sintió aliviado, pero no podía evitar la preocupación al ver a su pequeño Edward postrado en esa cama, con la cara de enfermo. Le dolía profundamente verlo allí.Miranda se levantó, entendiendo que debí
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Miranda se sentía profundamente indignada por la decisión de su marido. No se iba a quedar callada. —¡No, no lo haré! —espetó, golpeando la mesa con la mano—. ¡No puedes traer a la madre de tu hijo a vivir aquí! Esta es nuestra casa, la casa de ambos. ¡Vivo aquí contigo, soy tu esposa, y no lo permito! ¿Qué sucede contigo? El niño ya está perfectamente bien. Si ella se preocupa tanto, debería llevarlo con ella a su casa, no venir hasta aquí.Alec se llevó una mano a la cabeza, visiblemente reacio a continuar la pelea. —Miranda, en este momento realmente no quiero seguir discutiendo. No quiero más inconvenientes, así que por favor, permite esto. Además, no es como si Beatrice se fuera a quedar a vivir para siempre. Solo se quedará algunos días; quiere asegurarse de que su hijo se encuentre bien. Además, a Edward le gusta mucho pasar el tiempo aquí. ¿Crees que debería enviarlo con ella? Yo también quiero estar cerca de mi hijo y ver su recuperación.Miranda no podía creer lo que estab
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Cuando Miranda llegó a casa de su amiga, Vera, fue recibida con una efusión de indignación solidaria. —¡No puedo creerlo, Miranda! De verdad, ¿tu marido tuvo el descaro de decirte que permitiría que la madre de su hijo esté con ustedes algunos días en casa? —exclamó Vera, ofreciéndole una cerveza helada—. Creo que todo esto claramente es un plan de esa mujer. Lo único que quiere es estar cerca de tu marido. Es una desgraciada, la verdad es que deberías darle su merecido. ¡No te quedes de brazos cruzados y tampoco permitas que ella te haga sentir como si tú no vales nada cuando, en realidad, eres la que manda!Miranda hizo una mueca y le dio un sorbo enorme a la bebida. La cerveza fría quemó su garganta, volviéndose agradable en el momento en que necesitaba desahogarse. —He pensado demasiadas cosas, Vera. Ya no entiendo qué es lo que pretende hacer Alec, el muy idiota se atrevió a besarme, y casi termino acostándome con él, fui una estúpida, pero actué a tiempo y lo impedí. Lo empujé
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Cuando la noche se hizo avanzada, Edward estaba listo para dormir, pero como de costumbre, quería un cuento. Justo en medio del pasillo, donde Beatrice caminaba con aire de dueña, el niño se dirigió a Miranda.—Miranda, ¿me cuentas un cuento? Me gusta cómo lo relatas.Beatrice se volteó, mirando a su hijo con indignación. —¿Cómo le pides a ella que te lea un cuento? ¡Yo puedo hacerlo por ti! Soy tu madre, así que no te preocupes, ven y te lo contaré yo misma.El niño hizo una mueca, un puchero inocente. —Me gusta cómo Miranda lo hace.Beatrice se quedó furibunda. No quería demostrar su malestar delante del niño, así que resopló y se fue de allí. Miranda se dirigió a la habitación de Edward y se sentó. —¿Por qué no quisiste que tu madre te leyera el cuento? —le preguntó, sonriendo.—No me gusta. Siento que se aburre —dijo el niño, con la honestidad brutal de un infante.Miranda disimuló su sorpresa; era más que evidente que a Beatrice le fastidiaba el rol de madre. Luego, comenzó a
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Cuando el acto arrebatado terminó, se quedaron allí, sintiendo la respiración aún acelerada y sus corazones latiendo al unísono. Miranda estaba recostada sobre el pecho de Alec y, en la intimidad de ese momento, se atrevió a ejecutar la pregunta que la carcomía.—Si esa mujer de verdad no significa nada para ti, deberías dejar de hacer lo que te pide. Además, quiero saber cómo es que ella fue tu primer amor. Estuviste defendiéndola a capa y espada, justificándote con eso y con tu hijo, haciéndome sentir como si yo soy la otra en toda esta relación.Alec exhaló sonoramente, todavía sin soltarla. —Beatrice no tiene ninguna importancia para mí. No la veo como alguien a quien amo o quiero. Solo podría apreciarla por el hecho de que es la madre de mi hijo. Ciertamente, sí sentí algo por ella en el pasado, aunque ahora, en este momento, ni siquiera estoy seguro —agregó esto último en un tono bajo.Miranda levantó la cabeza de inmediato, haciendo contacto visual con él. —¿Cómo que no podrí
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Motivada por la salida y la victoria sobre su "enemiga", Miranda se apresuró a arreglarse. Quería sacudirse la imagen de la mujer sufrida y tensa de los últimos días. Rebuscó en su armario y eligió un vestido hermoso, de una tela ligera que se ceñía a su cintura y caía con elegancia, resaltando su figura. Se sentó frente al tocador y, con cuidado, delineó sus labios con un tono carmesí vibrante. Al mirarse al espejo, sonrió. Se sentía bonita, recuperada, poderosa.A la una en punto, el claxon del auto de Vera sonó afuera. Miranda salió, y apenas abrió la puerta del copiloto, su amiga soltó un silbido de admiración. —¡Por Dios, mujer! —exclamó Vera, bajándose las gafas de sol para mirarla mejor—. ¿A quién planeas matar de un infarto hoy? Te ves espectacular. Ese vestido te queda de infarto. Miranda rió, subiéndose al auto. —Tú no te quedas atrás, Vera. Me encanta esa blusa, te hace lucir tan estupenda.—Hacemos lo que podemos —guiñó Vera, arrancando el auto—. Pero tú... tú tienes un
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Después de haber pasado unas horas reparadoras entre risas y confidencias, llegó la hora del regreso. Vera la llevó hasta la entrada de la mansión Radcliffe. Se despidieron con la promesa de volver a salir tan pronto como ambas pudieran hacerlo, sellando el pacto de una amistad renovada.Miranda entró en la casa, sintiéndose aún envuelta en esa aura de seguridad que le daba el vestido nuevo y el maquillaje impecable. Sin embargo, esa burbuja amenazó con estallar apenas cruzó el umbral. Alec estaba allí, esperándola. Su postura era rígida, y sus ojos la escanearon de inmediato con una mezcla de alivio y sospecha. —¿Estabas realmente con tu amiga? —preguntó, dando un paso hacia ella—. Llevas un vestido tan... Se detuvo en seco. Las palabras se le murieron en la garganta. No pudo terminar la frase de reclamo porque su mente se quedó en blanco al detallarla. Su mujer estaba espectacularmente bien. El corte del vestido, el color de sus labios, la forma en que la tela abrazaba sus curvas
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Alec ya se había marchado al trabajo. Con la magnitud del proyecto hotelero sobre sus hombros, tenía que llegar lo más temprano posible a la oficina para trabajar sin descanso. Por su parte, Miranda se encontraba en la casa, disfrutando de una tranquilidad que no sentía hacía días. Era un alivio absoluto no estar bajo el mismo techo que esa "bruja". Sin embargo, su paz se vio interrumpida cuando, al caminar por el pasillo, se dio cuenta de que Edward estaba allí parado. El niño tenía la mirada baja y los hombros caídos; parecía la viva imagen de la tristeza. Ella se acercó con suavidad. —¿Qué te pasa, Edward? ¿Todo está bien? El niño alzó la vista, sus ojos grandes llenos de melancolía. —Extraño mucho a mamá. Me gusta estar aquí, pero también quiero estar con mamá. Estaba feliz cuando vino... pensé que se quedaría por más tiempo. En ese momento, Miranda sintió una punzada de culpabilidad. Aunque detestaba a Beatrice, no quería ser la causante de la tristeza de un niño inocente.
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Miranda estaba allí, frente a su madre, esperando el sermón que sabía que se avecinaba. Catherine no la decepcionó; sus palabras fueron directas y cargadas de reproche. —Hija, ¿de verdad no te das cuenta de lo absurdo de esta situación? —comenzó Catherine, con tono severo—. Te encariñas con el hijo de la amante de tu marido, juegas a ser su madre, pero no te esfuerzas por tener un hijo propio. Creo que deberías apresurarte y hacerlo. Inténtalo una vez más. Deja de lado ese miedo absurdo que tienes. Miranda la miró con incredulidad y dolor. —¿Cómo puedes llamar a lo que pasé un "miedo absurdo"? Madre, le estás restando importancia a mi dolor, a mi sufrimiento. Todavía sigo pensando en ese momento como si fuera ayer. Es una pesadilla. A veces ni siquiera puedo dormir recordando cuando perdí a mi bebé. Todo eso me duele mucho, así que no te atrevas a considerar absurdo un miedo que es tan real y que todavía sigue fresco en mi memoria. Catherine bufó, rodando los ojos con impaciencia.