All Chapters of La niñera virgen y el viudo que no sabe amar : Chapter 11
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Capítulo 10 - Heridas abiertas y palabras no dichas
Lorenzo VelardiEl sonido de la puerta del ascensor cerrándose a mis espaldas resonó como una advertencia ahogada. Molesto, aflojé la corbata mientras cruzaba el pasillo de la empresa, ignorando cualquier mirada que se cruzara en mi camino. La mandíbula me dolía de tanto apretarla.¿Cómo se atrevió?Le dije que no saliera. Di una orden clara, directa. Y aun así, me desobedeció. Salió con mi hija, sin seguridad, sin chofer, como si no existieran consecuencias.Apreté la llave del coche con tanta fuerza que la punta metálica cortó la piel de mi palma. No me importó. Entré en el vehículo y cerré la puerta de un golpe. El motor rugió en cuanto giré la llave. Mis dedos tamborileaban sobre el volante, los ojos fijos en el retrovisor, como si intentara controlar el fuego que ardía por dentro.Conducía como si el mundo estuviera en silencio, pero dentro de mí todo gritaba.Isabella.Desafió mi autoridad. Eso, por sí solo, ya era imperdonable. Pero lo que de verdad me corroía era la imagen que
Capítulo 11 - El idiota de corazón cerrado
Lorenzo VelardiIdiota.Eso es lo que soy. Un completo idiota. Un hombre que se enorgullece de mirar a los demás desde arriba, pero que termina cayendo solo, asfixiado por su propio ego.Estoy aquí, sentado en mi despacho vacío. Las luces están bajas, el silencio grita. Y yo, ridículamente inmóvil, con este vaso vacío entre los dedos, como si pudiera ofrecerme una respuesta, una justificación… un perdón.Pero lo único que hace es reflejar lo que soy ahora. Un vacío. Un recipiente que alguna vez estuvo lleno de algo parecido a humanidad… y que hoy rebosa de rabia, orgullo y culpa.“Lo último que haría sería acostarme en la cama de un hombre como usted.”Sus palabras. Cada sílaba como una hoja fría cortando la carne de mi orgullo. Me lo dijo mirándome a los ojos. Sin miedo, sin titubeos, sin bajar la cabeza, aun herida. Aun después de que la humillé.Ella… no gritó. No lloró. No necesitó hacer un escándalo para reducirme a nada. Solo existió entera.¿Y yo? Yo fui una mierda. Dije, del
Capítulo 12 - No soy lo que piensas
Isabella FernándezLa puerta se cerró detrás de mí con un clic seco. Seguí en silencio por el pasillo hasta mi habitación, con pasos demasiado firmes para alguien que temblaba por dentro. Mis dedos dolían de tanto mantenerlos apretados en los puños durante el trayecto. Cada palabra que él dijo seguía resonando en mi cabeza como piedras arrojadas a un lago tranquilo.“Es como todas las demás. Quiere mi cama y jugar a la familia.”Me detuve en medio del cuarto. Por un instante, no supe si debía llorar o gritar. Apoyé la mano sobre la cómoda buscando algo de equilibrio, pero lo único que encontré fue dolor. Físico, sí —mi brazo aún latía—, pero el emocional… eso dolía mucho más.—Salvé a tu hija… —susurré, como si él pudiera oírme desde el otro lado de la casa—. Me lancé frente a ese perro sin pensar un segundo en mí. ¿Y todo lo que recibo… es esto?Llevé la mano al rostro y sentí el sabor salado de las lágrimas que ya corrían sin permiso. Las aparté con rabia.—Puedo ser una chica del i
Capítulo 13 - El amargo sabor del silencio
El suave perfume de flores frescas y pan recién horneado flotaba en el aire, mezclados con el delicado tintinear de la porcelana en las manos cuidadosas de Antonella. La mesa estaba impecable —Marta se había esmerado con un celo casi maternal aquella mañana. Había jarras de jugo natural en cristal, croissants mantecosos junto a mermeladas caseras, frutas que brillaban como joyas en compoteras de vidrio, y arreglos florales adornando con sutileza cada rincón.Pero todo aquel refinamiento no lograba disimular la tensión que flotaba en el ambiente como una sombra densa y silenciosa. Antonella ya estaba sentada, elegante como siempre, observando las manecillas del reloj con esa inquietud contenida de quien espera algo más que el paso del tiempo. El sonido de pasos descalzos resonó en el mármol de la escalera. Aurora apareció en lo alto, con el cabello aún despeinado por el sueño, los ojos grandes y húmedos brillando de emoción, y su fiel muñeca Cacau apretada entre los brazos.Lorenzo ac
Capítulo 14 - La chispa y el huracán
La puerta del despacho se cerró con un golpe seco detrás de Isabella. Entró primero, con pasos firmes, el mentón erguido, el vestido azul claro balanceándose suavemente alrededor de sus piernas. El brazo derecho vendado descansaba junto a su cuerpo, pero ni siquiera eso disminuía su presencia. Al contrario, había algo indomable en su postura. Algo que Lorenzo sintió como un puñetazo en el estómago apenas cruzó la puerta detrás de ella, la mandíbula tensa, los ojos ardiendo.—¿Has perdido completamente la cabeza? —disparó él, con la voz cortando el aire como una cuchilla.Cerró la puerta con fuerza y avanzó algunos pasos, el rostro marcado por la tensión. El pelo aún húmedo de la ducha matutina estaba despeinado, la camisa blanca con los primeros botones abiertos dejaba ver parte del pecho firme. Las mangas arremangadas hasta los codos le daban un aire de descuido que contrastaba brutalmente con la furia evidente en cada centímetro de su cuerpo.Isabella se volvió lentamente, sin bajar
Capítulo 15 – La tormenta silenciosa
El silencio en el despacho no era común; era espeso, casi tangible, cargado de algo que flotaba en el aire como un soplo caliente de tensión no resuelta. La puerta se había cerrado con firmeza detrás de Isabella, pero Lorenzo seguía allí, apoyado contra la pared, como si el suelo mismo le impidiera moverse.El corazón le golpeaba el pecho como un tambor desbocado. Sus ojos seguían fijos en el espacio donde ella había estado. Isabella, la niñera. La insubordinada. La mujer que lo desafiaba sin miedo. Aquella que, con una sola mirada, hacía hervir la sangre en sus venas.Pasó una mano por su cabello desordenado, los dedos temblorosos de rabia, pero no de ella. Era rabia de sí mismo, de haber perdido el control. De haber permitido que su presencia lo golpeara con tanta fuerza.El recuerdo era vívido: el vestido azul delineando su cuerpo, el brazo vendado en una vulnerabilidad que solo lo hacía más atento. La mirada de ella al hablar de Aurora. Tan firme, tan llena de verdad. El valor con
Capítulo 16 - Promesas en voz baja
Tres meses.Noventa días.2.160 horas.129.600 minutos.7.776.000 segundos.Pero en ese tiempo que parecía ínfimo en el calendario, el mundo dentro de la mansión Vellardi se había transformado por completo.Aurora ahora sonreía.Sus sonrisas, antes tan raras como flores en invierno, aparecían con una frecuencia que hacía a Marta, la ama de llaves, suspirar frente al fogón con los ojos humedecidos, y a Antonella ocultar las lágrimas detrás de las lentes de sus gafas de lectura cada vez que veía a su nieta correr libre por los pasillos, con la muñeca Cacau entre los brazos.Había una nueva melodía resonando en la casa. No era música. Era risa. Era esperanza. Era el sonido de los pasos diminutos de Aurora por las mañanas, de los cuentos susurrados al caer la tarde, del agua salpicando cuando corría por el jardín recién regado. El aroma a bizcocho de naranja en los domingos soleados. Y un susurro delicado que nacía de la convivencia con Isabella:Esperanza.Era el sonido de la vida regres
Capítulo 17 - El silencio se rompe
El aroma a pan recién horneado y cítricos maduros invadía sutilmente el comedor aquella mañana. La mesa del desayuno estaba dispuesta con la precisión casi militar de Marta, la ama de llaves: porcelana fina, cubiertos de plata, copas de jugo recién exprimido. Todo impecable. Todo es silencioso. Como siempre.Pero había algo distinto en el aire.Aurora corrió hacia la mesa con pasos vivaces, el vestido floreado ondeando alrededor de sus piernas delgadas. Las flores rosadas y amarillas danzaban con ella, enmarcando una sonrisa que no ocultaba nada: era pura, era libre, era rara.—¡Isa! —llamó, poniéndose de pie sobre la silla y agitando la mano hacia el pasillo.Isabella apareció enseguida, con un vestido claro en tonos crema, el cabello recogido en un moño suelto y los ojos aún marcados por la noche corta. Pero al ver a Aurora, sonrió. Una sonrisa verdadera.—¿Y quién es esta princesa tan hermosa sentada aquí? —preguntó Isabella, acercándose con calma.—¡Soy yo! —respondió Aurora, orgu
Capítulo 18 - El presidente del hielo
El reloj marcaba exactamente las 8:27 cuando el sedán negro de alta gama, con vidrios polarizados y pintura reluciente, se detuvo frente al rascacielos de cristal en el corazón financiero de la ciudad. El edificio llevaba en la cima el nombre Vellardi & Renzi Holding, en letras metálicas y elegantes, reflejadas contra el cielo grisáceo de la mañana. Antes de que el chofer apagara el motor, un guardia de seguridad ya se había posicionado junto a la puerta trasera. Y entonces, él descendió.Lorenzo Vellardi. Impecable. Preciso. Imponente.Vestía un traje gris grafito de corte italiano, que caía sobre su cuerpo con exactitud milimétrica, realzando su porte erguido y dominante. La camisa blanca debajo estaba perfectamente planchada, sin un solo pliegue fuera de lugar. La corbata de seda negra, centrada con precisión, le confería un aire de autoridad absoluta. Sus zapatos Oxford, negros y tan lustrados que reflejaban el mármol del suelo, completaban la imagen del hombre que controlaba cada
Capítulo 19 - La línea que no se debe cruzar
La noche ya había caído por completo cuando Lorenzo entró en el coche que lo esperaba frente a la sede de Vellardi & Renzi. La ciudad, allá afuera, seguía latiendo: faros, bocinas, pasos apresurados… pero dentro del coche, todo era silencio. Y a él le gustaba así. O, al menos, eso se decía a sí mismo.El trayecto hasta la mansión duró poco más de veinte minutos, aunque para él pareció mucho más largo. Quizás porque estaba cansado, o tal vez porque, en algún lugar dentro de ese silencio, algo se sentía distinto desde el día anterior.Cuando los portones de hierro se abrieron y el coche avanzó por la entrada sinuosa, iluminada por luces discretas incrustadas en el suelo de piedra, Lorenzo mantuvo la mirada fija en la fachada de la casa. La mansión, con sus columnas blancas y ventanas altas, era al mismo tiempo un hogar y un mausoleo. Guardaba no solo las pertenencias de su hija, sino también los fantasmas del amor que había perdido.El chofer se detuvo frente a la puerta principal. Lore