All Chapters of El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada: Chapter 71
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Beatrice apenas podía mantenerse en pie. Se tambaleaba por la sala de su departamento, aferrando una botella de licor casi vacía como si fuera su único salvavidas. El alcohol ya corría a raudales por su sistema, nublando su juicio y sus movimientos. Se hizo a un lado, casi tropezando, para dejar pasar a Elizabeth. La matriarca de los Radcliffe ingresó al lugar con paso seguro, pero se detuvo apenas cruzó el umbral. Arrugó la nariz con disgusto evidente, escaneando el desorden: ropa tirada, copas sucias y el olor rancio del encierro. —Estás bebiendo sin parar estos días —señaló Elizabeth, con un tono de reproche gélido—. Deberías ser más consciente y sentar cabeza. Ya no eres una jovencita para que andes haciendo estos desastres. Elizabeth apartó un cojín desalineado con la punta de sus dedos y se sentó en el borde del sofá, manteniendo su postura rígida para no tocar más de lo necesario aquel entorno deplorable. Beatrice, todavía abrazada a su botella, la miró con ojos vidriosos.
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Beatrice se aferró al brazo de Alec, sus uñas clavándose en la tela de su traje con desesperación. —¡No puedes hacerme esto! —gritó, con la voz quebrada por el pánico y el alcohol—. Sabes perfectamente lo que esto significa. Quieres tener el control absoluto. ¡Te conozco muy bien! Lo único que estás haciendo es apartarme de mi propio hijo. ¡No lo voy a permitir! Edward ha pasado más tiempo conmigo que contigo. ¡Me ama! Así que dime, ¿qué te da el derecho de quedarte con la custodia completa? ¡No tienes el derecho! Alec la miró con un cansancio infinito, mezclado con un desprecio gélido. —Ya estoy lo suficientemente agotado debido al trabajo como para que vengas a montarme todo este show, Beatrice. Ahórrate el espectáculo y deja el drama de lado. Admite de una vez que no estás en condiciones de cuidar a un niño. No me basta con que Edward venga de visita; quiero que viva conmigo. Definitivamente. La furia de Beatrice estalló, distorsionando sus facciones. —¿Crees que voy a permiti
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Cuando Elizabeth terminó la llamada telefónica, colgó con una lentitud deliberada, saboreando el momento. Hizo una seña discreta a un hombre de traje oscuro y rostro inexpresivo que esperaba en la penumbra del salón. El sujeto se acercó a ella con una actitud de total obediencia y se inclinó ligeramente en un saludo cordial. —Señora Radcliffe, ha sido un placer trabajar para usted —expresó con voz grave y sincera, extendiéndole una carpeta delgada. Elizabeth tomó el informe y sonrió maliciosamente, una mueca fría que no llegaba a sus ojos. —Has hecho un buen trabajo. Aquí tienes tu pago —dijo, entregándole un sobre abultado—. Creo que debí contratarte hace mucho tiempo; así me habría evitado tantos dolores de cabeza y noches de insomnio. El hombre asintió y se retiró sin hacer ruido. Elizabeth se quedó sola, sintiendo cómo un peso enorme desaparecía de sus hombros. Ahora entendía que la amenaza de Beatrice había sido vacía todo este tiempo. Tras la investigación, se confirmó que B
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Durante la madrugada, aprovechando que Miranda parecía profundamente dormida, Alec no pudo contener la curiosidad que le carcomía. Se deslizó con sigilo fuera de las sábanas y se acercó al lado de la cama de su esposa. Con movimientos calculados para no hacer ruido, abrió el cajón de la mesita de noche, esperando encontrar aquello que ella había guardado con tanto recelo. Su mano tanteó en la oscuridad, esperando tocar algo extraño, una caja, un documento... pero sus dedos solo encontraron el fondo de madera vacío y un par de libros. Encendió la linterna del móvil por un segundo. Nada. No había nada allí. Alec frunció el ceño, confundido. Juraría que la vio guardar algo. «Tal vez fue mi imaginación, o tal vez soy yo el que se está volviendo paranoico con todo este estrés», pensó. Se sintió un poco estúpido por desconfiar así. Cerró el cajón con cuidado, sacudió la cabeza para despejarse y volvió a la cama, intentando conciliar el sueño. La mañana llegó con una bofetada de luz solar
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Beatrice sentía que las paredes de su departamento se cerraban sobre ella. El aire le faltaba y el pánico le arañaba la garganta. Con los dedos temblorosos, marcó el número de la única persona a la que podía recurrir, aunque en el fondo supiera que no encontraría consuelo, sino una realidad cruda. El tono de llamada sonó una, dos, tres veces. Finalmente, contestaron. —¿Sí? —La voz de Marie Collins sonó al otro lado, seca y pragmática. —¡Mamá! —gritó Beatrice, su voz quebrada por el llanto y la histeria—. ¡Mamá, tienes que ayudarme! ¡Es Alec! ¡Ese maldito ha perdido la razón! Marie suspiró pesadamente, alejando el auricular de su oído. —¿Y ahora qué ha pasado, Beatrice? Deja de gritar, me vas a romper el tímpano. —¡Está dispuesto a quitarme la custodia completa del niño! —sollozó ella, caminando de un lado a otro, pateando la ropa sucia del suelo con impotencia—. Me lo dijo en la cara, mamá. Quiere quedarse con Edward por completo. Dice que no soy apta, que me lo va a quitar todo.
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Beatrice sostuvo el teléfono con firmeza, secándose las últimas lágrimas de frustración. Sabía que no había vuelta atrás. Su madre tenía razón: era el momento de sacar provecho. Marcó el número de Alec. Él contestó al tercer tono, su voz cargada de impaciencia. —¿Qué quieres ahora, Beatrice? Te dije que mi decisión estaba tomada. —Lo sé —habló, intentando que su voz no temblara—. Y por eso te llamo. He estado pensando en lo que dijiste. Alec, estoy dispuesta a darte la custodia completa del niño. Ni siquiera voy a pelear por ella. Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea. La sorpresa de Alec era palpable. Hacía apenas unas horas, ella le había gritado jurando guerra eterna, y ahora, de repente, ¿se rendía? —¿Has cambiado de opinión tan rápido? —preguntó él, con escepticismo—. ¿Por qué? —Hablemos en persona. Te veo en el café del centro, el que está cerca de tu oficina, en veinte minutos. Si quieres al niño sin peleas, estarás ahí. Y colgó. Veinte minutos después, Al
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—Ella... va a estar ocupada un tiempo. Tal vez viaje. Pero yo permitiré que venga a visitarte aquí, si ella puede. Pero tú no volverás a su departamento. Tú te quedas conmigo. Edward bajó la mirada hacia sus bloques. Había tristeza en su gesto; después de todo, era la figura materna que había conocido. Pero al mismo tiempo, una sensación de alivio pareció asentarse en sus hombros pequeños. En casa de su madre había gritos y desorden; aquí había calma y a Miranda. —Está bien, papá —susurró finalmente, con una resignación agridulce—. Me gusta estar con Miranda. Ella es divertida también. Alec lo abrazó fuerte, prometiéndose a sí mismo que nunca dejaría que ese niño sintiera la falta de amor que su madre biológica (o la que él creía que lo era) le había negado. Mientras tanto, en su departamento casi vacío, Beatrice miraba la notificación bancaria en su teléfono. Un millón de dólares. Era mucho dinero, sí, pero la codicia es un pozo sin fondo. Tenía planes maquiavélicos. Sabía que s
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Elizabeth Radcliffe cortó la llamada con un movimiento brusco, sintiendo que la sangre le hervía en las venas. Apenas el teléfono tocó la superficie de la mesa, la mujer perdió la compostura fría que la caracterizaba. —¡Maldita sea! ¡Maldita sea! —gritó, su voz se escuchó en todo el lugar. En un ataque de ira ciega, barrió con el brazo todo lo que había sobre la mesa auxiliar. Un jarrón de porcelana , importado y carísimo, se estrelló contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos. El estruendo fue ensordecedor. Una sirvienta, alarmada por el ruido, entró corriendo a la estancia. —¡Señora Radcliffe! —exclamó la joven, con los ojos muy abiertos—. ¿Se encuentra bien? ¿Qué sucedió? Por favor, señora, debería calmarse... Elizabeth se giró hacia ella, con el rostro desfigurado por la rabia y el cabello ligeramente desordenado. —¡No quiero que nadie esté aquí! —bramó, señalando la puerta con un dedo tembloroso—. ¡Largo! ¡Quiero estar sola! ¡Sal de mi vista ahora mismo! La empleada, ater
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Con el ambiente relajado tras la cena, Miranda se sintió inspirada. Ver la alegría de Edward por ir a la escuela le dio una idea para consolidar ese sentimiento. —Deberíamos celebrarlo —propuso ella de repente, rompiendo el silencio cómodo—. Mañana el día promete ser cálido y soleado. ¿Qué les parece si hacemos un picnic? Podríamos ir al jardín grande o a algún parque tranquilo. Sería una buena despedida de las vacaciones antes de que empiecen las clases. Alec la miró, sorprendido. No esperaba que Miranda estuviera dispuesta a involucrarse tanto en la vida de Edward, y mucho menos que propusiera actividades familiares por iniciativa propia. Lejos de parecer incómoda o forzada, su propuesta sonaba genuina. En el fondo, eso lo ponía contento. Una calidez desconocida se instaló en su pecho. —Me parece una idea estupenda —respondió Alec, sonriendo—. Edward, ¿te gustaría? —¡Sí! ¡Picnic! —gritó el niño, levantando los brazos. Todo quedó pactado para el día siguiente. Parecía qu
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El olor a antiséptico y el zumbido de las luces fluorescentes estaban volviendo loco a Alec. Caminaba de un lado a otro en la sala de espera privada del hospital como un animal enjaulado, con la camisa arrugada y manchada con una gota de sangre de Miranda que le había quedado en la mano al ayudar a los paramédicos. Cada segundo que pasaba sin noticias era una tortura. Finalmente, las puertas dobles se abrieron y salió un médico de aspecto serio, quitándose la mascarilla quirúrgica. —¿Familiares de la señora Radcliffe? —preguntó. Alec se abalanzó hacia él. —Soy su esposo. Dígame, ¿cómo está? ¿Qué ha pasado? —Soy el doctor Julián Jones, el cirujano a cargo —se presentó el hombre, manteniendo un tono profesional pero grave—. Hemos terminado la intervención. Su esposa es fuerte, señor Radcliffe. Alec soltó el aire que había estado conteniendo. —Miranda tiene una fractura compuesta en el brazo derecho, la cual hemos reducido y fijado con éxito en la cirugía. También presenta cont